Estudio bíblico de Zacarías 4:1-3

Zacarías 4:1-3

Continuamos hoy, queridos amigos, nuestro estudio del libro del profeta Zacarías, retomando la lectura en su capítulo 4:

"Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó, como un hombre que es despertado de su sueño. Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; Y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda. Proseguí y hablé, diciendo a aquel ángel que hablaba conmigo: ¿Qué es esto, señor mío?"

Nos detendremos aquí, en esta pregunta que hace este joven Zacarías. Nos encontramos en la que llamamos séptima visión del profeta. Las anteriores visiones aludían a figuras tales como jinetes entre mirtos, los cuatro cuernos, los cuatro carpinteros, el hombre con el cordel de medir, Josué y Satanás, y luego el renuevo, y la piedra con los siete ojos.

Ahora, Zacarías tuvo una visión de un candelabro de oro y los dos olivos.

Recordamos que Zacarías vivió durante los agitados años del comienzo de la liberación de los judíos de la cautividad del imperio babilónico, allá por el año 520 A.C. El propósito principal de Zacarías fue animar al pueblo a volverse al Señor y reconstruir el Templo. Zacarías tenía en su pensamiento y en su corazón la necesidad de persuadir a su pueblo para que se renovara espiritualmente. Zacarías fue una llamada a la renovación, una renovación espiritual que todos necesitamos, pues nuestras ropas, como la del Sumo Sacerdote Josué, siguiendo la visión del profeta, están sucias por nuestros pecados y necesitan ser limpiadas para poder presentarnos ante Dios.

Recordemos que el propósito de todas estas visiones nocturnas se explicaban en el primer capítulo del libro, en sus versículos 3, 5 y 6: El Señor prometió que si Judá vuelve a Él, Él se volverá a ellos, y que su Palabra seguirá cumpliéndose. En síntesis, puede decirse que el mensaje de Zacarías, además de criticar a los líderes de su pueblo por su desidia espiritual, fue afirmar que, cuando se había acabado toda esperanza de reconstruir un mundo mejor, era fundamental recordar que todavía Dios, por medio de Su acción y Su palabra, podía crear un futuro lleno de justicia y paz.

¿No son acaso válidas hoy día las palabras de Zacarías? ¿No necesitamos hoy un mundo mejor para nosotros y nuestros hijos? ¿No necesitamos recuperar los valores básicos que podrían ayudarnos a conseguirlo?

Es por eso, estimado amigo, que desde aquí no nos cansamos de afirmar que la Biblia, la Palabra de Dios, es hoy más útil y necesaria que nunca; le animamos a leerla y a analizarla, tal y como venimos haciendo a lo largo de esta serie de Programas.

Por medio de las visiones del profeta, la nación de Israel en el exilio llegaría a conocer la firme voluntad de Dios de liberarles del yugo de la esclavitud y la opresión babilónica. Él les llevaría de regreso a su tierra. Estas palabras, nos imaginamos, debieron resultar una inestimable fuente de consuelo y motivación para un pueblo que, sabiéndose nación escogida por el Señor, le había dado la espalda, perdiendo así su comunión íntima con el Señor, así como todas sus bendiciones.

En nuestro último programa estuvimos analizando la última visión del profeta, aquella en la que un hombre llamado Josué, el Sumo Sacerdote, que era la máxima autoridad espiritual de su nación, aparecía ante el Señor con vestiduras sucias e inmundas, simbolizando de este modo los pecados del pueblo de Israel. A su lado, el "acusador", Satanás, le inculpaba ante Dios, debido a la vileza de los israelitas. Sin embargo, Dios, que es un Dios de pactos, fiel a Su Palabra, iba a pasar por alto, una vez más, la conducta de sus hijos, les iba a dar una nueva oportunidad para retornar a su casa, y comenzar de nuevo.

En su visión, Zacarías pudo ver cómo al Sumo Sacerdote le fueron cambiadas sus sucias vestiduras por otras blancas y limpias, ropas "de gala", menciona la Escritura, apropiadas para una celebración.

La historia nos dice que finalmente el pueblo de Israel retornó a su hogar, con un propósito y una mente espiritualmente renovada. Pero, para ser usados por Dios, para sus propósitos, debían, antes de nada, ser limpiados de cualquier impureza que pudiera resultar una afrenta a Dios. Recordemos que Dios es un Dios Santo, que no admite pecado en Su presencia.

¿Quién, entonces, podía limpiar los gravísimos pecados del pueblo de Israel? Desde luego, ellos no podían limpiarse a sí mismos. Tampoco podían ser limpiados por su propia religión, corrompida por sus ritos paganos y su desobediencia a Dios. Necesitaban, por tanto, una fuerza externa a ellos mismos, superior en poder y pureza. Necesitaban al mismísimo Dios. A nadie más.

El profeta Isaías en el capítulo 1, versículo 18 afirmó: "Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana".

Y Josué, el Sumo sacerdote, pudo experimentar como sus vestiduras sucias fueron cambiadas por otras limpias. Incluso él, siendo la máxima autoridad espiritual del país, no podía presentarse ante Dios como "justo", dado que la Palabra de Dios afirma que: "Todas nuestras obras justas son como un trapo de inmundicia". (Isaías 64:6). Por esta razón, estimado amigo, necesitamos ser revestidos con la justicia de Cristo. Cristo nos hace "justos", nos "justifica ante Dios", el cual nos mira a través de los ojos de su Hijo. Por eso podemos entrar a Su presencia y disfrutar de ella; no por nuestros méritos debido a "buenas obras", sino gracias a los méritos de Cristo, que voluntariamente se entregó por nosotros, ocupando nuestro lugar en la Cruz. Éramos nosotros lo que teníamos que haber sido castigados por nuestros pecados, y no el Hijo de Dios.

Gracias a estas nuevas vestiduras, a esta nueva oportunidad, Josué podría llegar a ser el líder espiritual que la Nación necesitaba en esta difícil etapa de la historia de Israel.

Muchos años después, sería el apóstol Pedro quien, en su primera epístola, capítulo 1, versículos 18 y 19, declararía:"Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación". Así es como usted y yo somos rescatados; no por nuestros méritos sino por los de Cristo. ¿Puede acaso haber mayor acto de amor hacia la humanidad y hacia usted mismo? El mismo apóstol Pablo escribiéndole a Tito, le dice, en el capítulo 3, versículo 5: "Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo".

Retomemos ahora la visión del candelabro de oro que aparece en el capítulo 4 de Zacarías, que nos va a dar varias pistas sobre cómo él debería enfrentarse a esta tarea, no por sus fuerzas, sino por el poder del Espíritu de Dios, para llegar a ser, algún día, "la luz del mundo". El Señor Jesucristo le dijo a los Suyos: "Vosotros sois la luz del mundo". (Mateo 5:14).

"Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó, como un hombre que es despertado de su sueño.Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él."

La descripción que Zacarías hizo del candelabro resulta difícil de entender. El candelabro, que era un elemento fundamental en el culto tanto en el Tabernáculo como en el Templo, representar la presencia o providencia de Dios.

El candelabro de oro era también uno de los símbolos de la nación de Israel. Otros símbolos que nos encontramos en las Escrituras representando a esta nación son la "zarza ardiente" que vio Moisés y "la vid", mencionada por el profeta Isaías. Hoy, el Señor Jesús es esa vid para la iglesia. Y si usted ha sido salvado por Él, no ha sido en virtud de su nacionalidad, clase social o económica, rito o ceremonia religiosa. La religión no es lo que salva de la muerte y los pecados. Es Jesús, la Vid Verdadera.

¿Qué significa ser salvo? Recordemos que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento de la Biblia están centrados en el hecho de que la Salvación es necesaria debido a que el hombre está totalmente arruinado por la caída, tal y como se relata en el libro de Génesis, y por ello mismo, está destinado a la muerte y perdición eterna. De esta manera, el hombre necesita ser rescatado y salvado mediante la intervención de un Salvador divino: Jesús, el Hijo de Dios, que vino a este mundo para traernos el Evangelio o "buenas noticias" de Salvación y para ocupar nuestro lugar en la Cruz.

Así, querido amigo, el mensaje bíblico se distingue claramente de una mera moral religiosa que se limite a dar al hombre consejos de buena conducta, o que preconice la "mejora" del hombre mediante sus propios esfuerzos y talento (como haría el "humanismo"), o que alabe la existencia de una fuerza interior divina capaz de transformar el universo (como harían las corrientes similares a la "Nueva Era").

Estimado oyente, debemos ser muy claros a este respecto: La Biblia no es simplemente un "Manual de buenos consejos". Tampoco es un mero compendio de hermosas poesías hebreas. O una recopilación de pensamientos espirituales. Ni tampoco es una colección de libros "sabios."

La Biblia es mucho más que eso. Es la palabra de Dios. Es poder de Dios para salvación y vida eterna. Es una "buena noticia" de salvación para usted y para su familia. Y hasta que no entendamos esto, la lectura de la Biblia no pasará de ser un agradable ejercicio de reflexión intelectual y moral, que no está mal, pero que no alcanza a comprender el verdadero propósito de Dios: Que sea salvo por medio de su Hijo Jesús, y que viva eternamente en Su presencia.

En la visión de Zacarías, puede notarse que el candelabro no es alimentado por un aceite preparado por ningún ser humano, y no arde delante de Dios, sino que representa su presencia vigilante. El recipiente representa la abundante provisión de aceite, simbolizando, de esta manera, la llenura del Espíritu de Dios, que inviste poder. El número siete, símbolo de perfección, representa la abundante y radiante luz que emana de las lámparas.

El candelabro, como antes mencionábamos, tenía siete brazos y siete lámparas, y fue uno de los artículos que se utilizó en el tabernáculo, y posteriormente en el templo. Era, sin lugar a dudas, una de los objetos más hermosos que adornaban el tabernáculo. De oro macizo, había sido labrado a martillo por un artesano llamado Bezaleel,, lleno del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte (Éxodo 31:3), fue él quien lo diseñó y realmente debió haber sido una pieza única y muy hermosa. Tenía siete brazos, tres de cada lado del brazo principal. Cada uno de estos brazos culminaba en una copa semejante a una flor de almendro, en la cual se colocaba la lámpara.

Era el propio Sumo Sacerdote el que tenía a su cuidado el candelabro de oro. Él encendía las luces de las lámparas al atardecer, cuando el pueblo de Israel, en su peregrinaje de 40 años por el desierto, acampaba para descansar, en su marcha por el desierto. El Sumo Sacerdote iba agregando aceite continuamente para que ardiera apropiadamente.

Curiosamente, encontramos una imagen similar en el libro de Apocalipsis. El Señor Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote, situado en medio de los siete candeleros, las siete iglesias, advierte una y otra vez: "quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido". Y de hecho, así ha sucedido. Si usted visita los emplazamientos de las iglesias mencionadas, localizadas en la actual Turquía, ninguna de ellas permanece. Él les ha quitado el candelero. De la misma manera ha sucedido en otras muchas iglesias desde entonces, a las cuales Él ha cerrado sus puertas, debido a su inefectividad a la hora de anunciar la Palabra de Dios, y de brillar para Él.

El renombrado teólogo Hengstenberg fue el autor de la siguiente declaración: "El aceite es uno de los símbolos más claramente definidos en la Biblia, simbolizando al Espíritu Santo."

Si usted ha leído los evangelios, recordará que Jesús anunció que cuando se fuera de este mundo, nos enviaría al Espíritu Santo. Y que cuando el Espíritu Santo viniera, no hablaría de Sí mismo, sino de Cristo. Viajemos por un instante al capítulo 16 del evangelio según Juan, versículos 7 al 15, donde leemos: "Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9De pecado, por cuanto no creen en mí; 10de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 11y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. 12Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. 13Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. 14El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. 15Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber."

Observemos nuevamente el candelero. El candelero sostenía las lámparas que irradiaban luz. Y la luz, a su vez, revelaba la belleza y gloria del candelero. Del mismo modo, el Espíritu Santo no habla de Sí mismo, sino que revela la gloria y la belleza del Señor Jesucristo.

Continuemos leyendo el versículo 3 del capítulo 4 de Zacarías:

"Y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda."

Los dos olivos hacen referencia aquí, muy probablemente, a las funciones sacerdotales y reales. Las dos ramos de olivo representan a Josué y Zorobabel, a quiénes Dios consagró a su servicio.

Josué, que representaba el sacerdocio, escogido por Dios para ministrar su culto, mientras que Zorobababel tendría a su cargo el reconstruir el Templo y gobernar la nación.

Zorobabel era el príncipe de Judá y gobernador de Jerusalén, nacido probablemente en Babilonia durante la denominada cautividad de Babilonia. Nieto del rey Joaquín de Judá y descendiente directo del rey David, cuando el rey Ciro II el Grande de Persia permitió a los judíos cautivos de Babilonia regresar a Judá (538 a.C.), dirigió el primer contingente de unas 42.000 personas. Ciro le nombró gobernador seglar de Jerusalén. Allí organizó la reconstrucción del Templo, que había sido destruido en el 586 a.C. por Nabucodonosor II de Babilonia.

Josué y Zorobabel serían quienes, por encargo directo de Dios, guiarían las obras de reconstrucción del pueblo y lo harían bajo el poder del Espíritu del Señor, como veremos más adelante. Esta combinación de funciones, la sacerdotal y la real, apuntan finalmente a la figura del Mesías como Rey y Sacerdote.

Estimados amigos, por hoy nos despedimos, recomendándole que lea detenidamente el resto de este capítulo 4 de Zacarías. Hasta nuestro próximo programa nos despedimos de usted, pidiendo a Dios Su luz y guía al meditar en la lección que acabamos de estudiar.

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