Estudio bíblico de Apocalipsis 10:6-11:2

Apocalipsis 10 - 11

Versículos 10:8 - 11:2

Continuamos hoy, estimado amigo, amiga oyente, nuestro viaje por este profundo y fascinante libro de Apocalipsis, que, como ya lo hemos mencionado anteriormente, es el último libro de la Biblia, Las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios. Muchas personas confiesan que no han leído este libro porque está lleno de símbolos, figuras extrañas, y porque su temática es tan catastrófica y lúgubre. Pero, nuestros oyentes habituales ya han podido comprobar una y otra vez, que este libro es una declaración del amor infinito de Dios, Creador de todo el Universo y de todo lo que en él existe; de Dios, Padre amoroso, amante y protector de todos aquellos que han aceptado Su regalo de amor y perdón, que es Su Hijo Jesucristo. Apocalipsis es una carta de amor de Dios a Sus hijos en la que el Todopoderoso recuerda a los Suyos que Él también es un Juez Justo y fiel, que no es indiferente al sufrimiento humano y que todos aquellos que lo han provocado sufrirán las consecuencias de sus actos. Sí, un día habrá un juicio justo para todos los que se han declarado enemigos de Su bondad y misericordia, de todos los que no se han arrepentido de su indiferencia, rebelión, o ataques a aquellos que Él ama, Sus hijos. Y todos los juicios terribles que en Apocalipsis se anuncian son las consecuencias provocadas por una Humanidad que vive alejada de las leyes y los principios éticos, morales y espirituales que Dios había establecido.

Juan, el apóstol y discípulo de Jesucristo, quien es el autor y el privilegiado profeta que vio y oyó estas escenas en visiones, cuando se encontraba exiliado y prisionero en la isla de Patmos, nos escribió todo lo que Dios quería comunicarnos. Pero, entre todas las revelaciones cronológicamente relatadas de los eventos que se desarrollarán en nuestro planeta, no está ni el día, ni la hora del comienzo de los "últimos tiempos", del fin de este mundo y el principio de uno nuevo, totalmente distinto, pero mejor, donde reinarán la paz y la justicia entre todos los seres.

Hoy regresamos al capítulo 10, y comenzaremos nuestro estudio con el versículo 8, que dice:

8 La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo, y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano del ángel que está en pie sobre el mar y sobre la tierra. (Ap. 10:8)

Juan recibe esta orden que viene del Señor Jesucristo quien desde el Cielo dirige todos los eventos y las operaciones registradas en este libro de Apocalipsis. Él tiene el control completo; Él es la autoridad y Juan le contempla ya no como el buen Maestro, ni siquiera como el Cristo sufriente, despreciado y finalmente crucificado. Ahora lo ve como el Señor absoluto, rodeado de gloria y poder, que es el dueño y juez de toda la Tierra, Dios, ensalzado supremamente, a Quien se le ha dado Nombre sobre todo nombre.

Aparentemente Juan, después de haber sido llamado al Cielo para presenciar varias escenas allí, ahora ha regresado a la Tierra en el Espíritu, porque el librito que había estaba en la mano de Dios el Padre, y en las del Señor Jesucristo, ahora le sería entregado, o transferido, a Juan. Leemos los versículos 9 y 10 de este capítulo 10 de Apocalipsis:

9 Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel. 10 Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre (Ap. 10:9-10)

Juan ahora es un participante en este gran drama que se está desarrollando ante nosotros. El ángel le requiere hacer algo muy extraño. Por supuesto, esta acción de "comer" el librito tiene un significado. Juan come ese librito siguiendo las instrucciones del ángel, y el resultado es que el sabor dulce se transforma en amargo, tal como se lo había anunciado el ángel. El comer el librito significa, por supuesto, el recibir la Palabra de Dios con fe, es decir, recibir las enseñanzas de la Palabra de Dios. El profeta Jeremías, en el capítulo 15, versículo 16, leemos: Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.

De modo que, Jeremías compara a la palabra y el apoderarse de ella, con el degustar, saborear, y comerla. Lo mismo nos describe el profeta Ezequiel, en el capítulo 3, versículos 1 al 3, donde dice: Me dijo: Hijo de hombre, come lo que hallas; come este rollo, y ve y habla a la casa de Israel. Y abrí mi boca, y me hizo comer aquel rollo. Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel.

No se está hablando de pan, pero así es la Palabra de Dios. Es pan, pero también puede resultar agridulce. Nuevamente podemos leer en Proverbios, capítulo 16, versículo 24, dice: Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos. Y en el Salmo 119, versículo 103, dice: ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.

Era dulce para Abraham, cuando Dios le dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer? Dios le dijo "somos amigos, y yo te voy a decir lo que voy a hacer". (Gn. 18:17). Es dulce conocer y experimentar el amor, la misericordia y la fidelidad constante y permanente de nuestro gran Dios. Pero ese aspecto dulce y reconfortante también tiene otra faceta, cuando descubrimos que inevitablemente se acerca un juicio. Y, estimado amigo, amiga oyente, Juan recibió con asombro y entusiasmo la Palabra de Dios, pero contemplar los juicios que seguirían, le produjo gran pena en su alma, y tristeza de corazón. Fue dulce en su boca, pero amargo en su digestión. Si usted y yo nos deleitamos en leer esta sección de la Palabra de Dios, y disfrutamos anticipando los juicios justos que caerán sobre la Tierra, entonces necesitamos pedir a Dios que Él nos permita ver cómo Él ve las cosas, para comprender Su pensamiento compasivo y redentor. Cuando miramos a nuestro alrededor, y vemos que nuestra sociedad rechaza a Cristo, o simplemente le ignora, no podemos alegrarnos ante estas circunstancias. Conocer el destino final, y el gran sufrimiento que el justo juicio conllevará, nos dejará un sentimiento triste y amargo.

Hay muchas personas que comienzan a estudiar las profecías con entusiasmo. Cuando descubren que hay una aplicación práctica a la vida diaria, y que las enseñanzas o el conocimiento de ellas demandan compromisos personales que implican un cambio de hábitos en el estilo de su vida, pierden el interés en ellas. El compromiso que el conocimiento implica llega a ser amargo. Hay personas que nos comentan: "yo no quiero oír nada sobre Apocalipsis. No me gustan las profecías. Me asustan". Estimado amigo, amiga oyente, se supone que ese es uno de los efectos deseados. La esperanza de una Eternidad con Dios, debería resultarnos dulce, reconfortante y esperanzadora. Desafortunadamente, muchas personas disfrutan al estudiar las profecías, pero simplemente porque son curiosos por naturaleza. Quieren conocer el futuro, pero entonces descubren que en la Palabra de Dios se enfatiza la importancia de vivir una vida santa, especialmente en el estudio de la profecía. Y todo aquel que tiene esta esperanza ? dice Juan, ? se purifica a sí mismo. (1 Jn. 3:3).

No podemos vivir una vida sucia, manchándonos con pecados que ensucian el alma, la mente y el corazón, que nos aparta de la santidad de Dios, y seguir estudiando las profecías. Esto es porque la Palabra de Dios no está dando resultado en nuestro corazón. Desafortunadamente hay muchas personas que se interesan por las profecías, pero no en la forma cristiana de vivir.

El autor de estos estudios, el Dr. McGee comentó en alguna ocasión que no era difícil reunir a una nutrida audiencia, que llenaba el aforo, cuando enseñaba temas de profecías relacionadas con el libro de Apocalipsis; pero era llamativo que ya no acudía tanta gente si el tema estaba relacionado con algún otro libro de las enseñanzas apostólicas como Romanos, por ejemplo. Descubrió que muchas personas están más interesadas en saber más acerca del Anticristo, que de Cristo y de sus enseñanzas.

Bien, continuemos con este capítulo 10 de Apocalipsis y leamos ahora el versículo 11, que dice:

11 Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes. (Ap. 10:11)

Juan estaba convencido que todas las naciones y todos los pueblos, de todas las razas y lenguas, deberían escuchar la Palabra de Dios. No sólo debían escuchar las "buenas noticias" del amor de Dios, sino que debían ser advertidos del juicio venidero que se acerca. Y aquellos que un día pasarán por el período de la Gran Tribulación, sabrían en ese primer tiempo de aparente paz y estabilidad, que ese tiempo no era el Milenio, sino que era todo lo opuesto. Y cuando comenzaran las terribles agonías de los eventos futuros, que no pensaran que habían entrado en el mismo infierno. Por toda esa carga de conocimientos previos de los hechos que un día ocurrirían, el apóstol Juan sentía gran dolor y tristeza.

Esa es la verdadera razón por la cual estas visiones resultaron dulces y amargas a la vez. Era necesario que él profetizara a muchos antes de la Segunda Venida de Jesucristo, antes del regreso de Cristo para comenzar Su Reino del Milenio. Y todavía muchas profecías le serían reveladas. Aún no hemos llegado a la mitad de este libro de Apocalipsis, y todavía faltan muchas profecías contra las naciones y contra pueblos y gente. Una nueva serie de profecías comenzará a partir del capítulo 12, y se revelará que Dios tiene todavía mucho que decir.

Creemos que el estudio de las profecías siempre tiene un efecto o resultado muy definido sobre el que se acerca a ellas. El estudiar este libro de Apocalipsis puede tener dos efectos: o le acercará más a Cristo, o le separará y le alejará de Él.

Y con esta observación hemos llegado al capítulo 11 de Apocalipsis, y aquí el tema continúa con este paréntesis o interludio que comentamos al principio, esa pausa que encontramos entre el toque de la sexta y la séptima trompeta. En este momento que nos encontramos, al concluir el capítulo 10, veremos que restan 42 meses "del Tiempo de los Gentiles", y que aparecen dos personajes que son llamados los "Dos Testigos" que profetizan en este período de tiempo. Eso lo encontramos todo en este capítulo 11, al que hemos dividido de la siguiente manera:

En los primeros dos versículos tenemos la fecha de la conclusión "del Tiempo de los Gentiles". Luego, en los versículos 3 hasta el 12, tenemos la duración de la profecía de los "Dos Testigos". Después, en los versículos 13 y 14, tenemos la condena del "segundo ay", el gran terremoto, y el toque de la "Séptima Trompeta", y la apertura del Templo en el Cielo. Eso lo veremos en los versículos 15 al 19.

Este capítulo nos devuelve, nos hace regresar, al terreno y tiempo del Antiguo Testamento. Volveremos a recordar al Templo. Trataremos con los diferentes tiempos y períodos y las distinciones que se hace entre los judíos y los Gentiles, lo cual nos indica que estamos otra vez en la época de los tiempos del Antiguo Testamento.

Cronológicamente, la séptima trompeta nos lleva al regreso de Cristo, al fin del período de la Gran Tribulación. Vamos a seguir avanzando en este texto. En los primeros dos versículos tenemos la fecha para el fin o la conclusión del "Tiempo de los Gentiles". Recordemos que la Iglesia, ya no está en la Tierra. Ha sido llevada de manera sobrenatural, "arrebatada" al Cielo. Aquí en la Tierra habrá testimonio de la fe salvadora en Jesucristo, pero para esos creyentes será muy difícil creer, vivir y ser fieles a su fe por las persecuciones y las crecientes demandas que el Anticristo, dictador, y soberano sobre toda la Tierra ejecutará despóticamente. Veamos entonces, los primeros dos versículos de este capítulo 11 de Apocalipsis:

1 Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él. 2 Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses. (Ap. 11:1-2)

Ese es el período del cual el Señor Jesucristo habló, cuando Él dijo que Jerusalén iba a ser hollada por los gentiles hasta que se cumpliera "el tiempo de los gentiles". Muchas personas pensaron que cuando la nación de Israel reconquistó a su ciudad y capital Jerusalén, que ese tiempo había comenzado. Pero no fue así.

Recordemos que el período de la Gran Tribulación ha sido dividido en dos partes, y hemos llegado a la última mitad de ese período, porque se nos explica que "el Tiempo de los Gentiles" finalizará en 42 meses, es decir, su duración máxima será de tres años y medio. Esta es la mitad del período de "la Gran Tribulación".

En este primer versículo Juan escribe que se le entregó una vara para medir. Cada vez que se habla de mediciones en el Antiguo o el Nuevo Testamento, esto indica que Dios está comenzando a tratar algún asunto con el pueblo de Israel. Eso ocurrió en el libro del profeta Zacarías, capítulo 2, y también en el del profeta Jeremías, capítulo 32. Esta caña que le es entregada a Juan era como la vara que utiliza un pastor; una vara es utilizada para castigo y juicio, como leemos en el Salmo 2, versículo 9: Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás.

Estamos tratando aquí con la medición y la duración del "Tiempo de los Gentiles", después del cual caerá sobre ellos el juicio. Ahora, la vara también es un elemento de ayuda y consuelo. En el Salmo 23, versículo 4, leemos: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Así es que en este capítulo, encontramos juicio y consuelo. La mención del Templo de Dios, se limita al lugar santo y al lugar Santísimo. El Templo de Dios nos remonta otra vez al Antiguo Testamento, porque recordemos, no hubo ningún templo que se le haya dado a la Iglesia de Jesucristo. En realidad, la Iglesia es el templo del Espíritu Santo; es decir, los creyentes, cada uno, somos templo, porque ahora ya no se trata de un edificio. El Apóstol Pablo escribió en su epístola a los Efesios, capítulo 2, versículos 21 y 22: En quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

Ahora, "el altar" mencionado en este texto aquí se refiere al altar de oro de oración ya que el altar del holocausto no estaba dentro de la corte del templo, sino que estaba en el patio de afuera.

Juan recibió la orden de medir el Templo, el altar y hasta aquellos que adoran en él tenían que ser medidos. Dios cuenta a aquellos que Le adoran. Y a continuación se le indicó: Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte. Esto incluye todo aquello que no pertenece propiamente al templo. Fuera del mismo se consideraba al altar del holocausto, donde se quemaban las ofrendas, como también el altar de bronce. Como el altar ha sido considerado una representación, un cuadro, de la cruz de Cristo, esto nos parece indicar que el evangelio de la cruz de Cristo, el mensaje de la salvación para todos los que buscan el perdón de sus pecados, aún estará al alcance de toda la Humanidad durante la intensidad de este breve tiempo. No debía ser medido, para estar al alcance de todos. 2Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles?

Es dado a los Gentiles significa que, aunque este período de tiempo todavía pertenece a los Gentiles, su dominio ha sido limitado a 42 meses. Esto confirma las palabras del Señor Jesucristo. Como ya hemos mencionado, 42 meses es el período identificado con la última mitad del período de la Gran Tribulación. En el capítulo 13 de Apocalipsis, en el versículo 5, se repite esa cifra: También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses.

Esta es la última mitad del reino del Anticristo sobre esta Tierra. Ahora, ese período de 3 años y medio es mencionado otra vez en Apocalipsis, capítulo 12, versículo 14, donde dice: Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo. Es decir, un tiempo que es un año, más dos tiempos, que significan dos años más el medio. Esto nos hace regresar al libro del profeta Daniel. Daniel también había recibido muchas revelaciones proféticas relacionadas con este período de la Gran Tribulación. En el capítulo 7, versículo 25, Daniel dice: Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo. Esto es, tres años y medio, porque Daniel vuelve a decir en el capítulo 12, versículo 11: Y desde el tiempo que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. Esos días resultan ser tres años y medio. Y también hay otra referencia del profeta Daniel, hablando del Anticristo, dice en el capítulo 9, versículo 27: Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador.

Aquí la Gran Tribulación está dividida en dos partes iguales. Esta "semana" de Daniel dura siete años, y es la septuagésima semana de Daniel, o el período de la Gran Tribulación.

Bien, amigo oyente, vamos a detenernos aquí por hoy, y continuaremos en nuestro próximo programa. Le invitamos pues, a que sintonice nuevamente este programa que desea ser de ayuda y aliento para su vida. Mientras tanto, le sugerimos que usted continúe la lectura del capítulo 11 de Apocalipsis, para familiarizarse con su contenido. Continuamos rogando a Dios que por Su misericordia, Su Palabra encuentre eco y respuesta en el corazón de nuestros oyentes. Cordialmente le saludamos deseándole ¡que Dios le bendiga!

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