Estudio bíblico de Juan 3:22-4:14

Juan 3:22-4:14

Continuamos hoy estudiando el capítulo 3 del Evangelio Según San Juan. En nuestro programa anterior avanzamos hasta el versículo 21. Y decíamos que éste se refiere al juicio del mundo. El día en que el mundo crucificó a Cristo, hizo una gran decisión. Ahora debe ser juzgado por Dios. Recordamos que Jesús estaba hablando con Nicodemo, y que Nicodemo era Fariseo. Ahora los Fariseos creían que cuando viniera el Mesías vendría como juez, porque el Antiguo Testamento presentó dos aspectos de la venida del Mesías a esta tierra. Uno era Su venida como Salvador, llegando a esta tierra para morir; para pagar la pena. El otro aspecto era Su venida como juez.

De modo que los Fariseos consideraban que el Mesías sería un juez cuando viniera porque el Salmo 2:9 dijo: "Los quebrantarás con vara de hierro". También Daniel 7:13-14 habló de Él como el Juez del mundo entero. Asimismo, el Salmo 45 habló del reinado del Mesías sobre el mundo con justicia. Y el profeta Isaías en el capítulo 11, versículos 3 al 5, dijo que ". . . juzgará con justicia. . ." y que ". . . será la justicia cinto de sus caderas. . ." Y más adelante, en el capítulo 42, Isaías volvió a mencionar Sus juicios con justicia. Así que, por todo esto, los Fariseos habían llegado a la conclusión de que el Mesías sería un juez cuando viniera. Pero el Señor Jesús le dijo con suma claridad a Nicodemo que Dios no había enviado a Su Hijo esa primera vez para juzgar al mundo, sino para que el mundo fuese salvo por Él. Y la palabra que se traduce aquí por "mundo" es "cosmos", lo cual quiere decir que el propósito redentor de Dios abarca al mundo entero. No vino para condenar ni para juzgar al mundo, sino para salvarlo. En Cristo, entonces, no hay ninguna condenación, pero aquellos que no creen en Cristo, ya están condenados.

Hay muchos que piensan hoy en día que el mundo está en una etapa de prueba, creen que Dios está sometiendo al mundo a un proceso judicial. Pero la realidad es que el mundo está perdido. Usted y yo estamos viviendo en un mundo perdido, y no es necesario esperar hasta el juicio final para saber que el mundo está perdido. Su situación es similar a la de un hombre en la cárcel, al que se le pregunta si está, o no está dispuesto a aceptar un indulto o perdón. Y así es el Evangelio hoy en día. El Evangelio no es decirle a un hombre que está siendo juzgado. El ya está condenado; él ya está en la cárcel esperando la muerte, la pena máxima; pero el Evangelio le dice que hay una oferta de perdón. La pregunta de mayor importancia es, entonces, si aceptará o no el perdón.

El Evangelio es para salvar a los que ya están perdidos. La condenación, o el juicio es que la luz ha venido al mundo, pero siendo el hombre pecador por naturaleza, sus obras son malas. Por tal motivo la Biblia dice aquí que ". . . los hombres amaron más las tinieblas que la luz" (Juan 3:19). El hombre que no ha nacido de nuevo tiene un cierto parecido con las ratas, que siempre corren hacia el rincón más oscuro de una sala cuando se enciende la luz. Es natural que los hombres no quieran la luz, porque ésta revela sus malas obras. Sólo los que vienen a Cristo, es decir, solamente los que se vuelven a Él, quieren la luz.

Al comienzo de este programa dijimos que comenzaríamos nuestro estudio de hoy considerando a partir del versículo 22, pero creemos que es necesario retroceder un poco y leer una vez más los versículos 20 y 21.

"pues todo aquel que hace lo malo detesta la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean puestas al descubierto. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras son hechas en Dios."

Fíjese usted que en estos versículos, nuestro Señor habló sobre tantas cosas desde un punto de vista negativo. Y dijo: "Porque todo aquel que hace malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean puestas al descubierto". Es mucho lo que se habla sobre el poder del pensamiento positivo. Pero, estimado oyente, la verdad es que hay mucho poder también en el pensamiento negativo y en el hablar de forma negativa. Escuchemos otras de las afirmaciones del Señor Jesucristo. En el Evangelio Según San Marcos, capítulo 2, versículo 17, leemos: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". En el mismo Evangelio de Marcos, capítulo 10, versículo 45, el Señor dijo: "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos". Y en el versículo 17 de este capítulo 3 de Juan, Jesús dijo: "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo". Pero Jesús añadió aquí que todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz. En otras palabras, cualquiera que practicase habitualmente lo que fuese malo, odiaría la luz. La luz y la verdad se utilizan de la misma manera. "Mas el que practica la verdad viene a la luz. . ." dice el versículo 21 de Juan, capítulo 3. Pero el error y las tinieblas, que aparecen asociados, siempre presentan un contraste total frente a la luz y la verdad. Y con estas palabras termina este relato sobre la entrevista entre Jesús y Nicodemo.

Leamos los versículos 22 al 24 de este capítulo 3 de Juan, donde tenemos

El testimonio de Juan el Bautista

"Después de esto vino Jesús con sus discípulos a tierras de Judea, y estuvo allí con ellos y bautizaba. También Juan bautizaba en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas. Y la gente llegaba y se bautizaba, pues aún no habían encarcelado a Juan."

En esos días, Juan todavía podía predicar que "el reino de los cielos se ha acercado" (Mateo 3:2). Pues fue después de la tentación del Señor que Juan fue encarcelado. Esto es lo que cuentan los otros evangelistas. Continuemos ahora con los versículos 25 y 26 de Juan capítulo 1:

"Entonces se produjo una discusión entre los discípulos de Juan y algunos judíos acerca de la purificación. Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, él también bautiza, y todos van a él."

Esta es una declaración muy interesante. Nos imaginamos que los discípulos de Juan estaban algo celosos y envidiosos de la popularidad de Jesús. Parecieron sugerir a Juan que ni aun debía mencionar el nombre de Jesús, implicando que, en principio, había sido un error haber dado testimonio de Él, porque ahora todos se iban a Jesús. Pero observemos la reacción de Juan el Bautista. Él hizo una declaración muy clara y demostró que no tenía nada de envidia en su corazón. Leamos los versículos siguientes; versículos 27 hasta el 30:

"Respondió Juan: No puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que está a su lado y lo oye, se goza grandemente de la voz del esposo. Por eso, mi gozo está completo. Es necesario que él crezca, y que yo disminuya."

Uno no puede evadir la gran importancia de esta declaración, estimado oyente. Juan el Bautista era el último de los profetas del Antiguo Testamento. La verdad es que él no pertenecía a la era de la Iglesia. Esto lo aclaró con las palabras: "El que tiene la esposa. . ." ¿Quién era la esposa? La Iglesia. "El que tiene la esposa, es el esposo" dijo Juan. Entonces, ¿quién era Juan? El era el amigo del esposo. Es verdad que él estará presente en la cena de las bodas del Cordero, pero él no formaría parte de la Iglesia. Al ser el último de los profetas del Antiguo Testamento, surgió desde las páginas del Antiguo Testamento y llegó hasta el Nuevo Testamento para anunciar la venida del Mesías.

Juan, pues, respondió en el versículo 27: "No puede el hombre recibir nada, a no ser que le sea dado del Cielo". Esta verdad se repite una y otra vez en las Escrituras. El Señor Jesús mismo dijo en el capítulo 6 de este Evangelio de Juan, versículo 65: "Ninguno puede venir a Mí, si no le es dado del Padre". ¡Cuán grandes son estas declaraciones! Y luego Juan dijo que era necesario que Jesús creciese, pero que él disminuyese. Su ministerio entonces iba llegando a su fin. Leamos ahora los versículos 31 al 36 de este capítulo 3 de Juan.

"El que viene de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra es terrenal y habla de cosas terrenales. El que viene del cielo está por encima de todos, y de lo que ha visto y oído testifica, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, ese atestigua que Dios es veraz, porque aquel a quien Dios envió, las palabras de Dios habla, pues Dios no da el Espíritu por medida. El Padre ama al Hijo y ha entregado todas las cosas en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él."

Juan expuso con toda claridad que el Señor Jesucristo era superior y presentó este maravilloso testimonio sobre el Señor Jesucristo. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna". ¡La tiene ahora mismo! Estimado oyente, esta verdad no se puede expresar en forma más clara. Es evidente que Juan el Bautista predicó el Evangelio. Proclamó que los seres humanos están perdidos sin Cristo, pero que pueden tener vida eterna por la fe en Cristo. ¡Qué testimonio elocuente el de aquel mensajero! ¡Qué gran testimonio sobre el Señor Jesucristo!

Y así concluye nuestro estudio del capítulo 3 del Evangelio Según San Juan. Llegamos ahora a

Juan 4:1-3

Este capítulo narra uno de los incidentes más importantes en la vida del Señor Jesucristo: Su encuentro con la mujer Samaritana. Comencemos, pues, leyendo los primeros tres versículos de este capítulo 4:

"Cuando, pues, el Señor supo que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea y se fue otra vez a Galilea."

Al parecer, esto sucedió inmediatamente después del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista en el capítulo tres. Probablemente esto ocurrió cerca del 27 del mes de diciembre y cuando Juan el Bautista ya estaba en la cárcel. Creemos que cuando Juan fue encarcelado, Jesús salió de Judea y regresó a Galilea.

¿Por qué salió de Judea? Bueno, no quería precipitar una crisis. Es que el Señor Jesús estaba actuando según un horario. Aquel horario era un horario celestial; un horario fijado por el Padre. Jesús había dicho con toda claridad que Él había venido para hacer la voluntad del Padre. En el capítulo 10 de este Evangelio, versículo 18, dijo, con respecto a Su vida: "Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre". Estaba hablando en cuanto a su muerte venidera. No podían detener a Jesús hasta que llegara Su hora. Es en el capítulo 13 de Juan donde primero leemos que la hora de Jesús había llegado. En el versículo 1 de ese capítulo 13, dice: "Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre. . ." Jesús, pues, estaba viviendo según un horario, un horario previsto, estimado oyente; había venido al mundo para cumplir la voluntad del Padre.

Es por esto que Jesús se fue otra vez a Galilea. Regresó a donde estaba Su centro de operaciones, probablemente en la ciudad de Capernaúm. Continuemos ahora con el versículo 4 de este capítulo 4 de Juan, donde tenemos el relato de cuando

Jesús habló con la mujer en el pozo de Sicar

"Y le era necesario pasar por Samaria."

Aquellas palabras "le era necesario" nos llaman la atención. ¿Por qué le era necesario pasar por Samaria? Bueno, porque quería alcanzar a la mujer de Samaria. Escuchemos sus palabras en el versículo 34, "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra". Le era, pues, necesario pasar por Samaria, porque ésa era la voluntad de Su Padre. Al parecer, su destino era Caná de Galilea, aquel lugar donde había transformado el agua en vino. Había un hombre noble, un oficial del rey en Capernaúm, que tenía un hijo enfermo y, entonces, Jesús se dirigió hacia Capernaúm; pero le era necesario pasar por Samaria. Había tres rutas que Él podría haber seguido. Podría haber viajado a los largo de la costa. Había allí un camino que hoy en día todavía se encuentra allí. Podría haber pasado por Perea, que está al este del río Jordán, o bien, podría haber pasado por Samaria. El historiador Josefo nos dice que aunque la ruta más directa era la que pasaba por Samaria, los judíos no la utilizaban debido a la antipatía que se profesaban judíos y samaritanos. Sin embargo, Jesús tomó esa vía. Pasó por Samaria porque quería alcanzar a la gente despreciada de esa región, entre la que se encontraba la mujer samaritana. Continuemos con el versículo 5:

"Fue, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José."

El sepulcro de José estaba cerca de la bifurcación del viejo camino romano al sur de Sicar. Allí, junto al pozo, fue donde Jesús se encontró con la mujer samaritana. El Monte Gerizim estaba situado al noroeste de allí, y la sinagoga de los samaritanos estaba en la cuesta del Monte Gerizim. Y esta es, en breve, el escenario de este lugar a donde llegó el Señor. Leamos ahora el versículo 6:

"Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta."

La hora sexta, según la hora romana, serían las seis de la tarde. Pero al parecer, aquí se sigue la hora judía, que correspondería a las doce del mediodía. Dice que estaba cansado del camino. ¡Cuán perfectamente humano era Jesús! Y Juan, el autor de este evangelio, lo presentó como el Hijo de Dios; como Dios manifestado en un cuerpo físico. El escritor dijo al principio de este Evangelio: "El Verbo fue hecho carne". Estimado oyente, nuevamente hay algo aquí que es abrumador, aunque el lenguaje sea sencillo. ¡Piénselo! El Dios de la eternidad vino a esta tierra. El Verbo o la Palabra, fue hecha carne y habitó entre nosotros, acampó con su tienda entre nosotros, y al pasar por Samaria se sentó allí junto al pozo para alcanzar a esta mujer samaritana. En aquel entonces los samaritanos, por lo general, eran personas bastante pobres. Continuemos leyendo el versículo 7, del capítulo 4 de Juan.

"Llegó una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber."

Como veremos más adelante, se trataba obviamente de una mujer de vida licenciosa. Era una mujer ruda e inmoral.

¡Qué contraste había entre ella y el hombre que vimos en el capítulo anterior, Nicodemo! Observemos que con Nicodemo, un hombre muy religioso, nuestro Señor se portó de una manera más bien áspera. Fijémonos ahora en lo delicado que fue con esta samaritana. Le pidió un favor y apeló a su benevolencia. Estaba sediento y le pidió agua para beber.

¡Qué condescendencia por parte de Jesús! Él, que es el Agua de vida, le pide a ella un poco de agua. Eran las 12 del mediodía y sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. El hecho de que fueran a comprar comida a los samaritanos revela el rechazo de Jesús a los prejuicios de los judíos, que consideraban la comida de los samaritanos como impura. Leamos el versículo 9:

"La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí."

Por dos veces ella rehusó darle agua. Aquí ella fue ruda, insolente, atrevida, e impertinente. Y resaltó la distinción racial. Pero veamos lo que nuestro Señor hizo aquí: Llegó al lugar más bajo al que podía llegar. Observemos cómo el Señor se portó con ella. Era muy hábil y simpático, pero también habló con ella enérgicamente, fielmente y objetivamente. No le dio un discurso sobre la integración, ni sobre los derechos civiles. Él no era un candidato para ocupar un cargo político. Simplemente apeló a su curiosidad femenina. Creó en ella un interés y una sed. Continuemos ahora con el versículo 10.

"Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva."

Aquí vemos cómo Jesús despertó su curiosidad e inmediatamente ella cambió de actitud. Leamos los versículos 11 y 12.

"La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?"

La mujer entonces le llamó "Señor," tratamiento que antes había omitido. Hasta ese momento ella había sido atrevida y descortés; pero ahora había una diferencia. Sin embargo, la cuestión era que esta mujer todavía estaba pensando sólo en lo físico, y por esto, su mente no podía elevarse más allá del nivel del agua en el pozo. También podemos ver que ella se identificó como descendiente de Jacob. Y lo hizo intencionalmente, ya que, racialmente, los samaritanos eran descendientes de Jacob, que habían concertado matrimonios mixtos con pueblos del norte, a continuación de la cautividad babilónica de Israel, en el año 721 A.C. Pero notemos lo que Jesús le respondió aquí en los versículos 13 y 14 de este capítulo 4 de Juan.

"Jesús le contestó: Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna."

Jesús aclaró aquí que no estaba hablando del agua del pozo de Jacob. Sólo la usó como contraste. Hay multitudes hoy en día que, figurativamente hablando, acuden a las charcas del mundo, buscando una satisfacción física, no una satisfacción espiritual. El agua del pozo requería un trabajo duro para obtenerla. En contraste, la fuente interior, brotaría en abundancia como respuesta a la fe de aquella mujer. Era el agua de la vida. Estimado oyente, este versículo resume el lema de nuestro programa de radio, "La Fuente de la Vida". Es nuestra oración que usted forme parte de ese grupo de personas que busca el agua espiritual, porque ésta agua está a su disposición en este mismo momento.

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