Estudio bíblico de Juan

Predicación escrita y en audio de Juan 12:44-13:10

Juan 12:44-13:10

Continuando con nuestro estudio en el evangelio según San Juan, llegamos hoy al final del capítulo 12. Y vamos a comenzar leyendo los versículos 44 al 46:

"Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió. Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas."

Jesús repitió aquí Su declaración asombrosa de que Él era la luz del mundo. Ésta es una extensión de aquella sección que relataba el incidente en el cual abrió los ojos al ciego. Y abrirá los ojos a cualquier persona que esté dispuesta a admitir que es ciega espiritualmente y que necesita la Luz del Mundo. Continuemos con los versículos 47 al 50 de este capítulo 12 del evangelio de Juan:

"Al que oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado, ella lo juzgará en el día final. Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre, que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho."

Estimado oyente, vamos a ser juzgados según la Palabra de Dios. No seremos juzgados según nuestras buenas obras, ni seremos juzgados según lo que creamos en cuanto a la religión. No. Seremos juzgados según la Palabra de Dios. La primera vez, Jesús vino como Salvador. Él dijo: "No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo". Pero la próxima vez vendrá como Juez. La voz del cielo todavía nos está diciendo: "Éste es mi Hijo amado; a él oíd."

Y esto concluye esta sección del evangelio según San Juan. Los hombres habían vuelto sus espaldas a aquella voz; habían rechazado al Rey. Y al rechazarle ellos, Jesús, el Rey, les rechazó a ellos también. ¡Pero Jesús es y será siempre el Rey!

Y así concluimos nuestro estudio del capítulo 12 del evangelio según San Juan. Llegamos ahora a

Juan 13:1-10

Y con este capítulo, entramos en la cuarta división principal de este evangelio según San Juan. En programas anteriores hemos estudiado, en primer lugar, el prólogo en el capítulo 1, en los versículos 1 hasta el 18. Luego, estudiamos la introducción, que ocupa el resto del primer capítulo. Después hemos visto el testimonio de Sus obras y de Sus palabras, entre el capítulo 2 y el capítulo 12. Y ahora llegamos al testimonio especial de Jesús para Sus testigos, que se encuentra en los capítulos 13 hasta el 17.

Hay otra manera en que podemos dividir este evangelio. En los primeros 12 capítulos, el Tema es la luz. Estos capítulos relatan Su ministerio público y nos dicen que Él es la luz. La división que llamamos el Discurso del Aposento Alto, o sea los capítulos 13 al 17, trata el Tema del Amor. Él ama a los Suyos. Y la última parte de este evangelio, desde el capítulo 18 hasta el capítulo 21, tiene que ver con la Vida. Cristo vino para traernos la vida y esa vida se encuentra en Sí mismo. Recibimos nuestra vida por medio de Su muerte.

El Señor Jesús pronunció cuatro discursos principales. Ya hemos estudiado tres de estos discursos en el evangelio según San Mateo. Tenemos el Sermón del Monte, en Mateo, capítulos 5, 6 y 7. Luego tenemos el discurso de las Parábolas de Misterio, en el capítulo 13 de Mateo, contándonos del reino de los cielos. El tercer discurso es el del Monte de los Olivos, en los capítulos 24 y 25 de Mateo. Llegamos ahora, al discurso del Aposento Alto, que registra el evangelista Juan en los capítulos 13 hasta el 17.

Según lo que sabemos, este discurso del aposento alto es uno de los más importantes que pronunció nuestro Señor. Es el más extenso y tiene un gran significado para nosotros hoy en día. Porque Jesús en aquella ocasión, llevó a los Suyos al Aposento Alto y allí les reveló nuevas verdades. Este discurso tiene la frescura y la espontaneidad de lo nuevo, por su gran actualidad. No hay nada que se le pueda comparar. Su ministerio público había terminado, y Él había sido rechazado. Pero entonces habló en cuanto a Su amor por nosotros, sobre cómo nosotros debemos vivir la vida cristiana, de la provisión que Él ha hecho para los Suyos y sobre las relaciones entre Él y aquellos que le pertenecen. Estaba en camino hacia la cruz, y no tenía ya ningún mensaje para los fariseos, para los líderes religiosos, ni para el gobierno romano. Este mensaje era para los Suyos.

Llegamos ahora, a un incidente extraordinario. Ojalá nos fuera posible compartir con usted el impacto de Su gesto. Lo hemos oído contar tantas veces, que a veces parece que hubiéramos perdido de vista las maravillas que encierra. Aquí, el que dejó la gloria del cielo, descendió a esta tierra y tomó el lugar de un esclavo,

Jesucristo lavó los pies de los discípulos

En el capítulo anterior, usted recordará que vimos cómo los pies de Jesús fueron ungidos. Aquí, en nuestro pasaje de hoy, los pies de los discípulos fueron lavados. ¡Qué diferencia! Durante Su paso por este mundo pecaminoso, el Salvador no contrajo ninguna contaminación. Fue santo, inocente, y sin mancha. Los pies nos hablan del caminar de una persona, de su vida, y el ungimiento de los pies de Jesús con perfume de nardo puro, nos habla del aroma grato del caminar de nuestro Señor. ¡Los pies de los discípulos necesitaban ser lavados! Jesús lavó sus pies con agua, y no hubo aquí ninguna referencia a la sangre. Y es importante que veamos esto.

La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado del pasado, del presente y del futuro, en una sola aplicación. Hay un solo sacrificio. Como dijo el escritor a los Hebreos capítulo 10, versículo 14: "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados". Cuando usted y yo vinimos como pecadores a Cristo Jesús, fue Su sangre derramada en la cruz lo que nos limpió una vez y para siempre y la que nos dio una posición delante de Dios. Pero, estimado oyente, después de la salvación, todo lo que uno necesita es la confesión de pecados, es decir, la aplicación continua de la muerte de Jesús para limpiar los pecados diarios que se cometen. Necesitamos ser limpiados, purificados, al caminar por el mundo, porque nos ensuciamos espiritualmente y necesitamos ser lavados. Por este motivo concreto, nuestro Señor lavó los pies de Sus discípulos.

Y hay un motivo triple que se dio para explicar por qué Jesús lavó los pies de Sus discípulos. Y éste lo veremos ahora, al leer los primeros dos versículos de este capítulo 13 del evangelio de Juan:

"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara"

Jesús lavó los pies de los discípulos porque Él sabía que Su hora había llegado para dejar este mundo. Su ministerio continuaría después de regresar al cielo. Se había identificado con Su pueblo, y en la actualidad, Él aún lava los pies de Sus discípulos, de los creyentes. Dijo que dejaría este mundo. Ahora, Él creó el mundo, pero la palabra mundo significa cosmos, es decir, el sisTema en la cual estamos. Este sisTema es el mundo del ser humano y es un mundo controlado por el pecado. Es una civilización que se opone a Dios y a Cristo, y que se encuentra bajo el juicio. Y como Jesús se estaba retirando de este mundo, lavó los pies de Sus discípulos.

La segunda razón por la cual Jesús hizo esto fue porque amó a los Suyos hasta el fin. Se iba con el Padre porque amó a los Suyos. Murió para salvar a los Suyos y vive para mantenerles salvos. Tenemos un maravilloso Salvador que nos seguirá amando hasta el fin. Dios nos ama con un amor eterno y no podemos impedir que nos ame.

Ahora, el tercer motivo es que otra persona se había introducido en el aposento alto. Había uno que no había sido invitado y su nombre es Satanás. Hablamos de trece personas que se hallaban en el aposento alto, pero en realidad había catorce. Satanás entró en el corazón de Judas Iscariote y puso en su corazón el deseo de entregar al Señor. El lavamiento era también necesario porque la presencia de Satanás podía surtir sus efectos sobre los demás discípulos. Dondequiera que el diablo se introduzca en la obra cristiana, los creyentes se ensucian y el Señor tiene que limpiarlos para que puedan tener comunión con Él.

Ahora, tengamos en cuenta que esta reunión tuvo lugar durante la fiesta de la Pascua. Ésta no era la Cena del Señor. En verdad, Juan ni aún mencionó la Cena del Señor. Ahora, ¿Por qué omitió Juan algo tan importante? Bueno, creemos que fue porque en el tiempo en que Juan escribió, ya había creyentes que habían convertido esta Cena en un rito, en una ceremonia. Y hay un gran peligro en atribuirle mayor importancia a un rito, que a la persona misma de Jesucristo. Es tan importante conocer la Palabra de Dios como participar de la comunión. Toda bendición en la comunión, está ligada a un conocimiento de la Palabra de Dios. Un estudioso de la Biblia afirmó que el pan era sólo pan en el estómago, pero Cristo en el corazón. El pan en el estómago no permanece allí por mucho tiempo. De modo que tener a Cristo en el corazón, es esencial. Creemos que es por esta razón que Juan omitió contarnos acerca de la Cena del Señor. Continuemos pues, con los versículos 3 hasta el 5 de este capítulo 13 de San Juan:

"sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido."

Aquí vemos otra vez que Jesús sabía que el Padre le había dado todas las cosas en las manos y que, como había salido de Dios, a Dios iba. Llevó a cabo esa limpieza porque volvía al Padre. Todavía en el día de hoy, Jesús se ocupa en lavar los pies. Éste es aún Su ministerio. Él es el siervo perfecto y permanente.

Jesús se quitó Su manto exterior. Luego tomó una toalla y se la puso en la cintura. Ahora, en realidad hizo algo muy extraño. Tomó el lugar de un esclavo. Y ceñido con aquella toalla de servicio se dispuso a lavar los pies de todos Sus discípulos. Y todavía, hoy en día, Jesús, en un sentido espiritual, aun lava nuestros pies.

¿Recuerda usted cierta ley que estudiamos en el capítulo 21 del libro de Éxodo? Si un esclavo hebreo servía bien a su amo, podría quedar libre en el séptimo año. Pero si durante ese tiempo se había casado y tenía hijos, y el amo le dejaba en libertad a él, pero no a su familia, el esclavo podía decidir quedarse. Y si amaba a su amo y a su propia familia podía quedarse con ellos. Entonces el amo le arrimaba a la puerta o al marco de la puerta y con un punzón le atravesaba la oreja, lo cual le identificaba para siempre como un esclavo voluntario.

Nuestro Señor Jesucristo vino a esta tierra, y se hizo carne, se encarnó asumiendo nuestra humanidad y fue hecho semejante a un siervo. Hizo todo esto porque nos amó. Se identificó con nosotros y murió en la cruz para proveernos la salvación. Y todo ello para establecer una maravillosa relación con nosotros y abrirnos la puerta para que pudiésemos una vinculación de compañerismo y comunión con Él. Y así fue que se hizo un esclavo, porque nos amó. Continuemos ahora con los versículos 6 y 7, de este capítulo 13 de San Juan:

"Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después."

Algunos dicen que esto es un sacramento y que debemos practicar el lavamiento de los pies. No vemos ningún inconveniente en practicarlo, si el verdadero sentido espiritual no se pierde. Otros dicen que ésta fue una lección de humildad y un ejemplo para nosotros. No hay nada erróneo con esta interpretación, pero no creemos que sea lo suficientemente profunda. Pedro ciertamente pudo ver que esta acción era un ejemplo de humildad, y sin embargo, el Señor le dijo: "Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después". Y veamos la reacción de Pedro en el versículo 8:

"Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo."

Ahora, ¿Qué quiso decir el Señor con estas palabras? Quiso decir que sin este lavamiento no puede haber ninguna comunión o compañerismo con Él. Recordemos que ésta era la fiesta de la Pascua, la cual hablaba de Su muerte. Y aquí dice que se levantó de la cena de la Pascua, lo cual puede simbolizar Su resurrección y Su regreso al cielo. Y ahora, Cristo está con su toalla de servicio ceñida a la cintura y nos está diciendo: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". No podemos disfrutar de la comunión con Él, de un servicio para Él, sin este lavamiento.

Ahora, ¿Cómo es que Cristo nos lava hoy? Bueno, el Salmo 119:9 dice: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra". Y en el capítulo 15 de este evangelio de Juan, versículo 3, leemos: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado". Y el apóstol Pablo, en su carta a los Efesios 5:25 y 26 dijo: "Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra". Es la Palabra de Dios la que mantiene limpio al creyente.

Y cuando pecamos, ¿Cómo somos limpios? Recordemos que ya mencionamos anteriormente la confesión. El apóstol Juan en su primera carta, capítulo 1:9, nos dijo que: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". Son demasiadas las personas que tratan el asunto del pecado con ligereza. Estimado oyente, permítanos recordarle que los pies hablan del caminar, del vivir y cuando usted y yo somos desobedientes, no estamos caminando en la senda del Señor. Y eso es pecado y tiene que ser confesado. Leamos ahora los versículos 9 y 10, de este capítulo 13 de San Juan. Le dijo Simón Pedro:

"Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos."

Las palabras griegas para "lavado" y "lavarse", en el versículo 10, son muy específicas. Equivalen a 2 palabras griegas cuya traducción específica no ha sido seguida en algunas versiones. La primera palabra es "louo" que significa "bañar; o aplicar agua al cuerpo entero". La segunda palabra es "nipto", traducida por "lavar" y por tanto, este versículo 10 podría traducirse así: "el que está recién bañado, no necesita lavarse más que los pies".

En aquellos días iban al baño público para bañarse, y luego la gente se ponía las sandalias para llegar a su casa. En cada hogar había un recipiente con agua para lavarse los pies, porque se los ensuciaban caminando por las calles polvorientas de la ciudad. Y no sólo había polvo, sino que en aquellos días también tiraban la basura en las calles. Y las personas usaban sandalias sin calcetines o medias. Así que, aunque alguien acabase de llegar del baño público, tenía que lavarse los pies al entrar en la casa. Y era una señal de honor para un anfitrión proveer un siervo para lavar los pies de los invitados; era una falta de hospitalidad no hacerlo.

Nuestro Señor estaba enseñando que cuando llegamos a la cruz, cuando venimos a Jesús, fuimos bañados por completo. Aquello fue el baño, "louo" de la regeneración. Pero, cuando caminamos por este mundo, nos contaminamos y nos ensuciamos. Somos desobedientes y el pecado entra en nuestras vidas. No creemos que haya algún creyente que no haya pasado un día sin ensuciarse al menos un poco. Él dijo que no podíamos estar sucios y a la vez, gozar de la comunión y el compañerismo con Él. Por tanto, el lavar de los pies, "nipto" es la purificación necesaria para restaurarnos a esa comunión. Recordemos una vez más el pasaje de 1 Juan 1:6 y 7, que dice: "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia (es decir, sigue limpiándonos) de todo pecado."

Estimado oyente, para poder tener los pies lavados, primero debemos confesar nuestro pecado. Y confesar significa estar de acuerdo con Dios. Significa decir lo mismo que Dios dice sobre nuestro pecado. Una de las cosas más difíciles es lograr que un creyente admita que es pecador. La frialdad, la indiferencia, la falta de amor, todas estas actitudes se ven por parte de Dios como pecado. Si confesamos, Él es fiel y justo para perdonar. Pero, eso no es todo, si usted va a tener los pies lavados, debe ponerlos en las manos del Salvador. Ésta es la obediencia. No podemos decir simplemente, "Dios, perdóname, hice mal", para luego salir y hacer lo mismo una y otra vez. Eso no es poner los pies en las manos del Salvador.

En un programa anterior dijimos que las manos del Señor nos protegen, al ser nosotros como ovejas propensas a extraviarse y a perder el sentido de orientación. Pero las manos del Señor también tratan nuestros pies, es decir, se ocupan de las impurezas que contraemos en nuestro paso por esta tierra. El agua de la Palabra de Dios nos limpia, la mano del Señor controla nuestro caminar, transformándolo en un camino de obediencia al propósito de Dios. Estimado oyente, eso es lo que deseamos, para disfrutar de una vida fructífera y limpia, agradable ante Dios y nuestros semejantes.

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