Estudio bíblico de Romanos 7:11-25

Romanos 7:11-25

Continuamos hoy estudiando el capítulo 7 de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos. Y al final de nuestro programa anterior, vimos cual es la tragedia de cualquier persona que procure vivir según la ley. No conduce a la vida. Ahora, es verdad que Dios dijo en cuanto a la ley en Deuteronomio 8.1: "Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis". Pero, el guardar las ordenanzas y esos estatutos, resultó difícil. Ahora, la culpa no se encontraba en la ley. La culpa se encontraba en aquel que creía que la ley traería vida y poder. La ley no hizo ninguna de las dos cosas; sino que meramente reveló la debilidad, la incapacidad del hombre y el pecado de la humanidad. Por eso la ley tuvo un ministerio de condenación y muerte. Si hubiera habido una ley que produjera vida, Dios la habría comunicado. Evidentemente, la vida y el modo de vivir cristiano no provienen de la Ley. Y el apóstol escribió aquí en el versículo 11 de este capítulo 7 de Romanos:

"Porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó, y por él me mató".

En otras palabras, el pecado fue personificado una vez más y esta vez fue presentado como tentador. El pecado tienta a todo hombre que está fuera del Huerto de Edén en cuanto a sí mismo y a Dios. Satanás hizo creer al hombre en el Huerto de Edén que no se podía confiar en Dios y que al ser humano le era posible llegar a ser dios, aparte de Dios. El pecado hizo creer al hombre que podía guardar la ley y que no necesitaba a Dios. Ésta es la falsa senda que encontramos en el versículo 10 y que conduce a la muerte. Había sido ordenada para la vida, pero Pablo dijo que el había encontrado que le había conducido a la muerte. El pecado, al fin mataría; porque la ley trajo un conocimiento de pecado y el hombre quedaba, pues, sin excusa. La dificultad o el problema, repetimos, no radicaba en la ley, sino dentro del hombre. El problema es un problema humano. Y continuamos leyendo aquí en el versículo 12 de este capítulo 7 de la epístola a los Romanos:

"De manera que la Ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno".

Resulta que el hombre es la "x" en la ecuación de la vida. Él es la cantidad desconocida, el elemento incierto y en el cual no se puede confiar. En este versículo Pablo reiteró su tesis de que no hay defecto en la ley. Es santa porque expresa una parte de la voluntad de Dios. Es una revelación de Dios mismo. Los requisitos de la ley son justos, porque en su cumplimiento hay gran recompensa. Los requisitos son buenos en que no hay ninguna intención mala detrás de ellos. Pablo nunca desestimó la ley, sino que más bien la honró. Y continuó diciendo en el versículo 13:

"Entonces, ¿lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? ¡De ninguna manera! Más bien, el pecado, para mostrarse como pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que el pecado, por medio del mandamiento, llegara a ser extremadamente pecaminoso".

¿Es ésta una paradoja extraña? ¿Es acaso una perversión de algo bueno? El mandamiento fue totalmente incapaz de comunicar la vida. El hombre necesitó disponer del recurso de una ayuda desde afuera porque el mandamiento intensificó lo terrible que es el pecado. Y el versículo 14 nos dice:

"Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo en mi condición humana soy carnal, estoy vendido como esclavo al pecado".

Es aquí donde comenzó propiamente el testimonio de la lucha personal del apóstol Pablo. Observemos el uso de las palabras "nosotros" y "yo". La palabra "sabemos" indica que había un acuerdo general entre los creyentes en cuanto a este asunto. Ahora, la ley es espiritual en el sentido de que fue dada por el Espíritu Santo y es parte de la Palabra de Dios. En otras palabras, es una expresión de la Escritura. El mismo apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 10, versículo 4, la llamó la Roca Espiritual, porque fue producida por el Espíritu Santo. Israel en el desierto tuvo alimento espiritual y bebida espiritual en este sentido, es decir, que el Espíritu de Dios lo proveyó. El apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 10, versículos 3 y 4, dijo: "Y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía. Y la roca era Cristo". Ahora, las palabras "Yo soy carnal" en este versículo 14, es traducción de la palabra "sarkinos", que no se refiere a la carne en los huesos del cuerpo. Nuestro cuerpo es neutral y puede ser usado para lo que es o bueno o malo. La llamada "carnalidad" en la Biblia se refiere a la vieja mentalidad y naturaleza que contaminan al ser humano con el pecado.

Por ejemplo, contemple usted la cara de un bebé y luego contemple aquella misma cara unos cincuenta años después. El pecado ha escrito sus líneas indelebles aún sobre la superficie de aquel cuerpo. La carne es inerte, y no tiene ninguna capacidad o posibilidades hacia Dios. Está dominada por una naturaleza pecaminosa, las ramificaciones de la cual penetran en los rincones más profundos del cuerpo y de la mente. El lóbulo frontal del cerebro llega a ser meramente un instrumento para concebir maldad. Las neuronas motores están listas para orientar la acción del cuerpo hacia excesos de maldad. Y Pablo describe su lastimosa condición como la de un esclavo vendido y a merced de un maligno capataz. Leamos ahora el versículo 15, en un párrafo que podríamos titular

La lucha de un alma salvada

"Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago".

Aquí tenemos el conflicto de las dos naturalezas, la vieja naturaleza y la nueva. En esta sección, el apóstol Pablo se refiere a las dos naturalezas cuando hace uso del pronombre personal "yo", la naturaleza vieja y la naturaleza nueva. El primer "yo" se refiere a la naturaleza vieja que procura hacer valer sus derechos. Pablo estaba tan dominado por la naturaleza vieja que el pecado le impulsaba cual esclavo a hacer lo que no sabía ni reconocía. "Lo que yo quiero" es lo que la nueva naturaleza quería hacer, pero la vieja naturaleza se rebelaba. "Lo que detesto" (es decir, lo que la nueva naturaleza detestaba) eso mismo acababa haciendo bajo el impulso de la vieja naturaleza.

Este conflicto continúa a través de todo este capítulo. El cuerpo, la mente y el espíritu del creyente llegan a ser un campo de batalla donde la naturaleza nueva por su propia fuerza trata de vencer el pecado. ¿Conoce usted, estimado oyente, algo de esa lucha? ¿Ha tenido usted alguna vez, la experiencia de hacer algo malo, y después, aborreciéndose por haberlo hecho, por fin clama a Dios y le dice: Ay Señor, ¡Cómo te he fallado!? Creemos que todo creyente ha tenido repetidas experiencias como ésa. En esta sección el apóstol Pablo estaba hablando de su propia experiencia. En nuestro programa anterior destacamos que, aparentemente, hubo tres períodos en la vida del apóstol Pablo: Primero, hubo un tiempo cuando él era un fariseo orgulloso, independiente y satisfecho de sí mismo. Se describió en este período como irreprensible. Pablo guardaba la ley escrupulosamente, observando todas las ceremonias que él pensó que le mantenían en una buena relación con Dios. El Segundo período comenzó en el camino a Damasco, cuando llegó a conocer a Cristo como su Salvador personal. Entonces empezó la lucha. Trató de vivir la vida cristiana por sus propias fuerzas, pero fracasó miserablemente. Libró una batalla violenta, pero sufrió un gran fracaso. Luego, descubrió que no había ningún bien en su vieja naturaleza humana y que tampoco había poder alguno en su nueva naturaleza. El Tercer período, comenzó con el capítulo 8, cuando salió a la luz de una victoria completa. Pero Pablo no ganó esa victoria. Cristo la ganó y Pablo aprendió que el secreto del triunfo estaba en entregarse a Dios, en presentarse ante Él, permitiendo que Espíritu Santo produjese en él ese fruto de la vida cristiana. Y continuó diciendo aquí en el versículo 16 de este capítulo 7 de la epístola a los Romanos:

"Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la Ley es buena".

Cuando la naturaleza vieja quebrantó el mandamiento, en este caso se trataba de la codicia, entonces la naturaleza nueva estuvo de acuerdo con la ley de que la codicia era mala. Pablo no estaba luchando contra la ley porque la hubiera violado. Estaba de acuerdo, como creyente, en que la ley era buena. Ahora el versículo 17 dice:

"De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que está en mí".

Pablo se dio cuenta de que era la naturaleza vieja o el pecado que moraba en él. En la Primera Epístola del apóstol Juan, capítulo 3, versículo 9, leemos: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios". Un cristiano puede cometer pecado, pero siempre lo aborrecerá. Se repudiará a sí mismo debido al pecado en su vida. Ahora, en el versículo 18 de este capítulo 7 de la epístola a los Romanos, leemos:

"Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, en mi débil condición humana, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo".

Pablo aprendió dos cosas en esta lucha. La primera fue que no había ningún bien en él. ¿Ha llegado usted a esa conclusión? Muchos cristianos creen que en su condición humana pueden hacer algo que agrade a Dios. Están tan ocupados como las abejas, pero no producen miel. Están ocupados y creen que agradan a Dios, pero no tienen ninguna relación vital con la persona de Cristo. La vida de Cristo no se vive en ellos, no se ve en ellos. Tratan de hacer todo con sus propias fuerzas por medio de la carne. Como resultado, caen en un mero activismo que no produce un fruto espiritual. No han aprendido, como Pablo aprendió que en su débil condición humana no habitaba el bien.

Permítame hablarle de una manera personal, estimado oyente. Cualquier cosa que yo haga en la carne, es decir, con mis propias fuerzas, Dios aborrece, Dios no la acepta. Si proviene de ese esfuerzo humano únicamente, no es buena. Es una gran lección y Pablo la aprendió. Recordemos las palabras del Señor Jesucristo en el evangelio según San Juan, capítulo 3, versículo 6, cuando dijo: "Lo que nace de la carne, carne es..". Y eso es todo lo que será. No puede ser otra cosa. Luego en la primera carta del apóstol Juan, capítulo 3, versículo 9, leemos: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado". Cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador, recibimos una nueva naturaleza. Cuando yo peco, estimado oyente, es la naturaleza vieja, la que actúa. Esa naturaleza nueva no comete pecado, sino que lo aborrece. Y entonces, esa parte interior de nuestra nueva naturaleza nos hace sentir pesar y tristeza por lo que hemos hecho.

El apóstol Pablo, como fariseo orgulloso, podía jactarse de que tenía muchas cosas en las cuales gloriarse. Y cuando escribió su carta a los Filipenses, capítulo 3, versículos 4 al 6, les dijo: "Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible". Dios le hizo ver que estaba perdido, todo era pérdida, no había ni una cosa buena. Este versículo fue la respuesta del apóstol Pablo a quienes esperan exprimir algunas gotas de bondad del hombre natural.

Pablo no sólo descubrió que no había ningún bien en la naturaleza vieja, sino también descubrió una segunda lección: que tampoco había poder alguno en la nueva naturaleza. La nueva naturaleza quiere servir a Dios, pero la débil condición humana del hombre, es decir, su vieja naturaleza carnal, se caracteriza por su enemistad contra Dios y no está sujeta a la ley de Dios, como veremos en Romanos 8:7. Y la nueva naturaleza, como hemos dicho, no tiene poder en sí misma. Por ello, hay muchos cristianos en un estado de frustración, porque no han podido materializar sus buenos propósitos de servir a Dios, no han podido cumplir sus promesas, y han sido derrotados en las batallas espirituales.

No podemos ni siquiera hacer el bien que deseamos hacer. Lo único bueno de lo cual la religión se jacta es meramente una creencia en algo que se desea. Muchas buenas resoluciones se hacen hoy en día con buena voluntad, pero ésta es una voluntad realmente humana, que no tiene nada de espiritual, porque muchas veces es el producto del carácter emprendedor de muchos creyentes, de su entusiasmo natural y de su actitud positiva frente a la vida en general. Pero el transcurso del tiempo las dificultades, el cansancio o el desánimo hacen sentir su efecto y sobreviene el fracaso. Bien, leamos ahora el versículo 19 de este capítulo 7 de la epístola a los Romanos:

"No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago".

Estimado oyente, ¿ha experimentado usted lo que se describe en este versículo? Es una descripción de un cristiano anormal o deficiente. Este versículo no sirve para describir más tarde la vida del apóstol Pablo como misionero. Este pasaje es acerca de un hombre que todavía lucha en su propia fuerza para producir una vida que agrade a Dios. Su naturaleza nueva se retira. Su vida es una vida de derrota. Al parecer, no hubo gozo en la vida del apóstol Pablo inmediatamente después de la experiencia en el camino a Damasco, donde estuvo tres días sin ver y no comió ni bebió, como leemos en el libro de los Hechos de los apóstoles, capítulo 9, versículo 9. Ahora, este versículo 19, aquí en el capítulo 7 de la epístola a los Romanos, revela el contraste y el conflicto entre las dos naturalezas del creyente. Todo creyente tiene que inclinar la cabeza en vergüenza y disgusto, al ver una descripción de sí mismo en el pasado. Y leemos ahora, en el versículo 20:

"Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que está en mí".

El apóstol Pablo nos da la descripción gráfica de un villano que había entrado por la fuerza en la casa de Pablo y lo tenía cautivo. Este extraño era el pecado y era quien mandaba. Pablo vio que su naturaleza nueva no se comprometía, es decir, no hacía arreglos con el pecado. Ésta no fue una excusa que Pablo ofreció aquí, porque su vieja naturaleza era la responsable y la que respondía al pecado. Ahora en el versículo 21 leemos:

"Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí".

"La ley" que se menciona en este versículo no se refiere a la ley mosaica como generalmente lo hace. Se trata de un principio, una regla de vida que había sido extraída de la experiencia de Pablo e incluía la ley mosaica. Estimado oyente. En cualquier tiempo en que usted haga bien y trate de servir a Dios en el espíritu, su vieja naturaleza estará allí para tratar de causar maldad. Quizás un pensamiento malo entrará a su mente. Todo hijo de Dios, no importa su condición o su nivel de vida espiritual, tiene que admitir que en todo acto y en todo momento la maldad está presente en él. El no reconocer esta realidad, eventualmente conducirá a la ruina en la vida cristiana. Escuchemos ahora al apóstol Pablo aquí en el versículo 22 de este capítulo 7 de la epístola a los Romanos:

"Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios"

Ahora, "la ley de Dios" aquí en este versículo, definitivamente se refiere a la ley mosaica. "El hombre interior" está aquí en contraste con el hombre exterior, y se refiere a la nueva naturaleza. Ahora, el versículo 23, dice:

"pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros".

Godet señaló el hecho de que hay cuatro leyes que se mencionan en este versículo y en el que lo precede. Tres se encuentran en este versículo. Dos son objetivas o sea que operan fuera del creyente, y son las siguientes:

Primero, La ley de Dios, que vimos en el versículo 22. Ahora, La ley de Dios es el código de Moisés.

Segundo, La ley del pecado, que estamos viendo aquí en el versículo 23. La ley del pecado es la naturaleza pecaminosa inherente.

Luego tenemos dos que son subjetivas, es decir, que operan en la vida del creyente, y son las siguientes:

Primero, La ley de la mente, en este versículo 23. La ley de la mente es el sentido moral del hombre natural.

Y en segundo lugar, La ley de los miembros, también en este versículo 23. Y la ley de los miembros es la manera en que los miembros funcionan y se apegan a nuestra vida material.

Ahora, no hay ninguna habilidad dentro del hombre para escapar a la cautividad de la ley del pecado. Los refuerzos, entonces, tienen que venir desde afuera.

Uno no se libra de su vieja naturaleza cuando es salvado, y sin embargo, tampoco hay ningún poder en la nueva naturaleza. Esto hace que el hijo de Dios, que es honesto, exclame lo que leemos: en el versículo 24:

"¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"

No fue un no creyente, alguien no salvado el que pronunció esta exclamación. Ésta fue la experiencia de Pablo como creyente. La palabra "miserable" expresó una nota de agotamiento a causa de la lucha. Había luchado y como Jacob, en el Antiguo Testamento, quedó afectado. Y estaba buscando ayuda que le viniese desde fuera.

Ahora, "este cuerpo de muerte" que él mencionó aquí en este versículo 24, era una descripción de la costumbre romana de encadenar el asesinado al asesino. Tenía que llevar consigo el cuerpo en estado de putrefacción como una pena. Qué descripción horrorosa de este cuerpo en que vivimos. Ahora, recuerde que Pablo dijo aquí que él era miserable, pero no dijo que era culpable. O sea, que no estaba buscando una remisión de pecados, sino cómo ser liberado de la servidumbre a la naturaleza pecaminosa. Y concluyó este capítulo 7, diciendo aquí en el versículo 25:

"¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro! Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne, a la ley del pecado".

El tratar de guardar la ley, viviendo según ella, estimado oyente, conduce sólo al pecado y la muerte. No habrá ningún fruto en su vida. El versículo 25 es la respuesta a la llamada de socorro del versículo 24. Dios ha provisto la liberación. Y esto señala el camino al capítulo 8 de esta epístola a los Romanos, donde la liberación se presenta con todos sus detalles. La liberación viene mediante nuestro Señor Jesucristo. La salvación viene por medio de Él, y también el proceso de la santificación. Cristo ha provisto todo lo que necesitamos.

El apóstol Pablo concluyó este capítulo resumiendo el conflicto que comenzó a describir en el versículo 7. Y aquí tiene usted el gran principio. Hay dos naturalezas en cada creyente. En su naturaleza vieja, es decir, en su débil condición humana, sólo puede servir a la ley del pecado. En su naturaleza nueva, el apóstol entendía que debía someterse a la ley de Dios. Ahora, una sola predominará en la vida del creyente. Estimado oyente, le invitamos a confiar en Cristo como su Salvador y a iniciar una vida de victoria, no en sus propias fuerzas sino por el poder del Espíritu de Dios.

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