Estudio bíblico de Santiago 1:22-25

Santiago 1:22-25

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro viaje por la epístola de Santiago. Leamos nuevamente el versículo 22 de este capítulo, para recordar algo de lo que dijimos anteriormente sobre él y para añadir el resto de nuestras conclusiones sobre este versículo 22 no incluidas en nuestro programa anterior:

"Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos."

Desde el versículo 22 hasta el versículo 25 tenemos un párrafo en el cual vemos que hemos llegado al verdadero pragmatismo de Santiago. Podemos bosquejar estos versículos de la siguiente manera: en el versículo 22 de este primer capítulo de la epístola de Santiago, encontramos las "demandas de la Palabra". Después, en los versículos 23 y 24, vemos el "peligro de la Palabra", y finalmente, en el versículo 25, el "designio de la Palabra".

En esta sección tenemos aquello que es fundamental, sustancial; aquello que realmente nos alcanza en el lugar mismo donde vivimos. Aquí en el versículo 22, tenemos los imperativos, o las demandas de la Palabra. Leamos una vez más este versículo 22: 22Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Aquí tenemos un elemento acerca de la Palabra de Dios que, en realidad, lo hace diferente de cualquier otro libro. Hay muchos libros que hoy usted puede leer para recibir información, conocimiento, para estimularlo intelectualmente, para que le sirvan de inspiración espiritual, para que le entretengan a usted. Pero, la Palabra de Dios es diferente, y ésa es probablemente la razón por la cual no es tan popular como otros libros. Demanda acción al decir Sed hacedores de la Palabra, y no tan solamente oidores. Requiere atención. El Señor Jesús dijo en el Evangelio de Juan capítulo 7, versículo 17: El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta. Así que la Palabra de Dios requiere acción. Bien dice el Salmo 34:8, Gustad y ved que es bueno el Señor. Dichoso el hombre que confía en Él.

Usted puede leer historia, pero ésta no le pedirá a usted nada. Usted puede leer literatura, pero en ella no hay ningún imperativo, no hay declaraciones ni explicaciones, aunque puede tener una lección que enseñar que podría o no haber estado en la mente del autor. Usted puede leer ciencia, pero ésta no le presentará ninguna clase de demanda. Descendiendo ya a un nivel más familiar, diremos que usted puede leer un libro de cocina, que le presentará varias recetas, pero en el libro no se hace allí ninguna demanda para que usted cocine esto o aquello. En cambio, la Palabra de Dios es un mandamiento. Es como una trompeta. Es un llamado a la acción. Y el apóstol Juan, dijo en su primera epístola, capítulo 3, versículo 36: 36El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. El mensaje del Señor Jesucristo fue (1) "arrepentíos", (2) Su segundo mensaje: "venid a mí", y (3) el tercero: "Creed". Es evidente que la Palabra de Dios, estimado oyente, demanda creer.

Toda la propaganda que uno observa en la actualidad contiene elementos de mucha presión, de demanda. Se utiliza en la radio y en la televisión, en vallas publicitarias, así como también en revistas y periódicos. Todos estos medios promueven agresivamente las ventas. Así que estamos expuestos no solo a que nos laven el cerebro con las noticias de los medios de difusión masiva, sino que también se nos lava el cerebro a través de la publicidad. Pero la Palabra de Dios dice que usted va a morir en sus pecados si no se vuelve a Cristo. Y hablando de grandes presiones, ¡ésta sí que es presión intensa! La Palabra de Dios dice: He aquí ahora es el tiempo propicio; he aquí, ahora es el día de salvación (como podemos leer en la segunda carta a los Corintios 6:2). Y en el mismo sentido se expresó el Salmo 95:7 y 8 diciendo; Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

Creemos que uno de los fracasos más grandes de la iglesia de los años recientes, se encuentra precisamente en esta área. Después de la segunda guerra mundial, el mundo occidental salió de los refugios contra las bombas y se dirigió a la iglesia, impulsado por el temor a las bombas, no por el temor de Dios. El número de los que se hicieron miembros de la iglesia, y la asistencia a la iglesia, se elevaron notablemente. Y el que era Pastor en esa época podía ver una iglesia llena. Eso fue algo extraordinario. Pero al mismo tiempo, aumentó la inmoralidad y la desobediencia a las leyes en un cien por ciento. La embriaguez y la delincuencia juvenil aumentaron. Y en las vidas de los cristianos se produjo la ruptura de la línea de separación de los criterios y valores del mundo. ¿Qué había sucedido? La iglesia había estado difundiendo la Palabra de Dios en la voz pasiva; la había estado proclamando en el modo subjuntivo, pero Dios la había comunicado originalmente en el modo imperativo. Nos olvidamos que la Biblia con cubierta de piel o cuero, necesita un par de zapatos que la acompañen. Así que la memorización de las Sagradas Escrituras es buena, pero la Palabra también requiere acción.

Volvemos nuevamente a la frase Sed hacedores de la Palabra. Santiago no usó aquí el verbo Griego corriente para el verbo "ser", que es "eimi"; la palabra utilizada aquí fue "ginesthe", que literalmente significa "llegar a ser", "nacer", "cobrar existencia". El imperativo que tenemos aquí es, en realidad, para el hijo de Dios, que ha nacido de nuevo espiritualmente. Dios no le está pidiendo a una persona no salva que haga algo, excepto una cosa, que no es realmente "hacer", sino "creer". Como vemos en Juan 6:28 y 29, cuando la gente vino al Señor Jesús y preguntó: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Él les respondió: Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado. En lo que a Dios se refiere, "hacer", para los que no son salvos, equivale a "creer en Cristo". Dios no les está pidiendo a los no salvos nada en absoluto; quiere decirles que Él ya ha hecho algo.

Estimado oyente, Dios no estará pidiendo nada de usted hasta que se convierta en Su hijo. Pero a aquellos de nosotros que nos hemos convertido en hijos de Dios, nos dice: Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.

El oír la Palabra de Dios, estimado oyente, llevará a pasar a la acción a aquellos que son Sus hijos. El aprender algo a fuerza de repetirlo o una acción ritual o habitual no le conducirá a la acción sino le llevará a la monotonía, o a la rutina. La intención de la Palabra de Dios, es producir una acción creativa, una actuación productiva, una vida emocionante, y una experiencia apasionante. Si estamos motivados por un deseo interior y estamos disfrutando de un vivir lleno del Espíritu, entonces, usted y yo podemos salir a practicar cualquier deporte y disfrutarlo, así como también disfrutar de un estudio Bíblico. Y será para una experiencia emocionante.

En la frase en la que se nos aconseja a ser no tan solamente oidores de la Palabra, diremos que existe una diferencia entre ser un estudiante en una clase y un oyente. Por lo general, los profesores tienen más problemas con los que asisten a la clase como oyentes, que con los estudiantes matriculados. La diferencia es que los oyentes nunca tienen que tomar un examen, nunca tienen que tomar una clase de preparación, nunca tienen que preparar un trabajo escrito, nunca tienen que estudiar nada, simplemente se sientan en la clase. Y como no han cumplido ningún requisito, no recibirán un diploma. No han hecho nada, solo sentarse allí en la clase. Ahora en la vida cristiana, la fe conduce a la acción. Estimado oyente; la fe hará de usted más que un oyente.

Si solo seguimos siendo oyentes y no hacedores, continúa diciendo el versículo 22, estaremos engañándonos a nosotros mismos. El autoengaño, el engañarse a sí mismo, es muy lamentable; sería una de las peores cosas que uno podría hacer. El apóstol Juan dijo en su primera carta, capítulo 1 y versículo 8, que aquellos que dicen que no tienen pecado en sus vidas, no engañan a nadie, sino solo a sí mismos. Es muy fácil caer en la trampa de racionalizar nuestro pecado, y de racionalizar nuestra inactividad.

En los versículos 23 y 24 tenemos "el peligro de la Palabra". Leamos entonces el versículo 23 de este primer capítulo de Santiago.

"Si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, ése es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural"

Al oír hablar del que mira su rostro en el espejo, recordamos que en aquella época se utilizaba un trozo de latón o de bronce muy pulido como espejo. El espejo es un objeto interesante, y es usado aquí como una figura de la Palabra de Dios. Cuando usted mira a un espejo, ve un reflejo de sí mismo, es decir, que se ve tal como realmente es.

La Palabra de Dios actúa de la misma manera y le dice a usted lo que verdaderamente es. Quizá usted ha visto fotografías o cuadros del ex-presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, y habrá notado que, en algunos de los cuadros, hay una marca como de una verruga en su mejilla, que en otros cuadros no está. Cierto artista quería pintar un retrato del presidente, tratando de buscar la forma de pintarle sin que se viera esta marca que tenía el presidente en su rostro. Así fue que comenzó pidiéndole que cambiara de postura. Después el pintor desplazó su lienzo e hizo que Lincoln también cambiara de posición. El presidente no pudo menos que sonreír al ver lo que el artista hacía. Éste estaba tratando de fijarle en una posición en la que la marca no se viera. Finalmente, el artista quedó satisfecho y le preguntó: "Sr. Presidente, ¿cómo quiere que lo pinte?" Lincoln respondió. "Pínteme tal como soy, incluyendo la verruga y todo". Esta sería la imagen que proyectaría un espejo; si usted tuviera una verruga u otra marca en la piel, la reflejaría. Esa es la razón por la que a muchos no les agrada pasar mucho tiempo frente a un espejo. Estimado oyente, la Palabra de Dios le revelará exactamente lo que usted es.

Leamos este versículo 23 otra vez: 23Si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, ese es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. En opinión de algunos, en este versículo debería decir "mujer". Una mujer generalmente lleva un pequeño espejo con ella, para asegurarse de que su cabello y maquillaje se mantienen en buen estado. ¿Pero qué diremos de los hombres? ¿Se miran ellos a los espejos? La verdad es que son tan vanidosos como las mujeres. Un hombre quiere asegurarse que su corbata se mantiene recta y centrada con la camisa, y de que no se haya despeinado. Vivimos en una época en la que nuestra apariencia, la imagen que proyectamos parece ser muy importante. Y un espejo revela nuestros defectos, dándonos la oportunidad de atenuarlos.

Aunque hay un peligro al mirarse en el espejo: y es ver un defecto y no hacer nada al respecto. Y el versículo 24 dice:

"él se considera a sí mismo y se va, y pronto olvida cómo era."

Aquí Santiago estaba respondiendo a lo que dijo en el versículo 19, en el que escribió: todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar. Y aquí el énfasis recae en no ser rápido o no apresurarse cuando uno se mira en el espejo. El pensamiento expresado en pronto para oír es dedicarle toda la atención, y permanecer alerta ante la Palabra de Dios. Lo que Santiago estaba diciendo era que no se la debía tratar despreocupadamente, pasando por ella apresuradamente. Cualquiera que sea simplemente un oyente de la Palabra y no un hacedor de la misma, pues su conocimiento de la Biblia no le lleva a la acción, es como el hombre que contempla su rostro natural en un espejo y, como dice el versículo, después de mirarse se va y se olvida de cómo era.

Las personas a quienes no les gusta leer en la Biblia la realidad, el hecho de que son pecadores, simplemente pasan por alto esas secciones. Creemos que esa es una de las razones hoy por la cual la predicación textual de la Biblia está fuera de moda. Creemos que necesitamos pasar detenidamente a través de toda la Palabra de Dios, no solamente escoger, yendo de un pasaje a otro, unos versículos bonitos, que nos gustan especialmente. Dios no nos entregó la Biblia en versículos, digamos de paso; los versículos fueron marcados o distinguidos por hombres. Necesitamos tomar la Palabra de Dios simplemente como ella es. La Palabra es un espejo que revela lo que funciona mal en usted. Un enfermo que vaya al médico para hacerse una radiografía y resulte que ésta revela la existencia de un cáncer en su cuerpo, podría reaccionar diciendo; "Bueno, mire doctor, no tengo mucha confianza en el sistema de radiografías, así que será mejor no hacerle caso y olvidarlo". Conocemos a personas que han adoptado esa actitud de desconfianza o despreocupación, y que han muerto. Estimado oyente, uno no puede permitirse leer la Palabra de Dios y no responder, no reaccionar ante ella. Ella requiere una respuesta suya, y si usted no responde, entonces usted será responsable. Si el médico le dice que tiene un cáncer y usted no hace nada al respecto, ¿es responsable el médico? Él no es en absoluto responsable. Y Dios le ha dado a usted Su Palabra, y usted es responsable por la respuesta que le dé a esa Palabra. A alguien que ha nacido espiritualmente de nuevo la Palabra le dice: "Mira, ya no estás creciendo. Estás realmente abandonando tu primer amor". Así que Dios usa Su Palabra para recordarnos Su Persona, y para que regresemos a la primera relación con Él.

La Biblia es un espejo que revela nuestros defectos, y no deberíamos olvidar aquellas palabras de Hebreos capítulo 4, versículo 12, que dice: 12La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. La Palabra nos revela y expone tal como somos, penetrando bajo la superficie de nuestro ser.

Creemos que la Biblia no es hoy un libro muy popular. Es uno de los libros que se vende más, pero que se lee menos. Y no goza de popularidad porque nos muestra quienes somos en realidad. Porque sencillamente demuestra lo que uno es. Hace muchos años, una familia vivía en una zona muy aislada de las montañas, y a veces ese lugar era visitado por los turistas. Algunas de estas familias que viven allí no veían a muchos de ellos, y después que los turistas se retiraban, tenían por costumbre ir y revisar el lugar para ver qué se habían olvidado allí. En cierta ocasión, un hombre encontró varios objetos que los turistas habían dejado, y entre ellos se encontró un espejo. Él nunca había visto un espejo anteriormente. Miró pues, el espejo, y no se dio cuenta que lo que miraba allí era su propio rostro, y este hombre dijo: "No sabía que mi papá se había sacado una foto". Bueno, lo que en realidad él estaba observando era su propio rostro que era semejante al de su padre. Se estaba observando a sí mismo. Él, por supuesto, sentía cierta atracción sentimental a este objeto, y entró a su casa y trató de esconder ese espejo en un lugar seguro. Su esposa lo estaba observando, y no dijo nada, pero cuando él salió, fue a ver lo que había escondido. Y entonces, encontró ese espejo. Ella entonces se miró en el espejo y al ver su rostro, y sin darse cuenta de que era ella misma dijo: "Ajá, así que ésta es la vieja con la cual él ha estado saliendo". Debemos decirle, estimado oyente, que resulta muy fácil leer la Palabra de Dios y pensar que es una figura de alguna otra persona. Sin embargo, es una figura de usted mismo, y de mí mismo.

Ahora, en el versículo 25 de este capítulo 1 de la epístola de Santiago, encontramos el "designio" de la Palabra. Allí dice:

"Pero el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace."

En aquellos días, el espejo se colocaba en el suelo, y uno tendría que inclinarse para verse en él. Y esto indica que uno necesita una mente humilde. Eso es lo que indica esto de mirar atentamente. Aquí se habla de la perfecta ley, la de la libertad. Esta no es una referencia a la ley de Moisés; es la ley de la gracia. Santiago no habló en cuanto a la ley en el mismo sentido en que habló Pablo. Cuando el apóstol Pablo habla de la ley, se refiere a la ley de Moisés. En cambio, cuando Santiago habla de la ley, se refiere a la ley de fe. Hay amor en la ley del Antiguo Testamento, y hay ley en el amor del Nuevo Testamento. Dijo Jesús en el evangelio de Juan, capítulo 8, versículo 36: si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres. Sin embargo, el Señor también dijo en Juan capítulo 14, versículo 15: Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y el apóstol Pablo dijo, en Gálatas, capítulo 6, versículo 2, Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. ¿Cuál ley? Juan dijo en su primera epístola, capítulo 5 y versículo 3: Este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos.

Cuando uno está conduciendo por la carretera también tiene numerosas leyes y si usted quiere conducir libremente por esa carretera, será mejor que obedezca las leyes de circulación. En el ámbito espiritual, hay libertad en Cristo, y es la única verdadera libertad. Sin embargo, usted puede estar seguro de que si usted está unido a Cristo, le va a obedecer y Sus leyes no son duras, difíciles ni rigurosas. Como usted es un hijo de Dios, su libertad no le permite quebrantar los Diez Mandamientos. Aquellas leyes son para los débiles, para el hombre natural. Las leyes son para los que quebrantan la ley; y tratan sobre qué hacer, a donde ir, y cómo, con castigo determinado para aquellos que no las cumplen. Los ciudadanos honestos no necesitan la ley y, a veces hasta no la conocen bien. Sin embargo cualquier abogado sagaz las conoce, porque muchos le consultan sobre lagunas o resquicios legales para incumplir esas leyes.

Bien, estimado oyente, vamos a detenernos aquí por hoy, y Dios mediante, concluiremos esta sección en nuestro próximo programa. Mientras tanto, le aconsejamos que usted lea el resto de este capítulo 1 de la epístola de Santiago, y también el capítulo 2, para que esté más familiarizado con su contenido. Y también le invitamos cordialmente a que continúe acompañándonos en este recorrido por la carta del apóstol Santiago.

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