Estudio bíblico de Apocalipsis 21:12-20

Apocalipsis 21

Versículos 12-20

Continuamos hoy, amigo oyente, descubriendo nuevas características de la denominada Nueva Jerusalén, la ciudad celestial, la Ciudad de Dios que el Señor Jesucristo está construyendo para Su Iglesia y en la que los creyentes moraremos eternamente, junto con Él. Nos hallamos situados en el capítulo 21 de Apocalipsis y estamos a punto de terminar nuestra serie de programas, tras cinco años de compartir con ustedes la Palabra de Dios en un recorrido casi diario a lo largo y lo ancho de toda la Biblia; un libro enriquecedor y fascinante; el libro de los libros, el libro de la vida, la mejor guía para recorrer el camino de nuestra vida, el mejor mapa para no perdernos, y la mejor brújula para nunca perder el norte. Le invitamos pues, estimado amigo, y amiga, que nos escucha, a acompañarnos en estos últimos tres programas de La Fuente de la Vida y a poner toda su atención, y su corazón, en lo que Dios, por medio de Juan, autor del Apocalipsis, tiene que decirnos, a usted y a mí, por medio de Su Palabra.

Como usted recordará, en nuestro anterior programa comenzamos a vislumbrar cómo será el Cielo, o al menos algunas características del mismo, y nos enfocamos en la Ciudad Celestial, un lugar muy especial que el apóstol Juan apenas logra describir con palabras humanas. Si a nosotros nos cuesta, en ocasiones, describir una puesta de sol o una escena especialmente emotiva, imagínese el esfuerzo del Evangelista en trasladarnos imágenes tales como las del fin del mundo, el Anticristo, las plagas del juicio divino, los ángeles de Dios, el mismo Trono de Dios, la voz de Jesucristo, Su mirada, Su poder, el Juicio Final, el Lago de Fuego del Infierno y, finalmente, como colofón, el Cielo y su increíble ciudad celestial.

Muchos hablan del Cielo pero en realidad, ¿qué es lo que de verdad conocemos? La Biblia no dice mucho a este respecto y se concentra más en el esfuerzo de Dios, por acercarse al hombre y salvarle, que por hablar del Cielo. Y posiblemente, no sea por casualidad: Dios pretende que usted se salve y que no se pierda eternamente; Dios anhela poder ser su mejor amigo y que usted disfrute en Su presencia; Dios desea que usted le obedezca y conduzca su vida según un código ético, moral y espiritual, reflejado en Las Escrituras. Lo que Dios no desea es que usted viva en la Tierra pensando sólo en el cielo; eso sería "escapismo o evasión espiritual" o un ejercicio poco saludable de desconexión de la realidad y del mundo que le rodea.

Resulta saludable elevar nuestra mirada de vez en cuando para recordar que no somos más que forasteros y peregrinos en este mundo, pero Dios desea que nuestras manos y nuestros ojos apunten hacia la Tierra, hacia el prójimo, personas con defectos, como usted y como yo, y que, a pesar de todo, las ame, las sirva y les dé testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida. Dios no necesita abogados; pero sí quiere testigos, y la Biblia nos desafía a ser sus testigos, aquí en la Tierra; testigos de lo que Jesús hizo por usted hace 2.000 años, muriendo por sus pecados, y resucitando. Testigos, de lo que Dios ha hecho hoy en mi vida y la suya, cambiándola y transformándola, no en una experiencia mística o religiosa, sino profundamente espiritual, y profundamente humana.

Quizá por ello la Biblia no dedique más que algunos párrafos a hablar del Cielo; porque ahora, hoy, en nuestro tiempo, lo que importa no es el Cielo; sino que el ser humano se salve, ¿de quién? De sí mismo. De nuestra tendencia al pecado; de nuestro empecinamiento en hacer lo que nos place; de nuestra ceguera espiritual; de nuestro egoísmo; de nuestra actitud de rebeldía hacia Dios. Y es que la Biblia es siempre clara y directa a este respecto: todos estamos espiritualmente muertos, hasta que Jesús nos da el regalo de la vida. Puede gustarnos o no, pero así está escrito.

Al principio del Apocalipsis (1:3), Juan escribió: "Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca". Comencemos hoy nuestro estudio siendo conocedores que nuestro viaje está próximo a su fin, y que una vez finalizado, usted tendrá que tomar una decisión: ¿qué hará con el resto de su vida? Sea o no cristiano, es una decisión necesaria. No sabemos cuánto tiempo nos queda; usted no sabe cuánto tiempo le queda. Ninguno lo sabemos, pero Dios si lo sabe. Por eso, debemos aprovechar el tiempo. ¿En qué? Eso, estimado amigo, amiga, es decisión suya. Los cristianos, sí tenemos muy claro en qué: en vivir la vida como si Él estuviera presente en cada acto, pensamiento y palabra, en todo lo que hacemos, pensamos y decimos; en ser sus testigos, en levantarnos, cuando caemos, en seguir corriendo la buena carrera, aunque sea cuesta arriba, en tener fe cuando todo alrededor se cae, en mantener nuestros ojos fijados en la meta, a pesar de todas las lágrimas que en el mundo tendremos que soportar. Así es la vida cristiana: una permanente carrera, llena de obstáculos que sólo con la fuerza que el Señor Jesucristo nos da, por medio de Su Palabra, la Biblia podemos terminar.

Regresemos ya a Apocalipsis y releamos los versículos 12 al 16 del capítulo 21 para tener una mejor visión de la escena narrada en primera persona por el propio apóstol Juan:

12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; 13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. 14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. 16 La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.

Resulta cuanto menos complicado encerrar en términos y palabras humanas lo que Juan está viendo con sus propios ojos. Las dimensiones de la Ciudad Santa son perfectas: un cubo simétrico y exacto, con el mismo alto, ancho y largo; recordemos que el cubo era el símbolo de la perfección absoluta y que el lugar Santísimo del Templo de Jerusalén, se diseñó así por este motivo. Es como si la Ciudad Santa fuese, toda ella, un lugar Santísimo.

Las dimensiones que Juan menciona, son enormes, el ángel midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales. Esto nos da un total de 2.242 km por cada lado, por lo que su superficie es de 3,2 millones de kilómetros cuadrados, aproximadamente la superficie del Océano Atlántico y una distancia equivalente a la existente entre Londres y Nueva York. Estas distancias, analizadas en detalle por los Doctores Seiss, Walter Scott y otros nos dan las medidas de una ciudad magnífica e imponente, como no podía ser menos para una ciudad cuyo maestro arquitecto ha sido el propio Dios; todo lo que Él hace es bueno, abundante y perfecto. Y eso también es aplicable a lo que Él hace o puede hacer en nuestras vidas, ¿verdad? Todo lo que él hará con nosotros y a través de nosotros, es bueno, abundante y perfecto. Esta ciudad ha sido diseñada por Dios y construida por su Hijo el Señor Jesucristo. Volvamos ahora a leer los versículos 17 y 18 de este capítulo 21 de Apocalipsis:

17 Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es de ángel. 18 El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio;

Si ahora comparamos la altura de la muralla, unos 65 metros, con el tamaño de semejante ciudad, vemos que no hay comparación posible. Ello nos indica que la muralla no puede estar pensada para la defensa, porque todos los seres hostiles, humanos y espirituales, ya han sido arrojados al Lago de Fuego, y ya no pueden hacer daño a la Iglesia de Dios. Parece entonces que la única razón que permite la muralla es delimitar los perímetros de la misma. Dios está mucho más interesado en incluir a más personas, que en excluirlas.

El apóstol Juan nos relata que la ciudad era de oro puro, tan puro que parecía vidrio transparente. Ello nos recuerda una característica de la Jerusalén terrenal, la ciudad eterna, la capital de Israel. El historiados Josefo describió así el Templo de Herodes: "Ahora bien, la cara exterior del templo por la parte de la fachada?estaba totalmente cubierta con planchas de oro de gran peso, y a los primeros rayos del sol naciente reflejaba tan fiero resplandor, que obligaba a quienes querían contemplarlo a desviar la vista, como si estuvieran mirando al mismo sol". (Josefo: Las guerras de los judíos, 5.5.6)

Juan continúa hablando de los doce cimientos de la ciudad. Entre las doce puertas había doce espacios, y la idea es que entre estos espacios había una gran piedra. Es posible que Juan tuviera en mente las grandes piedras de los cimientos del Templo de Jerusalén; en el pasaje que acabamos de citar, Josefo menciona que las piedras de los fundamentos del Templo de Jerusalén tenían casi veinte metros de longitud, dos y medio de altura y casi tres de anchura. En el versículo 14, Juan dijo que las piedras llevaban inscritos los nombres de los doce Apóstoles de Jesucristo. Ellos fueron los primeros seguidores de Jesús, y Sus embajadores; fueron, literalmente, los cimientos de la Iglesia. Estos hombres predicaron el primer sermón. Ellos organizaron las primeras iglesias y llegaron a ser los primeros mártires porque optaron por no renunciar a su fe en Jesucristo. ¡Nada les podía hacer callar!

El apóstol Pablo nos dice en su Carta a los Efesios, capítulo 2, versículo 20: "Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo." Cuando Cristo regresó al Cielo, él entregó el cuidado de las ovejas, los primeros cristianos, a los Apóstoles. Por eso podemos decir que la Iglesia estaba en las manos de aquellos doce hombres que habían convivido con Jesús durante tres años. El libro de los Hechos de los Apóstoles, su autor, Lucas, escribió: "En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido." (Hechos 1:1-2). Es muy posible, que, como apóstol, Matías no fue quien reemplazó a Judas, sino Pablo. De hecho, Matías nunca más es mencionado en las Escrituras. La decisión de buscar a alguien para reemplazar a Judas, el traidor, podría haber sido más un impulso del impetuoso Pedro, que a la voluntad del Espíritu Santo. Pablo, escogido directamente por Jesucristo, cumplió bien su función, fundó iglesias y expandió el Evangelio casi por todo el mundo conocido por aquel entonces.

Con estos doce hombres normales, ordinarios, Dios hizo cosas extraordinarias. Pero ¿quiénes eran estos hombres, los así denominados Apóstoles? De la lectura de la Biblia podemos fácilmente deducir que no eran santos, ni eruditos. Ni siquiera eran sabios o religiosos. Lo asombroso con respecto a estos doce discípulos es que Jesús los haya seleccionado. Entre ellos había unos sencillos pescadores, un odiado recaudador de impuestos romanos, considerado un traidor a la patria, y un activista político perteneciente a un grupo conocido por su extrema violencia y odio hacia el imperio romano. ¿No es éste un hecho sin precedentes? Jesús viene a la Tierra para cumplir el plan divino de salvación para el ser humano, y escoge, de entre todos, a un equipo de colaboradores que hoy, posiblemente, no hubiera pasado de la primera entrevista de selección. Su perfil era francamente dudoso y sus credenciales, bastante poco recomendables. ¿Por qué entonces los escogió Dios para la misión de hacer conocer Su mensaje de salvación para toda la Humanidad?

El Salvador escogió a hombres comunes y corrientes; humanos y sin distinción alguna, pero que, sin embargo, fueron capaces de dejarlo todo al instante para seguirle. Estando ocupados, estuvieron disponibles. Teniendo cada uno su propia vida, lo dejaron todo, para dedicársela al Maestro. Aunque muchas veces dudaron y no entendieron, ni compartieron muchas cosas, siguieron adelante y Le obedecieron. No pretendieron entender, sino obedecer. No pretendieron tener razón, sino obedecer. Por eso eran extraordinarios, y por eso se convirtieron en una fuerza que cambió al mundo para siempre. ¿Somos usted y yo así?

Jesucristo así nos demostró que su equipo favorito no es el de los sabios, el de los poderosos, el de expertos teólogos, el de los más inteligentes o el de los más fuertes. El equipo favorito de Dios es de aquellos que están disponibles para Él. Su equipo soñado es el de los que lo dejan todo por Él; el de los que establecen que Jesucristo es la prioridad en sus vidas, por delante de su merecido ocio, de su merecido tiempo de descanso, de su esforzadamente ganado dinero, de su trabajo e, incluso, de su propia familia.

Y la pregunta es: ¿Calificaríamos usted y yo para formar parte de ese equipo?

Estimado amigo y amiga; usted puede caminar en las sandalias de un verdadero discípulo, al igual que lo hicieron estos doce apóstoles. Sólo tiene que dejarlo todo y seguirle. ¿Le parece una petición desproporcionada? Compare su vida con la vida después de la vida, con la Eternidad. ¿Le sigue pareciendo una petición desproporcionada? ¿Acaso no vale la pena el premio? ¿Acaso no vale la pena el esfuerzo? ¿Acaso no es apetecible la meta? Si Dios pudo cumplir Sus propósitos por medio de doce hombres tan comunes y corrientes como los discípulos, imagínese lo que Él tiene en mente para usted; imagínese lo que Dios podría hacer por medio de usted.

El apóstol Juan nos dice que en la Ciudad de Dios, las piedras fundacionales eran piedras preciosas. El jaspe no era el jaspe opaco moderno, sino un cristal de roca traslúcido de color verde. El Dr. Seiss, al hablar de la Nueva Jerusalén, la describe como algo claro y puro, brillante como un carámbano transparente al fulgor del sol. El zafiro aparece en la historia del Antiguo Testamento como la piedra del embaldosado donde estaba Dios (Éxodo 24:10): "Y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno." El comentarista Moffatt, describe esta piedra como una piedra azul. El comentarista Pliny, la describe como una piedra opaca con manchas doradas, tal y como opina otro estudioso, el Dr. Petrie.

La calcedonia era un ágata de color verde que se encontraba cerca de las minas de Calcedonia. Pliny la describe como una variedad de esmeralda que se forma en las montañas de Calcedonia. Otro erudito, el Dr. Robinson dice que es posiblemente un silicato verde de cobre.

La esmeralda era como la moderna, que Plinio describe como la más verde de todas las piedras verdes. El ónice era blanco interrumpido por capas de rojo y marrón. La sardónice o coralina tomaba su primer nombre de la ciudad de Sardes, era un ágata de color sangre; era la piedra preciosa más corriente en la joyería de la época.

La identificación del crisólito, que etimológicamente quiere decir piedra de oro, no es segura; su nombre hebreo quiere decir piedra de Tarsis, nos indica que es probable que fuera de Tartessos, en España. Plinio la describe como de un dorado reluciente. El comentarista Moffatt le da un matiz dorado. Robinson dice que es un color dorado como el topacio.

El berilo es una variedad de la esmeralda, de color azul marino o verde marino. Así lo describe Pliny. Es como una esmeralda, dice Robinson. El topacio era una piedra transparente, verde y dorada, muy apreciada por los judíos. Robinson la llama una piedra dorada verdosa. La crisopasa era un ágata de color manzana verde. Robinson la describe como una hoja dorada. También es descrita como de color verde mar. El Jacinto es descrito por los escritores antiguos como azul-púrpura-violeta. Es probable que fuera el equivalente del moderno zafiro. Es de color violeta recuerda la flor del mismo nombre. Pliny le da el color violeta. La amatista se describe como semejante al Jacinto, pero más brillante. Su color es púrpura. Aunque la Enciclopedia Bíblica Internacional Estándar la menciona como rubí, Robinson la describe como de color púrpura.

La pregunta es, estimado oyente, ¿tienen estas piedras algún simbolismo? Ocho de estas gemas coinciden con otras tantas incrustadas en el pectoral del Sumo Sacerdote (Éxodo 28:17-20). Quizá Juan tuviera en mente dicho pectoral para describirnos que en la Ciudad de Dios, todos seremos sacerdotes de Dios. También es posible que Juan pretendiera hacer notar el resplandor de la ciudad en la que hasta los cimientos eran piedras preciosas de un valor incalculable. Pero lo más increíble de las piedras precisas es que cada una de las puertas de la ciudad fueran una gran perla. En la antigüedad, las perlas eran las joyas más valoradas. Toda la vida se pasaba el mercader buscando una perla de gran precio, y entonces vendía todo lo que tenía para adquirirla, como también lo relató Jesucristo en Mateo 13:46. Las puertas de perla son un símbolo de una belleza insuperable.

Como puede usted ver, los cimientos de la Nueva Jerusalén son piedras preciosas de gran valor, pureza y brillo. Y no es para menos, si recordamos que entre sus habitantes estará el mismo Dios, Creador del Universo, y su Hijo, Jesús. En esta ciudad habita la luz del Universo. Es una ciudad de luz, de color. Dios es luz, y si Él está allí, será imposible describir con palabras el brillo y la luminosidad.

La ciudad entera se describe como una piedra de jaspe, clara como el cristal. Su color, su luminosidad irradiará luz hacia todo el universo. En la Nueva Jerusalén una luz que brilla desde adentro y multiplicada por efecto de la piedra preciosa de jaspe, que actúa como un prisma, dará un color que ni el artista más talentoso podría lograr en su paleta de colores.

Bien, estimado oyente, hasta aquí nuestro programa de hoy. Sólo restan dos estudios más para finalizar el libro de Apocalipsis, y le invitamos a que no se pierda el final del mismo, en el que hablaremos del río de la vida que recorre la Ciudad eterna, del Árbol de la Vida, que habita en medio de la misma, la gran invitación final y la gran advertencia final de Juan. Y nos despedimos de usted con el siguiente pensamiento. Hoy hemos hablado del Cielo, de la Ciudad de Dios en la cual habitarán los creyentes eternamente, en la presencia de Dios. Una ciudad perfecta para una Iglesia perfecta, transformada a semejanza de Jesucristo.

Pero ésta es una ciudad futura. Es nuestro destino, nuestra meta, pero no es nuestro presente. Apocalipsis, último libro y colofón de la Biblia, nos anima a mirar hacia delante. Pero una vez hecho esto, debemos mantener la mirada en el Cielo, pero con los pies en la Tierra. Y mientras nuestra futura ciudad en el Cielo está siendo edificada por el mismo Jesús, tal y como Él nos prometió, aquí abajo hay otra casa que debe ser construida y edificada por usted mismo. Y podríamos decir que ésta es, sin lugar a duda, la "casa favorita de Dios". ¿A qué casa nos estamos refiriendo?

Si usted guarda agradables recuerdos de su hogar, de la casa en la que creció, nos comprenderá muy bien. Si acaso Dios llegara a añorar algunos de los lugares en los que fue adorado aquí en la Tierra, ¿cuál sería ese lugar? ¿Sería el Tabernáculo de Moisés?, ¿el Tabernáculo de David?, ¿el Templo de Salomón?

Desde el tiempo del Jardín del Edén, Dios ha estado escudriñando la Tierra en busca de hombres y mujeres que le rindan una sincera e íntima adoración. Personas corrientes, pero entregadas a Él; capaces de renunciar a cosas lícitas, por Su causa. Y algunas veces encontró a hombres y mujeres que así lo hicieron, y sus nombres forman parte de la Biblia. Pero otras muchas veces, Su búsqueda fue en vano, y no halló corazones dispuesto a rendirse incondicionalmente a Él. ¿Qué sucedería si hoy reconstruyéramos los magníficos Templos y Santuarios antiguos? ¿Vendría Él a morar a ellos? ¿Y si edificáramos magníficas iglesias con altísimas cúpulas y costosos adornos? ¿Vendría entonces Él a morar en medio de nosotros? Posiblemente no. Porque, ¿sabe usted cuál es la Casa favorita de Dios? La Casa favorita de Dios es, querido amigo y amiga que nos está escuchando, usted mismo. Usted es la Casa favorita de Dios. Y si usted la edifica, ¡Él la habitará! Dios no desea morar en un templo de piedra, sino en usted. Y cuando usted recibe a Jesús como su Salvador personal, y como el Señor de su vida, la Biblia dice que algo sorprendente sucede: antes usted estaba "espiritualmente muerto" y ahora está "espiritualmente vivo". Es decir, antes usted estaba muerto, y ahora vive. Y Dios mismo viene a morar en su vida. El Espíritu Santo viene a morar en usted, por lo tanto, será un templo para Él.

¡Que Dios bendiga Su Palabra! Hasta nuestro próximo programa.

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