Estudio bíblico de Números

Predicación escrita y en audio de Números 18:21-20:1

Números 18:21-20:1

Continuamos hoy nuestro estudio en el capítulo 18 de Números. Y decíamos en nuestro programa anterior, que Aarón, no poseería ninguna parte de la tierra prometida. Es decir, que los levitas no tendrían granjas, ni viñas que atender, ni olivares que proteger, sino que Dios mismo, sería su herencia. Aclaramos además, la responsabilidad de la comunidad de los creyentes de mantener económicamente a sus pastores o líderes espirituales. Porque si éstos se ven obligados a ocuparse en actividades seculares no solo se enfrentan ellos mismos a grandes presiones, sino que no pueden atender debidamente las necesidades pastorales de los creyentes quienes, debido a las complejidades de la sociedad actual, se enfrentan a fuertes tensiones. También destacamos que los líderes espirituales ocupan tal posición por haber recibido un llamado de Dios, y que deben vivir una vida de fe sabiendo que, en primer lugar, dependen enteramente de su Señor para satisfacer todas sus necesidades, tanto espirituales como materiales. El salmista David, dijo en el Salmo 16, versículo 5: "El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa; tu aseguras mi suerte" Bueno, en el pasaje que hoy consideramos, el Señor continúa dirigiéndose a los levitas y les dice lo siguiente, en los versículos 21 al 23 de este capítulo 18 de Números:

"Yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel como heredad por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del Tabernáculo de reunión. Los hijos de Israel no se acercarán al Tabernáculo de reunión, para que no carguen con un pecado por el cual mueran. Pero los levitas harán el servicio del Tabernáculo de reunión, y ellos cargarán con su iniquidad. Es estatuto perpetuo para vuestros descendientes: no poseerán heredad entre los hijos de Israel."

Tenemos aquí la posición de los levitas. Debían servir en el tabernáculo de la congregación. Como compensación, tenían que ser mantenidos económicamente por el diezmo, que era la décima parte de los productos del campo o dinero que los israelitas les entregaban. Y esto significaba, que los levitas también debían vivir por fe. Leamos, pues, el versículo 26 de este capítulo 18 de Números:

"Hablarás a los levitas y les dirás: Cuando toméis los diezmos de los hijos de Israel que os he dado como vuestra heredad, vosotros presentaréis de ellos, como ofrenda mecida al Señor, el diezmo de los diezmos."

Y Dios continúa hablándoles hasta el final del capítulo, sobre las ofrendas que ellos debían dar. Les dijo a los levitas que debían dar la décima parte de lo que recibían. Este pasaje, considerado conjuntamente con otros del Nuevo Testamento dirigidos a todos los creyentes, establece el principio de que los pastores y líderes espirituales, deben también contribuir para cubrir las necesidades de la comunidad cristiana y para la difusión de la Palabra de Dios y su mensaje. Este capítulo 18 de Números, es un capítulo muy práctico, y tiene un mensaje muy definido para nosotros en el día de hoy.

Y así concluimos el estudio de este capítulo 18, y llegamos ahora a

Números 19

En este capítulo 19, tenemos la ofrenda y las cenizas de la vaca de pelo rojizo. Llegamos, ahora, a una de las ofrendas más interesantes. Se llama la ofrenda de la vaca rojiza, y es algo bastante peculiar. Leamos los primeros dos versículos de este capítulo 19:

"El Señor habló a Moisés y a Aarón, y les dijo: Esta es la ordenanza de la ley que el Señor ha prescrito, diciendo: Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca rojiza, perfecta, en la cual no haya falta, sobre la cual no se haya puesto yugo."

Ahora, notamos que esta fue la primera vez en que debía ofrecerse la hembra de un animal. Pero continuemos leyendo los versículos 3 al 8:

"La daréis a Eleazar, el sacerdote, quien la sacará fuera del campamento y la hará degollar en su presencia. Entonces Eleazar, el sacerdote, tomará de la sangre con su dedo y rociará siete veces con ella hacia la parte delantera del Tabernáculo de reunión. Después hará quemar la vaca ante sus ojos; hará quemar su cuero, su carne, su sangre y hasta su estiércol. Luego tomará el sacerdote madera de cedro, hisopo y tela roja, y lo echará en medio del fuego en que arde la vaca. El sacerdote lavará luego sus vestidos, lavará también su cuerpo con agua y después entrará en el campamento; y el sacerdote quedará impuro hasta la noche. Asimismo el que la quemó lavará sus vestidos en agua, también lavará en agua su cuerpo, y quedará impuro hasta la noche."

Ahora, ¿cuál es el motivo de todo esto? Bueno, veamos el versículo 9:

"Un hombre que esté puro recogerá las cenizas de la vaca y las pondrá fuera del campamento en lugar limpio, y las guardará la congregación de los hijos de Israel para el agua de purificación; es un sacrificio de expiación por el pecado."

Pasando ahora a los versículos 17 al 19, donde encontramos, con mayor detalle, como debía ser utilizado:

"Para el impuro tomarán de la ceniza de la vaca quemada de la expiación, y echarán sobre ella agua corriente en un recipiente. Luego un hombre que esté puro tomará hisopo, lo mojará en el agua y rociará sobre la tienda, sobre todos los muebles, sobre las personas que allí estén, y sobre aquel que haya tocado el hueso, el asesinado, el muerto o el sepulcro. El hombre que esté puro rociará sobre el impuro los días tercero y séptimo, y cuando lo haya purificado al séptimo día, lavará sus vestidos, se lavará a sí mismo con agua y quedará limpio por la noche."

Ahora, vamos a estudiar esta ofrenda. Cuando los israelitas estaban viajando por el desierto y un hombre pecaba, no podían detenerse allí mismo para instalar el tabernáculo y cumplir el rito de la ofrenda de transgresión, o una ofrenda por el pecado. ¿Qué iban a hacer, entonces, cuando un hombre pecaba en esas circunstancias? Pues, dice aquí que debían tomar las cenizas de esta vaca alazana y mezclarlas con agua corriente y aplicarla al individuo que había pecado. Parece algo muy extraño, ¿verdad? Permítame decirle, sin embargo, amigo oyente, que tiene gran significado para nosotros, hoy en día. Fue así como Dios trató el pecado de esas personas. Y Dios, también tiene una manera de tratar nuestro pecado.

Permítanos contarle otro incidente extraño. Cuando nuestro Señor Jesucristo entró en el aposento alto con los discípulos, lo primero que hizo fue buscar una palangana de agua, para lavar los pies de los discípulos. Ahora, ¿por qué hizo eso? Jesús le explicó el motivo a Simón Pedro. Le dijo en el capítulo 13 del evangelio según San Juan, versículo 8: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Si el Señor Jesús no hubiera lavado los pies de Pedro, Pedro no hubiera podido tener comunión y compañerismo con El.

El evangelista Juan, nos dice que Jesús hizo esto, porque del hecho había venido del Padre e iba a volver al Padre. En el citado capítulo 13 de su evangelio, Juan dice en los versículos 3 y 4: "Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó".. Jesucristo, al resucitar, ha regresado ahora al Padre, y todavía está con la toalla de servicio puesta en Su cintura. El recipiente de agua es la Palabra de Dios. El Espíritu Santo es el que nos la aplica. Y el hisopo nos ilustra la fe.

En la actualidad, cundo usted y yo pecamos, estimado oyente, no es necesario que Cristo muera una vez más. En la primera carta del apóstol Juan, capítulo 1, versículo 7, leemos: ". . . pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado."

Esa luz es la Palabra de Dios. Si vivimos en luz, ¿qué vemos? Pues, vemos que estamos sucios, impuros, y que necesitamos ser limpiados. El Espíritu de Dios nos convence de nuestra culpa. La Palabra, nos dice que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, continúa limpiándonos de todos estos pecados. Pero el agua de la Palabra y la sangre purificadora de Jesucristo tienen que sernos aplicadas. En la primera carta del apóstol Juan, capítulo 1, versículo 9, encontramos estas palabras: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad".

El murió aquí en la tierra para salvarnos. Y ahora, vive allí en el cielo para mantenernos en el estado de pureza que requiere nuestra salvación. Cuando Jesucristo murió por nuestros pecados, no murió solamente por aquellos pecados que cometimos hasta el momento en que vinimos a El. Murió también por nuestros pecados cometidos desde el momento en que vinimos a El en la cruz, hasta el instante en que lleguemos a Su Presencia. Ahora, no diga usted que uno no peca después de ser salvo. El pecado en nuestras vidas es algo que muchos creyentes descuidan. ¿Y en qué consiste este pecado? En las impurezas adquiridas en nuestro transitar por este mundo, y que han quedado adheridas a nuestra mente, afectando también y frecuentemente, a nuestra parte física. Nos referimos, por ejemplo, a pensamientos, acciones que hemos realizado, palabras pronunciadas y escuchadas.

Aunque el asistir a la iglesia de vez en cuando, revela un deseo y una necesidad de acercarse a Dios, el simple hecho de asistir, en sí mismo, no es suficiente para limpiar un área de la vida afectada o controlada por el pecado; ni para iniciar o normalizar una relación con Dios. Para los creyentes, es decir, para aquellos que ya pertenecen a Dios, el Señor Jesús les dice, como a Simón Pedro: "Si no te lavare, no tendrás parte conmigo." Y así como nuestro cuerpo físico requiere una limpieza frecuente, necesitamos ese contacto con Jesucristo que podemos tener al leer la Palabra de Dios y someternos a la acción del Espíritu Santo y que, por medio de la oración, nos permite abrir nuestro corazón para que El limpie y purifique lo que se ha contaminado. Necesitamos ser honestos y sinceros frente a Dios. El apóstol Juan, en su primera carta, capítulo 1, versículo 6, dice: "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad" Y al confesar de esa manera nuestros pecados, podemos disfrutar de ese compañerismo con el Señor. Entonces sí, el asistir a la iglesia para adorarle y alabarle, y el escuchar Su Palabra, será una experiencia grata y enriquecedora al poder entrar con libertad en la presencia de Dios y vivir, al mismo tiempo, el pleno significado de la unidad con el resto de los creyentes.

Y así, con la consideración de la ofrenda de la vaca alazana, que mantuvo limpios a los israelitas en su viaje por el desierto, concluye nuestro estudio del capítulo 19 de Números. Llegamos ahora, a

Números 20

En este capítulo, encontramos las muertes de María, el pecado de desobediencia de Moisés en el incidente del agua de la peña, la negativa del pueblo de Edón a que Israel cruzase sus tierras, y la muerte de Aarón. Observemos que el capítulo se inicia con la muerte de María y concluye con la muerte de Aarón. Es como si este pasaje Bíblico estuviera enmarcado por el Tema de la muerte.

Sin embargo, este es un capítulo importante porque, marca para los israelitas el fin de una etapa de vagar extraviados por el desierto y el principio de su marcha hacia la tierra prometida.

Esa etapa, que se extiende desde el capítulo 14 hasta este capítulo 20, es la sección que trata de los cuarenta años de deambular en el desierto. Y no se nos cuenta mucho. En realidad, tenemos aquí sólo unos pocos incidentes ocurridos en esos años. Pues, el hecho es que no hay nada que contar porque los israelitas han estado viviendo fuera de la voluntad de Dios. Sólo hacían cosas que valiosas y significativas, cuando andaban en la voluntad de Dios. Podemos hablar mucho sobre el hecho de que Israel, sea el pueblo elegido de Dios; pero esta elección no equivalía a mucho, porque solamente tenía significado cuando andaban dentro de la voluntad de Dios.

Y eso todavía es cierto, hoy en día. Amigo oyente, es verdad en cuanto a usted y en cuanto a mí. Nuestra vida no tiene verdadero significado cuando estamos fuera de la voluntad de Dios. Debemos funcionar en el cuerpo de creyentes, ejerciendo el don o capacidad que El nos ha dado por medio del poder del Espíritu Santo. Así como en el cuerpo consta de una gran variedad de miembros y órganos con diversas funciones, hay muchos dones, y muy diversas capacidades. Cuando usted y yo, amigo oyente, no hacemos las cosas que Cristo quiere que hagamos, somos innecesarios, inútiles y podemos incluso ser un estorbo para el desarrollo del cuerpo espiritual de creyentes.

Al entrar, pues, en el estudio de este capítulo 20 de Números, solo consideraremos el primer versículo, que leeremos ahora y que nos sitúa

En Cades otra vez (después de 37 años)

"Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el primer mes, y acampó el pueblo en Cades. Allí murió María, y allí fue sepultada."

Tenemos aquí, la muerte de María y un solo versículo que habla en cuanto a ella. No aparece aquí ninguna larga oración u honras fúnebres, ni ningún esfuerzo por parte del escritor de elogiar la trayectoria de toda una vida. Simplemente se dice lo mínimo que podría decirse: que murió y que fue sepultada.

Los israelitas se encuentran otra vez en Cades. Se encuentran una vez más, en Cades. Habían estado allí casi treinta y ocho años antes y ahora, llegaron de nuevo a ese lugar. Habían transcurrido treinta y ocho años de extravío, y de vagar desordenadamente, sin llegar a ninguna parte. Aunque estos años no fueron años de gran bendición ni bienestar para el pueblo, sí fueron años llenos de grandes lecciones, dignas de ser asimiladas y llevadas a la práctica.

Porque muchos de nosotros en la actualidad no marchamos como peregrinos en este mundo. Simplemente somos como viajeros errantes que deambulan por esta tierra, extraviados algunas veces, y en otras ocasiones, sin llegar a un destino concreto. Los años de extravío fueron años perdidos para Israel.

Permítanos decir una vez más, amigo oyente, que tenemos una declaración muy corta y sencilla, en cuanto a la muerte de María.

No hay ninguna oración fúnebre, ningún esfuerzo se hace para elogiarla. Repasemos, por un momento, la trayectoria de María. En nuestro estudio del libro del Exodo, al tratar sobre la situación de los israelitas en Egipto, la vimos mencionada en el incidente en el cual una mujer israelita de la tribu de Leví dio a luz un hijo, que era Moisés, y para protegerle de la orden del Faraón de matar a los niños hebreos, le escondió en un canastillo de juncos, y le dejó a orillas del río Nilo, encargándole a su hija que quedara a cierta distancia vigilándole. Esta fue la primera mención de la hermana de Moisés. Más tarde, cuando la hija de Faraón descubrió al niño Moisés, la hermana de Moisés le sugirió a la princesa buscar a una nodriza hebrea para que se hiciese cargo del cuidado del niño. Y así fue que, después de concertar una entrevista con su madre, que era la nodriza propuesta, ésta se llevó al niño para hacerse cargo de su crianza y educación, con la ayuda económica de la hija de Faraón. Posteriormente, después de que el pueblo israelita cruzase el mar Rojo, el texto Bíblico cita a María, hermana de Aarón, como profetisa, cuando con una pandereta y bailando acompañada por todas las mujeres, entonó una canción como gratitud y en honor al Señor, que les había librado del ejército enemigo. Más adelante, y en nuestro estudio de este libro de Números, en el capítulo 12, hemos comentado otra faceta de su carácter, cuando junto con Aarón, su hermano, sintió celos de Moisés, y entonces ambos promovieron una gran rebelión contra la autoridad de su hermano sobre el pueblo. Esta situación, en la que la envidia jugó el principal papel, fue descrita en un principio como un problema familiar: y el motivo que pareció desencadenar la crisis fue su oposición a la nueva mujer etíope con la que Moisés se había casado. Quizás María habría pensado muchas veces: "Si yo no le hubiera protegido en aquellos momentos críticos en que, por ser un niño, su vida corría peligro, no hubiera llegado a ser lo que fue, como libertador del pueblo y portavoz de Dios ante la gente". Es difícil saber cuál fue la causa real de los celos de María. ¿Fueron celos por la aparición de una mujer en la familia que pudiese tener una influencia real sobre su hermano, que detentaba la máxima autoridad en el pueblo? ¿Fue ese solo un pretexto, y los celos surgieron realmente a causa del lugar prominente de Moisés, como intermediario de la voluntad de Dios? Y así llegamos al final de la vida de María, con la triste imagen del castigo humillante que tuvo que sufrir por parte de Dios, al verse, como leprosa, aislada de todo contacto con el pueblo sobre el cual había soñado ejercer autoridad. ¡Que triste recuerdo, que empañó la última etapa de una vida tan destacada! ¡Qué tremendo poder destructivo el de los celos!

La única fuerza que puede librarnos de estas pasiones humanas tan destructivas para el individuo, para la familia y para la convivencia social, es el poder de Dios. Esas pasiones surgen de nuestra naturaleza humana con tanta naturalidad y espontaneidad. Porque cuando uno cree en el Señor Jesucristo, cuando uno es regenerado por el Espíritu Santo, comienza a producirse una transformación en la que el creyente, progresivamente, empieza a parecerse al Señor Jesucristo. Estimado oyente, como resultado de la salvación, el control de Dios sobre Su vida, una vez sometidas las fuerzas destructivas del pecado, puede traerle equilibrio paz. Frente a las fuerzas humanas destructivas, el poder de Dios es eficaz, constructivo y crea una nueva vida, una nueva perspectiva, una nueva motivación para vivir.

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Comentario bíblico de 2 Timoteo