Estudio bíblico de Génesis 31:7-55

Génesis 31:7-55

En nuestro programa anterior, comenzamos el capítulo 31 comentando que Dios estaba preparando las circunstancias para que Jacob y su familia saliesen de casa de Labán. Las relaciones entre Jacob y Labán se habían enfriado y llegaron a su punto más bajo en una atmósfera de abierta desconfianza. Jacob reunió en un lugar aparte a Raquel y a Lea para exponerles la situación. Reanudamos, pues el relato Bíblico con aquella entrevista, leyendo los versículos 7 al 12

"No obstante vuestro padre me ha engañado, y ha cambiado mi salario diez veces; Dios, sin embargo, no le ha permitido perjudicarme. Si él decía: Las moteadas será tu salario, entonces todo el rebaño paría moteadas; y si decía: Las rayadas serán tu salario, entonces todo el rebaño paría rayadas. De esta manera Dios ha quitado el rebaño a vuestro padre y me lo ha dado a mí. Y sucedió que por el tiempo cuando el rebaño estaba en celo, alcé los ojos y vi en sueños; y he aquí, los machos cabríos que cubrían las hembras eran rayados, moteados y abigarrados. Entonces el ángel de Dios me dijo en el sueño: Jacob; y yo respondí: Heme aquí. Y él dijo: Levanta ahora los ojos y ve que todos los machos cabríos que están cubriendo las hembras son rayados, moteados y abigarrados, pues yo he visto todo lo que Labán te ha hecho."

Con respecto a aquel incidente de las rayas que aparecieron en el ganado que se estaba reproduciendo, en nuestro programa anterior planteamos el Tema de si había o no respuestas satisfactorias a este asunto relacionado, desde un punto de vista natural, con factores genéticos. También dijimos que el relato de este capítulo 31, arrojaría más luz sobre el Tema. En efecto, en el pasaje recién leído, Jacob manifestó que Dios había actuado sobre el rebaño para que él recibiese justamente lo que le correspondía y fue el ángel de Dios quien se lo confirmó. Lo que no sabemos, es cómo obró Dios este milagro, es decir, si obró controlando factores genéticos o si actuó de otra manera. Simplemente, lo aceptamos como una intervención milagrosa más de las numerosas que nos relatan tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Continuemos leyendo los versículos 13 al 16:

"Yo soy el Dios de Betel, donde tu ungiste un pilar, donde me hiciste un voto. Levántate ahora, sal de esta tierra, y vuelve a la tierra donde naciste. Y Raquel y Lea respondieron, y le dijeron: ¿Tenemos todavía nosotras parte o herencia alguna en la casa de nuestro padre? ¿No nos ha tratado como extranjeras? Pues nos ha vendido, y también ha consumido por completo el precio de nuestra compra. Ciertamente, toda la riqueza que Dios ha quitado de nuestro padre es nuestra y de nuestros hijos; ahora pues, todo lo que Dios te ha dicho, hazlo."

En este párrafo, Dios manifestó a Raquel y a Lea que Dios se le había presentado como el Dios que le había aparecido en Betel, cuando huía de su hogar. Como vemos la actitud de ellas fue de aceptación a la revelación y a la voluntad de Dios. Finalmente, los versículos 17 al 21 nos relatan cómo

Jacob huyó de Harán

"Entonces Jacob se levantó, montó a sus hijos y a sus mujeres en los camellos, y puso en camino todo su ganado y todas las posesiones que había acumulado, el ganado adquirido que había acumulado en Padán-aram, para ir a Isaac su padre, en la tierra de Canaán. Y mientras Labán había ido a trasquilar las ovejas, Raquel robó los ídolos domésticos que eran de su padre. Y Jacob engañó a Labán arameo al no informarle que huía. Huyó, pues, con todo lo que tenía; y se levantó, cruzó el río Eufrates y se dirigió hacia la región montañosa de Galaad."

Aquí volvemos a comprobar que en la casa de Labán predominaba la idolatría y no era el lugar más apropiado para que se formasen los hijos de Jacob. Nos llama la atención que Raquel misma compartiese aquellas nociones tan primitivas de la deidad, y se sintiese tan apegada a aquellos ídolos que se quiso llevar, quizás para asegurarse protección para el peligroso viaje a Palestina.

El relato que sigue nos detalla como

Labán alcanzó a Jacob

Pero antes, Dios intervino durante la persecución apareciéndose a Labán. Leamos los versículos 22 al 30,

"Y al tercer día, cuando informaron a Labán que Jacob había huído, tomó a sus parientes consigo y lo persiguió por siete días; y lo alcanzó en los montes de Galaad. Pero Dios vino a Labán arameo en sueños durante la noche, y le dijo: Guárdate que no hables a Jacob ni bien ni mal. Alcanzó, pues, Labán a Jacob. Y Jacob había plantado su tienda en la región montañosa, y Labán y sus parientes acamparon en los montes de Galaad. Entonces Labán dijo a Jacob: ¿Qué has hecho, engañándome y llevándote a mis hijas como si fueran cautivas de guerra? ¿Por qué huiste en secreto y me engañaste, y no me avisaste para que yo pudiera despedirte con alegría y cantos, con panderos y liras? ¿Por qué no me has permitido besar a mis hijos y a mis hijas? En esto has obrado neciamente. Tengo poder para hacerte daño, pero anoche el Dios de tu padre me habló diciendo: Guárdate de hablar nada con Jacob ni bueno ni malo. Y ahora, ciertamente te has marchado porque añorabas mucho la casa de tu padre; pero ¿por qué robaste mis dioses?"

Después de maquillar todo su resentimiento con supuestos motivos sentimentales de celebraciones de despedida abordó, finalmente, el Tema del robo de los ídolos, que Jacob ignoraba, como vemos en la respuesta de éste, quien justificó su huída con las palabras detalladas en los versículos 31 y 32:

"Entonces Jacob respondió, y dijo a Labán: Porque tuve miedo, pues dije: No sea que me quites a tus hijas a la fuerza. Pero aquel con quien encuentres tus dioses, no vivirá. En presencia de nuestros parientes indica lo que es tuyo entre mis cosas y llévatelo. Pues Jacob no sabía que Raquel los había robado."

El robo afectó a Labán más de lo que su hija pudo imaginar, ya que su padre debió creer que la posesión los ídolos de la casa implicaba liderazgo sobre la familia con efectos hereditarios. Labán no concebía que tales derechos pasasen a manos de Jacob quien, en opinión de Labán ya se estaba llevando demasiado.

Y ante la operación de búsqueda de Labán, observamos que su hija había heredado, al menos, algo de la inteligencia de su padre. Veamos que sucedió, leyendo los versículos 33 al 35:

"Entró entonces Labán en la tienda de Jacob, en la tienda de Lea y en la tienda de las dos siervas, pero no los encontró. Después salió de la tienda de Lea y entró en la tienda de Raquel. Y Raquel había tomado los ídolos domésticos y los había puesto en los aparejos del camello, y se había sentado sobre ellos. Y Labán buscó por toda la tienda, pero no los encontró. Y ella dijo a su padre: No se enoje mi señor porque no pueda levantarme delante de ti, pues estoy con lo que es común entre las mujeres. Y él buscó, pero no encontró los ídolos domésticos."

El relato continúa con una apasionada declaración de Jacob en defensa de su conducta durante veinte años de conducta leal y entrega absoluta a su trabajo. Leamos, pues, los versículos 36 al 42,que leeremos sin interrupción:

"Entonces se enojó Jacob y riñó con Labán; y respondiendo Jacob, dijo a Labán: ¿Cuál es mi transgresión? ¿Cuál es mi pecado para que tan enardecidamente me hayas perseguido? Aunque has buscado en todos mis enseres, ¿qué has hallado de todos los enseres de tu casa? Ponlo delante de mis parientes y de tus parientes para que ellos juzguen entre nosotros dos. Estos veinte años yo he estado contigo; tus ovejas y tus cabras no han abortado, ni yo he comido los carneros de tus rebaños. No te traía lo despedazado por las fieras; yo cargaba con la pérdida. Tu lo demandabas de mi mano, tanto lo robado de día como lo roba de de noche. Estaba yo que de día el calor me consumía y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos. Estos veinte años he estado en tu casa; catorce años te serví por tus dos hijas, y seis por tu rebaño, y diez veces cambiaste mi salario. Si el Dios de mi padre, Dios de Abraham, y temor de Isaac, no hubiera estado conmigo, ciertamente me hubieras enviado ahora con las manos vacías. Pero Dios ha visto mi aflicción y la labor de mis manos, y anoche hizo justicia."

Como vemos, esta elocuente apelación finalizó con un reconocimiento del cuidado del Dios de la promesa, quien le protegió fielmente durante ese período de aflicción y abusos.

Los versículos 43 y 44 nos muestran como

Jacob y Labán hicieron un pacto en Mizpa

"Respondió Labán y dijo a Jacob: Las hijas son mis hijas, y los hijos mis hijos, y los rebaños mis rebaños, y todo lo que ves es mío. ¿Pero qué puedo yo hacer hoy a éstas mis hijas, o a sus hijos que ellas dieron a luz? Ahora bien, ven, hagamos un pacto tu y yo y que sirva de testimonio entre tú y yo."

Los últimos versículos de este capítulo, del 46 al 55, nos muestran algunos detalles de aquel acuerdo. Siguiendo la costumbre de aquel pueblo, pronunciaron los términos del pacto que regularía sus relaciones mutuas y que sometían a la aprobación de Dios, erigiendo un monumento conmemorativo.

Al llegar este momento en la vida de Jacob resulta inevitable hacer una reflexión sobre su vida hasta este momento. Aquí tenemos a un hombre astuto que se consideró capaz de actuar con una conducta mala, en contra de los principios divinos y de toda ética humana, y pensó que eludiría las consecuencias de su comportamiento. Dios le mostró que lo que una persona sembrara, eso mismo cosecharía y que tal principio se cumplía invariablemente. Jacob había evitado someterse a Dios en su hogar, y después tuvo que someterse a su tío. Jacob había ido a casa de Labán para recibir con dignidad una esposa, pero fue convertido en un siervo, porque Dios respetaba los derechos de un primogénito. Jacob había engañado a su propio padre, y fue él mismo engañado por su suegro. Jacob, el hijo menor, se hizo pasar por el mayor y más tarde en su vida descubrió que había recibido la hija mayor como esposa, cuando pensó que estaba recibiendo a la menor. El reveló tener el carácter de un verdadero mercenario por la manera en que obtuvo la bendición de la primogenitura, permitiendo que su madre cubriese sus manos con pieles de cabritos para engañar a su padre Isaac y hacerle creer que era su hermano Esaú. Sin embargo, al pasar los años, sus propios hijos le engañaron a él, de forma muy parecida, pues mataron un cabrito y con su sangre mancharon las ropas de colores de su hijo José, para hacerle creer que había muerto. Jacob había engañado a su padre fingiendo ser su hijo preferido y, finalmente, sería engañado en relación con José, su hijo favorito. Realmente, todo lo que el hombre siembre, eso mismo también segará.

Recordemos lo que le sucedió a Jacob en Betel, cuando llegó allí como un joven, huyendo de su casa y pensando que podía huir de Dios. En aquel remoto lugar Dios se le había aparecido en sueños para prometerle que su presencia le acompañaría siempre y en todo lugar. Y Jacob, por su parte, prometió reconocerle como su Señor y su Dios, a partir de aquel momento

También otro gran personaje del Antiguo Testamento, el rey David, descubriría que resultaba imposible evadirse de la presencia de Dios. En uno de sus Salmos, el 139, versículos 7 al 10, dijo lo siguiente:

"¿A dónde huiré de tu Espíritu, o a dónde huiré de tu presencia? Si subo a los cielos, he aquí, allí estás tú; si en el Seol preparo mi lecho, allí estás tú. Si tomo las alas del alba, y si habito en lo más remoto del mar, aún allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra."

Resulta interesante observar que, tanto Jacob como el rey David, cada uno en su momento y circunstancia, reaccionaron de forma parecida cuando tuvieron una experiencia real y dramática de la presencia de Dios. Así como Jacob en Betel, había reaccionado reconociendo a Dios como el Señor de su vida, el rey David, al sentir la inmensidad de la presencia y cercanía de Dios, finalizó el conocido Salmo 139 con una actitud de entrega, con una apertura total a su Creador. Estas fueron sus palabras:

"Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón: pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mi camino malo, y guíame en el camino eterno."

Evidentemente se trata de un sincero examen personal, un humilde reconocimiento de la posibilidad de cometer errores, un deseo de experimentar la guía de Dios para evitarlos y una actitud de disponibilidad y obediencia a los planes de Aquel que nos ha creado y mejor nos conoce, y que quiere hacer posible en cada uno de nosotros, la realidad de una vida de relación con El, una vida de calidad, significativa en este mundo y que trascienda esta experiencia humana para proyectarse en la eternidad.

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