Estudio bíblico de Hechos

Predicación escrita y en audio de Hechos 3:1-26

Hechos 3:1-26

Continuando hoy con nuestro recorrido por el libro de los Hechos de los apóstoles, llegamos al capítulo 3. Y en este capítulo tenemos el primer milagro de la iglesia y el segundo discurso de Simón Pedro. Todavía estamos en la primera división, en la primera sección de los Hechos, que abarca los 7 primeros capítulos del libro. En esta sección vemos cómo el Señor Jesucristo seguía obrando mediante el Espíritu Santo, a través de los apóstoles en Jerusalén. En nuestro estudio anterior vimos el nacimiento de la Iglesia en el día de Pentecostés. Destacamos que aquel día fue irrepetible. Ahora existe la Iglesia porque en aquel día el Espíritu Santo se encarnó en los creyentes. Y al venir a morar en ellos les llenó con Su amor, con Su poder y bendición para servicio.

De la misma manera que no podemos repetir el nacimiento en Belén, tampoco podemos repetir lo que sucedió en el día de Pentecostés. Es un hecho innegable que necesitamos hoy del poder del Espíritu Santo. Gracias a Dios que Él está en el mundo convenciendo al mundo y refrenando la maldad. Y no tenemos que buscarle; el Espíritu Santo mora en todos los que creen en el Señor Jesucristo.

Al entrar ahora en el estudio de este capítulo 3, veremos primero en los versículos 1 al 11, la descripción de la sanidad de un cojo. Luego tenemos el elocuente y revelador discurso de Pedro en los versículos 12 hasta el 26; predicación que resultó en la conversión de cinco mil hombres como veremos en el capítulo 4 de este mismo libro. Comencemos pues considerando la sanidad del cojo. Leamos el primer versículo de este capítulo 3 de los Hechos:

"Pedro y Juan subían juntos al Templo a la hora novena, que era la de la oración."

Al parecer, esta era la hora del sacrificio de la tarde, la hora cuando entraba el sumo sacerdote, o sacerdote a quien le tocaba en aquel día ofrecer el incienso con sus oraciones. En el evangelio según San Lucas vimos que le tocaba a Zacarías ofrecer el incienso ante el altar de oro, cuando el ángel se le apareció. Es interesante notar aquí que ese altar de incienso hablaba de la oración. Ésta era la hora de la oración. Y es muy probable que hubiera un gran grupo de gente en el Templo orando en aquella hora. Continuemos con el versículo 2:

"Había un hombre, cojo de nacimiento, que era llevado y dejado cada día a la puerta del Templo que se llama la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban en el Templo."

Este hombre había nacido cojo que era traído todos los días y dejado a la puerta del templo. ¡Qué contraste había entre él y aquella puerta que se llamaba "la hermosa"! Allí estaba una puerta hermosa, y aquí estaba también, junto a ella, un hombre lisiado. Los seres humanos pueden hacer cosas muy bonitas, pero a las personas, estimado oyente, no les es posible mejorarse a sí mismos. Pueden cuidar de su aspecto físico, mantenerse en forma, ser atractivos y engalanarse. Pero les resulta imposible cambiar esa vieja naturaleza que tienen. Este es el contraste que tenemos aquí, entre una puerta hermosa del templo, y un cojo de nacimiento. Pues bien, él estaba allí para pedir limosna; así se ganaba la vida. Ahora el versículo 3 dice:

"Éste, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les rogaba que le dieran limosna."

Esto nos muestra que aun después del día de Pentecostés, Pedro y Juan todavía subían al templo para orar. Los creyentes en Jerusalén eran israelitas y continuaban asistiendo al templo para orar. El pobre mendigo vio a Pedro y a Juan y según dice aquí, esperó que le dieran algo. Ahora los versículos 4 y 5 dicen:

"Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él los miró atento, esperando recibir de ellos algo."

Cuando estos dos hombres le dedicaron su atención, el mendigo les miró con la seguridad de que le iban a dar algo. Ahora el versículo 6 dice:

"Pero Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda."

Alguien ha dicho al contemplar la magnificencia de los edificios de ciertas iglesias, que la iglesia ya no puede decir, "no tengo plata ni oro". Y desafortunadamente, estimado oyente, tenemos que añadir por otra parte, que la iglesia tampoco puede decirle ya a un hombre postrado, "levántate y anda". A la iglesia le falta poder espiritual. Ahora, observemos lo que hizo Pedro aquí en el versículo 7 de este capítulo 3 de los Hechos:

"Entonces lo tomó por la mano derecha y lo levantó. Al instante se le afirmaron los pies y tobillos"

Recordemos que el Dr. Lucas fue quien escribió este libro. Y es interesante notar que cuando el Dr. Lucas relató un milagro, incluyó muchos detalles, detalles que no aparecen en otros libros. Por ejemplo, aquí vemos que el Dr. Lucas contó específicamente lo que pasó. Dijo que la debilidad de este enfermo estaba localizada en los pies y tobillos. Ahora el versículo 8 de este capítulo 3 de Hechos dice:

"y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el Templo, andando, saltando y alabando a Dios."

Estimado oyente, no pierda de vista la palabra "saltando". Aparece dos veces en este versículo. Este es un capítulo muy interesante. Veremos que Pedro iba a ofrecer nuevamente el reino a la nación, porque en este tiempo la Iglesia estaba integrada completamente por israelitas, como hemos mencionado anteriormente. No había creyentes de otras naciones en la Iglesia en aquel entonces. Es que la Iglesia comenzó con los judíos que se encontraban en Jerusalén. Más tarde, el evangelio se extendería hasta los confines de la tierra. Pero estamos aquí en el período de la iglesia en Jerusalén. En otras palabras, aquí se estaba comenzando a cumplir lo que leímos en el versículo 8 del capítulo 1 de los Hechos donde decía que serían testigos primero en Jerusalén, luego en toda Judea, después en Samaria, y por fin, hasta lo último de la tierra.

El Señor había dicho que habría un período de transición, e indicó que debían comenzar en Jerusalén. No les dijo que comenzaran su misión llevando el evangelio hasta lo último de la tierra.

Ahora el reino se ofrecía nuevamente a Israel. Ésta sería su oportunidad final. Ahora, ¿Cuáles serían algunas de las señales que identificaran el reino? Bueno, según Isaías capítulo 35, versículo 6, una de las señales sería que ¡el cojo saltaría! Dice en Isaías, capítulo 35, versículo 6: "Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la estepa."

Todo israelita instruido que había subido al Templo aquel día, se admiró de este milagro, al ver al cojo saltando. Ellos sabían que esto verdaderamente podría ser el comienzo del reino. El Mesías había sido crucificado, resucitado de los muertos, ascendido al cielo, y ocupado su lugar a la derecha de Dios. Pero, Él vendría otra vez. Ahora leamos los versículos 9 y 10 de este capítulo 3 de los Hechos:

"Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios. Y lo reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del Templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido."

Observemos que todos le vieron y todos reconocieron al hombre. También comprendieron el significado de ese milagro. Sin embargo, tememos que haya muchos de nosotros hoy, que no habremos alcanzado a comprender este relato que el Dr. Lucas nos ha dejado. Ahora leamos el versículo 11 de este capítulo 3 de Hechos:

"Mientras el cojo que había sido sanado tenía asidos a Pedro y a Juan, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón."

Ahora, ¿sería éste el principio del reino? Grandes cosas habían ocurrido en Jerusalén durante las últimas semanas. Habían presenciado la crucifixión de Jesús, Su resurrección, Su ascensión, y el día de Pentecostés. Así pues, todos estarían atónitos ante este incidente, preguntándose qué era lo que realmente estaba ocurriendo. Leamos el versículo 12 de este capítulo 3 de Hechos, porque hemos llegado al

Elocuente y revelador discurso de Pedro

"Al ver esto Pedro, habló al pueblo: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho andar a éste?"

Vemos que se dirigió a los varones israelitas. Éste era aún el período de Jerusalén. Como ya dijimos, era un período de transición. La Iglesia todavía no se había puesto en marcha hacia otras áreas. Por ejemplo, nadie en Roma había escuchado aún el Evangelio. Todo esto ocurría en Jerusalén.

Pedro tuvo entonces mucho cuidado en aclararles que este milagro no se había realizado por medio de su propio poder. Y veremos que Pedro dirigiría la atención de sus oyentes judíos hacia el Antiguo Testamento. Y les pediría que si volvían a Dios, estas profecías se podrían cumplir. Escuche usted algunas de las profecías, que la mayoría de aquellos israelitas conocía muy bien.

Dijo el profeta Zacarías en el capítulo 12 de su profecía, versículo 10: "Pero sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de oración. Mirarán hacia mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se afligirán por él como quien se aflige por el primogénito". Esta profecía podría haber sido cumplida si ellos se hubiesen vuelto a Él. No fue cumplida porque la nación no aceptó al Señor Jesús en aquel entonces. No se arrepintieron y volvieron a Él. Y lo que Pedro estaba haciendo era rogarles que se volviesen al Señor Jesús. Pero ellos se negarían a arrepentirse. De modo que la hora todavía ha de llegar cuando esta profecía de Zacarías será cumplida. Veamos pues lo que escribió Ezequiel; y más adelante también la profecía de Isaías. Ezequiel en el capítulo 36 de su profecía, versículos 27 y 28 dijo: "Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios". Y el profeta Isaías en el capítulo 12 de su profecía, versículos 1 y 2 dijo:

"En aquel día dirás: Cantaré a ti, Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó y me has consolado. He aquí, Dios es mi salvación; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es el Señor, quien ha sido salvación para mí."

Y anteriormente ya mencionamos a Isaías 35:6, donde se anunciaba que el cojo saltaría como un ciervo. También leamos en este mismo capítulo 35, el versículo 10:

"Y los redimidos por el Señor volverán a Sión con alegría; y habrá gozo perpetuo sobre sus cabezas. Tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido."

Ellos tendrían que haber comprendido que lo que sucedió a este cojo fue, en miniatura, una descripción del estado espiritual de toda la nación. Si ellos se hubiesen vuelto a Dios, todas estas promesas habrían sido cumplidas. Volviendo ahora al capítulo 3 de los Hechos, leamos los versículos 13 al 15 donde Pedro continuó hablando y dijo:

"El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerlo en libertad. Pero vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos."

Hay que destacar que Simón Pedro nunca predicó un sermón sin hacer mención de la resurrección de Jesús. Ni tampoco lo haría, como veremos más adelante, el apóstol Pablo. Pero desafortunadamente, en la actualidad muchos sermones son predicados sin mención alguna de la resurrección. Y continuó Pedro hablando en el versículo 16 de este capítulo 3 de Hechos:

"Por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste está completa sanidad en presencia de todos vosotros."

En esencia, Pedro estaba diciendo: "Ahora, ¿no veis aquí a este hombre saltando? Éste es un ejemplo viviente de lo que sucederá en el reino. Aquí la pregunta es si vosotros queréis que el Mesías regrese, o no. ¿Queréis recibirle?" Ahora, los versículos 17 y 18 dicen:

"Pero ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que antes había anunciado por boca de todos sus profetas: que su Cristo habría de padecer."

Los hechos de ellos en el pasado requerían que adoptasen un nuevo curso de acción. Y esa acción era el arrepentimiento y la conversión. Y este no era un mensaje nuevo para ellos. En Isaías capítulo 43, versículo 25, leemos: "Yo, yo soy quien borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados". Ahora, escuchemos la continuación el mensaje de Pedro aquí en los versículos 19 y 20:

"Así que, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de consuelo, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado."

Ahora, si hubieran aceptado a Jesús, ¿habría regresado Jesús a la tierra? La respuesta es que sí. Pedro dijo que habría regresado. Y entonces, ¿cuál habría sido el programa de Dios después de eso? No sabemos lo que habría ocurrido. ¿Le sorprende esto? Bueno, tenemos noticias para usted. Nadie más tampoco lo sabe, excepto Dios. Nos es posible hacer muchas preguntas y suposiciones, para las cuales no hay respuestas. Todo lo que sabemos es que la nación no aceptó a Jesucristo. Leamos ahora nuevamente el versículo 20 e incluyamos también el versículo 21 de este capítulo 3 de Hechos:

"y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado. A éste, ciertamente, es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo."

Hay quienes tratan de basarse en este versículo para reforzar su creencia de que eventualmente todos serán salvos. Ahora la parte del versículo que usan para esto es esa frase que dice: "La restauración de todas las cosas". Exactamente, ¿cuáles son "todas las cosas" que serán sometidas a la restauración? En su carta a los Filipenses, capítulo 3, versículo 8, el apóstol Pablo hablaba de que el valor supremo de conocer a Cristo, devaluaba para él todo lo demás y dijo: "Aun estimo todas las cosas como pérdida", ¿quiso decir, todas las cosas en el universo de Dios? Era evidente que no. Por tanto aquí, esta expresión "todas las cosas" en este versículo queda limitada por lo que sigue, ". . . los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo". Los profetas habían hablado de la restauración de Israel. En ninguna parte hay profecía alguna de la conversión o la restauración de los muertos malos, es decir, de los que mueren sin el perdón de sus pecados. Continuemos con los versículos 22 y 23:

"Pues Moisés dijo a los padres: "El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable, y toda alma que no oiga a aquel profeta será desarraigada del pueblo."

Es conveniente mencionar aquí que este pueblo que escuchaba a Pedro, estaba a punto de sufrir un gran juicio. En el año 70 D.C. El romano Tito vendría y destruiría la ciudad. Se calculó que más de un millón de personas perecieron, y que los demás fueron vendidos a la esclavitud por todas partes del Imperio Romano. Verdaderamente, el juicio vino sobre estas personas. Y en los versículos 24 al 26, Pedro dijo:

"Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijera, a fin de que cada uno se convierta de su maldad."

Este era un período de transición y en él, les fue dada su oportunidad final para aceptar al Mesías. Pero como rechazaron su ocasión para aceptarlo, más tarde el apóstol Pablo se presentaría como el apóstol a todas las demás naciones no judías. Todo lo que podía haber sucedido si aquellos judíos se hubieran convertido a Dios, es una mera especulación. No se convirtieron. Y Dios, estimado oyente, nunca se sorprende de lo que el ser humano hace, y Él hace que todas las cosas se desarrollen para llevar a cabo Su plan y Su propósito.

El relato Bíblico no especifica la respuesta individual de los oyentes del discurso de Pedro que hemos considerado, pronunciado en la parte del templo llamada el pórtico de Salomón. A pesar del paso de los siglos, hoy Dios invita de muchas maneras a los seres humanos a que se vuelvan, a que cambien de dirección, a que se conviertan. En la actualidad muchas personas no se encuentren precisamente buscando a Dios, sino todo lo contrario. A Dios se le margina en la mayoría de los foros, o se le desconoce, o se le niega. Incluso, se le blasfema o se le ridiculiza. Pero el mensaje del Evangelio continúa resonando en nuestro mundo, que es el mundo al cual Dios amó. Y a pesar de la aparente indiferencia u oposición de los seres humanos ante la invitación de Dios, hay muchas personas que, conscientes de su estado de alejamiento, y de su profunda necesidad espiritual, están buscando a Dios. Al despedirnos hoy, a todos queremos hacer llegar las palabras de San Pablo, pronunciadas en el Areópago de Atenas. El consejo del Areópago era la institución más venerable de la ciudad y que tenía jurisdicción en asuntos de moral y de religión. El incidente se encuentra relatado en este libro de los Hechos y será examinado más adelante. Pero hoy recordamos especialmente las palabras de San Pablo a los griegos, tan oportunas para la época en que vivimos. Dijo allí San Pablo: "30Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; 31por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos."

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