Estudio bíblico de 1 Samuel 16:2-17:58

1 Samuel 16:2-17:58

En nuestro programa anterior comenzamos el estudio del capítulo 16 del primer libro de Samuel. Y dijimos que llegábamos al momento en que Dios eligió a David para suceder a Saúl como rey. Dios envió a Samuel a Belén para ungir a David como rey. En contraste con Saúl, que había sido elegido por el pueblo, David fue escogido por Dios mismo. Es cierto que Dios tendría Sus dificultades con él, pero también Dios tiene hoy dificultades con todos nosotros. Y en el primer versículo de este capítulo 16, vimos cómo Samuel todavía estaba a favor de Saúl. Samuel amaba a Saúl y no quería verle desechado por Dios; y le dolió tener que dar a Saúl el ultimátum de que había sido desechado y descartado como rey. La tristeza de Samuel hizo pues, más dramático todo este proceso. Continuaremos hoy nuestro estudio leyendo los versículos 2 y 3 de este capítulo 16 del primer libro de Samuel:

"Samuel preguntó: ¿Cómo iré? Si Saúl lo supiera, me mataría. El Señor respondió: Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A ofrecer sacrificio al Señor he venido. Invita a Isaí al sacrificio y yo te enseñaré lo que has de hacer; me ungirás al que yo te diga."

Samuel tenía miedo de ir a Isaí porque Saúl no se hallaba anímicamente en condiciones de soportar ninguna oposición. Estaba desesperado. Al continuar con la historia, sin embargo, vemos que fue Dios quien hizo la elección. Le dijo a Samuel exactamente lo que debía hacer, aunque no le dio por anticipado ninguna información. Su falta de conocimiento le protegería. Por tanto, Samuel se fue a Belén y entró en la casa de Isaí. Allí le pidió a Isaí y a sus hijos que vinieran al sacrificio. Y escuchemos lo que dijo aquí en los versículos 6 y 7:

"Aconteció que cuando ellos vinieron, vio él a Eliab, y se dijo: De cierto delante del Señor está su ungido. Pero el Señor respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el Señor no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón."

En toda esta sección encontraremos excelentes principios espirituales. Recordemos que en el capítulo 15, versículo 22, Samuel le dijo a Saúl: "Mejor es obedecer que sacrificar; y el prestar atención mejor es que la grasa de los carneros". Usted y yo, estimado oyente, demostramos si pertenecemos o no al Señor Jesucristo, por nuestro amor hacia Él. No es lo que expresamos al contar a otros lo que somos. Lo importante es si le estamos obedeciendo o no. La vida cristiana es una vida de realidades. No es una vida de fingimiento, afectación o apariencia.

Aquí en el versículo 7 que acabamos de leer, notamos que Dios nos mira desde dentro. Es lo que llamaríamos, un "decorador de interiores". Siempre revisa la parte interna. Y en este caso particular, vemos que Dios quiso evitar que al ver a un joven atractivo y fornido, Samuel pensara que ésa era la elección de Dios. Entonces le dijo: "No quiero que mires la apariencia exterior. No juzgues a un hombre según sus apariencias. Deja que esta vez Yo elija al hombre. Yo escogeré al rey". Dios ve el corazón, y gracias a Dios por eso. Somos tan propensos a juzgar a los demás, incluso en los círculos cristianos, por su apariencia, por su dinero, su posición social, la casa en que vive, el automóvil que conduce, o el puesto que ocupa. Pero Dios, estimado oyente, nunca juzga a nadie en base a esos factores. Le estaba diciendo a Samuel que no prestara atención a la apariencia exterior. Porque Dios iba a mirar el corazón.

Bien, aquí vemos que Isaí obedeció esta petición de Samuel e hizo que sus hijos pasaran delante de Samuel, uno por uno. Samuel le expuso claramente a Isaí el motivo de su visita, y así siete de sus hijos pasaron ante Samuel. Y continuamos leyendo ahora los versículos 10 y 11:

"Hizo luego pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: El Señor no ha elegido a estos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son estos todos tus hijos? Isaí respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí."

Seguramente incluso el padre de David, el hijo ausente, nunca le habría escogido por encima de sus otros siete hermanos. En primer lugar, David era simplemente un muchacho. Se cree que tenía unos dieciséis años. Posiblemente era aun más joven. Era sólo un joven pastor. Estaba fuera con las ovejas. En verdad no sabía mucho. Isaí no le habría escogido a él para ser rey, antes que a sus hermanos. La verdad es que lo había ignorado completamente. Estaba tan seguro que uno de sus otros hijos sería escogido, que ni siquiera había invitado a David al sacrificio. Pero cuando Samuel se enteró que David estaba cuidando las ovejas, le dijo a Isaí que enviara a buscarlo. Samuel declaró que no se sentarían a la mesa hasta que David fuera traído. Leamos ahora el versículo 12 de este capítulo 16 del primer libro de Samuel:

"Envió, pues, por él, y lo hizo entrar. Era rubio, de hermosos ojos y de buen parecer. Entonces el Señor dijo: Levántate y úngelo, porque éste es."

Cuando este versículo dice que David era rubio, creemos que significa que su cabello era rubio, tirando a rojo. Por otra parte veremos que David tenía un carácter que hacía juego con su cabello rojo. Tenía un carácter apasionado. Pero además, David era un joven bien parecido. Dios puede usar la hermosura. Él es el Creador de la belleza. Nadie que viva en esta tierra puede ignorar la belleza de tantos y variados paisajes que hay alrededor del mundo. Y una puesta de sol en cualquier lugar de esta tierra, es una vista verdaderamente hermosa. Dios se especializa en la belleza.

Nos molesta el hecho de que el mundo asigne a cualquier circunstancia el mérito por todo lo que tiene valor y que es hermoso. ¿Por qué no darle la gloria a Dios? ¿Por qué no darle el honor que le corresponde dedicándole la belleza y el talento? Bien, David era atractivo, pero Dios no le escogió por ese motivo. Dios conocía su corazón. Y así él fue la elección de Dios. Dios conocía lo que usted y yo, estimado oyente, no sabemos acerca de David. Aunque David fallaría, en lo más profundo de su ser había una fe que nunca falló. David amaba a Dios y confiaba en Él. Quería vivir con Dios y en armonía con Él. Dios, por decirlo así, le castigó hasta el límite de lo que alguien puede soportar. Pero David aceptó la corrección de Dios y nunca se quejó de manera indebida, fuera de control o rebelándose. Anhelaba esa comunión con Dios, y Dios le amaba tal cual era. Era un hombre cuyo carácter agradaba a Dios. Leamos ahora el versículo 13:

"Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. A partir de aquel día vino sobre David el espíritu del Señor. Se levantó luego Samuel y regresó a Ramá."

Samuel ungió a David como rey y el Espíritu del Señor vino sobre él. En este tiempo el Espíritu del Señor se apartó de Saúl. Avancemos con los versículos 14 al 16:

"El espíritu del Señor se apartó de Saúl, y un espíritu malo de parte del Señor lo atormentaba. Y los criados de Saúl le dijeron: Mira, un espíritu malo de parte de Dios te atormenta. Diga, pues, nuestro señor a tus siervos que están en tu presencia, que busquen a alguno que sepa tocar el arpa, para que cuando esté sobre ti el espíritu malo de parte de Dios, toque con su mano y tengas alivio."

Creemos que Saúl estaba completamente poseído por Satanás. Sus siervos pensaron que padecía de esta enfermedad mental y espiritual. Se dice que la música tiene poder para amansar aun a la fiera más salvaje. De modo que, los siervos de Saúl sugirieron que se llevara a cabo una especie de concurso para determinar quién era el mejor músico. Y David era músico. Sigamos adelante con los versículos 17 al 23 de este capítulo 16 del primer libro de Samuel:

"Saúl respondió a sus criados: Buscadme ahora, pues, a alguno que toque bien, y traédmelo. Entonces uno de los criados respondió: He visto a un hijo de Isaí de Belén que sabe tocar; es valiente y vigoroso, hombre de guerra, prudente en sus palabras, hermoso, y Jehová está con él. Entonces Saúl envió mensajeros a Isaí, diciendo: Envíame a David tu hijo, el que está con las ovejas. Y tomó Isaí un asno cargado de pan, una vasija de vino y un cabrito, y lo envió a Saúl por medio de David, su hijo. David se presentó ante Saúl y se puso a su servicio. Saúl lo amó mucho y lo hizo su paje de armas. Luego mandó a decir a Isaí: Te ruego que David se quede conmigo, pues ha hallado gracia a mis ojos. Así, cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y la tocaba. Saúl se aliviaba y se sentía mejor, y el espíritu malo se apartaba de él."

David era un hombre extraordinario en muchas maneras. Aquí vemos que David fue traído al palacio. Dios, estimado oyente, mira al hombre interior cuando elige a alguien para un oficio o tarea en particular. Saúl, ya entonces, había sido abandonado por Dios, y David fue traído a la corte para tocar su arpa. Aunque la noticia aún no era conocida, Israel ya tenía un nuevo rey.

Y así concluye nuestro estudio de este capítulo 16 del primer libro de Samuel. Y llegamos ahora a

1 Samuel 17

El tema de este capítulo gira alrededor de la forma en que Dios entrenó a David. Éste es uno de los capítulos más conocidos de la Biblia. El gran episodio de David y Goliat reveló más que un ejemplo de valentía humana. Reveló que, aun siendo joven, tenía un corazón dispuesto para Dios. David no se presentó voluntariamente para pelear contra el gigante porque su pueblo estaba siendo humillado, sino porque Goliat estaba desafiando a los ejércitos del Dios vivo. Al presentarse ante un enemigo tan formidable, dio un testimonio público de su fe en Dios. Por ello destacamos la frase de David en este mismo capítulo, en el versículo 45: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado".

El capítulo 17 es uno de los capítulos más conocidos en toda la Biblia. Leamos ahora los versículos 1 y 2, donde comienza el episodio en que

David mató a Goliat, el gigante de Gat

"Los filisteos reunieron sus ejércitos para la guerra, se congregaron en Soco, que es de Judá, y acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-damim. También Saúl y los hombres de Israel se reunieron, acamparon en el valle de Ela, y se pusieron en orden de batalla contra los filisteos."

Israel estaba nuevamente en guerra con los filisteos, su enemigo perenne y perpetuo. Veamos el versículo 3:

"Los filisteos estaban sobre un monte a un lado, e Israel estaba sobre otro monte al otro lado, quedando el valle entre ellos."

Ahora, estos dos ejércitos estaban acampados uno frente al otro; en un tenso equilibrio, midiendo sus fuerzas, cada uno esperando que el otro comenzara las hostilidades. Los filisteos sobre un monte, e Israel sobre el otro monte, con el valle entre ellos. Los filisteos eran la parte agresora. Leamos los versículos 4 y 5 de este capítulo 17:

"Salió entonces del campamento de los filisteos un paladín llamado Goliat, oriundo de Gat, que medía unos tres metros de estatura. Llevaba un casco de bronce en su cabeza y vestía una coraza también de bronce; la coraza pesaba cincuenta y cinco kilos."

Ahora, como vemos, Goliat era un hombre muy alto. Además, parecía que estos soldados no querían pelear, sino que preferían decidir la batalla dejando la lucha en manos de Goliat y de un solo israelita. Continuemos con los versículos 6 al 8:

"En sus piernas tenía canilleras de bronce y una jabalina de bronce a la espalda. El asta de su lanza era como un rodillo de telar y la punta de su lanza pesaba más de seis kilos. Delante de él iba su escudero. Goliat se paró y dio voces a los escuadrones de Israel, diciéndoles: ¿Para qué os habéis puesto en orden de batalla? ¿No soy yo el filisteo y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí."

Ahora, todos los días Goliat salía y desafiaba a los israelitas a que enviaran a un hombre para que peleara contra él. Pero después de transcurridos cuarenta días de provocaciones, nadie había aceptado el desafío. Y David apareció en la escena porque había traído comida para sus hermanos, que estaban sirviendo en el ejército. David estaba alarmado porque nadie aceptaba el desafío. Sus hermanos trataron de enviarle a su casa pero el prefirió quedarse. Cuando Saúl oyó que David saldría a luchar contra Goliat, intentó colocarle su casco y su armadura. Sin embargo, David era demasiado joven para llevar tanto peso encima sin haberse entrenado antes y decidió salir a luchar con el equipo con qué solía hacerlo. Aquí ya tenemos una lección para nosotros. No tratemos de ser lo que no somos ni de hacer algo para lo cual no hemos sido llamados. Simbólicamente hablando, si Dios le ha llamado a usar una honda, estimado oyente, no trate de usar una espada. Si Dios le ha llamado a hablar, entonces hable y si le ha llamado a hacer otra cosa, pues hágala. Si Dios le ha llamado a cantar, cante. Pero si no le ha llamado a cantar, ¡por favor, no lo haga! Figurativamente hablando, demasiada gente está tratando de usar una espada, cuando en realidad la honda es más acorde con su estatura. Leamos ahora el versículo 40 de este capítulo 17 de 1 Samuel.

"Luego tomó en la mano su cayado y escogió cinco piedras lisas del arroyo, las puso en el saco pastoril, en la bolsa que traía, y con su honda en la mano se acercó al filisteo."

Algunos creen que David escogió cinco piedras lisas, por si acaso erraba con la primera, y poder entonces usar las otras 4 piedras. Pero, estimado oyente, David no pensaba fallar. ¿Por qué entonces escogería cinco piedras? La respuesta la encontraremos en el Segundo Libro de Samuel, el capítulo 21, versículo 22 donde leemos: "Estos cuatro eran descendientes de los gigantes en Gat, los cuales cayeron por mano de David y por mano de sus siervos". Es que Goliat tenía cuatro hijos, y David estaba seguro que saldrían a luchar contra él tan pronto como él diera muerte a su padre. Fue por ese motivo que David escogió las cinco piedras.

Continuemos ahora leyendo los versículos 41 al 47:

"El filisteo fue avanzando y acercándose a David, precedido de su escudero. Cuando el filisteo miró y vio a David, no lo tomó en serio, porque era apenas un muchacho, rubio y de hermoso parecer. El filisteo dijo a David: ¿Soy yo un perro, para que vengas contra mí con palos? Y maldijo a David invocando a sus dioses. Dijo luego el filisteo a David: Ven hacia mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo. Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. El Señor te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel. Y toda esta congregación sabrá que el Señor no salva con espada ni con lanza, porque del Señor es la batalla y él os entregará en nuestras manos."

Y usted bien sabe el resto de la historia, estimado oyente. El tiempo no es suficiente como para presentarla detalladamente, pero Dios le dio la victoria a David, que mató a Goliat. La batalla, como dijo David, era del Señor; y el gigante, y todos los filisteos fueron entregados en manos de David, y del ejército israelita.

Este capítulo concluye con el renovado interés que Saúl expresó por David, tratando conseguir información de sus antecedentes familiares. En el versículo 18 del capítulo 16, leímos que uno de los criados del rey había descrito a David como "hijo de Isaí. . . que sabe tocar; es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, hermoso, y el Señor está con él" Luego en el versículo 21, vimos que Saúl le hizo su paje de armas pero aparentemente nunca tomó en serio este aspecto de David como "hombre de guerra". Sólo después que David matara al gigante, fue cuando Saúl mostró interés en David desde ese punto de vista.

Hay grandes lecciones espirituales en este capítulo. Por ejemplo, el gigante podría representar al mundo. Saúl podría representar a Satanás y David, al creyente en el Señor Jesucristo. A los creyentes se nos ha aconsejado, en 1 Juan 2:15: "No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él". Nosotros estamos en el mundo, pero no pertenecemos a un sistema o ideología que se opone a Dios o le ignora. Observemos qué contraste hubo entre David y Sansón, a quien estudiamos como uno de los jueces en el libro que lleva ese nombre. Sansón trataba a los filisteos como amigos; incluso se casó con una mujer de ese pueblo. En cambio, David trató a Goliat como un enemigo. El sistema del mundo, el cosmos, que incluye los poderes, programas e ideologías hostiles a Dios y a Su Palabra, es hoy el enemigo del creyente. Aquí cabe destacar el detalle significativo de que la fe de David le capacitó para salir a enfrentarse con el gigante y derrotarle. Como bien dijo el citado apóstol Juan en su primera carta 5:4, "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". Ésta fue la misma lección que aprendió Josué, al entrar en la tierra prometida y conquistar Jericó; él descubrió que aquella batalla era la batalla del Señor. Y David también aprendió que no podía utilizar las armas que el mundo de su tiempo había previsto para luchar en su batalla. Tuvo que usar sus propias armas, sus propios recursos, aquellos en los cuales Dios le había preparado. Estimado oyente, el creyente hoy necesita reconocer que ese mundo que hemos descrito puede ser vencido únicamente por su fe y confianza en Dios. Y si usted no se considera creyente, le invitamos a entregar su vida a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien murió en la cruz y resucitó, porque en la gran batalla de los siglos, el autor de la vida luchó y venció a su enemigo, el autor del pecado y la muerte. En otras palabras, le invitamos a compartir, por la fe, la victoria del Señor Jesucristo, apropiándose de la vida eterna.

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