Estudio bíblico de 2 Reyes 17:7-18:16

2 Reyes 17:7-18:16

Continuamos estudiando hoy el capítulo 17 del Segundo Libro de Reyes. Y en nuestro programa anterior, hablamos de Salmanasar, rey de Asiria. Y vimos que él conquistó el reino del norte y exigió tributo de las 10 tribus. Pero, cuando descubrió que el rey Oseas había planeado una conspiración contra él, decidió sitiar a Samaria. Y después de 3 años, se llevó cautivas a Asiria a las diez tribus del norte. Ahora, en cuanto a Oseas, dijimos que no había sido tan malo como Acab y Jezabel, ni como Ocozías, pero aun así llegó bastante lejos en su maldad. Trató de tener buenas relaciones con Salmanasar, rey de Asiria, pero fracasó. Ahora, Samaria, era la ciudad que Omri, padre de Acab había construido y donde había edificado un palacio. Era uno de los sitios más hermosos en toda esa tierra. Ahora, dijimos que hay quienes dicen que las 10 tribus están perdidas, lo cual no es más que una deducción, porque en la Palabra de Dios no hay la menor indicación de ello ni tampoco hay ninguna base científica que la apoye. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento el apóstol Santiago escribió en su carta, capítulo 1, versículo 1: "Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión". Al parecer, Santiago no creyó que las tribus estuviesen perdidas. Ahora, cuando los judíos regresaron a su tierra, sólo algunos de entre todas las tribus regresaron. Mientras que el total de judíos e israelitas que fueron llevados en cautiverio, sumaba varios millones, solamente unos 65.000 regresaron. Leamos los versículos 7 y 8 de este capítulo 17 del Segundo Libro de Reyes, para continuar considerando

Los pecados que causaron el cautiverio de Israel

"Esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra el Señor, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto, de bajo la mano del faraón, rey de Egipto. Adoraron a dioses ajenos y anduvieron en los estatutos de las naciones que el Señor había expulsado de delante de los hijos de Israel, así como en los estatutos que hicieron los reyes de Israel."

El Señor había sido muy paciente con esta gente. Durante un período de más de 200 años (después de la división del reino) el Señor les había dado toda clase de oportunidades, y mucho tiempo para volverse a Él. Pero no lo hicieron. Continuamente se entregaron a la idolatría. La Palabra de Dios dejó muy en claro que Él los envió al cautiverio porque insistieron en adorar a otros dioses. Y continuamos leyendo los versículos 9 y 10:

"Los hijos de Israel hicieron secretamente cosas impropias contra el Señor, su Dios: se edificaron lugares altos en todas las ciudades, desde las torres de las atalayas hasta las ciudades fortificadas, y levantaron estatuas e imágenes de Asera en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso."

O sea que la adoración pagana se llevaba a cabo en las colinas y bajo los árboles. Los israelitas se entregaron a una inmoralidad crasa y a un libertinaje tremendo. Prosigamos con los versículos 11 y 12:

"Quemaron incienso en todos los lugares altos, a la manera de las naciones que el Señor había traspuesto de delante de ellos, e hicieron cosas muy malas para provocar a ira al Señor. Servían además a los ídolos, acerca de los cuales el Señor les había dicho: Vosotros no habéis de hacer tal cosa."

Dios había expulsado de esa tierra a los paganos que allí habitaban antes, precisamente debido a su inmoralidad e idolatría. Ahora, evidentemente Dios no permitiría que Su propio pueblo se quedara en esa tierra e hiciera lo mismo. Y permitió que Asiria viniera y los llevase cautivos. Y leemos en el versículo 13:

"El Señor amonestó entonces a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes diciendo: Volveos de vuestros malos caminos y guardad mis mandamientos y mis ordenanzas, conforme a todas las leyes que yo prescribí a vuestros padres y que os he enviado por medio de mis siervos los profetas."

Dios había enviado a los profetas: Ahías, Elías, Micaías, Eliseo, Jonás, Amós y Oseas, a los habitantes del reino de Israel en el norte. Ahora, al reino de Judá en el sur, había enviado a los profetas: Semaías, Joel, Isaías, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías y Jeremías. Cada profeta amonestó a la gente de ambos reinos sobre lo que ocurriría si no se volvían a Dios y no abandonaban su maldad. Dice aquí el versículo 14:

"Pero ellos no obedecieron, sino que se obstinaron tanto como sus padres, los cuales no creyeron en el Señor, su Dios."

Las tribus fueron culpables de su propia incredulidad. El gran pecado de toda la humanidad, estimado oyente, es el de no creer a Dios. Usted y yo vivimos en una cultura contemporánea que ha excluido a Dios. Él no tiene ningún lugar en el sistema educativo. Y Su voluntad no interesa en los centros de decisión política. Y como resultado de esto, Dios nos juzgará así como juzgó a Su pueblo hace tanto tiempo. Continuemos, leyendo el versículo 15 de este capítulo 17 del Segundo Libro de Reyes:

"Desecharon sus estatutos, el pacto que él había hecho con sus padres y los testimonios que él les había prescrito, siguiendo en pos de vanidades y haciéndose vanos ellos mismos, por imitar a las naciones que estaban alrededor de ellos, aunque el Señor les había mandado que no obraran como ellas."

Y el resultado fue que los habitantes del reino del norte fueron llevados cautivos. ¿Y que les sucedería a las tribus del sur? Leamos el versículo 19:

"Pero ni aun Judá guardó los mandamientos del Señor, su Dios, sino que anduvieron en las costumbres que Israel había establecido."

El reino de Judá no se benefició de la experiencia del reino de Israel, como veremos más adelante. Y dicen los versículos 20 y 21:

"Entonces desechó el Señor a toda la descendencia de Israel, los afligió y los entregó en manos de saqueadores, hasta echarlos de su presencia. Cuando separó a Israel de la casa de David y ellos hicieron rey a Jeroboam hijo de Nabat, Jeroboam apartó a Israel del camino del Señor y les hizo cometer un gran pecado."

La suerte del reino del sur, en realidad no sería diferente en nada a la del norte. Ambos reinos eran culpables de rechazar a su Dios. Ambos fueron culpables de hacer lo malo ante los ojos de Dios. Y aunque los habitantes de Judá no fueron llevados cautivos en este tiempo, ellos también acabaron siendo infieles a Dios. Aquí se nos recuerda a Jeroboam, que introdujo en Israel la adoración al becerro. Continuemos leyendo ahora los versículos 22 y 23 de este capítulo 17 del Segundo Libro de Reyes:

"Los hijos de Israel anduvieron en todos los pecados que cometió Jeroboam y no se apartaron de ellos, hasta que el Señor apartó a Israel de su presencia, como lo había anunciado por medio de todos los profetas, sus siervos. Así Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria, hasta el día de hoy."

La expresión "hasta hoy" significa, por supuesto, el momento en que el segundo libro de los Reyes fue escrito. Se nos habla ahora de que

Las ciudades de Israel fueron repobladas con extranjeros

Ahora, cuando el rey de Asiria llevó cautivo al reino del norte, trajo a otros pueblos para habitar la tierra. La región del reino del norte se llamaba Samaria. Los samaritanos del Nuevo Testamento serían los descendientes de los colonizadores traídos por el rey de Asiria. Y éste sería el comienzo histórico de ese pueblo. Y continuamos leyendo los versículos 26 al 29:

"Entonces dijeron al rey de Asiria: Las gentes que tú trasladaste y pusiste en las ciudades de Samaria no conocen la ley del Dios de aquella tierra, y él ha echado en medio de ellos leones que los matan, porque no conocen la ley del Dios de la tierra. Y el rey de Asiria ordenó: Llevad allá a alguno de los sacerdotes que trajisteis de ese lugar, que vaya y habite allí y les enseñe la ley del Dios del país. Entonces uno de los sacerdotes que se habían llevado cautivo de Samaria, fue y habitó en Bet-el, y les enseñó cómo habían de temer al Señor. Pero cada nación se hizo sus dioses en la ciudad donde habitaba, y los pusieron en los templos de los lugares altos que habían construido los de Samaria."

Y esto nos conduce al fin del reino del norte. Los habitantes de esa tierra llegaron a ser una mezcla de pueblos, con los matrimonios de diferentes razas, al realizarse muchos matrimonios entre personas de distintas razas. Y las diez tribus nunca más formarían el reino del norte. Se encuentran dispersas en la actualidad, pero no están perdidas. Pasemos ahora a

2 Reyes 18:1-16

El tema de este capítulo gira alrededor de la renovación bajo el rey Ezequías. Esta es una sección tan notable que no sólo está registrada aquí en 2 Reyes sino también en 2 Crónicas y en la parte histórica de la profecía de Isaías.

Ya hemos visto, que el reino del norte, o sea el reino de Israel, fue llevado cautivo por Asiria y Dios dio tres razones que explicaron lo que ocurrió. Israel desobedeció a Dios, dudó de la Palabra de Dios y desafió a Dios. Durante el mismo período, el reino de Judá o del sur tuvo un gran rey. Conviene aclarar que a partir de este momento, estaremos siguiendo la historia del reino del sur o de Judá, ya que el reino del norte o de Israel, quedó fuera de la escena. El motivo por el cual Dios no envió a Judá al cautiverio en ese momento, fue que Judá tuvo unos pocos buenos reyes que fueron responsables de una época de renovación.

Ezequías fue uno de ellos. En realidad, después del rey David, fue el mejor rey que reino sobre aquel pueblo. Leamos ahora los versículos 1 al 3, de este capítulo 18 de 2 Reyes:

"En el tercer año de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías hijo de Acaz, rey de Judá. Cuando comenzó a reinar tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. El nombre de su madre era Abi, hija de Zacarías. Hizo lo recto ante los ojos del Señor, conforme a todas las cosas que había hecho David, su padre."

Ezequías era hijo de Acaz. Ahora, Acaz fue un rey malo, pero tuvo un buen hijo. Y ello nos lleva a creer que la madre de Ezequías fue una mujer buena y piadosa, llamada Abi, que debió ejercer una buena influencia sobre su hijo. Leamos el versículo 4, que comienza a hablarnos sobre

La renovación de Judá bajo el rey Ezequías

"Quitó los lugares altos, quebró las imágenes, rompió los símbolos de Asera e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces los hijos de Israel le quemaban incienso; y la llamó Nehustán."

Ezequías fue un hombre notable: condujo a su pueblo a una renovación y comenzó a intentar la erradicación de la idolatría de su pueblo.

Ahora, este versículo menciona la serpiente de bronce que Moisés había levantado en el desierto, incidente que encontramos en el capítulo 21 del libro de Números. ¿Qué le ocurrió a esa serpiente que Moisés levantó? Bueno, la habían guardado. Naturalmente que era un objeto muy apreciado y por eso fue guardado en el templo. Pero, llegó el día en que los hijos de Israel empezaron a adorarla. En lugar de mirarla con fe, como sus padres la habían mirado para salvarse, cuando fueron mordidos por las serpientes venenosas en el desierto como un juicio de Dios por su rebelión, comenzaron a adorarla. Pero, ahora esta misma serpiente se había convertido en un escollo. El pueblo había olvidado su significado. La serpiente era un símbolo de Cristo, según vemos en el evangelio según San Juan, capítulo 3, versículos 14 y 15, donde leemos: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna". La serpiente de bronce, pues, fue un símbolo que fue cumplido por Cristo. Pero, ahora tenemos el caso de esta gente que ha comenzado a adorar esta serpiente, en vez de adorar a Dios.

Al estudiar las siete iglesias de Asia Menor, en el libro de Apocalipsis, observamos que en la ciudad de Pérgamo, adoraban a la serpiente. Y parece que los hijos de Israel estaban haciendo lo mismo. Le estaban quemando incienso a la serpiente de bronce. Ahora, ¿qué hizo el rey? Ezequías la rompió en pedazos para librarse de ella.

Hay aquí una lección espiritual. Ha habido ciertas organizaciones, ciertos movimientos, y métodos que Dios ha usado en el pasado. Pero desafortunadamente, la gente no fue consciente de que Dios había terminado de utilizarlos y se han negado a descartarlos. Y estamos seguros que en su día, fueron muy útiles y cumplieron un gran propósito. Lograron mucho, pero llegaron a ser inadecuados para las circunstancias actuales. Sin embargo fueron sacralizados, llegando a convertirse en algo parecido a aquella serpiente de bronce. Pero, luego llegó el día en que Dios terminó con ellos. Por lo tanto necesitamos tener la sensibilidad espiritual para evaluar las costumbres o métodos, en fin, todo lo que fue temporal, pasajero y necesita ser descartado, adaptado a las nuevas situaciones, renovado y, por otra parte, lo que es permanente, esencial, que trasciende en el tiempo y las circunstancias. Bien, continuemos leyendo ahora los versículos 5 y 6 de este capítulo 18 del Segundo Libro de Reyes:

"En el Señor, Dios de Israel, puso su esperanza. Entre todos los reyes de Judá no hubo otro como él, antes ni después, pues siguió al Señor y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que el Señor prescribió a Moisés."

Si no hubo antes ni después, ninguno como Ezequías, tenemos entonces que llegar a la conclusión de que fue extraordinario. Estuvo en un pie de igualdad con David. Fue un gran rey a quien Dios usó poderosamente. Es por eso que el relato de su vida, lo encontramos en tres libros del Antiguo Testamento. Lo encontramos en el Segundo Libro de Reyes, en el Segundo Libro de Crónicas y en el Libro del profeta Isaías. Continuemos leyendo ahora, los versículos 7 hasta el 10, de este capítulo 18 del Segundo Libro de Reyes, que describen

La primera invasión de Judá

"El Señor estaba con él, y adondequiera que iba, prosperaba. Ezequías se rebeló contra el rey de Asiria y no lo sirvió. También derrotó a los filisteos hasta Gaza y sus fronteras, desde las torres de las atalayas hasta la ciudad fortificada. En el cuarto año del rey Ezequías, que era el año séptimo de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, subió Salmanasar, rey de los asirios, contra Samaria y la sitió. La tomaron al cabo de tres años. En el año sexto de Ezequías, el cual era el año noveno de Oseas, rey de Israel, fue tomada Samaria."

Ezequías era un rey valiente. Bajo su mandato, Judá se rebeló contra Asiria y también venció a los filisteos. Durante el sexto año del reinado de Ezequías, Salmanasar, rey de Asiria tomó a Samaria. Y el reino del norte fue derrotado. Ahora, no había nada, ni siquiera una valla de alambre de púas entre Asiria y Judá. Y el rey Ezequías se encontró en un aprieto. Y continuamos leyendo en los versículos 11 y 12 de este Segundo Libro de Reyes:

"El rey de Asiria llevó cautivo a Israel a Asiria, y los estableció en Halah, junto al río Gozán en Habor, y en las ciudades de los medos, por cuanto no habían atendido a la voz del Señor, su Dios, sino que habían quebrantado su pacto y no habían escuchado ni puesto por obra todas las cosas que Moisés, siervo del Señor, había mandado."

Acabamos de leer una reseña del cautiverio de Israel. Continuemos leyendo los versículos 13 y 14:

"A los catorce años del rey Ezequías subió Senaquerib, rey de Asiria, contra todas las ciudades fortificadas de Judá y las tomó. Entonces Ezequías, rey de Judá, envió a decir al rey de Asiria que estaba en Laquis: He pecado; retírate de mi país y aceptaré todo lo que me impongas. El rey de Asiria impuso a Ezequías, rey de Judá, un tributo de nueve mil novecientos kilos de plata, y novecientos noventa kilos de oro."

Ezequías trató de rebelarse contra Asiria, pero no tuvo éxito. Y admitió que había cometido un error al aliarse con otras naciones en contra de Asiria. De modo que, entonces tendría que pagar un tributo. Leamos los versículos 15 y 16:

"Entregó, por tanto, Ezequías toda la plata que había en la casa del Señor y en los tesoros de la casa real. En aquella ocasión Ezequías quitó el oro de las puertas del templo del Señor y de los quiciales que el mismo rey Ezequías había recubierto de oro, y lo dio al rey de Asiria."

En este programa hemos visto como un recuerdo histórico como la serpiente de bronce, fue convertido por el pueblo en un objeto de adoración, olvidando que había sido un símbolo que señalaba hacia Dios y su poder para restaurar a todos aquellos que en el antiguo incidente del desierto había sido mordidos por la serpiente. Y parece que la tendencia hacia la idolatría ha continuado a través de los siglos, con características peculiares en cada época de la historia, abarcando a todo aquello que, convirtiéndose en una obsesión, aparta a Dios de la mente de los seres humanos. Por ello, necesitamos recordar el incidente del desierto, a la luz de nuestra situación actual. Como entonces ocurrió con la mordedura de las serpientes, el pecado y la maldad han herido al ser humano de manera permanente. Los efectos del veneno se han transmitido de generación en generación y sus efectos son evidentes en los males que aquejan al individuo y a la sociedad. Por lo tanto, continúan vigentes aquellas palabras del Evangelio de Juan 3, que citamos anteriormente: "Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre, es decir Jesucristo, sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna". Así como aquellos viajeros del desierto tuvieron que mirar al símbolo que Dios había establecido para salvarse, le invitamos, estimado oyente, a dirigir una mirada de fe al Señor Jesucristo, porque es el único remedio para evitar la perdición, para imprimir a su existencia una vida de auténtica calidad, y la única manera de recibir la vida eterna.

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