Estudio bíblico de 1 Samuel 30:7-31:13

1 Samuel 30:7-31:13

En nuestro programa anterior, comenzamos a estudiar el capítulo 30 de este primer libro de Samuel. Y vimos cómo los amalecitas habían invadido el Neguev y a Siclag. Habían asolado a Siclag y la habían destruido por fuego. Se habían llevado también cautivas a las mujeres y a todos los que estaban allí. Pero no habían dado muerte a nadie, sino que se los habían llevado con ellos al continuar su camino. Y vimos que cuando David regresó junto con sus hombres, se sintieron angustiados y cayeron en la desesperación al encontrar desolada su aldea de Siclag, habiendo perdido a sus esposas e hijos. Por lo que ellos sabían, sus seres queridos estaban todos muertos. Ahora, esta desgracia cayó como un gran golpe sobre David. Entre las mujeres perdidas, estaba su propia esposa Abigail. Usted recordará que Abigail, que era la viuda de un rico llamado Nabal. Ella fue la única mujer que constituyó una influencia muy buena sobre la vida de David.

Pues bien, David se angustió mucho, no sólo porque perdió a sus seres queridos, sino también porque el pueblo estaba hablando de apedrearlo. David era el jefe y ellos le culparon por lo que había sucedido. Le consideraron responsable por haberse ido de Siclag y por haberse asociado con los filisteos, lo cual había sido evidentemente un gran error que David cometió. Ahora, nos gusta pensar en David, como el joven pastor que mató a Goliat. Luego, solemos mirar el lado oscuro de su vida y examinar el gran pecado que cometió. Pero, lo que no nos damos cuenta, es que David era muy semejante a todos nosotros. Se equivocó en muchas ocasiones, así como nosotros también nos equivocamos. Así que sus hombres estaban dispuestos a apedrearlo. El alma de todo el pueblo estaba llena de amargura, cada uno por sus esposas, hijos e hijas. David aquí se encontraba entre la espada y la pared, como solemos decir. Estaba en peligro de muerte. Había perdido a sus seres amados. Podemos imaginar su dolor al ver que sus propios seguidores, bajo esta gran tensión emocional de haber también perdido a sus seres queridos, quisieran apedrearle. Pero dice el final del versículo 6 de este capítulo 30: "mas David se fortaleció en el Señor su Dios."

Hay momentos en los que nos hallamos en lugares oscuros, como David aquí. Miramos en nuestro derredor y la situación nos parece desesperante, al no poder vislumbrar una salida. ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos sentirnos desanimados? ¿Debemos darnos por vencidos y hundirnos? Estimado oyente, si somos hijos de Dios debemos fortalecernos en el Señor. Debemos acudir a Él en tales horas de tristeza y de prueba. A veces el Señor nos deja en tal situación para que acudamos a Él. Porque es precisamente en esas horas, que Él se da a conocer a nosotros de una manera nueva, para que sintamos Su presencia de una manera real. Fue durante horas como éstas que David escribió algunos de sus mejores Salmos. Al leerlos, podemos ver que en medio de estas situaciones David se fortaleció en su Señor y en varias ocasiones pudo decir: "El Señor es bueno. . . díganlo los redimidos del Señor". David descubrió en su propia experiencia que estas declaraciones eran ciertas. Leamos ahora el versículo 7 de este capítulo 30 del Primer libro de Samuel:

"y dijo al sacerdote Abiatar hijo de Ahimelec: Te ruego que me acerques el efod. Abiatar acercó el efod a David."

El efod era una parte especial de la ropa del sumo sacerdote y simbolizaba la oración. El efod se llevaba sobre las vestimentas que acostumbraban a ponerse los sacerdotes; y distinguía en forma especial al sumo sacerdote. El sumo sacerdote siempre llevaba puesto el efod cuando entraba en el altar de oro de la oración. El efod tenía dos piedras, una en cada hombro, en las que estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel - seis en cada hombro. En otras palabras, simbólicamente el sumo sacerdote llevaba a Israel sobre sus hombros. Esta fue una descripción de Cristo nuestro gran Sumo Sacerdote, quien nos lleva sobre Sus hombros. ¿Recuerda usted aquella oveja que se perdió? ¿Qué hizo el pastor? Fue a buscarla y la puso sobre sus hombros y la trajo al redil. Estimado oyente, no sé quién es usted ni donde se encuentra escuchándonos, pero sí sé que el Señor está listo para ir a buscarle y colocarle sobre Sus hombros y traerle de regreso al redil. Dijo el escritor a los Hebreos en el capítulo 7 de su carta, versículo 25: "Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos". Continuemos ahora con el versículo 8 de este capítulo 30 del Primer libro de Samuel:

"y David consultó al Señor diciendo: ¿Perseguiré a esta banda de salteadores? ¿Los podré alcanzar? Él le dijo: Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos."

Así fue que con el efod, la vestimenta de la oración, David se acercó a Dios en oración. Habló con su gran Sumo Sacerdote, que era su Pastor. David apeló a su Señor, y el Señor le fortaleció para que pudiera perseguir al enemigo. Y leemos aquí en los versículos 9 y 10, de este mismo capítulo 30:

"Partió, pues, David, junto a los seiscientos hombres que lo acompañaron, y llegaron hasta el torrente del Besor, donde se quedaron algunos. David siguió adelante con cuatrocientos hombres; pues se quedaron atrás doscientos que, cansados, no pudieron pasar el torrente del Besor."

Se habían llevado todas las provisiones, y estos hombres estaban desfallecidos. Hubo, pues, doscientos que no pudieron hacer el viaje. Y leemos en el versículo 11 de este capítulo 30 del Primer libro de Samuel:

"Hallaron en el campo a un egipcio, al cual trajeron ante David, le dieron pan y comió, y le dieron a beber agua."

Al perseguir al enemigo, en el camino hallaron a un egipcio. Éste estaba enfermo y le dijo a David que era siervo de uno de los líderes amalecitas. Cuando se enfermó lo dejaron para que se muriera allí mismo en el camino. David había alcanzado a este hombre, pero aún debía llegar hasta donde se encontraban los enemigos. Quería saber dónde estaban. El siervo egipcio, pues, prometió informar sobre esto a David, si David prometía no devolverlo a su amo. David, pues, le aseguró que no le enviaría de vuelta a su amo. El egipcio le contó entonces lo que había sucedido en la destrucción de Siclag y le guió hasta donde los amalecitas se encontraban. David entonces, atacó por sorpresa a los amalecitas. Y los halló celebrando su venganza y disfrutando del gran botín que habían tomado. Y leemos entonces, en los versículos 16 y 17 de este capítulo 30 del Primer libro de Samuel:

"Lo llevó, pues; y los encontraron desparramados sobre toda aquella tierra, comiendo, bebiendo y haciendo fiesta, por todo aquel gran botín que habían tomado de la tierra de los filisteos y de la tierra de Judá. Y David los batió desde aquella mañana hasta la tarde del día siguiente. Ninguno de ellos escapó, salvo cuatrocientos jóvenes que montaron sobre los camellos y huyeron."

Solo cuatrocientos jóvenes lograron apoderarse de los camellos y entonces pudieron escapar de David y de sus hombres. Continuemos con los versículos 18 al 20:

"Rescató David todo lo que los amalecitas habían tomado, y libró asimismo a sus dos mujeres. No les faltó nadie, ni chico ni grande, así de hijos como de hijas, ni nada del robo, de todas las cosas que les habían tomado; todo lo recuperó David. Tomó también David todas las ovejas y el ganado mayor. Los que iban delante conduciendo aquel tropel decían: Éste es el botín de David."

Cuando terminó la batalla, David se llevó todo el ganado y las ovejas que habían sido tomadas de su pueblo y emprendió el regreso a Siclag, acompañado de sus esposas e hijos. Avancemos con los versículos 21 y 22:

"Llegó David a donde estaban los doscientos hombres que, muy cansados para seguirlo, se habían quedado en el torrente del Besor; y ellos salieron a recibir a David y al pueblo que con él estaba. Cuando David llegó, saludó a la gente en paz. Pero todos los malos y perversos que había entre los que iban con David, se pusieron a decir: Puesto que no han ido con nosotros, no les daremos del botín que hemos recuperado; que cada uno tome a su mujer y a sus hijos y se vaya."

Hubo una disputa entre los hombres de David en cuanto a si los hombres que no habían participado en la batalla, tenían derecho a participar del botín o no. David estableció aquí un principio que revelaba su equidad y trato justo, que le ayudaron a ser la clase de hombre que Dios podría utilizar. Sigamos adelante con los versículos 23 al 25 de este capítulo 30 del Primer libro de Samuel:

"Pero David dijo: No hagáis eso, hermanos míos, con lo que nos ha dado el Señor. Nos ha guardado y ha entregado en nuestras manos a los salteadores que nos atacaron. ¿Quién os dará razón en este caso? Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que se queda con el bagaje; les tocará por igual. Desde aquel día en adelante fue esto ley y norma en Israel, hasta hoy."

Los doscientos hombres que no pudieron salir a la batalla estaban enfermos y no habían podido pelear. No les fue posible hacer el viaje, pero debían participar igualmente del botín. Eso reveló la justicia de David. Y entonces, los versículos 26 al 31 concluyen este capítulo 30 del Primer libro de Samuel, relatando el envío del botín como un presente a los ancianos de Judá.

Llegamos ahora a

1 Samuel 31

capítulo final de este primer libro de Samuel, Saúl perdió su ejército en la batalla y él, sus hijos y su escudero murieron. Los filisteos triunfaron. Y el pueblo de Jabes de Galaad recuperó los cuerpos de Saúl y sus hijos, y los sepultaron.

Al comenzar el capítulo, vemos que los israelitas libraban una batalla contra los filisteos. Gracias a Dios que David no tuvo que participar en esa batalla. La providencia de Dios intervino para que no se implicara en ella. Recordemos que como los príncipes de los filisteos no habían confiado en David para que él peleara junto con ellos, él regresó hacia su aldea de Siclag. Allí encontró que la ciudad había sido saqueada y quemada, como vimos en el capítulo anterior, y que todas las mujeres y sus hijos habían sido llevados cautivos. Mientras por una parte, David y sus hombres perseguían a los amalecitas y recuperaban a sus familiares, por otra parte, los israelitas huían de los filisteos, derrotados en esta batalla porque se hallaban fuera de la voluntad de Dios. Como ya hemos visto, en un principio, cuando los filisteos vinieron a luchar contra Saúl, éste había intentado consultar a Dios, pero como Dios había permanecido en silencio, Saúl había recurrido a la adivina de Endor. Así que, debido a la rebelión y el pecado de Saúl, Dios no le respondió y en esta batalla contra los filisteos, no le estaba protegiendo. Leamos los primeros 3 versículos de este capítulo 31 de 1 Samuel:

"Los filisteos, pues, pelearon contra Israel, y los de Israel, huyendo ante los filisteos, cayeron muertos en el monte Gilboa. Los filisteos siguieron de cerca a Saúl y a sus hijos, y mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl. La batalla arreció contra Saúl; lo alcanzaron los flecheros y tuvo mucho miedo de ellos."

Aquí es donde comenzó la tragedia para los israelitas. Fue el principio del fin para Saúl. En primer lugar, fue herido en la batalla por un arquero. Al parecer el arquero no se dio cuenta que había herido al rey. También fue trágico que Jonatán muriera en esta batalla. Esto fue asombroso, porque en otra ocasión cuando Jonatán luchó contra los filisteos, había matado a 250 enemigos en una sola ocasión. Esto muestra pues, la situación desesperada con la que Israel se encontró, superado ampliamente en número por el enemigo. Esta pudo muy bien haber sido la batalla en la que David y Jonatán habrían tenido que luchar en bandos opuestos, si Dios no hubiera intervenido para evitarlo. Por lo tanto, leímos aquí que Saúl fue herido. Leamos el versículo 4 de este capítulo 31 del Primer libro de Samuel:

"Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada y traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos a traspasarme y burlarse de mí."

Pero su escudero no quería, pues tenía gran temor. Tomó entonces Saúl su propia espada y se echó sobre ella.

Ahora, cuando Saúl se dio cuenta que estaba mortalmente herido, creyó que el enemigo vendría y se burlaría de él. Y creemos que tenía razón. Como ya hemos visto, Saúl era un hombre orgulloso y egoísta y no creyó que ese fuera un final apropiado para él. Su escudero tuvo miedo de obedecer al rey cuando Saúl le pidió que lo traspasara con su espada. Por lo tanto, Saúl sacó su propia espada y se echó sobre ella. Aparentemente, entonces éste fue un caso de suicidio. Pero, ¿en realidad fue éste un caso de suicidio? Continuemos ahora leyendo los versículos 5 hasta el 9 de este capítulo 31 del Primer libro de Samuel:

"Al ver que Saúl había muerto, su escudero se echó también sobre su espada y murió junto con él. Así murió Saúl aquel día, junto con sus tres hijos, su escudero, y todos sus hombres. Los de Israel que estaban al otro lado del valle y al otro lado del Jordán, al ver que Israel había huido y que Saúl y sus hijos habían muerto, abandonaron sus ciudades y huyeron. Luego vinieron los filisteos y habitaron en ellas. Aconteció al siguiente día que, al llegar los filisteos a despojar a los muertos, hallaron a Saúl y a sus tres hijos tendidos en el monte Gilboa. Le cortaron la cabeza y lo despojaron de las armas. Entonces enviaron mensajeros por toda la tierra de los filisteos para que llevaran las buenas noticias al templo de sus ídolos y al pueblo."

Empezamos a comprender ahora, con el envío de la armadura de Saúl por toda la tierra de los filisteos, por qué Saúl había querido que David la usara en su lucha contra Goliat. Si David hubiera obtenido la victoria llevando puesta la armadura de Saúl, el rey se habría atribuido la victoria a sí mismo. Recordemos también, que en otra ocasión, cuando Jonatán, su hijo, ganó una victoria, en vez de atribuirle el triunfo a Jonatán, Saúl se la atribuyó a sí mismo. Prosigamos ahora con los versículos 10 al 13, los versículos finales de este capítulo 31 del Primer libro de Samuel:

"Los filisteos pusieron sus armas en el templo de Astarot y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán. Cuando los de Jabes de Galaad se enteraron de lo que habían hecho los filisteos con Saúl, todos los hombres valientes se levantaron y, caminando toda aquella noche, quitaron el cuerpo de Saúl y los cuerpos de sus hijos del muro de Bet-sán, y llevándolos a Jabes los quemaron allí. Tomaron sus huesos, los sepultaron debajo de un árbol en Jabes y ayunaron siete días."

Este es el fin del Primer Libro de Samuel. Alguien podrá pensar que no hay ningún misterio en cuanto a la muerte de Saúl. Pues, bien, en realidad, aún no hemos terminado la historia. La reanudaremos en el Segundo Libro de Samuel. Tenemos registrado sólo el hecho de la muerte de Saúl al final de este Primer Libro de Samuel, pero todavía no nos es posible llegar a alguna conclusión.

Resulta interesante recordar que al principio del reinado de Saúl, el había dejado con vida a los amalecitas y que Samuel lo había reprochado por ello. Samuel le había a Saúl: "mejor es obedecer que sacrificar, y el prestar atención, que la grasa de los carneros." Dios requería la obediencia, y el corazón de Saúl nunca se sometió al Dios Todopoderoso. Es significativo que Saúl hubiera salvado a los amalecitas, porque veremos que fueron probablemente los amalecitas precisamente, quienes no solamente saquearon a Siclag, sino quienes realmente mataron a Saúl. Pero alguien dirá que ya hemos leído el relato que dice que los filisteos mataron a Saúl, porque un arquero le hirió y quedó mortalmente herido. El rey quiso que su escudero lo matara, pero el hombre no se atrevió. Por fin Saúl se echó sobre su propia espada. ¿No es esa la explicación? ¿No es ya un caso cerrado? Pues, no creemos que sea así. El Segundo Libro de Samuel nos dará una información más clara, más detallada, en cuanto a la muerte de Saúl.

Por tanto, en conclusión, hemos visto que en el Primer Libro de Samuel, Saúl fracasó en su reinado sobre la propiedad de Dios. Su fin fue el suicidio. Dios y Su autoridad fueron desechados. Al principio de su reinado, Saúl había salvado a los amalecitas pero, paradójicamente, fue muerto precisamente por los amalecitas.

Y ahora, para terminar, veamos un breve bosquejo de este primer libro de Samuel, que estamos terminando de estudiar hoy. Tenemos tres divisiones principales en este primer libro de Samuel. En primer lugar, Samuel, profeta de Dios; sección que comprende los capítulos 1 al 8. La segunda gran división, nos habla de Saúl, como hombre de Satanás, y comprende los capítulos 9 hasta el 15. Y la tercera gran división, nos presenta a David, como el hombre de Dios, frente a Saúl, hombre de Satanás, y comprende los capítulos 16 al 31.

Este es, pues, brevemente el bosquejo que hemos seguido en nuestro estudio de este Primer libro de Samuel. Dios mediante, en nuestro próximo programa, comenzaremos a estudiar el Segundo libro de Samuel, que también es muy interesante, por cierto, porque continúa la historia que hemos dejado aquí en el capítulo 31 de este primer libro. Así es que, esperamos que usted, estimado oyente, ha de acompañarnos mientras recorremos paso a paso, cada una de las páginas del Segundo libro de Samuel.

Como última reflexión, y ante el trágico final de la historia de Saúl, que arrastró a todo un pueblo, nos queda recordar aquella ley inexorable del mundo de la naturaleza, que se cumplió en la vida del primer rey de Israel, ley expresada en aquellas palabras de San Pablo, escritas en su carta a los Gálatas 6:7: "Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará."

Estimado oyente, le invitamos a considerar seriamente la Palabra de Dios que, en medio de tanta destrucción y tragedias causadas por la maldad de la naturaleza humana, por medio del mensaje del Evangelio proclama hoy la gracia y la misericordia de Dios revelada en el Señor Jesucristo, para que aquellos que están lejos de Él, tengan la oportunidad de establecer una relación personal con Él. Porque estamos viviendo en el momento apropiado para tomar una decisión que afectará nuestra vida en la tierra y en la eternidad, porque hoy es el día de salvación.

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