Estudio bíblico de Malaquías 1:4-8

Malaquías 1:4 - 8

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro viaje por el libro de Malaquías, un profeta que Dios usó para comunicar Su mensaje en la ciudad de Jerusalén en torno al año 450 a.C.

Recordemos que nuestro estudio se centra en el último libro del Antiguo Testamento, tras el cual, Dios no volvió a hablar al hombre por un largo periodo de silencio de 400 años. Este aparente vacío silencioso de la voz de Dios finalizó con la aparición, profetizada cientos de años antes, de Juan el Bautista, quien preparó el terreno para la llegada del Mesías, Jesús de Nazaret. Los profetas de la Biblia, cuyos 17 libros usted puede encontrar agrupados al final del Antiguo Testamento, eran portavoces divinamente elegidos que recibían y comunicaban el mensaje de Dios.

Ya comentamos en nuestro programa anterior, que nada sabemos de este personaje, del profeta Malaquías, salvo que Dios lo dirigió a profetizar a la nación de Israel unos cien años después de haber regresado del exilio en Babilonia. Si bien, tras el retorno a su país, el pueblo se había entusiasmado con la idea de reedificar Jerusalén y su templo, como también restaurar el sistema antiguo de culto, pero, su celo pronto comenzó a desvanecerse. Comenzaron a cuestionarse la providencia de Dios y su fe degeneró, poco a poco, en un crudo cinismo y una profunda apatía espiritual.

También adelantamos en nuestro anterior programa que el profeta Malaquías poseía un afilado sentido del humor. Su método de preguntas y respuestas persigue despertar las cauterizadas conciencias de sus hermanos de sangre. Las cuestiones que, en tono valiente y desafiante plantea a sus oyente, tienen como objeto colocar un espejo ante sus ojos, para que puedan observar la imagen que éstos tienen ante Dios.

Releamos el versículo 2, que dice así:

"Yo os he amado, dice el Señor; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice el Señor. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto."

Y continuando con nuestra lectura a partir del versículo 4:

"Cuando Edom dijere: Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar lo arruinado; así ha dicho el Señor de los ejércitos: Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual el Señor está indignado para siempre. Y vuestros ojos lo verán, y diréis: Sea el Señor engrandecido más allá de los límites de Israel."

Mediante estas palabras Dios les recuerda claramente su gran privilegio como nación escogida sobre todas las demás. Utilizó el antiguo reino de Edom, como comparación, así como las figuras de Jacob, antiguo patriarca hebreo, nieto de Abraham, y Esaú, al cual el Señor aborreció a favor del primero.

La historia nos cuenta que aunque los edomitas trataron de reconstruir sobre sus propias ruinas, Dios frustró sus esfuerzos. Por otro lado, Israel sería restaurado, y aunque la restauración completa ha tardado en llegar, será una realidad y la nación dará testimonio de la gracia de Dios para gobernarlos, tanto desde dentro, como más allá de sus fronteras.

Dice el versículo 6 de este capítulo 1 de Malaquías:

"El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice el Señor de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre."

Malaquías se refiere primero a los sacerdotes, porque ellos debían ser los que dieran ejemplo de una vida íntegra hacia Dios. Pero, en lugar de esto, ellos eran los primeros en menospreciar el Santo nombre del Señor, aunque su pregunta permite entrever el sarcasmo de Malaquías, pues está formulada de manera que parece una negación de su malvada actitud hacia Dios.

Resulta importante recalcar aquí que en este y en posteriores versículos, la afirmación de un amor incondicional del Señor no sirve para absolver de culpa, y por eso Malaquías pronunció esta acusación contra los sacerdotes, los supuestos líderes espirituales de la nación. Les demostró, como veremos más adelante, que habían desdeñado los sacrificios a Dios, su gloria y su ley.

"En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo."

Eso era lo que ellos estaban haciendo. La mención de un pan inmundo hace referencia a los sacrificios de animales, tal y como lo expresa el siguiente versículo. Los sacerdotes ofrecían sacrificios que tenían impurezas y manchas ceremoniales, los cuáles habían sido expresamente prohibidos por Dios. Sin embargo, ellos no querían aceptar esto porque preguntaban:

"¿En qué te hemos deshonrado?"

De nuevo, los sacerdotes, sorprendidos y seguramente ofendidos con la acusación de Malaquías, cuestionaron con hipocresía esta denuncia e hicieron un evidente menosprecio a Dios ofrendando animales con toda clase de taras y defectos: cojera, ceguera, enfermedades, etc.

"En que pensáis que la mesa del Señor es despreciable."

Aquí se refiere a la mesa de sacrificios utilizada por los sacerdotes en sus rituales. Leamos todo el versículo 7 de este capítulo 1 de Malaquías para apreciar todas estas ideas en conjunto:

"En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa del Señor es despreciable."

Con sus viles actos de impureza y ausencia total de respecto y temor al Señor, convirtieron sus sacrificios en una ofensa para Dios, y el altar, en despreciable para Él. Ello demostraba una profunda ausencia de respeto y veneración por su oficio y por su Dios. Sus corazones estaban manchados de inmundicia. Continua diciendo el versículo 8 de Malaquías, capítulo 1,:

"Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice el Señor de los ejércitos."

¿Por qué era tan importante ofrecer animales puros para ser sacrificados en el templo? Recordemos que en la época previa al cristianismo, los judíos debían realizar constantes sacrificios a Dios. Animales, vegetales e incienso eran diariamente sacrificados en el Templo por los sacerdotes. La Ley prescribía que debían ofrecerse los primeros frutos de la tierra y los primeros nacidos de los animales. Los sacrificios humanos, sin embargo, estaban expresamente prohibidos pues se consideraban una profanación del nombre de Dios. Ahora bien, existían numerosas regulaciones en cuanto al sexo, edad, raza y características de las víctimas, pero el criterio preponderante era que todo, siempre, debían ser perfecto, sin mancha o malformación alguna, pues la idea subyacente es que Dios merece sólo lo mejor.

Los sacerdotes de la época de Malaquías estaban contraviniendo, de manera reiterada y voluntaria, la normativa de pureza ritual, demostrando así una desidia por su labor y un desprecio hacia Dios.

Para comprender mejor esta situación imaginémonos lo siguiente, y quizá entre nuestros oyentes alguien esté pensando en este preciso instante: "Bueno, jamás he llevado a un animal enfermo para ofrecérselo a Dios en sacrificio". Notemos que, con un fino sentido del humor, Dios dice aquí: "¿Por qué no toma usted esa vaca enferma y se la entrega a la Agencia Tributaria como pago de sus impuestos?" Dios dice: Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿Acaso se agradará de ti, o le serás acepto? Es una buena pregunta.

Una vez más encontramos que la Palabra de Dios sigue resultando absolutamente válida hoy en día y aplicable a nuestras vidas. Porque de lo que estamos hablando aquí es de pureza y santidad. Es lo que los cristianos denominamos "santificación", que es el proceso por el cual un cristiano vive cada día más santamente, porque quiere reflejar y parecerse cada día más a Cristo.

La Biblia dice que los que hemos nacido de nuevo, es decir, los que hemos aceptado y creído por fe que Jesús es el Hijo de Dios, que vino a este mundo para morir por nuestros pecados y así salvarnos de la muerte eterna, comenzamos a andar un nuevo camino en el que diariamente nos enfrentaremos con problemas, a pruebas y dificultades que pondrán a prueba los cimiento de nuestra fe. Aún así, hasta el mejor de los cristianos, es un santo que peca, pues sólo en el cielo podremos culminar este proceso de ser perfectos como Cristo. Y por ello, el mejor de los hombres, sea o no cristiano, siempre tendrá pequeñas manchas impuras, pequeñas faltas, que ensucian su nombre y su moralidad. Y esos pequeños defectos, insignificantes ante los ojos de los hombres, constituyen, a pesar de su tamaño, una ofensa para Dios, que siendo Santo y puro, no puede aceptar nuestros sacrificios hacia Él.

Por ello, por buenas que sean nuestras obras, nunca serán lo suficientemente buenas para salvarnos. Por eso decimos que la salvación se obtiene como un regalo, sola y exclusivamente por la fe en Jesucristo, y nunca por nuestros propios esfuerzos, sacrificios o méritos.

Hace unos 2.500 años, Malaquías se enfrentó con el mismo problema: comunicar a unas personas que se creían santas y puras que sus sacrificios ocultaban pequeñas manchas o defectos que constituían una afrenta hacia un Dios perfecto, Santo y Puro. Afortunadamente, hoy en día los cristianos no tenemos que realizar sacrificios de animales, pues este hábito se terminó cuando Jesús fue sacrificado por todos nosotros. Sin embargo, bien es cierto, que si hoy en día Malaquías entrase en cualquiera de nuestras iglesias, volvería a ver esas pequeñas manchas y defectos que ensombrecen nuestras vidas y nos roban el gozo de vivir una vida cristiana plena, saludable, feliz y transparente.

¿Cuáles son sus manchas, estimado oyente? ¿Qué defectos hay en su vida que le están robando disfrutar de una relación más íntima y perfecta con el Señor? Tal vez hoy Malaquías está anunciándonos el mismo mensaje que los sacerdotes judíos escucharon 2.500 años atrás.

Leamos nuevamente el versículo 8 del primer capítulo de Malaquías:

"Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice el Señor de los ejércitos."

Malaquías lanzó aquí una acusación directa a los máximos dirigentes espirituales de su nación: los sacerdotes se habían atrevido a ofrecer a Dios lo que su príncipe o gobernador jamás habría aceptado como pago de sus impuestos. Tenían, de hecho, más temor al rechazo de su príncipe, que al de Dios.

Y nuestra reflexión es la siguiente: ¿Le está dando usted al Señor, a Dios, un "animal enfermo", mientras que a su comunidad, a su país, al gobierno de la nación y a su trabajo le está pagando, o devolviendo, con lo mejor que usted tiene? No deseamos molestarle con esta pregunta pero, como ya habrá notado, la Biblia es, en ocasiones, un libro sumamente "molesto", debido a sus preguntas claras, directas y honestas.

Si usted desea entregarse a la lectura de un libro mucho más complaciente, entretenido, divertido, menos provocativo y más tolerante ... le sugerimos a que no lea la Biblia, sino los Grandes Clásicos Populares, el último Best Seller, o quizá un buen Manual de Auto ayuda. Pero no lea la Biblia. Porque la Biblia, estimado amigo, no ha sido por casualidad el libro más vendido, más difundido, más atacado y más perseguido de la historia: porque es un libro que molesta e incómoda al ser humano en tanto en cuanto que le recuerda que hay alguien que le ama más que nadie (Dios, su creador), que la vida tiene un comienzo y un final, y que sólo si usted acepta creer por fe en Jesús, como su Salvador personal y el Señor de sus vida, podrá disfrutar de una vida eterna en compañía de Dios, con Jesucristo, sus ángeles y todos aquellos que han tomado la misma decisión que usted.

El Señor Jesucristo, cuando observó lo que la gente estaba ofrendando en el tesoro del Templo, vio cuánto daban los ricos "generosamente" de aquello que les sobraba. Pero Él no los aplaudió, ni felicitó. Él no los elogió debido a que ellos también se guardaban mucho más para sí mismos. Y a continuación, Jesús vio a una pobre viuda que, acercándose a la caja de las ofrendas, dio todo lo que tenía, sólo dos monedas, las dos de menos valor en aquella época. Y para el Señor Jesucristo esas dos monedas significaron mucho más que las ofrendas anteriores, pues había sido realizada de todo corazón y entrega. Y Él dijo que esta pobre viuda había dado mucho más que cualquier otra persona.

Ese era el problema de los religiosos hipócritas de la época de Jesús, el problema de los sacerdotes de los tiempos de Malaquías, y el problema que hoy tenemos en bastantes iglesias: que ofrendamos al Señor sólo del tiempo, del dinero y de los recursos "que nos sobran". En lenguaje de Malaquías, ofrendamos animales manchados y enfermos, esperando que Dios, que merece lo mejor de todos nosotros, los acepte contento y agradecido, como si realmente fueran lo mejor que podríamos haberle dado.

Alguien, en tono poco "serio" comentó en alguna ocasión que la billetera y sus tarjetas de crédito son lo último que uno entregaba a Cristo. Porque, si hay algo que aún nos duele, es dar dinero a otra persona, o a la iglesia. Y hasta que no aprendamos que nuestra actitud debe ser como la de la pobre viuda, que dio todo lo que tenía, en vez de dar de aquello que le sobraba, no habremos comprendido una parte importante de nuestra vida como cristianos. Nos faltará mayordomía o capacidad para administrar responsablemente los bienes con lo que el Señor nos bendice, aquello que Él nos permite disfrutar, y que Él nos ha confiado para su correcta administración. Y con ello perderemos parte de las bendiciones que Dios tiene para nuestra vida.

Bien, estimado amigo oyentes. Esperamos no haber herido u ofendido ninguna conciencia sensible en este programa; si es así, lo lamentamos, pero tenemos que reiterar que la Biblia, la Palabra de Dios, no fue escrita para aumentar su conocimiento, ni su cultura general; sino para transformar su vida. Y a lo largo de todos estos programas estamos pretendiendo acercarle las Escrituras, por lo que resultará inevitable realizar algunas preguntas poderosas que podrán remover ideas, pensamientos y sentimientos dentro de usted. Pero vaya por delante que siempre lo haremos desde el máximo respeto, el cariño y comprensión.

Hasta nuestro próximo Programa, estimado amigo, y esperamos que nos acompañe nuevamente. Pedimos a Dios que bendiga Su Palabra y que produzca luz y vida en su alma.

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