Estudio bíblico de Apocalipsis 21:5-16

Apocalipsis 21

Versículos 5-16

Estimado amigo, amiga oyente, continuamos nuestro recorrido por el muy interesante libro de Apocalipsis, que recopila las profecías que el apóstol y evangelista Juan recibió en visión por el mismo Señor Jesucristo. Hollywood ha ofrecido más de una versión de algunos supuestos eventos apocalípticos. Se dice que "la realidad siempre supera la ficción", y éste también es el caso acerca de lo que ocurrirá en nuestro planeta, según la Palabra de Dios. Lo que las películas y los libros no reflejan es que en las verdaderas profecías acerca de este tiempo futuro, cuyo calendario nadie más que Dios posee, siempre hay una palabra de esperanza, de amor y de perdón de parte de Dios. A través de todo el libro Dios llama al ser humano al arrepentimiento, a "volverse a Él", a no vivir de espaldas a Dios.

También de esto trata el capítulo 21 de Apocalipsis, cuyos primeros versículos vimos en nuestro programa anterior. Sólo nos restan ya un capítulo más para finalizar nuestro estudio de este fascinante libro. Retomaremos hoy la lectura en los versículos 5 al 7 de este capítulo 21. Leamos:

5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. 6 Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.

Nos encontramos ante una importante sección del libro. En nuestro anterior programa comentamos la idea de que todas las cosas, absolutamente todas, serán hechas nuevas, pudiendo así comenzar de nuevo pero sin la perspectiva de un final, como sucede aquí en la Tierra con la muerte. Jesucristo ya nos advirtió que Su Reino no tendría fin, que será un reino donde podríamos crecer y desarrollarnos de manera constante e infinita.

El apóstol Juan oyó las solemnes palabras: "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin." Al inicio del libro de Apocalipsis nos encontramos esta declaración del Cristo resucitado, capítulo 1, versículo8, por lo que suponemos que quien ahora está hablando es el Señor Jesucristo. Alfa es la primera letra del alfabeto griego y Omega la última. Dios es el principio y el fin. Y la palabra griega original para "principio" no significa simplemente el "primero en el tiempo", sino el "origen" de todas las cosas. Y la palabra "fin" no significa sólo un final, es decir en cuanto a la dimensión del tiempo, sino que es la "meta". Juan está diciendo que toda la vida comienza y termina en y con Dios.

Con tal descripción Juan intenta aproximarnos a un Dios infinito, que nos puede parecer tan alejado, tan distante del ser humano, porque para Él, no seríamos más que infinitas, diminutas e insignificantes motas de polvo. Sin embargo, Juan añade en el versículo 6: "Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida." Esta cita trae a nuestra mente otra similar en el libro del evangelio según Mateo, capítulo 5, versículo 6: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados." Con esta referencia se nos recuerda que toda la inmensidad de Dios se ha acercado al ser humano hasta el punto de suplir sus necesidades más básicas, como el agua. Además, Dios utiliza su grandeza para satisfacer la mayor sed posible: la sed de un corazón anhelante de respuestas, anhelante de amor y esperanza para el hombre y la mujer de hoy.

Juan continuó escribiendo lo que le fue dictado:" El que venciere heredará todas las cosas." Aquí se nos recuerda que estas bienaventuranzas no son para todos los seres humanos, para todo el mundo, sino sólo para los que se mantienen fieles aunque todo se confabula para que abandonen su lealtad a Jesucristo. Y a estos creyentes Dios les regala la mayor de Sus promesas: "Yo seré su Dios y él será mi hijo." Esta frase encierra un pensamiento muy profundo. Esta promesa de Dios a aquellos que terminen victoriosos las batallas de la fe, es la misma promesa que hizo a Abraham, el patriarca, fundador del pueblo elegido. No hay mayor honor en todo el Universo que Dios otorgue el título de "hijo" al ser humano, a aquel que le ha sido fiel. En la Primera Epístola del apóstol Juan, capítulo 3, versículo 2, podemos leer: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es."

Si los creyentes podemos derrotar el mal, venciendo la tentación de gobernar nuestra propia vida, a nuestro antojo, no es gracias a nuestras propias fuerzas, débiles y limitadas, sino por el poder de la fe. En la Primera Epístola del apóstol Juan, capítulo 5, versículo 4, leemos: "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe." Luego, en el evangelio según Juan, capítulo 1, versículo 12, leemos: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios." Y serán éstos los que heredarán todas las cosas, promesa dada a los hijos de Dios. El apóstol Pablo en su Carta a los Romanos, capítulo 8, versículos 16 y 17, nos dicen lo siguiente: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados." Regresamos a Apocalipsis, capítulo 21, y continuamos con el siguiente versículo 8:

8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Como acabamos de leer, también se hace mención a aquellos condenados por sus delitos y falta de arrepentimiento. Los cobardes son los que evitan la confrontación del pecado con la verdad, aquellos que por vergüenza o temor no dieron muestras de su fe, temiendo más las represalias, o la pérdida de estima, su status social, los que por palabra o hechos negaron a Cristo, avergonzados de dar evidencias de quiénes eran y a quién servían. Pero no será el miedo lo que les condenará, sino su cobardía de negar a Jesucristo. Los incrédulos o infieles son los que se niegan a aceptar el Evangelio, o aquellos que lo aceptan de manera superficial, pero con sus vidas demuestran que no han creído realmente en la obra redentora de Jesucristo. Los abominables son los que se han dejado saturar por las abominaciones del mundo. Los asesinos pueden que sean los que mataban a los cristianos en las persecuciones. Los inmorales, se refiere el Señor especialmente a la inmoralidad sexual, lacra del imperio romano y también una lacra en nuestro tiempo. La ciudad de Éfeso estaba llena de hechiceros, idólatras, que rendían culto a falso dioses, y los mentirosos, culpables de falsedad, y del silencio, que es muchas veces un consentimiento de una mentira.

Varios aspectos nos llaman la atención en este versículo. En primer lugar, la creación de un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra, independiente del Lago de Fuego, y de los perdidos que en él se encuentran. En segundo lugar, que no existirá ninguna posibilidad de arrepentimiento y salvación para todos los que han pecado siendo cobardes, incrédulos, mentirosos, homicidas, y todo lo demás. Nadie podrá acceder ya al Nuevo Cielo y a la Nueva Tierra. El pecado y su potencial para contaminar al hombre, estará ya siempre separado de la nueva creación. En tercer y último lugar, que el Lago de Fuego es eterno. Es la denominada segunda muerte, y no habrá ya una nueva resurrección; se trata de una separación eterna de Dios, y no existe nada más terrible que esa condición.

Llegamos ahora al versículo 9 con una descripción de la Nueva Jerusalén. En el versículo 9 de este capítulo 21 de Apocalipsis, leemos:

9 Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero.

¿Se ha preguntado usted, estimado amigo, amiga oyente, cómo es el Cielo? El apóstol Juan va dedicar los siguientes versículos de su relato para describirnos a grandes rasgos algunas de sus principales características. En este primer versículo, se nos narra el comienzo de la que será la ciudad de Dios. Desde luego, la portentosa personalidad del portador de esta nueva visión celestial debe haberle producido un fuerte impacto en el ánimo de Juan: se le ha acercado, nada menos, que uno de los ángeles que tenían las siete copas, portadoras de las siete últimas y terribles plagas que cayeron sobre la Humanidad. Y la última vez que nos encontramos con un ángel así era el portador de la visión de la destrucción de Babilonia, la Gran Ramera. Ahora, en cambio, el ángel levantará unos momentos la cortina que ocultaba a la que será la ciudad celestial.

El aspecto de esta ciudad es, según se desprende del relato de Juan, la quinta esencia de la belleza, la magnificencia, llena de felicidad. La Nueva Jerusalén es la ciudad que estará lista y será desvelada después del Reino del Milenio de Jesucristo, que ya estaba en la mente de Jesucristo cuando Él dijo en el Evangelio según Juan, capítulo 14, versículo 2: "Voy, pues, a preparar lugar para vosotros."

La Nueva Jerusalén será para la Eternidad, lo que la Jerusalén terrenal será para el Milenio. Podemos observar ciertos paralelismos entre ambas: La Jerusalén terrenal tendrá, así pues, continuidad en la Jerusalén celestial. Durante el milenio la justicia reinará en Jerusalén, y así sucederá, de la misma manera en la nueva Jerusalén. La imperfección y la rebelión existirán, en cierto grado, en la Jerusalén milenaria, pero la perfección y la ausencia del pecado identificarán a la ciudad celestial. La Nueva Jerusalén trascenderá infinitamente a su antecesora en la Tierra.

Esta ciudad, la Ciudad de Dios, será la morada eterna preparada para la Iglesia. A continuación, en el capítulo 21 de Apocalipsis, podremos contemplar, por breves instantes, los planos del maestro arquitecto: "Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero" dice el ángel al apóstol Juan.

Lo que sigue ahora es una descripción de la ciudad eterna. Este pasaje revela el amor y el valor que el Esposo, el Señor Jesucristo ha conferido a Su Esposa, la Iglesia. El versículo 10 del capítulo 21 de Apocalipsis, dice así:

10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios,

La nueva Jerusalén adquiere aquí el carácter de sus habitantes, que son los redimidos de Dios. Juan ve descender del cielo la ciudad santa de Jerusalén. Esta ciudad ha sido construida por el mismo Jesucristo. Él es Quien la ha diseñado. Muchos han planteado distintos puntos de vista extremos a la hora de interpretar la Nueva Jerusalén. En el principio mismo de la era cristiana, diversas herejías, aplicaban todo el pasaje de la nueva Jerusalén, a la Jerusalén terrenal.

Los gnósticos, por su parte, otra herejía antigua, fueron al otro extremo de híper espiritualizar este pasaje para manifestar que es una referencia al Cielo. Otras muchas sectas modernas aplican las características de la Nueva Jerusalén a sí mismos, y seleccionan una localidad geográfica para representarla. Prosigamos con nuestra lectura en el versículo 11:

11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal.

En este pasaje la traducción resulta algo difícil. La palabra que aquí hemos traducido por "fulgor" se usa en el original griego para describir a las luminarias que alumbran el cielo, como el sol, la luna y las estrellas. ¿Quiere decir esto que el cuerpo que ilumina la ciudad es como una piedra preciosa? ¿O quiere decir, más bien, que la luz que irradiaba toda la ciudad era como los destellos del jaspe? Más adelante se nos dice claramente que la ciudad no necesitará de un cuerpo celeste, como el sol o la luna, para que proyecten luz, porque Dios mismo será su luz. Por otra parte, la palabra aquí utilizada como "jaspe" se trata de una transliteración, no de una traducción, es decir, no corresponde a la piedra opaca que se conoce por ese nombre, sino que el término alude más a un diamante transparente, una gema perfecta que refleja con nitidez la luz brillante de la Gloria de Dios, que emite con fulgor y que se esparce por los nuevos cielos y la nueva tierra.

El apóstol Pablo instruye a los creyentes a regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, tal y como podemos leer en su epístola a los Romanos, capítulo 5, versículo 2: "por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza y en la Gloria de Dios". Esta esperanza tendrá su cumplimiento en la ciudad santa. El hombre ha vivido en pecado desde los comienzos, nunca ha podido ser testigo de la revelación plena de la gloria de Dios. El pueblo de Israel, en su travesía por el desierto, aprendió que cada vez que había una rebelión en el campamento, la Gloria de Dios se manifestaba en juicio y se apartaba de ellos.

Existen dos aspectos que permiten en esta ciudad la manifestación de la Gloria de Dios. En primer lugar, la presencia misma de Dios, que convierte a esta ciudad en la fuente de radiación de Su Gloria y bendición para todo el universo. Segundo, los santos, cuya presencia no impide, ni limita, la manifestación de la Gloria de Dios. Pero en esa ciudad, todo es diferente y la limitación de la presencia del pecado ya no existirá. El hombre, ya redimido y actual conciudadano de Dios, teniendo la gloria de Dios, podrá vivir y disfrutar eternamente en su presencia. La ciudad revela el elevadísimo propósito de Dios para Su Iglesia: llevar muchos hijos a la gloria. (Hebreos 2:10).

La Nueva Jerusalén es como un diamante engarzado en oro. Esta ciudad es como el anillo de compromiso de la esposa. En realidad, es el anillo de matrimonio. Es el símbolo del compromiso y de la boda de la Iglesia con Cristo. Ahora, el apóstol Juan nos habla del muro y de las puertas de la ciudad. Veamos lo que dicen los versículos 12 al 16 de este capítulo 21 de Apocalipsis:

12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; 13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. 14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. 16 La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.

La ciudad estará rodeada con una muralla grande y alta. La interpretación más sencilla de la misma es "el inaccesible baluarte de la fe". La fe es la muralla tras la cual los santos están seguros frente los asaltos del mundo, de la carne y del diablo. Los muros, afirma Juan (v.17), tenían una altura de 144 codos, o sea unos 65 metros. El historiador Heródoto estima que los muros de la antigua ciudad de Babilonia eran de 50 codos de ancho, y 200 de altura, lo cual la convertían en una ciudad inexpugnable. Los muros de la Nueva Jerusalén serán, sin embargo, más modestos, por la razón que más adelante comentaremos.

Doce puertas dan acceso a la ciudad: habrá tres puertas en cada uno de los cuatro lados de la misma, y sobre cada puerta, figura el nombre de una de las 12 tribus de Israel. Además, la palabra griega original traducida como "puerta" no es la habitual, sino es la que se utilizaría para describir una gran puerta que da acceso a un castillo fortificado.

Recordemos que en tiempos del Antiguo Testamento, la tribu de Leví era la tribu sacerdotal cuya misión exclusiva era la de servir en el Tabernáculo, el recinto sagrado que transportaban con ellos y que servía de templo de Dios, quien había dado instrucciones específicas sobre su diseño. La Nueva Jerusalén también rememora al antiguo Tabernáculo, en el que ahora la Iglesia, será el sacerdote que servirá a Dios constantemente.

Debemos fijarnos también en el diseño de la ciudad. En la antigüedad era bastante común que las ciudades se edificaran en cuadrado; tanto Babilonia como Nínive, por ejemplo, eran así. Pero la Ciudad Santa no será simplemente cuadrada: será perfectamente cúbica: su longitud, altura y anchura tendrán las mismas medidas. Esto es significativo. El cubo es el símbolo de la perfección. Por ejemplo, tanto Platón, como Aristóteles, se refieren al hecho de que en Grecia se solía decir que el "hombre era cúbico". Y lo mismo sucedía entre los judíos. El altar de los holocaustos y el de los inciensos y el pectoral del sumo sacerdote tenían la forma de un cubo. Una y otra vez aparece esa forma en las visiones de la Nueva Jerusalén y de su nuevo templo en el libro del profeta Ezequiel (Ezequiel 41:21, 43:16, 45:2, 48:20). Pero más importante aún: en el Templo de Salomón, el lugar Santísimo era un cubo perfecto (1 Reyes 6:20). Todo ello nos hace comprender que la totalidad de la ciudad santa, la morada de Dios, es el lugar Santísimo.

Por otro lado, debemos fijarnos en las dimensiones de la ciudad. Cada uno de sus lados tenía doce mil estadios. Un estadio equivale a 180 metros, por lo que cada lado tenía una longitud de 2.160 km. Unas sencillas operaciones aritméticas nos revelan que el área de la ciudad era de algo más de 3,2 millones de kilómetros cuadrados ó 2.240 km. cúbicos. Para hacernos una idea de semejantes magnitudes podríamos decir que con los datos que Juan aporta, la Ciudad Santa mediría una distancia aproximada a la existente entre Nueva York y Londres, teniendo la extensión del Océano Atlántico Norte.

Si ahora comparamos la altura de la muralla, unos 65 metros, con el tamaño de la ciudad, vemos que no hay comparación posible. Ello nos indica que la muralla no puede ser para la defensa, porque todos los seres hostiles, humanos y espirituales, han sido ya arrojados al lago de fuego y ya no pueden hacer daño a la Iglesia de Dios. Parece entonces claro que lo único que permite la muralla es delimitar los límites de la misma. Y el hecho de que sea relativamente baja muestra que dicha delimitación tiene una importancia relativa. Dios está mucho más interesado en incluir a más personas que en excluirlas. Y así debe ser Su iglesia.

Hasta aquí el programa de hoy, muy apreciado amigo, amiga de La Fuente de la Vida. Nos despedimos hasta el siguiente, invitándole a que vuelva a acompañarnos nuevamente. Hasta entonces, que Dios le bendiga mediante la lectura y diaria meditación de Su Palabra, la única que da vida, vida eterna, y vida en abundancia.

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