Estudio bíblico de 1 Pedro 3:1-9

1 Pedro 3:1-9

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro recorrido por la primera epístola del Apóstol Pedro. En nuestro programa anterior dijimos que en este capítulo el apóstol Pedro enseñó que el sufrimiento también produce una conducta cristiana en la vida del creyente. Esta conducta se manifestará en dos lugares diferentes: en el hogar y en la iglesia. En nuestro programa anterior, comenzamos la primera subdivisión del capítulo, titulada "La conducta en el hogar", que se extiende hasta el versículo 7. Comentamos el versículo 1 diciendo que en la epístola a los Efesios, en el capítulo 5, encontramos este mismo tema de la posición de la esposa en el hogar. Pablo trató el tema de la relación entre una esposa y un esposo cristianos considerando que ambos estuvieran llenos del Espíritu Santo, y la relación entre ellos era tal, que el marido amaba a su esposa hasta el punto de que estaba dispuesto a morir por ella. Sin embargo, el apóstol Pedro estaba presentando aquí una situación totalmente diferente a la que el apóstol Pablo aludió en Efesios.

El matrimonio se realiza en tres niveles diferentes. El primero es el físico, que es importante. De éste se habla con frecuencia y nos referimos a la relación sexual como expresión de amor entre los miembros de la pareja. Entre dos creyentes, esa relación puede convertirse en la más hermosa experiencia que puede vivirse en este mundo. Creemos que los creyentes son aquellos que más pueden realmente disfrutar de la relación física hasta su plenitud. No cabe duda, pues, de que esa relación física es un acto maravilloso.

Ahora, el segundo nivel en el matrimonio es la relación mental o psicológica, que también es muy importante. Es hermoso cuando marido y mujer pueden disfrutar al llevar a cabo actividades comunes. Cuando esto no ocurre, porque sus gustos o preferencias son completamente diferentes, la salud de la relación matrimonial se resiente seriamente. Cuando marido y mujer no comparten los mismos intereses, se crean una especie de compartimentos en los cuales cada uno, de acuerdo con sus inclinaciones puede apartarse del otro para hacer lo que realmente le apetece. La vida actual en sociedad ofrece muchas opciones y oportunidades para que cada uno satisfaga sus gustos en solitario. Esta es una situación que suele acabar afectando a los sentimientos y destruyendo la vida en común.

Ahora, el tercer nivel es el nivel espiritual. Y ese nivel existe solamente en un matrimonio cuando ambos son creyentes. Cuando llegan los problemas y se acercan las dificultades, las tristezas y el sufrimiento, ambos cónyuges pueden arrodillarse juntos, acercarse a Dios en oración, y reunirse alrededor de la Palabra de Dios. Es posible romper cualquier otro de los niveles de unión pero, como dice el Eclesiastés, capítulo 3, versículo 12, cordón de tres dobleces (o de tres hilos) no se rompe fácilmente. Cuando un matrimonio funciona en los tres niveles, podemos decir que es un matrimonio feliz. Los dos primeros hilos podrían romperse, pero si el tercero resiste, el matrimonio se mantendrá. Sin embargo, cuando el tercero se destruye junto con los demás, todo se ha perdido en la convivencia de esa pareja. En estos casos y siendo realistas, hay muy poca esperanza de que sobreviva un matrimonio en estas condiciones.

Hemos estado considerando el matrimonio entre dos creyentes. Pero supongamos, por ejemplo, de que la esposa esté casada con un hombre que no sea cristiano. En primer lugar diremos que ella no debería haberse casado con él, si esa era la situación antes de que ambos se casaran. Cualquier hombre o mujer que se casa con alguien que no es creyente se enfrentará con problemas. La Biblia no aprueba el matrimonio entre un creyente y un no creyente. En el libro de Deuteronomio capítulo 22, versículo 10 leemos: no ararás con buey y con asno juntamente. Trasladando esta ilustración al mundo de los seres humanos, diremos que hay muchas vidas espiritualmente incompatibles que se unen en la actualidad, lo cual constituye un grave error.

Cierta joven vino a hablar con su Pastor y le dijo: "Mi novio no es creyente, pero yo voy a ganarle para el Señor". Y el Pastor le dijo: "pero ¿aun no le ha ganado para el Señor?" Ella contestó: "No. Ni siquiera quiere venir a la iglesia conmigo". Entonces el Pastor le dijo: "Este es el momento en que usted puede ejercer mayor influencia en la vida de ese joven. El día en que usted se case con él, su influencia para ganarle para el Señor va a disminuir notablemente. Nunca podrá volver a hablarle de Dios con tanta efectividad como ahora. Usted va a vivir con él, y él la estará observando atentamente a partir de este momento. Si usted no le puede traer a la iglesia en esta etapa del noviazgo, en el futuro tendrá mayores problemas". A ella no le agradó este comentario y buscó a otro pastor para que realizara la ceremonia nupcial. Pero al cabo de dos años vino llorando y buscando consejo porque se había divorciado. Estimado oyente, ese matrimonio se dirigía en esa dirección desde antes de haberse consumado.

Aquí en este pasaje de la primera epístola de Pedro, tenemos ante nosotros una situación en la cual se contempló a una mujer cristiana y un esposo no cristiano; aparentemente, la esposa se convirtió a Cristo después de que ambos se casaron. ¿Había de convertirse ella en una mujer predicadora en el hogar para explicarle y exponerle a su esposo el evangelio? No, ella debía continuar manteniendo su posición de sumisión ante él. Estar sometido a alguien significa estar sometido a uno mismo. Esta es una actitud voluntaria, es decir, que no constituye un mandamiento, una orden. O sea que la esposa debía continuar en ese estado voluntario de sujeción, permitiendo que su marido ---aunque no fuera creyente--- continuara asumiendo la dirección de la familia.

Sin embargo, supongamos ahora que el marido hubiera querido que ella participara con el en actividades que resultaran incompatibles con su fe. ¿Debía ella ceder? Incluso aquellos que, enfatizaran demasiado una actitud de obediencia indiscutible, estarían de acuerdo en que ella no debía ceder e implicarse en esa conducta.

Y debemos enfatizar que su sumisión tenía que ser voluntaria. Dios nunca habría mandado que una esposa en esa situación participara en actividades pecaminosas o discutibles que la hicieran sentirse incómoda y dañaran su testimonio cristiano. Una esposa cristiana debe vivir cuidadosamente ante un esposo no cristiano. La predicación, razonamientos o presiones de ella no serían de ningún provecho. Aquí en nuestro versículo 1 de este tercer capítulo, el apóstol Pedro aconsejó a las esposas que vivieran esa situación en su hogar y hablando de sus esposos dijo: si algunos de ellos no creen en la palabra, puedan ser ganados más por vuestro comportamiento que por vuestras palabras. En otras palabras, era como si la esposa cristiana tuviera que predicar un sermón silencioso por medio de su vida pura vivida ante su esposo no creyente. Ahora, escuchemos lo que dice aquí el versículo 2, de este capítulo 3 de la primera epístola del Apóstol Pedro:

"Al considerar vuestra conducta casta y respetuosa."

El apóstol dijo que el esposo reconocería que la esposa había cambiado y quería vivir una vida pura para Dios, y que ya no deseaba satisfacerse con las cosas de este sistema de valores del mundo. Por lo tanto, este es el contenido del testimonio de su fe que la esposa podía comunicarle.

En cierta ocasión, una señora contó su propia experiencia con su esposo no creyente, diciendo: "Yo llevo a mi esposo a la iglesia todos los domingos". (Ella era la clase de mujer que podía hacer eso porque, al parecer, tenía una personalidad bastante dominante). Y continuó diciendo: "él no es salvo, y pienso que cada domingo se va a decidir a aceptar al Señor como su Salvador, pero no lo hace. Entonces, los lunes por la mañana, cuando desayunamos juntos, le digo llorando: "Ah, como me gustaría que aceptaras a Cristo". Luego, cuando él regresa del trabajo por la noche, me siento delante de él y lloro otra vez y le ruego que acepte a Cristo". Al oír esto, nos imaginamos lo duro que será vivir con una mujer que cada vez que uno se sienta a la mesa para el desayuno o la cena se pone a llorar y lamentarse. Así que el pastor de esta señora la aconsejó para que por un plazo de tiempo, dejara de hablarle a su esposo del Señor. Ella, sorprendida, le dijo entonces: "¿Quiere decir usted que entonces no tengo que darle testimonio de mi fe?". A lo cual el pastor le respondió: "No, eso no es lo que queremos decir, sino que el Apóstol Pedro mismo dijo que cuando uno no puede ganarlos a ellos con la Palabra, entonces, deberíamos comenzar a predicarles un sermón sin palabras, es decir, que debemos dejar que nuestra conducta hable. ¿Qué puede decir en cuanto a su vida; qué clase de vida está viviendo usted delante de él?" Estas palabras llevaron a aquella mujer a reflexionar y a examinar su forma de vivir, de hablar, de comportarse, y fue consciente de que debía efectuar algunos cambios en su forma de ser si quería ganar a su esposo para Cristo. Y así pasaron seis meses y un domingo por la mañana, su esposo respondió a la invitación del Evangelio y aceptó al Señor Jesucristo como su Salvador. Es que el sermón sin palabras, la verdad expresada a través de una conducta había surtido efecto. Continuemos leyendo el versículo 3 de este tercer capítulo de 1 Pedro:

"Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos"

Obviamente, este versículo no prohíbe todo tipo de adorno y si lo hiciera, prohibiría todos los atavíos.

En el imperio romano se le daba mucho énfasis a la forma en que las mujeres arreglaban su cabello. Si usted ha visto algunos cuadros de ese período, habrá notado que las mujeres cargaban sus cabezas con toda clase de cabello, aunque no fuera el suyo propio. Arreglaban muy bien su peinado e incluso le añadían algunas joyas. Hoy también se le da mucha importancia al arreglo del cabello y al vestido. Si una mujer no puede ganar a un hombre no creyente, por medio de su atractivo antes de casarse, nunca lo ganará después de haberse casado con él. Una mujer puede adornarse todo lo que quiera pero seguramente nunca lo ganará para el Señor de esa manera.

Sin embargo, creemos que una mujer creyente, por supuesto, debería vestirse a la moda. Todavía hay personas que opinan que no tienen que utilizar ninguna clase de cosméticos y que deberían desentenderse de su forma de vestir. Por el contrario, huyendo de toda exageración, la mujer cristiana puede arreglarse a la moda con buen gusto, sentido común y, de esa forma, resultará atractiva y causará, en su trato personal, una buena impresión.

El caso es que el énfasis del apóstol en este pasaje recayó sobre el hecho de que ninguna mujer puede ganar a un hombre no creyente para Cristo por medio de su atractivo físico. Ahora, pasando al versículo 4 en este capítulo 3 de la primera epístola del Apóstol Pedro, leemos:

"Sino el interno, el del corazón, en el incorruptible adorno de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios"

El escritor le aconsejó a la mujer que estuviera motivada por el adorno interior, el adorno de un espíritu suave y apacible. Recordemos que en el breve libro de Rut, leímos que cuando Booz fue al campo y vio a aquella joven maravillosa del pueblo de Moab, llamada Rut, se enamoró de ella. Pero también destacamos algo más. Booz había oído hablar de su hermoso carácter y de su personalidad, y entonces se enamoró de la totalidad de su persona.

En una época en la que existen excelentes productos cosméticos, y no solo para la mujer sino también para el hombre, no vemos por qué las personas no han de intentar tener un aspecto mejor y, en este sentido, vemos que hoy se ha generalizado también el deseo de conservarnos en una buena forma física. Todos tratamos de ofrecer el mejor aspecto que podamos, vistiendo la ropa que nos agrada y favorece. Y al tratar de ganar a otra persona para la fe en Cristo, no olvidemos que lo que realmente cuenta es el adorno y atractivo interior. En este adorno interno, que es el más importante, se encuentra la verdadera atracción. Continuemos leyendo el versículo 5 de este tercer capítulo:

"Pues así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios estando sujetas a sus maridos"

Aquí vemos que hubo varios y grandes ejemplos de tales mujeres en al Antiguo Testamento. Ya hemos mencionado a Rut, que estaba en la línea de descendencia que conduciría a Cristo. También se nos dijo que Raquel era una mujer hermosa y Jacob se enamoró de ella. Ella constituyó el punto luminoso en la vida de aquel hombre cuya vida, dicho sea de paso, fue bastante oscura. Y dice el versículo 6 de este tercer capítulo de 1 Pedro:

"Como Sara obedecía a Abraham, llamándolo señor. De ella habéis venido vosotras a ser hijas, si hacéis el bien sin temer ninguna amenaza."

Sara también era una mujer muy hermosa. Varios reyes quisieron casarse con ella y Abraham tuvo bastantes problemas a causa de su belleza. Pero ella le llamaba a él: "Mi señor", como señal de respeto. Ella respetaba mucho a Abraham y es hermoso cuando una esposa tiene un marido al cual ella puede respetar.

Ahora, el apóstol Pedro se dispuso a hablar a los maridos y el versículo 6 de este capítulo 3 de la primera epístola del Apóstol Pedro, dice:

"Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo."

Nos parece que se estaba hablando tanto a mujeres como a maridos cristianos, aunque estas instrucciones podían aplicarse en cualquier caso.

Otra versión traduce este versículo en una forma quizás más comprensible y dice: "De igual manera, vosotros, esposos, sed comprensivos en vuestra vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada, y ambos sois herederos del grato don de la vida". Vemos que aquí se enfatiza el respeto que el marido debe mostrar hacia su mujer. Más allá de todas las tendencias, creemos que la mujer quiere ser realmente una mujer, de la misma manera que el hombre desea afirmar su personalidad. Y teniendo en cuenta la delicadeza propia de su carácter ---que, por supuesto no implica debilidad--- debe ser tratada con honor y respeto. Cuando ella ocupa su lugar, tiene que ocupar la posición que le corresponde, de acuerdo con su capacidad y talentos.

Y después, el Apóstol Pedro dijo en este versículo 7 que sus lectores debían adoptar esta actitud "para que sus oraciones no fueran estorbadas". Es decir, que si el marido y la esposa no se llevaran bien, se perjudicaría el altar familiar. En aquellos momentos que desearan relacionarse con Dios, no tendría sentido que oraran juntos. Al haber tensión y discusiones entre ellos, Dios permanecería fuera de sus vidas. Ahora, cuando marido y mujer tienen una relación armoniosa, pueden orar juntos y sus oraciones llegarían a la presencia de Dios porque ningún obstáculo se interpondría entre ellos y Dios.

Leamos ahora el versículo 8 de este tercer capítulo, que inicia un nuevo párrafo titulado

La conducta en la iglesia

"En fin, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables."

Los creyentes deben ser de un mismo sentir, comprensivos, compasivos y atentos, lo cual significa que se espera que sean humildes, que no sean dominantes en su trato con los demás. Estas tienen que ser las actitudes y acciones de un creyente hacia otros creyentes y hacia todas las personas en general. Y dice el versículo 9 de este tercer capítulo:

"No devolváis mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados a heredar bendición"

Este pasaje nos recuerda el Sermón del Monte, en el cual el Señor Jesucristo dijo que no devolviéramos el mal, el daño que otros quieran ocasionarnos, sino que, si recibíamos una bofetada en la mejilla derecha, le ofreciéramos también la otra. ¿Y si alguien dice de nosotros algo que no es cierto, debemos devolver el golpe y contraatacar? No. En una situación así, debemos remitir el caso al Señor y El se encargará de resolver la situación con justicia. Si adoptáramos esta actitud y obráramos de acuerdo con este principio, se disolverían todos los grupos de resentidos, todas las rivalidades y discusiones que enturbian las relaciones y la convivencia fraternal entre los cristianos. Recordemos que somos representantes del Señor en este mundo.

Bien, estimado oyente, debemos detenernos aquí por hoy. Si Dios lo permite y usted continúa acompañándonos en este viaje a través de la Biblia, nos reuniremos en nuestro próximo estudio para continuar considerando el resto de este tercer capítulo de la primera carta del apóstol Pedro. Le sugerimos que lea hasta el final de este capítulo para familiarizarse con su contenido.

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