Estudio bíblico de Santiago 1:16-18

Santiago 1:15-19

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro estudio en el capítulo 1, de la epístola de Santiago. Nos encontramos en la primera gran división de esta epístola, que hemos titulado, "La verificación de la fe genuina", y que abarca los capítulos 1 al 3. El autor ha considerado en los primeros doce versículos de este primer capítulo, cómo Dios prueba nuestra fe por medio de las dificultades, sufrimientos y demás problemas de la vida. En los versículos 13 al 21, vimos que Dios no prueba la fe con el mal. Dios prueba a Sus propios hijos, pero en este punto Santiago dejó bien claro que Dios nunca prueba a los hombres con el mal y con el pecado. Por eso declaró enfáticamente el apóstol en el versículo 13: Cuando alguien es tentado no diga que es tentado de parte de Dios. Por ello el versículo 14 continuó aclarando esta cuestión. En ese versículo destacamos que el problema siempre se encuentra dentro del individuo; ninguna cosa o influencia exterior nos puede hacer pecar, tiene que ser algo que viene de adentro, y allí es donde está el problema. El problema está aquí, dentro de nosotros con esa vieja naturaleza que tenemos. El libro de los Proverbios, capítulo 23, versículo 7, dice: 7porque cuales son sus pensamientos íntimos, tal es él. La provocación al pecado debe tener la respuesta o reacción correspondiente desde el interior de la persona.

En nuestro programa anterior destacamos algunos detalles importantes del versículo 15. Vamos a leerlo nuevamente:

"Entonces la pasión, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte."

En otras palabras, cuando el deseo del alma ha concebido, da nacimiento al pecado, y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte. El apóstol Santiago utilizó aquí una palabra interesante, en la primera frase de este versículo: Entonces la pasión, después que ha concebido, la palabra realmente significa "quedar embarazada". La concepción es la unión de dos. Así que el deseo de nuestra vieja naturaleza humana se une con la tentación exterior que nos enfrenta, y de esa forma se convierte en pecado. El Señor Jesús dijo: Y el deseo del alma se une con la tentación de afuera. El Señor Jesucristo dijo: 22Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio. (como podemos ver en Mateo capítulo 5, versículo 22). Porque esa pasión comienza en el corazón y sale en forma de acción. Y el Señor Jesús también dijo: yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (como podemos leer en ese mismo capítulo 5 de Mateo, versículo 28). Allí es donde siempre comienza el pecado, en nuestro corazón.

En este punto surgiría de forma natural la pregunta: ¿es la tentación un pecado? Por supuesto que no es un pecado, definitivamente no es un pecado. Es cuando la concepción tiene lugar, es decir, cuando el pensamiento del corazón se lleva a cabo, se transforma en acción, entonces la tentación se convierte en pecado, Martín Lutero expresó esta realidad de una forma original cuando dijo: "Uno no pude evitar que las aves vuelen sobre su cabeza, pero sí puede evitar que no construyan un nido en su cabello". Hasta aquí la cita. O sea, que el pecado es la consumación del acto interiormente y exteriormente.

La tentación, en sí misma no es pecado. Todos tenemos una naturaleza mala; es inútil tratar de engañarnos a nosotros mismos en este asunto. Todos hemos sido tentados a hacer el mal; cada uno tiene una debilidad en su naturaleza humana, una tendencia difícil de vencer; por ejemplo algunos no pueden evitar la glotonería, otros el ser chismosos, etc. Cada uno conoce la propia debilidad. Los pecados que acabamos de mencionar pertenecen absolutamente a la nuestra naturaleza humana, es decir, que proceden de nuestro interior. Solamente el Señor Jesús pudo decir, 30viene el príncipe de este mundo y él nada tiene en mí (como podemos leer en el evangelio de Juan capítulo 14, versículo 30).

El versículo 15 dice Entonces la pasión, después que ha concebido, da a luz el pecado. En este caso, la criatura no puede nacer muerta. La pasión va a provocar algo. Cuando el mal pensamiento del corazón se une con la tentación exterior, se produce un nacimiento: el nacimiento de un acto, el nacimiento de un pecado.

Ahora, nosotros hoy racionalizamos al pecado. Racionalizamos nuestro mal carácter, nuestro chismorreo y una serie de pecados que puedan explicarse con costumbres de cortesía o educación, e incluso racionalizamos la burda y flagrante inmoralidad. Pero la Biblia los llama pecados.

El versículo 15, además dice: y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Ahora, aquí tenemos una palabra muy interesante, "muerte". En la Biblia se mencionan tres clases de muerte. (1) Existe la muerte física, que llega a todos los seres humanos y de eso estamos seguros. (2) Está la muerte espiritual, que es la condición del hombre perdido; él está "muerto en delitos y pecados", como dijo el apóstol Pablo en Efesios 2:1. (3) Finalmente, está la muerte eterna, que es el destino de la persona que muere como no creyente. La "muerte", principalmente significa separación. Por lo tanto, para un creyente significa que cuando el pecado ha nacido en su vida, cuando se convierte en una acción, su comunión o compañerismo con Dios se rompe. Se produce una separación. El apóstol Juan, en su primera carta, capítulo 1 y versículo 6 dijo: Si decimos que tenemos comunión con Dios y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. No podemos tener comunión con Él, y permitir que el pecado actúe continuamente en nuestra vida.

Un gran pecado en nuestra época es el adulterio. Es algo que cada persona ha tenido que enfrentar, al menos potencialmente y no constituye algo nuevo. Pensamos el énfasis que hoy se la da al sexo en nuestra sociedad, algunas modas o formas de vestir y las facilidades de medios contemporáneos para la libre comunicación entre las personas han contribuido a la práctica de este pecado en mayor medida que en generaciones anteriores. Por cierto que este pecado, junto con el alcoholismo ha hecho caer a grandes naciones del pasado. Por ejemplo, Roma no cayó en principio por un conquistador exterior. Su caída se originó desde dentro del imperio, porque éste fue carcomiéndose con el pecado.

Resulta trágico hoy cuando las personas piensan que pueden evitar las consecuencias del pecado. Cuando la pasión, o el deseo ha concebido, engendra el pecado. La única clase de descendiente que la pasión y el deseo pueden traer al mundo es el pecado, y el pecado, a su vez, engendrará muerte. El pecado provocará una separación en la relación de comunión y compañerismo con Dios; si usted es un hijo de Dios, Él lo juzgará por ese pecado, a no ser que usted se juzgue a sí mismo.

Conocemos muchos casos de personas que pensaron que podían salirse con la suya, evitando las consecuencias del pecado e ignorando las enseñanzas de Dios reveladas en la Biblia. En muchos casos la simple atracción física, presentada como un sentimiento de amor, ha dado lugar a relaciones que han malogrado el futuro sentimental de los implicados. En otros casos, también han dado lugar a uniones inestables, dañadas desde un principio por el pecado y que, con el transcurso del tiempo, demostraron traer desamor, tristeza y, finalmente separaciones irreversibles. En todos los casos, la felicidad, si es que la hubo, fue efímera. Es que las heridas producidas por el pecado solo pueden cicatrizarse con una confesión del pecado, si las personas implicadas son hijas de Dios, y una rectificación de toda situación, de toda relación, que no esté aprobada por la Palabra de Dios.

Así que de esta manera actúa la tentación que, por cierto, hoy reviste la formas más variadas, maquilladas además por circunstancias muy bien explicadas y supuestamente justificadas, hasta el punto que puede pasar casi desapercibida. Recordemos que la tentación no puede concebir, no puede engendrar hasta que se una con el deseo o pasión de nuestra malvada naturaleza humana. Lo verdaderamente importante es que cuando se unen ambos factores, la tentación y la pasión, se engendra la acción del pecado, y el pecado, a su vez, finalmente conduce a la muerte. Y, como dijimos anteriormente, si usted es un hijo de Dios, rompe inmediatamente su relación de compañerismo con Él y se produce una separación. Por cierto, recordemos también que la palabra muerte, primordialmente, significa separación. Ahora, el apóstol Santiago continuó diciendo en el versículo 16 de este primer capítulo de su carta:

"Amados hermanos míos, no erréis."

Cuando el apóstol dijo aquí no erréis, la palabra que utilizó quiere decir divagar, desviarse, vagar de un lado para otro o ir sin rumbo fijo. Es como la oveja de la cual habló el Señor Jesucristo, esa oveja perdida a la cual Él fue a buscar. Esa oveja a quien amó tanto. Y Santiago nos estaba diciendo aquí: "No os desviéis, no penséis que de alguna manera podréis evitar las consecuencias del pecado". La persona que tiene el hábito de pecar continuamente, podemos decir definitiva y categóricamente, nunca tuvo una línea de comunicación con Dios; nunca ha nacido espiritualmente de nuevo. Si usted puede vivir en el pecado y disfrutarlo, estimado oyente, entonces, usted no es un hijo de Dios. Es así de sencillo.

Se cuenta la historia acerca de dos estudiantes de la Biblia que estaban manteniendo una discusión. Uno de ellos creía que una vez que uno es salvo, nunca puede perderse. Mientras que el otro creía que uno puede perder su salvación. Éste último le dijo al primero: "Si yo creyera su doctrina y estuviera seguro de que me había convertido, entonces, me hartaría de pecar". A lo cual replicó el primero: "¿Cuánto pecado cree usted que sería necesario para saciar a un creyente genuino para su propia satisfacción?" Creemos que ésta fue una respuesta muy acertada. Si usted puede estar satisfecho con el pecado, entonces le decimos que es necesario que usted se examine a sí mismo, para ver si realmente usted está en a la fe cristiana o no. Alguien ha dicho: "Aquel que cae en el pecado es un hombre. Aquel que se lamenta del pecado es un santo. Aquel que se jacta del pecado es un diablo". Y estimado oyente, todos nosotros estamos expuestos a la tentación y somos vulnerables en el sentido en que podemos ceder y caer ante ella. Alguien dijo con evidente acierto, que la tentación no necesita invitación para hacerse presente. Pero debemos asegurarnos de no engendrar el pecado. Si usted cede a la tentación, no puede abortar, no se puede interrumpir el proceso de consecuencias señalado en la Biblia. El pecado y la muerte serán el resultado final. Veamos ahora el lado positivo en el versículo 17, de este capítulo 1, de la epístola de Santiago:

"Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación."

Un lado de la luna es oscuro, y el otro lado tiene luz. Pero en Dios, estimado oyente, no hay un lado oscuro. En todos nosotros hay una sombra. Usted y yo proyectamos una sombra. Se cuenta que cuando Alejandro Magno había conquistado al mundo y regresó a Grecia, fue a visitar a su antiguo maestro Aristóteles para contarle todo lo que había ocurrido. Cuando entró en la casa del maestro, Aristóteles en ese momento estaba tomando un baño. Alejandro Magno se quedó en la entrada y le contó todo lo que había sucedido. Y después le dijo: "Ahora estoy preparado para darte cualquier cosa que quieras en este mundo. ¿Qué es lo que quieres?" Aristóteles levantó su vista y dijo: "Quiero que salgas de mi luz". Es que Alejandro Magno estaba de pie en la puerta, tapando la luz del día. Y estimado oyente, eso es todo lo que cualquiera de nosotros hace. Solo proyectamos una sombra. Pero no hay, en absoluto, ninguna sombra en Dios.

Y el versículo 17 continúa diciendo: en el cual no hay mudanza ni sombra de variación. Dios no varía. Él no cambia. Dios no es como muchos creyentes son en la actualidad, en su estado espiritual o en su estado de ánimo. Arriba hoy y abajo mañana. Y así viven dando vueltas en círculo.

Y la primera frase de este versículo dice: Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto. Es decir, que viene de parte de Dios. Hay algunas pólizas de seguros de viviendas, en algunos países, que indican que el seguro no incluye ciertas cosas que pueden sucederle a una casa o apartamento, incluyendo "cualquier acto de Dios". Interrogado un agente de seguros acerca de esta frase, respondió que se refería a ciclones, terremotos, maremotos o a algún otro desastre natural. Pero, ¿se le puede culpar a Dios por ello? Por supuesto que el agente respondió que ésta es una de las expresiones que se usan, pero a través de los siglos parece que muchas personas han considerado que Dios es el responsable de la acción destructiva de los elementos de la naturaleza. ¿Por qué será que no suele culparse a la codicia, al deseo insaciable de poder y a otras características de la maldad del hombre? Estimado oyente, todo lo bueno y perfecto que usted tiene, proviene de Él. Usted puede contar cuántas bendiciones tiene hoy: el calor del sol, la lluvia, un día nublado, un día brillante, la vegetación, el agua que usted bebe, el aire que respira, etc. Dios nos dio el aire puro, libre de impurezas y el agua pura y limpia. Es el hombre quien los ha contaminado. Dios da cosas buenas, positivas, saludables. Dios es bueno, y usted y yo en realidad no sabemos cuán bueno es Él. Ahora, el versículo 18, de este capítulo 1, de la epístola de Santiago, dice:

"Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas."

Esta es con toda seguridad una referencia al nuevo nacimiento espiritual. ¿Cómo fue que nos hizo nacer de nuevo? Por la Palabra de Verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación. Hay quienes dicen: "Bueno, si yo estoy predestinado para perderme, no hay nada que pueda hacer en cuanto a ello; así que no me voy a preocupar por eso. Y si voy a ser salvo, bueno, entonces, seré salvo". Pero aquí tenemos dos voluntades; dice: Él, de su voluntad, nos hizo nacer. Nuevamente vemos en esta carta una concepción, que implica que dos se han unido; no hay ninguna otra forma de concebir, de que tenga lugar una concepción. Por lo tanto, cuando la voluntad divina se une con la voluntad suya, estimado oyente, usted experimentará un nuevo nacimiento espiritual. Nadie puede decir que no es responsable de su nacer o no nacer de nuevo espiritualmente. Su voluntad es que nadie perezca, que se pierda. Usted es engendrado por la Palabra de Dios. Cuando usted está dispuesto a venir, cuando cree en la Palabra de Dios y acepta al Señor Jesucristo como su Salvador, usted nacerá de nuevo. Como dijo el apóstol Pedro, en su primera carta, capítulo 1 y versículo 23: 23pues habéis renacido, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Ahora, en el versículo 19, leemos:

"Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse"

Y entramos ahora, a una parte de esta epístola en la que Santiago trata en gran detalle, la vida del creyente. La forma de comenzar el párrafo, diciendo Por esto, mis amados hermanos, indica que se acercan conclusiones prácticas para todos los hijos de Dios.

Y continuó diciendo todo hombre sea pronto para oír. ¿Para oír qué? Por supuesto, para oír la Palabra de Dios. Después que usted ha sido engendrado por la Palabra de Dios, (habiendo comenzado una nueva vida), usted no ha terminado, sino, más bien, comenzado una relación con Dios. Y entonces, tiene que crecer espiritualmente por Su Palabra. Entonces usted ahora tiene algo que es vivo, poderoso y más agudo que una espada de doble filo, como dijo el escritor a los Hebreos en su capítulo 4, versículo 12. Por otra parte, el apóstol Pablo escribió en su primera carta a los Corintios, capítulo 2, versículo 14: 14Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. Sin embargo, como hijo de Dios, usted está habitado por el Espíritu de Dios, es decir, tiene Su presencia en usted mismo, y Él quiere enseñarle la Palabra de Dios. Es extraordinario pensar en que el Creador de este universo y el Redentor de los pecadores perdidos, quiere hablar con usted. Por ello el apóstol Santiago dijo en primer lugar, al iniciar esta sección tan práctica, todo hombre sea pronto para oír, es decir, que permanezca alerta, que esté atento, dispuesto a escuchar lo que Dios tiene que decirle.

En nuestro próximo programa continuaremos considerando este versículo 15 del primer capítulo de esta carta del apóstol Santiago. Mientras tanto, le sugerimos leer los versículos restantes de este primer capítulo para estar al tanto de lo que consideraremos en nuestro próximo estudio. Porque confiamos en que continúe acompañándonos en este recorrido por esta carta tan práctica del Nuevo Testamento, que toca directa y abiertamente ciertas áreas de nuestra vida, acerca de las cuales debemos permanecer alertas y sensibles con respecto a la Palabra de Dios.

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