Estudio bíblico de Génesis 33:1-20

Génesis 33

En el capítulo anterior, el relato Bíblico nos llevó a examinar el encuentro entre Dios y Jacob, que fue el momento culminante en la vida de Jacob. Durante aquella noche, un hombre luchó con él. Más exactamente, fue el hombre el que luchó y no Jacob. El patriarca no estaba precisamente buscando con quién luchar. Acababa de dejar a sus espaldas a su tío Labán, de cuyo aprecio no gozaba y frente a él, se acercaba su hermano Esaú. La última vez que había estado cerca de su hermano, hacía unos 20 años, fue en su propia casa, cuando acababa de engañar a su padre Isaac haciéndose pasar por Esaú para obtener la bendición de la primogenitura, Y había tenido que huir a causa de las amenazas de su hermano. Así que en esta ocasión Jacob no estaba en una posición como para buscar otro adversario. En consecuencia aquel hombre tomó la iniciativa en la lucha, convirtiéndose en el agresor. Se trataba, como ya hemos opinado oportunamente, del ángel del Señor, es decir, de una aparición de Jesucristo en los tiempos del Antiguo Testamento, antes de su llegada a este mundo. Jacob había ofrecido una tenaz resistencia en aquel combate, hasta que el toque de Dios le paralizó, Reconociendo, al fin, a su contrincante, Jacob se aferró a Él hasta que le bendijo. A partir de aquel encuentro, comenzaremos a ver un cambio en su vida y al seguir en este capítulo 33 el desarrollo de su vida, nos parecerá que estamos frente a un hombre nuevo. Es que, en realidad, era un hombre nuevo.

Comencemos, pues, nuestra lectura del capítulo 33. El primer párrafo nos relata el momento en que

Jacob se encontró con Esaú

Leamos los versículos 1 al 3:

"Y alzando Jacob los ojos miró, y he aquí, Esaú venía y cuatrocientos hombres con él. Entonces dividió a los niños entre Lea y Raquel y las dos siervas. Y puso a las siervas con sus hijos delante, y a Lea con sus hijos después, y a Raquel con José en último lugar; y él se les adelantó, y se inclinó hasta el suelo siete veces hasta que llegó cerca de su hermano."

Vemos que para proteger a su familia, les separó del resto del grupo, pues aun no estaba claro si su hermano se acercaba a él como amigo o enemigo. Este Jacob no rehuyó el encuentro y, aunque no estaba en la plenitud de su fuerza física, ya que cojeaba, se adelantó a todos ellos e inclinándose repetidas veces, llegó hasta donde Esaú se encontraba. La única explicación para su actitud valiente se encuentra en la fe controlando su conducta, fe nacida en su encuentro con Dios en Peniel. Leamos en los versículos 4 al 7, lo que sucedió a continuación:

"Entonces Esaú corrió a su encuentro y lo abrazó, y echándose sobre su cuello lo besó, y lloraron. Y alzó sus ojos y vio a las mujeres y a los niños, y dijo: ¿Quiénes son éstos que vienen contigo? Y él respondió: Son los hijos que Dios en su misericordia ha concedido a tu siervo. Entonces se acercaron las siervas con sus hijos, y se inclinaron. Lea también se acercó con sus hijos, y se inclinaron; y después José se acercó con Raquel, y se inclinaron."

El éxito del encuentro superó todas las expectativas de Jacob. Y no solo éste había cambiado. La última vez que habíamos visto a Esaú en nuestro relato, había jurado vengarse y matar a su hermano. Es evidente que, con el paso de los años él también había prosperado. Pero ello no explica realmente este nuevo sentimiento de afecto que ahora estaba expresando a Jacob. Solo Dios podía haber logrado un cambio tan profundo en el corazón de Esaú. Y ambos lloraron, porque sin duda tenían muchos motivos para hacerlo. Luego, Jacob le presentó a toda su familia, reconociendo que había sido una provisión de Dios.

A continuación tuvo lugar un diálogo interesante entre Esaú y Jacob. Leamos los versículos 8 al 11:

"Y dijo Esaú: ¿Qué te propones con toda esta muchedumbre que he encontrado? Y él respondió: Hallar gracia ante los ojos de mi señor. Pero Esaú dijo: Tengo bastante, hermano mío; sea tuyo lo que es tuyo. Mas Jacob respondió: No, te ruego que si ahora he hallado gracia ante tus ojos, tomes el presente de mi mano, porque veo tu rostro como uno ve el rostro de Dios, y favorablemente me has recibido. Acepta, te ruego, el presente que se te ha traído, pues Dios me ha favorecido, y porque yo tengo mucho. Y le insistió, y él lo aceptó."

La estrategia de Jacob había resultado innecesaria no solo por el cambio experimentado por Esaú sino porque él mismo reconoció su buena situación económica. Y así contemplamos esta escena increíble en otras épocas, en que cada uno de ellos trataba de obtener algo del otro. Este era especialmente el caso de Jacob, quien ahora revela su nuevo carácter rogándole a su hermano insistentemente que acepte sus regalos. Su gesto no es solo de cortesía sino de alegría por la acogida dispensada por su hermano, a la vez que expresa su reconocimiento por todo lo que Dios le ha dado. El desprenderse de aquellos bienes materiales no significaba nada para Jacob, en comparación con la bendición que acababa de recibir en su encuentro con Dios.

Esto nos recuerda el caso de Zaqueo, en el Nuevo Testamento que había sido una persona muy apegada a los bienes materiales. Cuando el Señor le llamó para que descendiese del árbol al que se había subido para poder verle, y entró con él en su casa, a Zaqueo ya le había sucedido algo y ya no era el mismo que había subido al árbol. Le dijo al Señor que ya no trabajaría más como recaudador de impuestos, ocupación que había desempeñado deshonestamente al cobrar excesivamente, robando así a la gente. Quiso no solo devolver lo cobrado indebidamente sino restituirlo cuadruplicado, además de ofrecer a los pobres la mitad de sus bienes. Un tremendo cambio había tenido lugar en su encuentro con Jesús.

Volviendo a nuestro relato, diremos que resultó ciertamente notable la transformación experimentada por Jacob, el mismo a quien recordamos, al principio de su historia, negociando y tratando de obtener de su hermano Esaú el derecho a la primogenitura, a cambio de un guiso de lentejas. Ahora, en su nueva época, ofrecía a su hermano ganado lanar y vacuno, a cambio de nada. Esaú, finalmente, aceptó. En aquella tierra, rechazar un regalo que se ofrecía con insistencia, hubiera sido considerado como un insulto.

Continuemos el relato de este encuentro, leyendo los versículos 12 al 16:

"Entonces Esaú dijo: Pongámonos en marcha y vámonos; yo iré delante de ti. Pero él le dijo: Mi señor sabe que los niños son tiernos, y que debo cuidar de las ovejas y las vacas que están criando. Si los apuramos mucho, en un solo día todos los rebaños morirán. Adelántese ahora mi señor a su siervo; y yo avanzaré sin prisa, al paso del ganado que va delante de mí, y al paso de los niños, hasta que llegue a mi señor en Seir. Y Esaú dijo: Permíteme dejarte parte de la gente que está conmigo. Pero él dijo: ¿Para qué? Halle yo gracia ante los ojos de mi señor. Aquel mismo día regresó Esaú por su camino a Seir"

En aquellos tiempos, viajar sin protección podía resultar peligroso, ante la incertidumbre sobre cómo reaccionarían los habitantes de aquella región ante una caravana que incluía a tantas personas y ganado. Esaú se ofreció a acompañarle y protegerle en el viaje hasta su destino. Jacob no quiso incomodar a su hermano y quizás se dio cuenta de que, después de todo lo que Dios había hecho por él, no necesitaba otra protección que la de Dios mismo. Esaú entonces insistió en dejarle al menos un grupo de apoyo, pero Jacob, sintiéndose seguro, no lo consideró necesario. Después de todo, a quien había realmente temido era a Esaú y a su venganza. Ahora, como ese temor ya no existía, no consideró conveniente retener a Esaú y a sus acompañantes viajando con la lentitud propia de un grupo en el cual se encontraban niños y muchos animales.

Esaú regresó, pues, a su casa. Volveremos a encontrarle en ocasión de los funerales de Isaac, su padre, cuando estudiemos el capítulo 35. En aquella época, Esaú vivía en Seir, en la zona sur de Canaán, en el valle de Edóm. Después de la muerte de su padre se trasladó al Monte de Seir, que posteriormente Dios le entregó en posesión, como especifica el libro del Deuteronomio, capítulo 2:5.

Los versículos finales de este capítulo, nos cuentan que

Jacob viajó a Siquem

Leamos los versículos 17 al 20:

"Y Jacob siguió hasta Sucot, y se edificó una casa, e hizo cobertizos para su ganado; por eso al lugar se le puso el nombre de Sucot. Y Jacob llegó sin novedad a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán, cuando vino de Padán-aram, y acampó frente a la ciudad. Compró la parcela de campo donde había plantado su tienda de mano de los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas, y levantó allí un altar, y lo llamó: El-Elohe-Israel"

Resumamos los eventos más recientes en la vida de Jacob. Dios le había bendecido mientras trabajaba para Labán, a pesar del proceder engañoso de su tío. Después, Dios había intervenido ante Labán cuando perseguía a Jacob, para que no le causase daño y, además, había preparado el corazón de su hermano Esaú para que le recibiese amistosamente. Ahora, Jacob tenía paz en ambos frentes. Esaú no había querido, en un principio, recibir los regalos de su hermano porque él mismo vivía en la abundancia. Finalmente los había aceptado ante su insistencia, y por cortesía. Y ambos hermanos parecieron generosos y sinceros en su reconciliación. Considerando que Esaú era ya muy rico y, de todos modos, nunca había dado mayor valor al derecho de primogenitura, no hubo ninguna razón por la que no pudiera reconciliarse con su hermano gemelo.

Así que podemos afirmar que el sol había comenzado a brillar sobre la vida de Jacob. Labán había sido aplacado y con Esaú se había reconciliado. Y todo este proceso había estado controlado por Dios. Si Jacob hubiera sido abandonado a su propia codicia y astucia, habría encontrado la muerte de forma violenta. Antes de no mucho tiempo, Jacob iba a dirigir una mirada hacia atrás, a su propia vida y al hacerlo así, iba a comprobar que la mano de Dios había estado guiando los eventos de su vida, por lo cual le daría a Dios la gloria y la honra. Sin embargo, el mal que en ciertos momentos había sembrado, debía aun producir una cosecha abundante, con la aparición de resultados negativos, derivados de su comportamiento en el pasado. Para este hombre, se avecinaban problemas. Pero aun aprendería a apreciar más la gracia de Dios, que de modo soberano le guiaría a él y su familia.

Jacob construyó aquí un altar, tal como lo hacía su abuelo Abraham, que acostumbraba a construir altares dondequiera que llegaba. En este caso de Jacob, la hermosa característica de su actitud fue que identificase su nuevo nombre con el nombre de Dios. Le llamo "El-Elohe-Israel", que significa "Dios, el Dios de Israel". De esa manera reconocía que el Señor le había guiado a lo largo de todo el camino de regreso a la tierra. Esto indica el crecimiento real de un hombre que estaba apenas empezando a caminar con Dios. Este hombre se dirigía hacia Betel, pero aún no había llegado allí. Primeramente viajó a Sucot.

En este programa dedicado al capítulo 33 del libro del Génesis, hemos dirigido una mirada retrospectiva a la vida de Jacob, uno de los personajes más notables del Antiguo Testamento. En medio de sus incidencias y relaciones humanas, caracterizadas por la premeditación, el ejercicio de su ingenio frente al de los demás, la astucia y la ocultación, se destacan especialmente sus encuentros con Dios y su influencia en la formación de su carácter y personalidad.

A lo largo de nuestra vida tienen lugar numerosos encuentros que pueden llegar a alterar algunos hábitos y costumbres, o a producir, incluso, modificaciones parciales en nuestra conducta, por vernos obligados a adaptarnos a nuevas situaciones de convivencia, de ocupaciones profesionales o por tener que afrontar algún cambio de residencia. Además, el enfrentar experiencias como el sufrimiento, la cercanía de la muerte en nuestro ámbito íntimo y la sensibilidad ante las injusticias, contribuyen a atemperar y a controlar, en mayor o menor medida, las reacciones espontáneas de nuestro carácter. Pero ninguna experiencia meramente humana puede producir un cambio decisivo o trascendental en la vida de un ser humano, que pueda compararse a las grandes consecuencias de un encuentro con Dios.

La biografía de este personaje, Jacob, nos ha permitido comprobar la importancia capital de la acción de Dios en el transcurso de su vida. Y como hemos destacado oportunamente, tuvo que cosechar lo que había sembrado y enfrentarse con las consecuencias de sus errores. Pero también hemos visto que la influencia de la Palabra, la Presencia misma de Dios, y Su provisión abundante para él y su familia en tiempos de necesidad, fue limpiando los elementos negativos que estaban demás en la vida del patriarca y fue también reconstruyendo, restaurando las relaciones destruidas y sustituyendo las ambiciones humanas por otros afectos y por nuevos sentimientos de ilusión y esperanza. Y fue interesante ver como las facetas más características de su personalidad continuaron activas hasta una etapa avanzada de su vida.

Con todo, creo que Dios permitió que conociésemos su prolongada trayectoria vital para constatar cómo actúa el Señor con los caracteres más conflictivos y rebeldes, y cómo les utiliza para ser testigos ante el mundo, a pesar de sí mismos, logrando una progresiva transformación de un carácter centrado en las conveniencias materiales, el egoísmo y la ambición, permitiéndole alcanzar placer en el cumplimiento de la Voluntad de Dios y un aprecio por los valores espirituales.

Finalizamos nuestro programa de hoy, leyendo las antiguas y sabias palabras del libro de los Proverbios, que establecen un gran contraste, una gran diferencia entre la existencia humana de dos tipos opuestos de personas, cuyas vidas veremos retratadas en las páginas de las Sagradas Escrituras y, con frecuencia, reflejadas en la vida real, en nuestro tiempo y en nuestra sociedad. Dice el escritor del citado libro de los Proverbios, en el 4:19 y 18:

"El camino de los impíos es como las tinieblas, no saben en qué tropiezan. Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va aumentando en resplandor hasta que es pleno día."

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