Estudio bíblico de Malaquías 3:8

Malaquías 3:8

Continuamos hoy, amigo oyente, nuestro estudio en este interesante y práctico libro del profeta Malaquías. Este libro es el último libro del Antiguo Testamento, que es la primera parte de la Biblia.

Antes de entrar a considerar el versículo 8 del capítulo 3, quisiéramos recalcar un tema que se ha presentado en el primer versículo de este capítulo. Nuestros oyentes habituales recordarán que el profeta menciona "al mensajero del pacto".

En el programa anterior no mencionábamos de qué pacto se habla. Muchos han pensado que era "el nuevo pacto" que se encuentra en el Nuevo Testamento. Pero en realidad, no contiene referencia a la primera venida de Cristo. Se trata más bien del pacto que Dios ha hecho con Su pueblo, el pueblo de Israel. Vamos a mencionar algunos textos bíblicos: por ejemplo, en el capítulo 26 de Levítico, podemos leer un pasaje en ese capítulo, los versículos 9 hasta el 13, que claramente menciona este pacto, el mensajero del pacto. Allí se nos dice: Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto con vosotros. Comeréis lo añejo de mucho tiempo, y pondréis fuera lo añejo para guardar lo nuevo. Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Yo Jehová, el Señor vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para que no fueseis sus siervos, y rompí las coyundas de vuestro yugo, y os he hecho andar con el rostro erguido.

Este fue "el pacto" que Dios hizo con ellos. Y Él lo volvió a confirmar en el libro de Deuteronomio, porque Deuteronomio es una confirmación de la ley, después de haber vivido bajo esas leyes por 40 años. En este libro, en el capítulo 4, y en el versículo 23, leemos: "Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová el Señor vuestro Dios, que Él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová el Señor tu Dios te ha prohibido". El pueblo sin embargo no obedeció; había llegado a adoptar a los dioses ajenos de los pueblos cercanos, y con cuyas mujeres se habían casado. También pecaron gravemente al practicar diversas clases de ocultismo. Toda esta sección está relacionada con el tema del mensajero del pacto que vendrá algún día. Esa es la razón por la que el profeta habla en la primera parte de este capítulo, sobre la limpieza y la purificación, porque Dios no podrá estar entre ellos, a no ser que comenzaran a ser obedientes para que Él pueda limpiar y purificar a Su rebelde pero muy amado pueblo. El mismo principio rige también hoy en día para nosotros.

Ahora, en nuestro programa anterior hemos podido estudiar la sexta de las ocho expresiones irónicas, sarcásticas, que la gente del tiempo de Malaquías se atrevía a formular a Dios. Ellos se creían inocentes de todos los cargos que Dios tenía contra ellos. Eran hipócritas y superficiales, cumplían sólo con los requisitos mínimos, y su corazón era rebelde. Dios, por medio de los profetas les pidió reiteradamente que regresaran a Él, que se arrepintieran, porque Él los amaba. Pero el pueblo se sentía justificado por cumplir los ritos y las ceremonias establecidas, como leímos en el versículo 7. Sin embargo, amigo oyente, Dios les responde, por el profeta Malaquías, que cumplir con la ley no significaba que automáticamente Él estaba satisfecho con ellos, por la sencilla razón que el corazón de Su pueblo estaba alejado de Él".

Y hablando honestamente, amigo oyente, creemos que este principio también es aplicable a muchas personas que se llaman a sí mismas "cristianas", o creyentes. Si se cumplen con algunos requisitos morales y éticos, somos pacíficos, aunque nos rebelamos ante las injusticias; si practicamos ciertas obras de caridad, damos algo de lo que nos sobra a la iglesia a la cual asistimos, todo ello nos hace creer que somos "buenas personas", que no hacemos daño a nadie, y respetamos a todos. ¿Verdad que hemos escuchado ese argumento con frecuencia? Una auto-justificación, que nos hace sentir "bien", y no vemos ninguna necesidad de arrepentirnos, porque "somos buenas personas". Pero lo cierto es que Dios nos va a pedir a todos que nos arrepintamos. Realmente, cuánto más cerca estamos del Señor, Su poderosa luz nos iluminará y nos mostrará todas las áreas de nuestra vida que están sucias y contaminadas.

Cuando el pueblo le preguntó a Dios, por medio del profeta Malaquías, cómo deberían volver a Él, Dios puso el dedo en la llaga. En asuntos espirituales que tienen que ver con nuestra alma eterna, es necesario que sepamos la verdad, aunque no nos agrade y nos duela. Si realmente anhelamos a conocer más a Dios, estar cerca de Él, experimentar Sus Promesas, Su cuidado y Su protección como un verdadero hijo de Su familia, entonces, estimado amigo oyente, Dios nos confrontará con la verdad sobre nosotros mismos. Es sanador conocer la verdad sobre nosotros mismos, aunque sea doloroso, pero eso nos dará la oportunidad de arrepentirnos y recibir el pleno perdón del Señor, que nunca se cansa en escucharnos y en responder a los anhelos de nuestro corazón.

Cuando el pueblo preguntó: ¿En qué hemos de volvernos?, Dios les respondió en el versículo 8, y aquí encontramos la séptima declaración sarcástica de esta gente. Recordemos, amigo oyente, que esta gente hizo ocho afirmaciones sarcásticas a los reproches de Dios. Ocho veces rechazaron las acusaciones, ocho veces ellos trataron de evadir los reproches del Señor, aparentando ignorancia. En ocho ocasiones evadieron una respuesta concreta fingiendo ser espirituales y piadosos. Leamos lo que nos dice el versículo 8 del capítulo 3 de Malaquías:

"¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas."

¡Qué acusación terrible! Dios les acusaba de robarle a Él, al dueño de todo. Dios fue claro y preciso en su afirmación En vuestros diezmos y ofrendas, me habéis robado. Dios no es un contable usurero que está en el cielo tratando de quitarles algo a Sus hijos. Lo que Dios en realidad estaba afirmando era una bendición: "Voy a permitir que se queden con nueve décimas partes, y sólo me vais a devolver una décima parte". Pero hay varios aspectos que necesitamos comentados al respecto.

Para comenzar, el pueblo de Israel no daba diezmo. Para una mayor comprensión vamos al citar al Dr. Feinberg que escribió en su excelente libro sobre Malaquías, lo siguiente: "La ofrenda en Israel eran las primicias de sus cosechas. Es decir, una sexta parte de su trigo, del vino y del aceite", como se especifica en Deuteronomio, capítulo 18, versículo 4. Ahora, había varias clases de "diezmos". El Dr. Feinberg, quien es un erudito en el idioma hebreo, ha encontrado cuatro clases: como primero, el diezmo, del sobrante que quedaba después de ser entregadas las primicias; esta cantidad estaba destinada "a los levitas para su sostenimiento" (Levítico, capítulo 27, versículos 30 al 33). La segunda clase de diezmo era entregado "por los levitas a los sacerdotes" (Números capítulo 18, versículos 26 al 28). La tercera clase era otro diezmo pagado por la congregación "para suplir las necesidades de los levitas y de sus propias familias en el tabernáculo" (Deuteronomio, capítulo 12, versículo 18). Luego había un cuarto diezmo que sólo se entregaba cada tercer año "para los pobres". (Deuteronomio, capítulo 14, versículos 28 y 29). Vamos a leer ese pasaje, porque es un texto bíblico sobre el cual debemos reflexionar: Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren.

Las instrucciones de Dios eran que cada tres años se debía entregar un diezmo extra, de modo que cuando se menciona que Dios requería un diezmo, queremos aclarar que había varias clases de diezmos. Otro tema que creemos necesario mencionar, es una rectificación del pensamiento de que los cristianos vivimos "bajo la Gracia, y no bajo La Ley"; por lo tanto los cristianos, los creyentes, no necesitan observar el mandato del diezmo. Hoy, vivimos bajo la Gracia de Dios, y la forma de dar de los creyentes, tiene una base completamente diferente. No creemos que la iglesia está bajo el sistema legal del diezmo, pero eso no quiere decir que no deberíamos dar el diezmo al Señor. Observemos la forma de ofrendas, de la primera iglesia. El Apóstol Pablo mencionó a los creyentes de Macedonia como un ejemplo cuando él escribió a la iglesia en Corinto, en su segunda epístola a los Corintios, capítulo 8, versículo 2: Que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Ellos eran muy pobres, y aun así, daban generosamente. Ahora, a continuación, el siguiente versículo 3 dice: Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas. O sea que ellos daban más allá de lo que en realidad podían. Ellos ni siquiera pensaban en sus carencias, en su falta de recursos, en si llegaban a fin de mes, o si se endeudaban, y por supuesto, no pensaban en un "diezmo", porque daban mucho más que la décima parte de sus ingresos. Ellos daban sus ofrendas generosamente motivados por el amor que sentían por el Señor Jesús. Y en el versículo 4, leemos: Pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Como usted puede deducir, estimado amigo oyente, el "dar" es tener comunión y participación, en la obra de Dios, con la iglesia, y hasta el ofrendar es parte de nuestra adoración a Dios. Estos creyentes practicaban esto, "no como lo esperábamos, - dice Pablo en el versículo 5 - sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios".

Permítanos comentarle, estimado amigo oyente, que sólo las personas creyentes pueden ofrendar con pleno conocimiento de que ofrendan a Dios por el discernimiento que les ha dado el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. El cristiano auténtico, el creyente, sabe que nunca, jamás, podrá devolverle a Dios lo que ya perteneces a Él, porque absolutamente TODO le pertenece, todo es de Él. Y ese conocimiento sólo podemos tener los que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador, pero también como EL SEÑOR de nuestras vidas, dueño de nuestro ser, por el precio que Él pago en la cruz. Somos Sus pertenencias, Su propiedad, aceptamos voluntariamente que Él sea el Señor de nuestra alma, de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestros sentimientos, nuestros talentos y dones, de nuestras finanzas, absolutamente de todo y cada uno de los aspectos de nuestra vida.

Dios les pide a Sus propios hijos que den, y no a aquellos que no Le conocen, ni Le reconocen. Probablemente usted recordará, si es un oyente habitual, cuando estudiamos los textos relacionados con los años que el pueblo de Dios, el pueblo hebreo pasó en el Desierto en su viaje hacia la Tierra Prometida. Recordará que el Arca de la Alianza, del Pacto de Dios, era llevada sobre los hombros de los sacerdotes. Ahora, el Señor podría haber llamado a cualquiera otra persona para que llevara esa preciosa carga. O podría haber ordenado que fuese el Arca fuese llevado encima de un carro, sobre ruedas, pero no fue así; eso nos habla de Cristo.

Y si usted, estimado amigo oyente, desea compartir el mensaje de Jesucristo, quisiera llevar Su mensaje de amor, compasión y perdón, es decir, lo que Él ha hecho por usted, ese mensaje tiene que ser llevado sobre los hombros de aquellos que son Sus sacerdotes, aquellos que son Suyos.

Dios no pide ni espera ofrendas de los que no creen, de los que no son creyentes. En este programa nunca hemos pedido ninguna contribución, y nunca hemos solicitado ayuda, ni siquiera para cubrir los costos de todo el material que enviamos a aquellos oyentes que lo solicitan. Creemos que ofrendar, es decir, "el dar", sale de un corazón agradecido y entregado a Dios, porque reconoce lo que Dios ha hecho y está haciendo en su vida particular, y porque desea compartir y tener comunión con la obra que Dios está haciendo a través de este programa. Es por eso que el Apóstol Pablo, dice en su Segunda epístola a los Corintios, capítulo 8, versículo 8: No hablo como quien manda, sino para poner a prueba, por medio de la diligencia de otros, también la sinceridad del amor vuestro.

El dar es una prueba de nuestro amor por Cristo, amigo oyente. Hay un conocido himno cuya letra dice: "Mi vida di por ti, ¿qué has dado tú por mí?" Bueno, la letra de este himno no tiene ninguna base en las Escrituras, porque Jesucristo nunca pide nada para sí, a cambio de haber dado Su vida por nuestros pecados. Jesús dijo: "Si me amáis, guardad mis mandamientos". (Juan 14:15).

El versículo 9 de ese capítulo 8 de la Segunda epístola a los Corintios, dice: Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con Su pobreza fueseis enriquecidos".

Dios dice en Su Palabra que Él ama al dador alegre. Pero en muchas partes los hijos de Dios no entienden esa afirmación. El autor de este estudio bíblico, el Dr. McGee contó en alguna ocasión que en uno de sus viajes a Israel, el guía turístico en la capital de Jerusalén le mostró el edificio que aloja el ministerio de Hacienda, las oficinas que recolecciona los impuestos y lo llamó "El Nuevo Muro de los Lamentos". Y, amigo oyente, cuando se recoge la ofrenda en la iglesia, muchas veces se parece a esa descripción "como si llegáramos a un muro de lamentos". Casi es audible el pensamiento: ¡vaya! Ya llega el momento más desagradable, ahora van a recoger la ofrenda". Pero nosotros pensamos, amigo oyente, que debería ser un momento de alegría, de gozo, de gratitud. Si usted no puede dar alegremente, entonces no debería dar, porque no le va a hacer ningún bien, de eso estamos seguros. Por eso el Apóstol Pablo continúa hablando en los siguientes versículos, y también en el capítulo 9 de su Segunda epístola a los Corintios los detalles de este texto. Pero ésta es la base sobre la cual deben dar los creyentes. Es por esto que nosotros pensamos que los creyentes hoy, la mayoría que vivimos en una sociedad de abundancia, deberíamos estar dando más de lo que significaría un diezmo. Israel siempre había dado más de un diezmo, porque como vimos, Dios les ordenó dar hasta cuatro diezmos.

El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee, contaba que cuando él era pastor de una iglesia en Texas, en los Estados Unidos, durante la época de la Gran Depresión financiera en ese país, había en su iglesia un miembro que tenía algunas responsabilidades. Posiblemente era la única persona que ganaba dinero en su negocio. Este hombre tenía una gran finca y acostumbraba invitar al Dr. McGee a cazar y a pescar en su propiedad. Cierto día estaban pescando, y este hombre le preguntó: "Dr. McGee, ¿por qué usted no predica más sobre el diezmo?" Y Dr. McGee le contestó: "Porque no creo en esa práctica". Este hombre creía y ofrendaba su diezmo. Y cada vez que se juntaban le preguntaba sobre el mismo tema. Finalmente, el Dr. McGee se cansó, y le dijo lo siguiente: "Hay muchos creyentes que podrían y deberían estar dando más del diezmo. Por ejemplo, en nuestra iglesia usted probablemente está ganando más dinero que cualquiera otra persona". Lo cierto era que esta persona daba mucho dinero. Pero cuando el Dr. McGee le dijo esto, el hombre le miró fijamente e hizo una mueca de desagrado. Después de esa conversación, contaba el Dr. McGee, que nunca más le volvió a preguntar acerca del diezmo. ¿Por qué? Porque estaba muy conforme en dar su diezmo y tranquilizaba así su conciencia; pensaba que eso era todo lo que debería dar.

Hay muchas personas que deberían estar dando más de un diezmo, amigo oyente. Pero, cuando decimos que deberían hacerlo, también queremos recalcar que no se debería ofrendar a menos que se haga por un sentimiento de amor hacia el Señor. Recordamos que el Señor Jesucristo preguntó: ¿Robará el hombre a Dios? ¿Qué es lo que piensa usted en realidad?

Bueno, como dijimos hace un momento, al finalizar el servicio religioso, todos deberíamos salir felices por haber tenido el privilegio de ofrendar, por haber podido ofrecer a Dios lo que creemos sinceramente en nuestro corazón es una expresión de nuestro amor y gratitud por todo el Amor que recibimos de Él, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Bueno, todo, absolutamente TODO le pertenece a Él.

Por experiencia podemos afirmar que Dios ha bendecido y sigue bendiciendo a todo dador alegre, y Él nunca es "deudor" de nadie. Siempre Él nos devuelve más de lo que podemos entregarle a Él. Pero Dios siempre mira el fondo de nuestro corazón, y sabe perfectamente la motivación que impulsa nuestro dar, nuestra ofrenda. Lo único válido para Dios es nuestro amor, y no es el monto de la ofrenda; es el amor con el que se la ofrecimos, lo que cuenta en la Eternidad. Esa es la única forma en que Él acepta una ofrenda.

Bien, amigo oyente, vamos a detenernos hoy aquí. Continuaremos con este mismo tema en nuestro próximo programa. Esperamos contar con su presencia, y nos permitimos sugerirle que lea todo el capítulo 3, para así poder comprender en profundidad el tema que trataremos. Seguimos pidiendo al Señor Su presencia, cercana y real en su vida, para que también usted pueda experimentar la dulzura de Su amor, la paz de Su perdón, y la guía para el camino de su vida.

Será pues, hasta nuestro próximo programa, amigo oyente, ¡que Dios le bendiga es nuestra ferviente oración!

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