Estudio bíblico de Juan 8:13-44

Juan 8:13-44

Continuamos hoy estudiando el capítulo 8 del evangelio según San Juan. En nuestro programa anterior, estábamos hablando sobre la declaración que Jesús hizo en el versículo 12 de este capítulo 8, afirmando que Él era la luz del mundo.

Uno de los motivos por los cuales tenemos tantos problemas hoy en día en nuestra civilización, es que nos hemos alejado de la luz. Sin embargo, el Señor Jesús nos extiende una invitación. Él dice: "El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Durante esta Fiesta de los Tabernáculos, Israel estaba recordando su liberación cuando la columna de fuego guiaba a los hijos de Israel por el desierto. Ellos celebraban aquel acontecimiento con un desfile de antorchas y cuando Jesús dijo: "Yo soy la luz del mundo", se estaba refiriendo a ese detalle de la fiesta. Cuando la columna de fuego les guiaba, los hijos de Israel tenían que seguirla. De la misma manera debemos seguir hoy al Señor Jesús, mirándole como a la Luz del Mundo.

Continuemos hoy leyendo los versículos 13 y 14 de este capítulo 8 del evangelio según San Juan:

"Entonces los fariseos le dijeron: Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es válido. Respondió Jesús y les dijo: Aunque yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy."

Había un conflicto claro entre las autoridades religiosas y Cristo. En verdad, le estaban acusando de jactarse, de dar un falso testimonio. Pero Jesús les dio tres razones por las que Su testimonio era verdadero. En primer lugar, Él les dijo: "sé de dónde he venido". Él dijo que sabía de dónde había venido. A propósito, los hombres de esta tierra no pueden decir que sepan, en realidad, de dónde vienen. Los científicos tratan de decirnos lo que sucedió hace millones de años. Sin embargo, ninguno de ellos estaba aquí, ni siquiera hace cien años. No saben de dónde vienen; sólo pueden especular. Pero el Señor Jesús sí sabía de dónde había venido. Continuemos con los versículos 15 y 16:

"Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es según la verdad, porque no soy yo solo, sino yo y el Padre que me envió."

En su segunda declaración, Jesús decía que no juzgaba a nadie según criterios humanos. Cualquier juicio que usted o yo hagamos será emitido con criterios humanos. Nuestro juicio es limitado porque simplemente no tenemos todos los hechos. Nuestro juicio se basa en hechos incompletos, y por lo tanto no es más que una pura especulación. O el hombre acepta la especulación, o acepta la revelación. Si uno juzga según criterios humanos, es natural que opte por la especulación. El Señor Jesús dijo que no juzgaba a nadie según tales criterios. Él expresaba el juicio que viene del cielo. Presentaba el punto de vista de Dios, según la valoración de Dios. Ésta es la revelación y difiere del punto de vista del hombre. Es por eso que la hostilidad de estas autoridades religiosas aumentaba. El Señor Jesús continuó hablando en los versículos 17 y 18 y dijo:

"Y en vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos hombres es válido. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo. También el Padre que me envió da testimonio de mí."

Y aquí tenemos la tercera razón por la cual Su testimonio era verdadero. El Padre daba testimonio de Él. Ellos habían escuchado al Padre como una voz del cielo. Y le dijeron en el versículo 19:

"Ellos le dijeron: ¿Dónde está tu padre? Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocierais, también a mi Padre conoceríais."

De nuevo pensaban en Su nacimiento. Al parecer, entendían que José no era Su padre. Ahora, observemos que Jesús llamaba a Dios el Padre, "Mi Padre". Y esa es una relación diferente a la que usted y yo tenemos con Dios por medio de la fe en Cristo. Recordemos lo que Jesús le dijo a María Magdalena después de la resurrección Le dijo: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre" (Juan 20:17). Nosotros llegamos a ser hijos de Dios mediante la fe en Jesucristo, pero Él lo llamaba "Padre" debido a Su posición en la Trinidad. Jesús es Dios el Hijo y se dirigía a Dios el Padre. Esto no tiene nada que ver con la generación ni con la regeneración. Se trata, pues, de Su posición en la Trinidad.

En la frase "...si a mí me conocieseis, dijo Jesús, también a mi Padre conoceríais". Está el punto decisivo. No existe una vía intermedia. Si es que vamos a conocer a Dios el Padre, tenemos que venir por medio de Jesucristo. No hay otra manera de conocerle. Leamos ahora los versículos 20 al 22:

"Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el Templo; y nadie lo prendió, porque aún no había llegado su hora. Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis ir. Decían entonces los judíos: ¿Acaso pensará matarse, que dice: A donde yo voy, vosotros no podéis ir?"

El tesoro estaba en el patio de las mujeres. Éste era el lugar donde le habían traído a la mujer sorprendida en adulterio. Usted puede notar la magnitud de la falta de comprensión de estos líderes judíos. En primer lugar le preguntaron: "¿Dónde está tu Padre?" Y ahora, aquí en el versículo 22, se preguntaron: "¿se matará a sí mismo?" No sabían nada en cuanto al hecho de que Él ha estado enseñándoles a los Suyos que iba a Jerusalén para morir en manos de los que no eran judíos, que estos mismos líderes religiosos le entregarían; y que moriría una muerte redentora por los pecados del mundo. ¿Se mataría a Sí mismo? ¡Claro que no! Pero entregaría Su vida en rescate por muchos. Continuemos ahora leyendo los versículos 23 y 24:

"Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados, si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis."

Encontramos este mismo pensamiento en la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios 2:14. Tenemos el hombre natural, que es de la tierra, terrenal. El conocimiento humano puede ser entendido por cualquier hombre que tenga una naturaleza humana, con un cociente intelectual que sea lo suficientemente alto. Pero el conocimiento divino es diferente. Es celestial. Sólo el Espíritu de Dios puede tomar las cosas de Cristo y revelárnoslas. Eso es lo que Jesús estaba diciendo allí.

Los hombres mueren porque son pecadores. Esa es la consecuencia natural del pecado. "si no creéis que yo soy, dijo Jesús, en vuestros pecados moriréis". Ahora, ¿Puede salvarse una persona en su lecho de muerte? Sí. Le es posible salvarse, si acepta al Señor Jesucristo como su Salvador personal. Pero una persona puede rechazar al Señor por mucho tiempo, así como le rechazaron estos judíos. Y puede llegar un momento en que una persona, por haber rechazado a Cristo demasiado, ya nunca querrá aceptarle. Leamos ahora el versículo 25:

"Entonces le dijeron: Tú, ¿quién eres? Entonces Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho."

Estos judíos no sabían cuál era la misión de Jesús, ni Su obra. Tampoco le conocían. "¿Dónde está tu Padre?" le dijeron. Luego se preguntaron: "¿Se matará a sí mismo?" Y otra pregunta fue: "¿Tú quién eres?" Jesús respondió que Su declaración en cuanto a Sí mismo siempre era la misma. Él persistentemente alegaba ser el Mesías, el Salvador del Mundo. Leamos ahora el versículo 26:

"Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero, y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo."

Nuestro Señor siempre dijo que lo que hacía y lo que decía era lo que el Padre quería que hiciera y dijera. Alegó que Dios el Padre le había enviado y que hacía la voluntad del Padre. Nunca apeló a Su propia mente ni a Su propio intelecto. Y esto también es un ejemplo para nosotros en la actualidad. Es la Palabra de Dios lo que tenemos que exponer, antes que los mensajes que sean el producto de nuestro propio intelecto. Leamos el versículo 27:

"Pero no entendieron que les hablaba del Padre."

No comprendieron el verdadero sentido de Sus palabras. Como eran del mundo, no entendían estas verdades celestiales y espirituales. Y en el versículo 28, continuó diciendo:

"Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy y que nada hago por mí mismo, sino que, según me enseñó el Padre, así hablo"

Cuando Jesús se llamó a Sí mismo el Hijo del Hombre, se refería a la profecía de Daniel capítulo 7, versículos 13 y 14, que dice: "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino es uno que nunca será destruido". Aquí vemos al Hijo del Hombre venía hasta Dios, el Anciano de días y fue coronado y hecho soberano de este universo. Por tanto, el Señor Jesús se refería aquí a Su crucifixión y también a Su coronación que todavía está por cumplirse.

Después de la muerte y la resurrección de Cristo, muchos de estos hombres religiosos creyeron. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos dice que muchos de los sacerdotes en Jerusalén creyeron. Esto es lo que Jesús les estaba anunciando entonces. Después de Su resurrección, muchos de los que le estaban persiguiendo ahora, reconocerían que Él era quién alegaba ser. Fue la muerte redentora de Cristo la que explicó por qué vino Él y quién era. En realidad a uno no le es posible conocer quién es Jesús, hasta saber lo que Él ha hecho. Leamos ahora los versículos 29 y 30:

"porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada. Al hablar él estas cosas, muchos creyeron en él."

¿Ha llegado alguna vez usted, estimado oyente, al fin del día, deseando haber hecho algunas cosas de una manera diferente? Nuestro Señor nunca llegó al final de un día con algún pesar de este tipo. Siempre hacía las cosas que agradaban a Su Padre. Aclaró sin lugar a dudas, que había venido para hacer la voluntad del Padre. Ahora, leamos los versículos 31 y 32:

"Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres."

La fe sola salva. Pero la fe que salva no permanece sola, aislada, sino que producirá algo. Después que una persona cree en el Señor Jesucristo, querrá crecer y seguir viviendo según Su Palabra. La prueba de la fe es que una persona continúe andando con el Salvador.

"La verdad os hará libres", dijo el Señor. La verdad es que Jesucristo es el Salvador del mundo. Él es la Verdad. Primero venimos a Él como nuestro Salvador, y luego al seguir con Él, aprendemos por la experiencia que somos libres. Somos libres del castigo del pecado, y por tanto no nos es necesario quedarnos despiertos toda la noche, preocupándonos si es que iremos a parar al infierno o no. Lo único que nos exige es confiar en Él y dejar que Él viva Su vida a través de nosotros. Cuando nos entregarnos a Él, somos completamente libres. Leamos ahora el versículo 33:

"Le respondieron: Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?"

Estaban mintiendo cuando dijeron eso. Habían sido esclavos en Egipto y en Babilonia, y aún en aquel momento, mientras hablaban, estaban bajo el yugo romano. ¡Qué falsa fue su afirmación! Continuemos con los versículos 34 al 38:

"Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres. Sé que sois descendientes de Abraham; sin embargo intentáis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto estando junto al Padre, y vosotros hacéis lo que habéis oído junto a vuestro padre."

No eran libres física ni espiritualmente. Alegaban ser descendientes de Abraham, y sin embargo todavía buscaban cómo matar a Jesús.

"Todo aquel que hace pecado, dijo Jesús, esclavo es del pecado". Y esto se expresa en tiempo presente. Si alguien sigue viviendo una vida de pecado, esa persona es esclava del pecado. Dudamos que pase un día sin que alguno de nosotros peque. Pero el que es hijo de Dios, acude al Padre todos los días, le confiesa su pecado y obtiene el perdón. En cambio, el hijo del diablo nunca hará esto. Este es el sentido que el apóstol Pablo dio a sus palabras en la epístola a los Romanos, capítulo 6, versículo 16, cuando dijo: "¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis. . .?"

Jesús entonces habló de una manera sutil. Un siervo puede venir y trabajar para usted durante el día, pero cuando llega la noche, sale y regresa a su casa. El hijo en cambio llega, se sienta y se relaja para descansar porque es el hijo. El Señor les estaba diciendo a estos dirigentes que, en realidad, no eran hijos de Dios. En aquel entonces estaban en el templo, pero no estarían allí por mucho tiempo. Jesús sabía que los días de ellos estaban contados. Y en efecto, esto es lo que sucedería. En el año 70 D.C., vino Tito y llevándose a todos, los vendió como esclavos. La hora de salir había llegado, y los siervos tuvieron que salir de la casa.

Estimado oyente, el Hijo nos hace libres de verdad. No es necesario que seamos siervos del pecado. Muchos cristianos aceptan la derrota y el fracaso como si fueran experiencias normales de la vida del cristiano. Pero la intención de Dios nunca fue que viviéramos así. Su propósito para nosotros es que vivamos para Él mediante el poder del Espíritu Santo. Leamos ahora los versículos 39 al 44:

"Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora intentáis matarme a mí, que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios. No hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: ¡Nosotros no hemos nacido de fornicación! ¡Un padre tenemos: Dios! Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuera Dios, entonces me amaríais, porque yo de Dios he salido y he venido, pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, pues es mentiroso y padre de mentira."

Hay un refrán que dice: "De tal palo, tal astilla". Aquí, estos jefes religiosos, trataron de afirmar que eran hijos de Abraham, pero Jesús les dijo que si fueran verdaderos hijos de Abraham, se comportarían como lo hizo Abraham. Pero, en lugar de actuar así, vemos que trataban de matarle. Por sus hechos demostraban que en lugar de ser hijos de Abraham, eran, en realidad, hijos del diablo. Él fue el creador del asesinato y de la mentira y ellos, como hijos, le estaban imitando. "Vosotros, dijo Jesús, hacéis las obras de vuestro padre."

Observemos que nuevamente sacaron a colación el Tema del nacimiento extraordinario de Jesús. Dijeron: "Nosotros no somos nacidos de fornicación". Hay quienes afirman que es posible negar el nacimiento virginal y todavía ser cristiano. Pero, si negamos el nacimiento virginal de Cristo, creemos que es lo mismo que asociarnos con esta multitud burlona que le dijo a Jesús: "Nosotros no somos nacidos de fornicación". Y aun así, esta misma multitud insultante quería alegar que Dios era su Padre. Entonces, Jesús les dijo: "Si vuestro Padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido por mí mismo, sino que él me envió."

Ahora, estimado oyente, ¿cómo sabemos nosotros que Dios es nuestro Padre? El apóstol Juan en su primera epístola, capítulo 5, versículo 1, nos dio la respuesta cuando dijo: "Todo aquel que cree que Jesús es el Mesías, es nacido de Dios; y todo aquel que ama a un padre, ama también a los hijos de ese padre". No olvidemos que sólo hay una manera de llamar a Dios Padre. Y es aceptar la obra del Señor Jesucristo en la cruz a favor nuestro, confiando en Él como nuestro Salvador.

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