Estudio bíblico de Juan

Predicación escrita y en audio de Juan 3:4-21

Juan 3:4-21

Continuamos hoy estudiando el capítulo 3 del evangelio según San Juan. Y en nuestro programa anterior, comenzamos a considerar el diálogo de Jesús con Nicodemo. Ya hemos visto que este hombre Nicodemo era diferente de las personas de la multitud. Era un hombre genuino. Pero era un hombre que tenía dos máscaras: Era fariseo, principal entre los judíos, y era simplemente él mismo. Hizo un genuino cumplido a Jesús, y nuestro Señor nunca le acusó de ser hipócrita. Vino como fariseo, hablando acerca del reino de Dios. Y vimos que nuestro Señor Jesucristo le interrumpió súbitamente y le dijo que "necesitaba nacer otra vez. Que no podía ver el reino de Dios, a menos que naciese de nuevo". Ahora, si es que este hombre vino para hablar del reino y de su establecimiento, lo cual creemos que hizo, entonces fue evidente que esta declaración de nuestro Señor, le desvió de su planteamiento inicial. Entonces, se quitó la máscara de fariseo, aunque todavía era principal entre los judíos. Continuemos entonces leyendo el versículo 4, de este capítulo 3 de San Juan:

"Nicodemo le preguntó: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?"

Jesús le dijo a Nicodemo que le era "necesario nacer de nuevo". Realmente la palabra que Él usó significa también nacer "de lo alto". Pero, parece que Nicodemo sólo pudo pensar en un nacimiento físico pues, quitándose su máscara condescendiente de fariseo, le preguntó a Jesús: Bueno, "¿Y cómo puede ser esto?" ". . . ¿Cómo puede uno que ya es adulto volver al vientre de su madre para entonces, nacer de nuevo?" Es que Jesucristo no estaba hablando en cuanto a un nacimiento físico, sino mas bien, de un nacimiento espiritual. El motivo de la confusión de Nicodemo era que aparentemente él no tenía ninguna capacidad espiritual para comprender lo que Jesús le estaba diciendo. Así es que Jesús trató de aclarar lo que decía. Leamos el versículo 5:

"Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios."

Ahora, quizá usted se esté preguntando, y bueno, ¿qué significa eso de ser nacido de agua y del Espíritu? Por una parte hay quienes creen que el ser nacido de agua es una referencia al bautismo, pero ésta sería una expresión muy extraña, si fuese una referencia al bautismo. Por otra parte, tenemos el caso de muchos médicos que dicen que esta es una referencia al nacimiento físico, ya que es un nacimiento en agua, y el feto en el vientre está rodeado por el medio líquido. Sea lo que fuere, no creemos que "nacer de agua" signifique alguna de estas dos opciones. Creemos que Jesús no estaba hablando aquí, de las diferencias entre el nacimiento natural y el nacimiento espiritual, sino que estaba explicando cómo un hombre podía ser nacido "de lo alto" o sea, "renacido". Al hacerlo, dijo entonces que este nuevo nacimiento era producto del agua y del Espíritu.

Como hemos visto en el capítulo 2, el agua es un símbolo de la Palabra de Dios. Más adelante en este evangelio, en el capítulo 17, versículo 17, Jesús dijo: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". La Palabra tiene poder para limpiar y santificar. En el capítulo 15 de este evangelio, versículo 3, Jesús dice: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". O sea que, en muchas maneras y en muchos pasajes de las Escrituras, la Palabra de Dios es comparada con el agua. Creemos entonces, que el nacer de agua y del espíritu en este pasaje, significa que una persona sólo puede nacer de nuevo mediante la acción del Espíritu que utiliza la Palabra, o sea las Sagradas Escrituras. El Espíritu Santo es quien toma las Escrituras y las usa. Creemos que nadie puede ser renacido sin la Palabra de Dios aplicada por el Espíritu de Dios. Y creemos que es por esto que Jesús le da tanta importancia al ser nacido del agua y del Espíritu. Uno en la actualidad es renacido por medio del agua, que es la Palabra de Dios, y el Espíritu; es decir, que el Espíritu Santo la convierte en una realidad en el corazón humano.

Si estudiamos el libro de los Hechos de los apóstoles, encontraremos que hay tres relatos sobresalientes sobre tres personas que se convirtieron, es decir, que nacieron de nuevo. Y creemos que estos relatos nos han sido dados, principalmente, como ilustraciones. Primero tenemos la conversión del eunuco etíope, luego la conversión de Cornelio, y finalmente, la conversión del apóstol Pablo.

Estas tres personas son representantes de las tres familias de Noé: uno es hijo de Sem, otro es hijo de Cam, y el tercero es hijo de Jafet. Y en la conversión de cada uno de estos tres, la Palabra de Dios fue utilizada por el Espíritu de Dios. El método de Dios parece ser este: La Palabra de Dios, utilizada por el Espíritu de Dios, comunicada por medio de un hombre de Dios. Y creemos que nuestro Señor Jesucristo, al decir que era necesario nacer de agua y del Espíritu, se refería a la acción del Espíritu de Dios, que usa la Palabra de Dios. Sin este renacimiento, Nicodemo no podía entrar en el reino de Dios. Continuemos ahora con el versículo 6:

"Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es."

La intención de Dios no es la de cambiar esta vieja naturaleza que Ud. y yo tenemos. El hecho es que ésta no puede ser cambiada. Es imposible. La Palabra de Dios tiene mucho que decir en cuanto a esta vieja naturaleza que tenemos, y que la Biblia llama "la carne". El apóstol Pablo, escribiendo a los Romanos, en el capítulo 8 de su carta, versículos 7 y 8, dice: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios". Dios no tiene un programa para esta vieja naturaleza que tenemos. No piensa recuperarla, ni mejorarla, ni desarrollarla, ni salvarla. Esa vieja naturaleza tiene que descender a la tumba con nosotros. Y, si el Señor viene a la tierra antes de que descendamos al sepulcro, entonces tendremos que ser transformados repentinamente, lo cual significa que de esa manera nos libraremos de esa vieja naturaleza. Pues ésta, nunca, nunca jamás podrá ser obligada a ser obediente a Dios. El Señor Jesucristo dijo: "Lo que es nacido de la carne, carne es". Este es un axioma y por ello Dios no intenta salvar esa naturaleza carnal de ninguna manera, porque ésta no puede ser recuperada. Esta vieja naturaleza, en el futuro, será reemplazada por la nueva naturaleza. Estimado oyente, es por esto que el nacimiento espiritual es necesario, a fin de que podamos recibir una nueva naturaleza. En los versículos 7 y 8, el Señor continuó hablando a Nicodemo y le dijo:

"No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu."

Nicodemo, que se estaba escondiendo tras su máscara de "principal de los judíos", la estaba perdiendo y Jesús le explicó este asunto. No se puede decir de dónde viene el viento ni a dónde va. Las corrientes de aire y los vientos son elementos que los seres humanos aún no pueden controlar. El viento sopla de donde quiere. No podemos hacer nada para desviarlo ni cambiar su rumbo. Hoy en día, tratan de restarle fuerza a los huracanes, por ejemplo, los que surgen en el golfo de México y en la región del Caribe, pero hasta el momento, no han tenido mucho éxito que digamos. Pero aunque no nos es posible controlar al viento, sí podemos saber cuando sopla. Podemos oír su rumor, sentir el roce suave en nuestra piel y ver los árboles y sus ramas que se inclinan ante su empuje.

Ahora, estimado oyente, no es fácil explicar el nacimiento espiritual. El Señor dijo: "El viento sopla de donde quiere,... así es todo aquel que nace del Espíritu". No lo entendemos completamente, ilustra la forma en que uno es nacido del Espíritu. No podemos decir exactamente cómo opera el Espíritu de Dios, pero sí nos es posible saber cuándo está obrando en las vidas y en los corazones de Su pueblo. Eso es exactamente lo que nuestro Señor Jesucristo estaba diciendo aquí.

Nuestro Señor le había quitado dos máscaras a Nicodemo. El hombre que se encontraba ante Él ya no era un hombre de los fariseos, ni tampoco era el principal entre los judíos. ¿Quién era entonces? Veamos lo que dice el versículo siguiente, el versículo 9:

"Le preguntó Nicodemo: ¿Cómo puede hacerse esto?"

Ahora vemos a Nicodemo con su personalidad real, preguntando sobre cómo podían hacerse estas cosas, y veremos que nuestro Señor le habló muy claro. A propósito, usted y yo podemos ponernos las máscaras cuando estamos el uno frente al otro, y hoy en día, hay muchos que las llevan puestas, y cuando están con cierto grupo, se comportan de cierta manera. La máscara, estimado oyente, esconde lo que somos en realidad. Pero, cuando venimos al Señor Jesús, tenemos que quitarnos todas nuestras máscaras. Frente a Él no podemos utilizarlas. Jesús nos verá tal como somos en la realidad, y tratará a cada uno como corresponda. Así trató a Nicodemo. Leamos ahora, el versículo 10:

"Jesús le respondió: Tú, que eres el maestro de Israel, ¿no sabes esto?"

Nuestro Señor aquí, hizo un uso delicado de la sátira. Le estaba diciendo a Nicodemo que él era uno de los principales en Israel, y que estaba actuando como si Jesús le estuviese diciendo algo que no podía ser cierto, porque si fuese cierto, Nicodemo lo habría sabido. Y entonces, Jesús le pregunta: "¿No sabes esto Nicodemo?" Continuemos con los versículos 11 hasta el 13:

"De cierto, de cierto te digo que de lo que sabemos, hablamos, y de lo que hemos visto, testificamos; pero no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las celestiales? Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo."

Jesús le dijo a Nicodemo que él no había recibido su testimonio, ni aun lo que le había estado diciendo en ese momento. Y después de esto, vemos que hay un gran movimiento que se presenta aquí, en el evangelio según San Juan. Usted recordará que en la introducción a nuestro estudio de este evangelio, dirigimos nuestra atención a lo que Jesús dijo en el capítulo 16 de este evangelio de Juan, versículo 28, cuando dijo: "Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y regreso al Padre". Y ahora, en este versículo 13 dice: "Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo."

Esa es la respuesta para quienes hoy en día, creen que Elías y Enoc fueron al cielo cuando fueron trasladados fuera de esta tierra. No creemos que fueron al cielo, porque desde entonces y hasta este momento, el Señor Jesús dijo: "Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo". En otras palabras, dijo que Él era el Único que podía hablar sobre el cielo, porque Él era el Único que había estado en el cielo. Ahora, es verdad que hay muchos que han ido al cielo después de Cristo; pero, en el Antiguo Testamento cuando un santo moría, es decir, uno de los hijos de Dios, iba a un lugar que se llamaba el paraíso o el seno de Abraham. (Nuestro Señor lo llamó así en Lucas capítulo 16, verso 22). No fue sino hasta después que Cristo murió y subió al cielo llevando consigo a los cautivos, cuando llevó consigo a aquellos que estaban allí en el paraíso, a la presencia de Dios, en el cielo. Desde entonces, para el hijo de Dios siempre ha sido verdad que "estar ausentes del cuerpo, es estar presentes al Señor", como lo declara el apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, capítulo 5, versículo 8. Leamos ahora los versículos 14 y 15:

"Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna."

Cuando Moisés puso aquella serpiente sobre el asta, debido al juicio de Dios sobre el pecado del pueblo, todo lo que las personas mordidas por las serpientes tenían que hacer, era mirarla. Y como Moisés levantó la serpiente, de la misma manera, Cristo iba a ser levantado. Como usted ve, estimado oyente, esa serpiente representaba al pecado del pueblo. Y Cristo fue hecho pecado por nosotros en la cruz, porque Él llevó allí nuestros pecados. Por eso dice aquí: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado". Nuestro Señor le dijo entonces a Nicodemo, palabras que probablemente son las más conocidas de toda la Biblia. Leamos el versículo 16, de este capítulo 3 del evangelio según San Juan:

"De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna."

Hay dos cosas que necesitamos notar aquí. La primera es que nos dice que es necesario nacer de nuevo. Y la otra es, que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado. Estas se encuentran relacionadas. Se requieren la muerte y la resurrección de Cristo. Es necesario que Él sea levantado. Y siendo que Él ya ha sido levantado, y que ya ha llevado nuestro castigo; ahora, el Espíritu de Dios puede regenerarnos, puede hacernos nacer de nuevo. Pero, no nos olvidemos que es necesario, imprescindible, nacer de nuevo. Esa es la única manera por la cual Dios nos puede recibir.

Ahora, la motivación de todo esto es que Dios amó al mundo. ¡Pero Dios nunca salvó al mundo por medio de Su amor! No dice aquí que el amor de Dios salvó al mundo, porque el amor de Dios, de por sí, nunca podría salvar al pecador. ¡Dios salva por gracia! El apóstol Pablo escribiendo a los Efesios, dice con toda claridad en el capítulo 2 de esa carta, versículos 8 y 9: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". Ahora, ¿cómo le salva Dios a usted? Dios le salva a usted por Su gracia. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel". Y aquí, usted estimado oyente, puede poner el nombre suyo y yo puedo poner el mío también. Y continúa diciendo, "Para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna."

Ahora, observemos que junto a la palabra "cree", está la pequeña preposición "en". Significa creer en Cristo, es decir, confiamos en Él como el que llevó la pena de nuestros pecados. Ese es un asunto personal. Cada uno de nosotros individualmente, necesita creer que Él murió en lugar nuestro. Estimado oyente, es necesario que crea que Jesús murió por usted. Veamos ahora los versículos 17 y 18:

"Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios."

Vemos aquí que cuando Jesús vino la primera vez, no llegó como juez. Esto quedó bien aclarado en Su conversación con aquel hombre en Lucas capítulo 12, que quiso que el Señor juzgara entre él y su hermano. Él le dijo en el versículo 14 de ese capítulo: "Hombre, ¿quien me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?" Jesucristo no vino como Juez la primera vez que llegó a la tierra. Vino como Salvador. Pero, la segunda vez, la próxima vez que venga, entonces sí vendrá como Juez. Ahora, Jesús dijo que Dios no le envió al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de Él. Y el que no cree en Él, ya ha sido condenado. Estimado oyente, si usted no cree, ya está condenado. ¿Por qué? Porque "no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios". Aquel maravilloso nombre es Jesús. Y Su nombre es Jesús porque Él es el Salvador del mundo. Cualquiera que cree en aquel nombre, ya no está bajo condenación, sino que tiene vida eterna. Continuemos leyendo los versículos 19 hasta el 21:

"Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas, pues todo aquel que hace lo malo detesta la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean puestas al descubierto. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras son hechas en Dios."

¿No ve, amigo oyente, que este es el juicio del mundo? El día en que el mundo crucificó a Cristo, el mundo hizo una gran decisión. Ahora, debe ser juzgado por Dios, y de eso es de lo que se habla aquí. Recuerde que Jesús estaba hablando con Nicodemo aquí y que Nicodemo era fariseo. Los fariseos creían que cuando viniera el Mesías, vendría como Juez. El Antiguo Testamento presentó dos aspectos de la venida del Mesías. Uno era Su venida como Salvador, llegando para morir, para pagar la pena. El otro aspecto era Su venida como Juez. Los fariseos entonces razonaban que el Mesías sería un Juez cuando viniera, porque el Antiguo Testamento presentaba ese aspecto. En el Salmo 2, versículo 9, dice: "Los quebrantarás con vara de hierro". El profeta Daniel, en su libro, 7:13 y 14, habló de Él como Juez del mundo entero. El Salmo 45 habló del reinado del Mesías sobre el mundo con justicia. Y en el libro del profeta Isaías, en los capítulos 11 y 42, se habló acerca de Sus juicios con justicia.

Estimado oyente, el Señor Jesús le estaba diciendo a Nicodemo con suma claridad que, en esta ocasión Dios no había enviado a Su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo fuese salvo por medio de Él. La palabra que se traduce aquí del griego por mundo, es "cosmos", y esto quiere decir, que el propósito redentor de Dios abarca al mundo entero. No vino para condenar ni para juzgar al mundo, sino para salvarlo.

En Cristo, estimado oyente, no hay ninguna condenación. Pero, aquellos que no creen en Cristo, ya están condenados. Hay quienes piensan que en la actualidad, el mundo está siendo juzgado. No es así. El mundo está perdido. Usted y yo vivimos en un mundo perdido, que no necesita esperar a un juicio final para comprobar que está perdido. Nuestra situación se parece a la de aquel que se encuentra en prisión y se le pregunta si aceptará o no el perdón. Y éste es el Evangelio. No consiste en decirle al ser humano que está siendo sometido a juicio, porque ya está condenado; se encuentra en prisión esperando el momento de la ejecución. Pero el Evangelio le dice a ese ser humano prisionero, que se le ofrece el perdón. La cuestión es la siguiente: ¿Aceptará usted el perdón? Es pues nuestra oración que allí donde usted se encuentra, en este mismo momento, abra las puertas de su corazón al Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, para que Él sea su Salvador personal. Hágalo ahora mismo y será salvo por toda la eternidad.

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