Estudio bíblico de Lucas

Predicación escrita y en audio de Lucas 18:1-43

Lucas 18

En este capítulo veremos 2 parábolas destacadas sobre el Tema de la oración. Después de presentarlas el Señor bendijo a los niños, confrontó a un jefe rico con 5 de los 10 mandamientos, anunció nuevamente Su muerte inminente y sanó a un ciego al entrar en Jericó.

Antes de exponer este capítulo expresaré una opinión personal sobre el Señor. Creo que era Dios manifestado en un cuerpo físico y también creo que no era menos Dios por ser un hombre. Por otra parte no era más hombre por ser Dios. Fue un hombre perfecto, un hombre verdadero. Sinceramente, si yo hubiera vivido en aquellos días, habría disfrutado su compañía. Habría sido un verdadero privilegio escuchar su risa. No me agradan los cuadros que he visto de Él; los artistas nunca le han dibujado riendo, aunque yo creo que Él se rió muchas veces. El Señor fue muy humano. En Su presencia habrías pasado los mejores momentos de tu vida. Y en nuestro relato estamos llegando a un incidente que, estoy seguro, habrá hecho sonreír a muchos. Leamos el versículo 1:

"También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar"

Él concluyó el capítulo 17 con un discurso sobre los últimos días, confirmando la realidad de que vendría otra vez. Y había comparado a los últimos días con los tiempos de Noé, que serían días difíciles, no conducentes a la fe. Así que después de aquellas palabras, Jesús les hablaría de una vida de fe en una época desprovista de fe. Y es por tal motivo que su mensaje es pertinente para la hora actual. Como Él así lo indicó, estamos viviendo en días en los que las personas están descorazonadas a causa del temor. Lo que tenemos en esta parábola es un párrafo sobre la oración para la hora presente. Observemos que Jesús mismo dijo que les presentó una parábola con esa finalidad; es decir, con el propósito de que las personas orasen y no se desanimasen.

El ofreció 2 alternativas para cualquiera que estuviese viviendo en días difíciles. Tú y yo debiéramos escoger una de las dos. Tendrás que decidir lo que vas a hacer. Las personas que pasen por esos momentos difíciles se desanimarán, u orarán. Tales días serán de temor, o de fe.

Durante la segunda guerra mundial, cuando los bombardeos eran más intensos en la ciudad de Londres, en una de las iglesias de la ciudad apareció el siguiente anuncio: "Si tus rodillas tiemblan, ora sobre ellas". Era una reiteración de aquellas antiguas palabras que pronunció el Señor en el sentido que debiéramos orar siempre y no desmayar.

Es el mismo pensamiento que Pablo expresó de manera algo diferente en 1 Tesalonicenses 5:17, cuando dijo: "Orad sin cesar". Esto no quiere decir que tienes que estar orando de forma permanente. La oración es una actitud de la vida. Es más una actitud vital que una expresión de tus labios. Recordemos lo que San Pablo dijo a los Romanos en 8:26, "el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras". Es decir, que no pueden traducirse a nuestras palabras. Y en muchas ocasiones no tenemos las palabras adecuadas para orar, pero de cualquier manera oramos. Y es la totalidad de la vida, que respalda las palabras pronunciadas, hace que la oración sea efectiva.

Un predicador que utilizaba expresiones algo insólitas solía decir: "cuando una persona ora por una cosecha de maíz, Dios espera que diga Amen con una azada en la mano". Uno no puede orar por una cosecha de grano y quedarse de rodillas todo el tiempo. Sería una necedad piadosa. El orar por una cosecha implica ponerse a trabajar. Esto es de lo que el Señor estaba hablando para los días en que los corazones de las personas estarían desfalleciendo. Recordemos: se trata de orar para no desmayar.

Llegamos entonces a la

Parábola del juez injusto

Cuando el Señor les contó esta historia sobre el juez injusto y la viuda, seguramente les resultó bien conocida a los oyentes de aquella época. Debieron saber exactamente de qué les estaba hablando. Veamos pues la historia. Leamos los versículos 2 y 3:

"diciendo: Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él diciendo: Hazme justicia de mi adversario."

Había en aquella ciudad un hombre malvado, sin escrúpulos, intrigante, frío y calculador. Como veremos, todo lo que hacía era para sí mismo, para su propio beneficio, para satisfacer su propia ambición. No sentía consideración ni reverencia hacia Dios, quien no ocupaba ningún lugar en sus pensamientos. Y su actitud hacia Dios le convertía en una persona sin consideración hacia los demás. No tenía ningún respeto por aquella viuda.

La viuda estaba por ser expulsada de su pequeño hogar por problemas surgidos con la hipoteca y estaba siendo tratada injustamente. Fue a un destacado juez y en su oficina le preguntó al secretario si podía hablar con el juez. Aquel le contestó que el juez estaba muy ocupado y le preguntó de qué se trataba. Y la viuda le contó que era una viuda pobre, que estaba a punto de ser echada de su casa, lo cual consideraba injusto, por lo cual deseaba apelar al juez. Quizás cuando el secretario le contó al juez el problema, éste le dijo que la hiciese pasar. Cuando ella pasó, la escuchó por unos pocos minutos y le dijo: "Bueno, yo lamento que este asunto no entra en mi jurisdicción. Me gustaría poder hacer algo por Ud. pero es imposible". Y la despidió.

Al día siguiente, al llegar a su oficina, el juez se encontró que la viuda estaba otra vez allí. Llamó a su secretario, quien le manifestó que ella insistía en verle nuevamente. El juez le pidió le dijese que estaría ocupado hasta el mediodía y que no podría atenderla. Salió a comer y cuando volvió, más tarde, pensando que se había librado de ella, resulta que la viuda había permanecido en su despacho todo el día. Y lo mismo sucedió al día siguiente, y los días subsiguientes. Hasta que finalmente se dio cuenta que esa situación no podía continuar y que tendría que hacer algo al respecto. Continuemos leyendo los versículos 4 y 5:

"Él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo me agote la paciencia."

Observemos que el Señor registró lo que el juez se dijo a sí mismo. Es que estaba pensando en sí mismo. Habrá pensado en su prestigio y en la imagen que ofrecía como juez teniendo a aquella mujer todos los días en su oficina sin resolver su caso. Entonces decidió escucharla y le dijo a su secretario que la hiciese pasar y le dijo que le proporcionaría su protección legal. Ésta fue pues la parábola. Escuchemos la conclusión del Señor, leyendo los versículos 6 y 7.

"Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?"

He escuchado a algunos enseñar que esta parábola enseñaba el valor de la oración insistente hasta el extremo de causar molestia. Yo creo que ésta no es una historia que enseña la persistencia y tenacidad de la oración, en el sentido de que Dios oirá si uno continúa orando con esta constancia el tiempo que sea necesario.

Esta es una parábola de contraste y no de comparación.

Las parábolas fueron historias relatadas por el Señor para ilustrar verdades. La palabra parábola está formada por 2 palabras griegas: para, que significa "al lado de" o "junto a" y ballo, un verbo, que significa "arrojar", "lanzar". La palabra "parábola" se refiere a algo que es lanzado junto a otra cosa para comunicar cierta verdad sobre ello. Por ejemplo, una vara de medir colocada junto a una mesa, es una parábola sobre la mesa, porque nos dice cual es el tamaño de la mesa. La parábola era una historia en la que el Señor ilustró una verdad divina. Y había 2 formas en las que El podía hacer esto: una era por comparación y la otra por contraste.

Nuestro Señor estaba diciendo: "Cuando os dirijáis a Dios en oración, ¿pensáis que El es un juez injusto? Cuando os acercáis a Él por medio de la oración ¿creéis que actúa por los motivos que actúan algunos en política? ¿Creéis que Él hará algo simplemente por razones de conveniencia personal? De ninguna manera. No es así. Dios no es un juez injusto.

Si aquel juez injusto escuchó a aquella pobre viuda porque ella persistió en presentarse continuamente ante él, entonces, ¿por qué te desanimas de dirigirte a Dios, quien no es un juez injusto, pero que realmente quiere escuchar y contestar la oración? ¿Por qué muchos creyentes es la actualidad se encuentran tan desanimados en su vida de oración? Repito. ¿No sabías que Él es un juez justo? No tienes que perseguirle para rogarle, para suplicarle. Dios desea actuar a favor tuyo. Si tuviésemos la actitud y perspectiva correcta, ello cambiaría nuestra vida de oración, porque nos acercaríamos a Su presencia sabiendo que Dios quiere escucharnos. A veces actuamos como si Él fuese un juez injusto, a quien tenemos que aferrarnos con abrumadora insistencia, porque si no, no nos escuchará en absoluto. Recordemos que Dios es un juez que obra con justicia. Como dice el versículos 8, hablando de los que se dirigen a Él en oración:

"Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?"

Llegamos ahora a otra parábola sobre la oración. Leamos los versículos 9 y 10, que comienzan con la

Parábola del fariseo y el publicano

"A unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano."

Esta es una parábola que resultará familiar para muchos. ¡Con qué penetrante agudeza y mordacidad les relató esta historia a sus oyentes! Pero no lo hizo para herirles, sino para ayudarles. Dos hombres fueron al templo a orar. Un Fariseo y un recaudador de impuestos. No se podrían haber reunido 2 hombres más distantes y diferentes. El Fariseo estaba en la parte más alta de la sociedad religiosa y el publicano, en la parte más baja, viviendo con valores puramente materiales. A los publicanos se les mencionaba junto a los pecadores. Podría suponerse que el Fariseo, situado en esa altura, resultaría el más aceptable ante Dios. Así fue al templo y presentó el sacrificio. Cuando se puso en pie y oró, su sacerdote se encontraba en el lugar santo colocando incienso en el altar. Dice el versículo 11:

"El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano"

Quizás nosotros nunca comenzaríamos una oración exactamente con estas mismas palabras, pero ciertas expresiones revelan que en nuestros pensamientos están presentes nuestros méritos y lo que podríamos hacer, y nuestra posición favorable al compararnos con otros. Y después de compararse con el publicano, el fariseo continuó diciendo, en el versículo 12:

"ayuno dos veces a la semana, doy la décima parte de todo lo que gano."

El Señor aclaró que aquel hombre estaba hablando consigo mismo y de sí mismo. Su oración no llegó a la presencia de Dios.

El viejo recaudador era un pecador y había caído muy bajo. Al convertirse en recaudador de impuestos, como judío, había negado a su propia nación, habiendo renegado de su religión. Había dado sus espaldas a Dios. ¿Y por qué? Porque había preferido una profesión lucrativa y así había podido acumular cierta riqueza. Pero esa vida no había satisfecho su corazón. Así había sucedido con la vida de Leví, o la de Mateo, o la de Zaqueo, que podemos leer en este Evangelio, en el capítulo 19. El corazón de aquellos recaudadores estaba vacío. En su miseria y desesperación, este pobre publicano, sabiendo que no tenía acceso al lugar del templo donde se manifestaba la gracia de Dios, clamó a Dios. Leamos el versículo 13:

"Pero el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, ten compasión de mí, que soy pecador."

Aquel hombre clamó para que Dios le colocara en un lugar donde le alcanzase Su gracia y misericordia. El Señor dijo que su oración fue oída. ¿Por qué? Porque Jesucristo se encontraba justamente allí, de camino a la cruz, donde a aquel hombre le alcanzaría la gracia de Dios. Juan escribió en su primera carta 2:2, Jesucristo se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados; y no solo los nuestros sino los de todo el mundo. El publicano oró para que Dios le fuese propicio; esa palabra nos recuerda al propiciatorio o tapa del arca, donde Dios manifestaba Su gracia y misericordia. Cristo se convirtió en aquel lugar, por nuestros pecados y por los de todo el mundo.

La oración del recaudador fue contestada. De hecho, hoy no tenemos que pedir a Dios que se muestre misericordioso. Dios es misericordioso porque envió a Su Hijo a morir por ti. Y al peor de los pecadores Él le dice: "Tú puedes venir. Hay un lugar de gracia para ti". Yo admito que tuve que venir a ese lugar donde se manifiesta la gracia de Dios. Si tú eres un hijo de Dios, también habrás tenido que venir a ese lugar allí en la cruz, donde Jesús murió por mis pecados y los tuyos. El castigo ha sido pagado y un Dios santo puede mantener sus brazos abiertos. No tienes que implorarle ni prometerle nada, ni siquiera ser alguien. Como aquel recaudador, puedes venir y confiar en Él, y Él te salvará. Porque Dios tiene misericordia. Dice el versículo 14, hablando del recaudador y del Fariseo:

"Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro, porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido."

Llegamos ahora al párrafo en que se nos relata que

Jesús bendijo a los niños

Leamos los versículos 15 al 17:

"Traían a él niños para que los tocara. Al verlo los discípulos, los reprendieron. Pero Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él."

Incluso los discípulos habían dicho que no se molestase a Jesús trayéndole los niños. Existía la creencia de que los niños pequeños no eran demasiado importantes. Pero el Señor consideró a los niños de manera muy diferente. Y ellos vinieron a Jesús con naturalidad y no permitieron que los adultos les separasen de Él. Que Dios tenga misericordia de cualquier adulto que mantenga a los niños apartados de Dios. Sobre esa persona ya Lucas, en 17:2, había dicho: Mejor le sería que lo arrojasen al mar con una piedra de molino atada al cuello, que hacer caer en pecado a uno de estos pequeños. Es que los niños te seguirán. Tienen completa confianza en ti. Harán lo que tú quieras que hagan. Que Dios tenga misericordia de ti si no les traes a Dios. Ellos vendrán normalmente a Él.

Alguien ha dicho que los niños participan de la naturaleza caída del ser humano. Sí, pero aun no han alcanzado la edad de la responsabilidad. Sólo tomarán la decisión que les sea sugerida y esa es la actitud natural de un pequeño. Por supuesto, el niño crecerá y desarrollará una voluntad propia. Y entonces llegará el momento en que comiencen los problemas. Pero mientras el niño sea dócil, asegúrate de que venga a Cristo.

Llegamos ahora al párrafo en que

Jesús confrontó al joven rico con cinco de los diez mandamientos

Este relato también se encuentra en el Evangelio de Mateo 19:16-30 y en Marcos 10:17-31. En este incidente Jesús preguntó sobre la conducta del joven jefe rico. Leamos los versículos 18 y 19:

"Un dignatario le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo Dios."

El Señor Jesucristo estaba haciendo que aquel joven viese que si él reconocía bondad en Jesús, era porque Él era Dios. Por esa razón Jesús le instó a llegar más lejos en su compromiso, lo cual le habría conducido a aceptar a Jesús, tal como sus discípulos le habían reconocido como el "Cristo, el Hijo del Dios viviente". Continuemos leyendo los versículos 20-22:

"Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. Él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. Al oír esto, Jesús le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme."

Jesús le citó a aquel joven la segunda sección de los Diez Mandamientos, que trata sobre la relación entre los seres humanos. La primera sección tiene que ver con la relación entre el ser humano y Dios. El joven podía cumplir con la segunda sección, pero no con la primera. El necesitaba una relación con Dios que, evidentemente no tenía. Pero en ese camino se interponían sus riquezas. La Ley condenaba a aquel joven tan atractivo. Sus riquezas eran para él como una piedra de tropiezo, un obstáculo. Para otra persona, el obstáculo habría sido diferente. Es imposible para cualquiera entrar en el Reino de los Cielos por las riquezas o por cualquier otro medio. Sólo Dios puede regenerar al ser humano. Leamos los versículos 23 al 30:

"Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste porque era muy rico. Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Porque es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios. Los que oyeron esto dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Entonces Pedro dijo: Pues nosotros hemos dejado nuestras posesiones y te hemos seguido. Y él les dijo: De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres o hermanos o mujer o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna."

A pesar de su falta de una buena disposición, se nos dice que Jesús amó a aquel joven, a quien sus riquezas separaron de Jesús. Si hubiera seguido a Jesús, habría llegado hasta la cruz y habría recibido la redención, ya que Jesús en aquel momento se encontraba muy cerca de su muerte en la cruz. Espero que tú sigas a Jesús, porque Él también te ama a ti.

El último párrafo del capítulo nos relata el momento en que

Jesús sanó a un ciego al entrar en Jericó

Antes de comentar el incidente, debo mencionar que los críticos de la Biblia han pretendido encontrar una contradicción porque Mateo habló de 2 ciegos, mientras que Marcos y Lucas mencionan sólo a uno. Sin embargo, al leer el pasaje cuidadosamente, veremos que Mateo y Marcos evidentemente se refieren a una sanidad cuando Jesús salía de Jericó. Bartimeo, el más activo de los 2 ciegos, el que gritó: "Jesús, hijo de David" fue específicamente citado por Marcos. La sanidad del ciego descrita en Lucas tuvo lugar antes de que Jesús entrase en Jericó. Este hombre también utilizó la expresión familiar "Hijo de David". Leamos los versículos 35 al 37:

"Aconteció que, acercándose Jesús a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino mendigando, y al oír a la multitud que pasaba, preguntó qué era aquello. Le dijeron que pasaba Jesús nazareno."

Al dirigirse a Jesús como Hijo de David, estaba reconociendo Su realeza. Sabía que Jesús podía sanarle, así que resultó imposible mantenerle quieto. Sabía lo que quería y tenía una gran fe en Jesús. El trato de Jesús hacia aquel ciego fue tierno y emocionante. Leamos los versículos 38-43:

"Entonces gritó, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Los que iban delante lo reprendían para que callara; pero él gritaba aún más fuerte: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Jesús entonces, deteniéndose, mandó traerlo a su presencia. Cuando llegó, le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él dijo: Señor, que reciba la vista. Jesús le dijo: Recíbela, tu fe te ha salvado. Al instante recobró la vista, y lo seguía glorificando a Dios; y todo el pueblo, cuando vio aquello, dio alabanza a Dios."

Después de ser sanado, siguió a Jesús. ¿Qué vería dentro de pocos días? Vería a Jesús morir en la cruz. Grandes multitudes de la actualidad, con una visión plena en sus ojos, aún no han contemplado la muerte de Jesús en la cruz relacionada con sus vidas y el perdón de sus pecados. Si aún no lo has hecho, podemos decirte: con los ojos de la fe, mira y vivirás.

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Comentario bíblico de 2 Timoteo