Estudio bíblico de Apocalipsis 21:2-5

Apocalipsis 21

Versículos 2-5

Bienvenido, estimado amigo, amiga oyente, a un nuevo programa de La Fuente de La Vida, un espacio de reflexión en el que nos sumergiremos nuevamente en un libro apasionante, el Apocalipsis, el último libro de la Biblia y su culminación. Fue escrito y narrado en primera persona por Juan, el apóstol y evangelista, alrededor del año 95, durante la cruel persecución del emperador romano Domiciano, azote y perseguidor de los cristianos, mientras se encontraba encarcelado en la Isla de Patmos. En Apocalipsis, el resucitado Jesucristo es el eje alrededor del cual gira todo el libro. El título del Apocalipsis ya nos da la clave para su lectura, puesto que es uno de los pocos libros con un título oficial: "Apocalipsis de Jesucristo" (1:1). Significa la revelación del Jesús triunfante. Cristo es la clave del triunfo en medio de la persecución. El libro pretende dar felicidad, gracia y paz a los seguidores de Jesús (1:4); Feliz el que lea este libro y feliz el que lo escuche (1:3); feliz el que hace caso de él (22:7).

Regresemos al capítulo 21 de Apocalipsis para descubrir y desentrañar los misterios y maravillas de siete nuevos elementos: los cielos nuevos, la nueva tierra, la nueva gente, la Nueva Jerusalén, el nuevo templo, la nueva luz y, posteriormente, en el capítulo 22, el paraíso y su río de agua de vida. En nuestro programa anterior dejamos nuestro estudio en el versículo 2 del capítulo 21, que decía así:

2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.

Mencionamos en nuestro anterior encuentro que todas las novias, al menos en el momento de la ceremonia nupcial, resultan extremadamente hermosas. Quizá no lo sean antes, y quizá no lo sean después, pero en ese día especial, pareciera que todas lucen una belleza radiante, una hermosura sin igual. Por ello, el apóstol Juan no encuentra mejor metáfora para presentar la unión definitiva y eterna entre el Señor Jesucristo y Su Iglesia. Recordemos que en el Nuevo Testamento, la metáfora de la Iglesia como esposa de Cristo, fue muy frecuentemente utilizada. Los creyentes (la esposa) que ya se encuentran en el Cielo, en la Nueva Jerusalén, saldrán al encuentro de Cristo (su esposo) en la ceremonia final de la historia divina de la salvación del hombre. De esta forma, Dios traerá a casa una esposa para su Amado Hijo, que es la Iglesia. Todos los Santos vivirán por toda la Eternidad, con Cristo en la Casa de Dios, que fue una promesa del Señor Jesucristo pronunciada antes de que comenzara a constituirse la Iglesia, como leemos en el evangelio según Juan 11, versículo 2.

La Nueva Jerusalén es la morada, el hogar que el Señor Jesús está preparando para la iglesia. El Señor Jesucristo dijo: "Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:2-3). Juan nos está describiendo una nueva y gloriosa visión difícil de encerrar en palabras humanas, aunque logra dar unas pinceladas para mostrarnos el cuadro más asombroso jamás pintado. La culminación de la historia de la humanidad, y la culminación de la esperanza de miles de cristianos que, a lo largo de sus vidas, lucharon por Cristo, y se esforzaron en mantener la fe a pesar de las pruebas; de tantos que se enfrentaron al pecado en sus vidas, tropezaron, una y más veces, pero finalmente vencieron y acabaron su carrera, recibiendo la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman.

El apóstol Pablo escribió a los creyentes de Éfeso, refiriéndose al amor de un esposo por su esposa: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra." (Efesios 5:25). En el Tribunal de Cristo todos los creyentes tendremos que comparecer y seremos juzgados de acuerdo a nuestras obras, pero también por los pecados no confesados, no entregados, no limpiados. Todo pecado será confrontado. Habrá los correspondientes castigos y recompensas. Pero el Señor Jesucristo hará algo más: Él limpiará a Su iglesia mediante Su Palabra. La Palabra de Dios es un agente limpiador muy poderoso a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Este es el cuadro que Juan nos describe aquí, en Apocalipsis 21, la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, descendiendo del cielo, ataviada como una esposa para su marido.

En la misma Carta a los Efesios, el apóstol Pablo continúa hablando en cuanto a esta maravillosa relación entre Cristo y la Iglesia, comparándola al matrimonio entre un hombre y una mujer, aquí en la Tierra. En el mismo capítulo 5 de esta epístola a los Efesios, versículos 28 al 32, leemos: "Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia."

La relación matrimonial fue diseñada por Dios para ser la relación más hermosa, cercana, íntima y maravillosa. Si no ha llegado a serlo, no ha sido culpa de Dios, sino responsabilidad del hombre y la mujer. El matrimonio fue, en realidad, la única ceremonia que Dios instituyó para el hombre, y ésta se remonta al mismo Jardín del Edén, al principio de todo, en el mismo comienzo de toda la historia de la Humanidad, lo cual revela su importancia para el mismo Dios.

Aquí debemos intentar comprender la expresión de que la esposa es la misma carne que el marido. ¿Cómo es esto posible y a qué se refiere Pablo utilizando este símil? Bueno, ¿ha visto usted algún niño que se parezca a la madre, pero que tenga el temperamento del padre, o viceversa? En el niño se ven los dos en una misma carne. Pero esta idea es mucho más profunda. Cuando un hombre ama de veras a su mujer, en realidad, se está amando a sí mismo. Y lo mismo ocurre con ella. Cuando ella ama de verdad a su marido, se está amando, en realidad, a sí misma. ¿Puede acaso existir algo más íntimo que la unión matrimonial tal y como la diseñó Dios? Y ¿no será ésta la causa por la que Dios compara la unión perfecta entre Cristo y Su Iglesia con el matrimonio?

Si yo me lastimo un pie, no puedo ignorarlo. Acudo al médico, tomo analgésicos, lo cuido? y en cualquier caso, no puedo dejarlo fuera de casa, porque es parte de mi cuerpo. De la misma manera, mi esposa es parte de mí. Es como, si de alguna manera, no fuera otra persona separada de mí sino una parte más de mi propio cuerpo, de mi propia carne. Somos la misma carne y eso es un misterio difícil de comprender. Pero, también nos describe la relación íntima que Jesucristo desea tener con Su Iglesia, y esta idea persiste a lo largo de toda la Biblia desde la misma creación del hombre y la mujer. No podemos entrar en muchos detalles, pero en el capítulo 2 de Génesis, versículos 23 al 25, leemos: "Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban."

Se trata, pues, de una relación tan íntima, personal y maravillosa, ¿Por qué suceden hoy tantos casos de violencia machista en la pareja, en el matrimonio? ¿Por qué hoy en día se desintegran más parejas de las que se crean? ¿Qué está sucediendo con el matrimonio en nuestra sociedad? ¿Fue acaso un mal invento por parte de Dios, una unión imposible entre dos seres antagónicos y difíciles de integrar? ¿Le echaremos, de nuevo, la culpa a Dios o asumiremos la responsabilidad por nuestras propias incorrectas decisiones?

Siguiendo con la metáfora de la lesión en una parte de mi cuerpo, como por ejemplo podría ser un pie; si nos duele algo, seguro que no ignoraremos semejante molestia, ¿verdad? Nadie en su sano juicio se enfadaría con su pie, con su propio cuerpo. Y a ninguna persona cuerda se le ocurriría reaccionar contra su propia lesión dándole un puntapié, o maltratándolo, porque de hacerlo, tendría más problemas aún. Lo que haremos con un pie dolorido, o cualquier otra parte de nuestro cuerpo, será cuidarlo, mimarlo, para que se restablezca y se sane lo antes posible.

Es por ello que ante los problemas, la pareja debe sentarse y hablar, comunicarse con respeto y franqueza, aunque no compartan el mismo punto de vista; su pareja, aunque a veces lo parezca, estimado oyente, no es su enemigo. Permítanos repetirlo: su marido, o su mujer, no es su enemigo. El enemigo no está dentro de casa, sino "fuera": su enemigo es Satanás, que busca destruir todo lo bueno que Dios creó, y entre esas cosas, está su matrimonio, que es único para Dios. Ambos cónyuges, él y ella, son una misma carne; son uno solo, ante Dios, unidos por siempre de una forma íntima y maravillosa, donde cada uno ha dejado a su familia de origen, a su padre y a su madre, a sus hermanos y a sus hermanas, y se ha unido a su mujer, a su marido, y son una sola carne. Juntos han comenzado una nueva creación. Y éste es el modelo de relación matrimonial. ¡Qué hermoso es encontrarse con una familia donde el esposo y la esposa no tienen barreras, nada que los separe! Ella le conoce a él como a un libro abierto, y lo mismo ocurre con él. Se conocen el uno al otro y se aman, y se respetan el uno al otro, a pesar de sus diferencias. El matrimonio, amigo oyente, es mucho más que un contrato para vivir juntos y dormir juntos. Cuando un hombre elige a una esposa y viceversa, ambos se unirán y serán una sola carne.

Y Juan, el apóstol y autor del Apocalipsis, utiliza esta metáfora para describir la unión íntima de Cristo y Su iglesia. En su primera Carta, capítulo 3, versículo 2, el propio Juan escribió: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es." Nosotros vamos a tener un cuerpo glorificado, como Él. Vamos a ser uno con Él, parte de Su mismo Cuerpo. Vamos a estar unidos a Él. Él dijo que iba a preparar lugar para nosotros, para que donde Él habite, nosotros también habitemos. Para que, juntos, compartamos toda la Eternidad viviendo en el lugar más glorioso del Universo. Y hasta donde sabemos, ninguna otra criatura, ni siquiera los ángeles del Cielo, disfrutarán de esa relación perfecta e íntima con el Señor Jesucristo.

Leamos ahora los versículos 3 y 4 de este capítulo 21 de Apocalipsis:

3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Juan menciona aquí "el tabernáculo de Dios". La palabra traducida aquí como Tabernáculo significa morada o lugar, la Casa de Dios, donde Él vive. Ésta es una expresión a la que se ha hecho referencia con anterioridad, especialmente en el Nuevo Testamento, donde leímos que Verbo o La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Esa carne fue crucificada en la cruz, y resucitó con un cuerpo glorificado. Y nosotros también disfrutaremos de un cuerpo glorificado, para vivir con Él en la Nueva Jerusalén, de la que más adelante tendremos una breve descripción. Pero sus calles de oro no son lo importante. Lo relevante será el hecho de estar allí, en la ciudad de Dios, en Su Casa. Aquí se nos dice: "Y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios."

También hemos leído: "Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos." Cierto periodista escribió en una ocasión que por cada bombilla que brilla en Broadway, la deslumbrante meca mundial del teatro, hay un corazón roto. Al contemplar las innumerables luces de la ciudad, podemos intuir que tras esas luces se esconden, al igual que en cualquier parte del mundo, hogares desechos, ilusiones rotas, vidas malogradas. Puede que haya muchas personas alegres y felices en el mundo, pero también hay muchas otras que no lo son. En el Cielo, sin embargo, nunca habrá lágrimas, porque no habrá nada que provoque la tristeza.

Juan nos recuerda la siguiente certeza, que ha sido la roca de la esperanza para muchos mártires cristianos: en la Nueva Jerusalén, no habrá más llanto, ni más lágrimas; un cambio radical respecto a nuestro bello pero, en muchas ocasiones, cruel e injusto mundo actual. Además, Juan añade aún más esperanza a nuestras ilusiones, y dice: "Ya no habrá muerte." Mientras usted escucha estas palabras ha habido números nacimientos, y también cuantiosos entierros. Un poeta comparó la tierra con un gran cementerio. A cierto ingeniero se le preguntó en una ocasión cual era su labor más complicada a la hora de planificar las vías de comunicación que articulan un país, y con cierta sorna, no exenta de crudo realismo, respondió: "La tarea más compleja no es la de subir las montañas, o atravesar los valles, o cruzar los ríos; el problema más grande es evitar los cementerios". ¿Es la Tierra, nuestro mundo, como un gran cementerio? En cualquier caso, Juan nos recuerda que, a pesar de que todos tenemos "fecha de caducidad", en la Nueva Jerusalén no habrá ni muerte, ni funerales, ni cementerio alguno. No serán necesarios los médicos, enfermeras, ni hospitales, porque no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Ahora, el versículo 5 de este capítulo 21 de Apocalipsis, dice:

5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.

Él dice: "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas". Y esta sencilla frase encierra para nosotros un tremendo y poderoso significado. Tal vez no sea su caso, pero muchos de nosotros no nos sentimos verdadera y completamente satisfechos con nuestra vida. Muy a menudo nos sentimos frustrados, atrapados en un trabajo que no nos llena, en un cuerpo enfermo y debilitado, en una relación de pareja insatisfactoria, en una paternidad frustrante, en una iglesia imperfecta. La lista es casi infinita, ¿verdad, estimado oyente? La verdad es que pocos han llegado exactamente hasta donde se proponían. Pocos hemos llegado a ser la persona que habíamos planeado ser. Ni el padre que me propuse ser. Ni el marido que prometí ser. Y mucho menos, el modélico y perfecto cuasi-angelical hijo de Dios que una vez quise ser. Siempre nos quedamos algo cortos en la consecución de nuestros deseos, ¿verdad?

Sin embargo el Señor Jesucristo me dice a mí, y le dice a usted también: "Yo hago nuevas todas las cosas." ¡Vamos a poder comenzar todo de nuevo, amigo, amiga oyente! Y añade: "porque estas palabras son fieles y verdaderas." Dios nos recuerda que todo lo que Él dice es cierto y verdadero; y Él será fiel para cumplir Sus promesas, tal cual usted y yo las estamos escuchando en estos mismos instantes, a través de las ondas. Dios ha sido y será siempre fiel y verdadero. Su Palabra es SIEMPRE fiel y verdadera; porque Él siempre es FIEL y VERDADERO.

Esperamos expectantes el día en que todas las cosas serán, al fin, hechas nuevas. Entonces, podremos comenzar de nuevo. ¿Nunca ha deseado usted poder comenzar de nuevo, volver hacia atrás para corregir una mala decisión o una mala elección? ¿Se ha detenido usted a pensar alguna vez, amigo oyente, en el enorme potencial que usted tendrá en sus manos al poder volver a comenzar todo de nuevo? ¿Al aprender todo de nuevo? ¿Y que nada pueda detenerle ya, ni la muerte, ni los problemas de la vida, ni los ataques de Satanás, sino continuar avanzando siempre, hacia la Eternidad? Su potencial radica en que fue creado para ser eterno y vivir por siempre con Dios.

¿Rechazará usted esta posibilidad, por el simple hecho que no puede ver o palpar a Dios, de la misma forma que podría tocar con sus dedos una máquina o una mesa? ¿Rechazará usted a Dios por el simple hecho que no puede usted conversar con él, cara a cara, tal cual haría con su vecino? ¿Rechazará usted a Dios porque lo relaciona con sinónimos de castigo, infierno y pecado? ¿No se da cuenta, acaso, que Dios es exactamente lo contrario; Dios es perdón, amor, amistad, alegría, esperanza, fuerzas, certeza, futuro, libertad? La libertad es quizá la máxima aspiración del ser humano. ¿Y sabe usted cómo se define la libertad? Libertad es no tener miedo. Y los cristianos no tenemos, o no deberíamos tener miedo, a nada, ni a nadie. Porque tenemos a Cristo.

¿No se da cuenta, estimado amigo, y amiga, que "lo que se ve" es temporal, y que lo que "no se ve" es eterno? Hoy, la muerte es nuestro punto final; sí, pero sólo en esta Tierra. Para los cristianos la muerte, aunque triste, es la puerta al Cielo, el acceso a "la vida después de la vida", la cita esperada con Dios, la promesa de una vida eterna sin miedo, dolor ni sufrimiento. Tal vez usted piense que estas ideas son sólo palabras huecas dirigidas a mentes simples, el "opio para el pueblo", como dijo Karl Marx; un escapismo que nace de la negativa del hombre a aceptar un punto final, una muerte definitiva. Pero, ¿sabe qué, querido oyente? Los cristianos podemos equivocarnos en muchas cosas, y muchas veces, pero no así la Biblia: La muerte no es el punto final. Es el punto y seguido a "la verdadera vida".

Bien pensado, ¿a quién no le gustaría comenzar ya un viaje así? Sería un viaje muy hermoso, ir a esta ciudad donde Dios está, y donde nosotros podamos estar con Él por siempre. Seguro que muchos compraríamos de inmediato nuestro pasaje al Cielo, si no fuera por las muchas cosas que nos atan a esta Tierra: nuestra querida familia, nuestra iglesia, nuestros amigos, nuestro hogar, que con tanto esfuerzo y sacrificio hemos levantado de la nada, y un largo etcétera. Pero Dios no desea que usted abandone esta Tierra antes de tiempo; antes del tiempo que Él ha estipulado para usted. Y hasta entonces, hasta que Él le llame a Su presencia, usted tiene varias misiones que cumplir: Cuidar a su familia, al igual que hizo Jesús con la suya hasta que comenzó su ministerio, a la edad de 30 años; dar testimonio de Él a todas las personas que se mueven en su círculo de influencia; crecer y madurar como hijo de Dios, honrarle en cada actividad que realicemos, por pequeña e insignificante que a parezca; amar al prójimo, aunque sea nuestro peor enemigo, perdonar a los demás? Es nuestra obligación como hijos e hijas del Rey; y es nuestro privilegio: el ser heraldos de la verdad y ejemplos, modelos, de lo que el poder transformador de Jesucristo, en nosotros, personas normales, humildes y corrientes, puede hacer.

Nos despedimos de usted, estimado amigo, amiga oyente, y confiamos encontrarnos nuevamente en nuestro próximo programa. Tal vez no conozcamos su nombre, pero cada día oramos por usted, para que Dios le bendiga por medio de Su Palabra, la Biblia, el único libro capaz de cambiar su vida y de darle a usted vida y vida en abundancia. Sólo tiene que creerla; porque es "la Palabra de Dios".

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