Estudio bíblico de Lucas 7:1-35

Lucas 7:1-35

Nuestro programa anterior terminaba con la parábola de los dos cimientos, relatando las consecuencias de construir una casa fundada sobre una roca, o de edificarla sobre la tierra, sin cimientos. Así es que, después de recordar a Cristo como la Roca inconmovible de los siglos, iniciamos este nuevo capítulo 7, con un hecho verdaderamente singular.

Este capítulo se inicia con otro meticuloso relato de sanidad. En este caso se trata del siervo del centurión, que era un oficial del ejército romano que tenía a su cargo a un centenar de hombres. Aunque Jesús no tuvo un contacto personal con el siervo, éste fue sanado.

Solo el Evangelista Lucas registra la restauración a la vida del hijo de la viuda de Naín. Es el único escritor de los Evangelios que registra a Jesús restaurando a la vida a 2 personas (la otra era la hija de Jairo, en 8:54, 55).

En este capítulo también se encuentra la primera de las 18 parábolas que solamente Lucas registra. Surgió de la visita de Jesús a la casa de un Fariseo, donde una mujer ungió Sus pies con ungüento. La simple parábola de los 2 deudores reveló que esta mujer de la calle era mejor que Simón el Fariseo.

Leamos los versículos 1 al 10, que relatan el episodio de cuando

Jesús sanó al siervo del centurión

"Después que terminó todas sus palabras al pueblo que lo oía, entró en Capernaum. Y el siervo de un centurión, a quien este quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniera y sanara a su siervo. Ellos se acercaron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto, porque ama a nuestra nación y nos edificó una sinagoga. Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo, por lo que ni aun me tuve por digno de ir a ti; pero di la palabra y mi siervo será sanado, pues también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oir esto, Jesús se maravilló de él y, volviéndose, dijo a la gente que lo seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo."

En aquella ciudad había muchos soldados romanos. Aparentemente, el centurión era un hombre de fe. Su amor por la nación judía fue evidente cuando edificó una sinagoga en Capernaum. En su posición, era un funcionario con autoridad; sus órdenes eran obedecidas inmediatamente. El reconocía que Jesús poseía esa clase de poder, y que solo tendría que pronunciar una palabra y su siervo sería sanado. Jesús se sorprendió de la fe de este hombre. El texto Bíblico solo registra 2 ocasiones en que Jesús se asombró. Fue ante la fe de este centurión, y ante la incredulidad de Israel.

A continuación leamos los versículos 11 al 16, que relatan como

Jesús restauró a la vida al hijo de la viuda de Naim

"Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, que era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: No llores. Acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo."

Solo Lucas registró este incidente que se refiere a la restauración a la vida o, como algunos lo llamarían, una resurrección. Las ocasiones relatadas en que Jesús dio vida a personas que estaban muertas, no son técnicamente resurrecciones en el sentido en que nosotros las consideramos. Todo lo que el Señor hizo fue restaurar la vida en los viejos cuerpos. Dice la tradición que después de que el Señor levantó a Lázaro de entre los muertos, éste le preguntó si tendría que morir otra vez. El Señor le dijo que sí, que tendría que morir otra vez y, desde aquel día, Lázaro nunca volvió a sonreír. Sea la tradición cierta o no, puedo imaginar que, humanamente hablando, ¡pasar por el umbral de la muerte una vez debiera ser suficiente!

Hasta hoy, solo una Persona se ha levantado de los muertos en resurrección, y ésa fue el Señor Jesucristo. El es como los primeros frutos de aquellos que duermen. Es el único que se levantó de los muertos con un cuerpo glorificado. Uno de estos días, en el acontecimiento que llamamos el "arrebatamiento" de la iglesia, los que han muerto en Cristo y los creyentes que viven serán transformados en cuerpos resucitados y glorificados, y serán recogidos para estar con el Señor. Esos cuerpos ya nunca morirán.

El relato del hijo muerto de la vida de Naín es realmente triste. El era el único hijo de una madre viuda, lo cual hacía su muerte doblemente trágica. Mientras el cortejo pasaba por el pueblo de Naín, el Señor se encontró con la procesión fúnebre. Alguien ha dicho que El disolvió cada funeral con que se cruzó. En mi opinión, El restauró a la vida a más de las 3 personas registradas en la Biblia. Estos 3 casos son ejemplos, probablemente, de personas de 3 diferentes edades: una niña, un joven y un adulto.

Jesús restauró a este joven a la vida por causa de su madre solitaria. Tuvo compasión por la situación de esta mujer. Tocó el ataúd en el que yacía el joven y le habló. El siempre utilizó el mismo método cuando restauraba a alguien a la vida. Hablaba directamente a la persona. También cuando recoja a Su iglesia se oirá Su voz. Dice San Pablo en 1 Tesalonicenses 4:16, 17. "Porque se oirá una voz de mando, la voz de un arcángel y el sonido de la trompeta de Dios, y el Señor mismo bajará del cielo. Los que murieron creyendo en Cristo resucitarán primero; después, los que estemos vivos seremos llevados juntamente con ellos en las nubes, para encontrarnos con el Señor en el aire, y así estaremos con el Señor para siempre". El vendrá a buscarnos con una potente voz: Su voz será como la voz de un arcángel y la trompeta de Dios. Únicamente Su voz llamará a los suyos de entre los muertos. Porque siempre utilizó el mismo método para restaurar la vida. Sin embargo, en otros milagros no usó el mismo método. Pero para restaurar a los muertos a la vida, siempre habló directamente con ellos.

Llegamos ahora a un párrafo en el cual

Jesús elogió a Juan el Bautista

En esta coyuntura, Juan el Bautista envió a algunos de sus discípulos al Señor Jesús, para hacerle algunas preguntas que le tenían confundido. Leamos los versículos 17 al 20:

"Y se extendió la fama de él por toda Judea y por toda la región de alrededor. Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?. Cuando, pues, los hombres vinieron a él, le dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?."

Ya hemos encontrado a Juan el Bautista en los Evangelios de Mateo y Marcos. Sus ropas eran pintorescas y raras. Hoy en día hay gente que adopta una forma concreta de vestir que puede tener relación con alguna secta o simplemente para expresar una excentricidad. Aunque era cierto que Juan el Bautista se vestía de forma extraña, eso no es lo que le hacía excepcional. Dios le había llamado y eran su mensaje y su ministerio lo que le destacaban de todos los demás.

No hace mucho una mujer, realizando una encuesta, se acercó a la oficina central de los programas de radio y aproveché la ocasión para preguntarle qué tenía que hacer una persona para convertirse en cristiana. Me respondió que para ser cristiano uno tiene que ser una buena persona con sus vecinos, no criticar a nadie, ser amigable antes que áspero, y continuó con una extensa lista de cosas que ella creía que uno debería hacer para convertirse en un cristiano. Y yo le dije: "Ud. cree que al cristianismo consiste en algo que Ud. hace exteriormente. No es así. El cristianismo es una relación personal con Jesucristo. Es más que intentar imitar a Cristo, o llevar alguna vestidura especial. Ud. tiene que nacer de nuevo. Ser un cristiano significa tener una experiencia con Cristo. Por que la Biblia dice que el que está unido a Cristo, es una nueva creación".

Juan el Bautista parecía estar descolocado en el Nuevo Testamento. El no perteneció en absoluto a los tiempos del Nuevo Testamento. El era el último de los ilustres profetas del Antiguo Testamento. El era el puente tendido sobre el gran espacio existente entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos. El podía alinearse con personajes tan notables como Samuel, Elías, Isaías y Jeremías. Cristo le dijo a aquella generación a la que él le predicó, las siguientes palabras, registradas en Mateo 23:29 al 31. "¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que construís los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos funerarios de los hombres justos,  y luego decís: Si hubiéramos vivido en los tiempos de nuestros antepasados, no los habríamos ayudado a matar a los profetas.  Con esto, vosotros mismos os reconocéis descendientes de aquellos que mataron a los profetas." Ellos habían probado ser hijos y descendientes genuinos que heredaron la naturaleza de sus padres, porque Juan el Bautista, último de los profetas del Antiguo Testamento, se encontraba en aquel tiempo en la cárcel, y su voz sería pronto silenciada por la muerte.

Pero cuando Juan el Bautista estaba en la prisión, la duda cautivó su mente.

No faltan quienes intentan ofrecer una explicación psicológica a la pregunta que Juan el Bautista formuló: ¿"Eres tú el que había de venir?" Juan estaba esperando al Mesías y quería saber si éste era Cristo. Tratar de explicarlo y justificarlo psicológicamente más bien tiene gracia. Se dice que por encontrarse en la cárcel estaba deprimido, desanimado, abatido y con muchos motivos para estar triste. No creo ninguna parte de esta explicación. Juan había anunciado el Reino y denunciado a la nación. Había proclamado la llegada del Rey. Había estado preparando el camino para el Rey. Había identificado al Mesías como Aquel "... que os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego". . . Trae la pala en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará. Este había sido un lenguaje muy fuerte y, después de semejante mensaje, no esperaba ciertamente días de fiesta. Juan estaba esperando que Cristo estableciese el Reino en toda su gloria y poder. Ya que esto no había sucedido, Juan envió a algunos de sus discípulos para averiguar si Cristo era el que estaban esperando, o si tendrían que esperar por otro.

Observemos que el Señor Jesús recibió cordialmente a los mensajeros, aunque les dejó esperando. Continuemos leyendo los versículos 21 al 23:

"En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades, plagas y espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no pierda su confianza en mí."

Jesús mantuvo esperando a los discípulos de Juan mientras el realizaba muchos milagros, para que ellos pudiesen regresar a contarle a Juan que habían visto el cumplimiento de la profecía sobre el Mesías. El profeta Isaías en 35:5, 6, había predicho su primera venida, con las siguientes palabras. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos y destapados los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo y cantará la lengua del mudo. Jesús les dijo a los discípulos de Juan que le contasen que habían visto las credenciales del Mesías. De hecho, Juan el Bautista había cumplido su misión. Y Jesús se dio cuenta que no estaba actuando tan rápidamente como Juan hubiera querido. Pero ante las dudas que pudiera tener en su mente, le estaba pidiendo a Juan que confiase en El.

El nos está pidiendo lo mismo a ti y a mí. El pide nuestra fe, cuando no podemos entender. Dijo San Pablo en 1 Corintios 1:18, El mensaje de la muerte de Cristo en la cruz parece una tontería a los que van a la perdición, pero es poder de Dios para los que vamos a la salvación. Las dudas no son ninguna señal de inteligencia. Por el contrario, son una muestra de nuestras limitaciones y de que no sabemos todas las cosas. Indican el hecho de que pertenecemos a un grupo de personas que está pereciendo. Muchos eruditos se sientan en bibliotecas exclusivas, lejos y aislados de la vida y las necesidades humanas y escriben sobre las dificultades intelectuales para aceptar la Biblia, la deidad de Jesucristo, y la redención por medio de la sangre de Cristo. Además, parece que socialmente está bien visto expresar esas dudas. Estimado oyente, yo creo en la Palabra de Dios y espero que tú también.

Continuemos leyendo los versículos 24 y 25:

"Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? Pero los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están."

¿Era Juan el Bautista una caña sacudida por el viento? De hecho, no lo era. Era tosco y áspero. Era firme, inquebrantable. Y los versículos 26 y 27 añaden:

"Entonces ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti."

Esta es una cita de Malaquías 3:1 que presentaba a Juan el Bautista como el precursor del Mesías. Y los versículos 28 y 29 continúan diciendo:

"Os digo que entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. El pueblo entero que lo escuchó, incluso los publicanos, reconocieron que Dios es justo, bautizándose con el bautismo de Juan."

Aquel fue un tremendo tributo para Juan el Bautista, por parte del Señor. Continuemos leyendo los versículos 30 al 32:

"Pero los fariseos y los intérpretes de la Ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, y no quisieron ser bautizados por Juan. Agregó el Señor: ¿A qué, pues, compararé a los hombres de esta generación? ¿A qué son semejantes? Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que se gritan unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os entonamos canciones de duelo y no llorasteis."

En otras palabras, teniendo en cuenta que los líderes religiosos de aquella generación habían rechazado el mensaje de Juan y de Jesús, el Señor les presentó una parábola corta para explicar la forma en que le trataban. Cuando mencionó a "los hombres de esta generación" el Señor no estaba hablando del pueblo que se menciona en el versículo 29 y que aceptó su mensaje. Sino de los líderes religiosos del v. 30, los que habían rechazado a Juan y a Jesús. El Señor les describió como un grupo de muchachos caprichosos y consentidos, que querían que otros respondieran a su música. No estaban satisfechos con la conducta de Juan, que les parecía demasiado intransigente, ni con la de Jesús, que les parecía muy tolerante (según definían ellos este término). Ningún extremo podía satisfacer a aquellos líderes religiosos. Y continúan diciendo los versículos 33 al 35:

"Vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por todos sus hijos."

El problema no estaba en aquellos predicadores, Juan el Bautista y Jesús, sino en los corazones insatisfechos y permanentemente quejosos de aquellos líderes. Incluso podría decirse que hay muchas actitudes similares a éstas en muchos llamados cristianos en la actualidad. Esa fue la imagen de la religiosidad de aquella época que Jesús trazó, y que podría ser aplicable a nuestro tiempo. Jesús aplicó la parábola al afirmar que "la sabiduría es justificada por todos sus hijos". Los que seguían a Jesús y Juan eran una prueba suficiente de que sus enseñanzas eran correctas, porque dichas enseñanzas habían entrado a formar parte de sus propias vidas y las habían transformado. Habían llegado a ser "hijos", es decir, a tener una relación personal, vital y eterna con Dios. Y ahí radicaba la enorme diferencia con las personas que habían rechazado a Jesús, manteniendo una apariencia de religiosidad.

Es por ello que, pasando por alto las diferencias raciales, personales y sociales, y más allá de toda ostentación y apariencias, los verdaderos frutos salen a relucir en las vidas de las personas. Porque cuando Dios, el Creador y el Salvador, transforma una vida, ésta no se puede ocultar ni disimular. Sino que, como una flor, se abre, se despliega para reflejar la gloria de Dios y esparcir su perfume a su alrededor.

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