Estudio bíblico de Romanos 12:21-13:10

Romanos 12:21 - 13:10

Continuamos nuestro estudio de este capítulo 12 de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos. Y en nuestro programa anterior estábamos considerando los versículos 19 y 20, comentando que allá se encontraba una de las normas más importantes de la Palabra de Dios. Sin embargo, es una de las actitudes más difíciles de llevar a la práctica para el hijo de Dios. Cuando alguien nos golpea en una mejilla, es muy difícil presentar la otra. Usted y yo sabemos que es muy difícil no devolver el golpe, o contestar agresivamente cuando nos ofenden. Pero en el instante en que usted y yo tomamos el asunto en nuestras propias manos, y tratamos de solucionarlo nosotros mismos, en especial cuando alguien nos ha perjudicado y nosotros, como respuesta, reaccionamos duramente, estamos intentando apartar el problema del control de Dios y no estamos ya viviendo por fe. Dios quiere que le dejemos el problema de la ofensa recibida en Sus manos, porque Él actuará con justicia. Si es necesario que el ofensor, es decir, la persona que nos ha perjudicado, reciba su merecido, entonces, el Señor se encargará de ello. Ahora, al hablar así de esto, me doy cuenta que es una de las cosas más difíciles de llevar a la práctica en mi propia vida. Pero, en una o dos oportunidades, he entregado las cosas en las manos del Señor y me ha sorprendido la manera en que Él toma cartas en el asunto. Dios lo puede hacer mucho mejor que yo. Debemos entregar todo el problema en las manos del Señor, confiando en que Dios hará lo que es justo y deseando que Él haga Su voluntad, frente a lo que nosotros impulsivamente deseemos hacer. Es más, debemos orar pidiendo la restauración y bendición por aquél que nos ha hecho daño. Sólo así, como dice el apóstol, "amontonaremos fuego" sobre la cabeza de quien nos ha ofendido. Ésta es una forma de expresar la esperanza de que nuestra bondad estimule la vergüenza y el arrepentimiento de nuestro enemigo.

Bien, llegamos ahora al versículo 21, versículo final de este capítulo 12 de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, y que dice lo siguiente:

"No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal".

En otras palabras, el apóstol estaba diciendo: "Termina de una vez de ser vencido por el mal. Vence al mal por medio de la bondad". A medida que el creyente vive en este mundo perverso con su satánico sistema, descubre que no puede luchar contra él. Si usted intenta luchar contra este sistema satánico, estimado oyente, va a recibir muchos golpes. Usted no puede usar las mismas tácticas del mundo, de odio y venganza. Si lo hace, puede estar seguro de su derrota. Dios ha dado al creyente lo bueno, es decir, el Espíritu Santo. El creyente tiene que vivir controlado por el Espíritu. El mismo apóstol Pablo nos dijo en su carta a los Gálatas, capítulo 5, versículo 16: "Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la naturaleza humana". "Si ahora vivimos en el Espíritu", dijo Pablo, "dejemos también que el Espíritu nos guíe".

Y en esta epístola del apóstol Pablo a los Romanos, llegamos ahora a

Romanos 13:1-10

El tema general es las relaciones con el gobierno, y las relaciones con los vecinos. Continuamos aquí hablando sobre el servicio de los hijos de Dios. Veremos más adelante que el creyente es un ciudadano del cielo, pero que también es un ciudadano de este mundo, lo cual le da una responsabilidad doble. Si hubiera algún conflicto entre ambas esferas, nuestra primera responsabilidad es para con el Señor en los cielos.

El Señor Jesús estableció este principio con toda claridad. Si usted recuerda, un día le preguntaron si era lícito pagar un tributo al Cesar. Entonces, Jesús les pidió una moneda. Ahora, ¿Sabe por qué lo hizo? Creemos que por dos razones. Él quiso responderles usando algo que ellos tenían. Y en segundo lugar, no creemos que Él tuviera una moneda en su bolsillo ese día. Él no tenía mucho cuando se encontraba aquí en este mundo. Según leemos en el capítulo 22 del evangelio según San Mateo, versículos 15 al 22, cuando le mostraron la moneda, el Señor preguntó: "¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios".

Ahora, los gobiernos son ordenados por Dios. Él les dio cierta autoridad, y en el mismo comienzo del gobierno humano Dios dijo, como lo leemos allá en Génesis capítulo 9, versículo 6: "El que derrame la sangre de un hombre, por otro hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre".

Dios tiene en alta estima a la vida humana, que es preciosa a los ojos de Dios. Nosotros no tenemos ningún derecho de quitar la vida. Ahora, si alguien hace eso, entonces se expone a perder la suya propia.

Es evidente que los creyentes tienen una responsabilidad hacia nuestros gobiernos. Así resulta que tenemos las palabras del apóstol Pablo, que él dijo al joven Timoteo, en su primera carta, capítulo 2, versículos 1 al 3, donde expresó lo siguiente: "Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que tienen autoridad, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador". Por cierto, el orar por las autoridades es una responsabilidad de todos los creyentes.

El deber del creyente como ciudadano del cielo es espiritual. Y el deber del creyente como ciudadano de un gobierno terrenal es secular. Necesitamos mantener esas dos funciones separadas, pues son dos funciones diferentes. Y si las combinamos, fracasamos en mantener la Iglesia y el Estado como entidades separadas y distintas.

Los judíos en los días del apóstol Pablo eran reacios a inclinarse ante el orgulloso estado romano. Los judíos habían producido muchos disturbios en la ciudad de Roma, y como resultado de ello, el emperador Claudio los desterró en una ocasión. Los orgullosos fariseos rechazaban a las autoridades romanas en Palestina, con el deseo de restaurar el gobierno a la nación de Israel. Ellos fueron los que provocaron el encuentro con Jesús en el asunto de si era lícito pagar tributo a César, o no. De aquí podemos deducir que ellos estaban tratando de comenzar una revolución. Es bueno también recordar que las autoridades en los días del apóstol Pablo eran malvadas y asesinas. Nerón se encontraba en el trono de Roma. Allí estaban Herodes y Pilato con sus actos crueles y trágicos. Sin embargo, el apóstol Pablo dijo que los creyentes debían obedecer a las autoridades. Escuchemos ahora lo que dijo el apóstol Pablo en el primer versículo de este capítulo 13, en relación con el tema de

Las relaciones con el gobierno

"Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas".

Usted y yo, estimado oyente, debemos obedecer las leyes de nuestro país sometiéndonos a las autoridades por la sencilla razón de que éstas han sido establecidas por Dios. Es cierto que los poderes malignos de este mundo se encuentran bajo la influencia de Satanás, y que la corrupción se ha generalizado entre muchos que ejercen el poder. Sin embargo, en última instancia, Dios ejerce el control. La historia da la impresión de ser un relato monótono de cómo los gobiernos prosperan rápidamente por un tiempo con pompa y orgullo, y después se van derrumbando hasta su ruina total. ¿Por qué? Porque la corrupción y la ilegalidad se desarrollan cada vez más y conducen a un desenlace inexorable, permitido por Dios. Él aún tiene autoridad sobre la tierra que Él creó. No ha abdicado de Su trono.

Usted recordará que cuando murió el rey Uzías de Judá, el profeta Isaías estaba muy preocupado y desanimado. Uzías había sido un buen rey pero el profeta Isaías estaba desilusionado y desanimado; creyó que el gobierno se desintegraría. Entonces, se fue al templo, que era un buen lugar donde ir en una época como aquella, y al entrar en la presencia de Dios, vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime. En otras palabras, estimado oyente, Dios no había abdicado. El rey Uzías había muerto, pero Dios no. Dios ocupaba todavía el trono. Y la lealtad del creyente es hacia ese trono, y su relación a los gobiernos de esta tierra, es una de sumisión. Veamos ahora el versículo 2 de este capítulo 13 de la epístola de Pablo a los Romanos:

"De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos".

La norma presentada en el versículo 1 puede ocasionar muchas preguntas, que son contestadas y ampliadas en los siguientes versículos. Este versículo 2 entonces parece excluir toda posibilidad para que un creyente tome parte en una rebelión o revolución. No estamos seguros de tener una solución, pero intentaremos aproximarnos al problema. El creyente se ha opuesto a los gobiernos malos y ha apoyado los gobiernos buenos, basado en la teoría de que los últimos son establecidos por Dios. El creyente es partidario de la ley y el orden, y se opone a la ilegalidad y desobediencia civil. Es partidario de la honradez y la justicia, y está en oposición a la corrupción y la injusticia. En los grandes momentos de crisis en la historia, como los que vivimos en la actualidad, el creyente se enfrenta con decisiones muy difíciles ante él.

En estos últimos días, la ilegalidad está en su apogeo en muchos lugares. El creyente tiene que oponerse a esas situaciones, y no debiera participar en ellas, aun cuando se produzcan en su propio gobierno. Tenemos que tener cuidado con aquellos que están dispuestos a cambiar el gobierno por medios no democráticos, con el pretexto de mejorarlo. Usted recordará que Juan el bautista fue decapitado por Herodes, Jesucristo fue crucificado bajo Poncio Pilato; Santiago, el hermano de Juan, fue muerto bajo la espada de Herodes; y Pablo fue muerto bajo el poder de Nerón. Y teniendo en cuenta esos trágicos acontecimientos, Pablo nos dijo aquí: "De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos".

De modo que el cristianismo nunca llegó a ser un movimiento para mejorar el gobierno o la sociedad. El evangelio es el poder de Dios para la salvación del individuo. Y Pablo nunca anduvo predicando o hablando sobre las malas condiciones en que se encontraban las cárceles romanas. Y no fue por falta de conocimiento, porque casi en cada una de las ciudades que le tocó visitar, fue a parar a la cárcel. De modo que él tenía un buen conocimiento de aquellas cárceles y prisiones.

Al visitar una de esas cárceles en Roma, uno siente claustrofobia. Allí lo detuvieron, en lugares tan húmedos y fríos, que el tuvo que escribir al joven Timoteo, por ejemplo, que le trajera una capa con la que pudiera abrigarse.

Es muy difícil poder decir hoy que hay que obedecer a un gobierno corrupto. Podemos apreciar fácilmente la corrupción que se ve en la actualidad en muchas esferas de la administración, no importando qué partido esté gobernando, y situaciones injustas como, por ejemplo, que algunas personas ricas e influyentes se evaden del pago de impuestos, mientras que los jubilados tienen que cumplir con tales obligaciones a pesar de sus limitados ingresos. ¿Y qué diremos del lugar que se otorga en los presupuestos a los gastos para la atención médica, y para la ayuda social en general? La desigualdad social en muchos países, especialmente en las grandes ciudades, es cada vez más evidente en el marcado contraste que se observa en la suntuosidad de muchas viviendas y el hacinamiento de las zonas de miseria en las que viven las personas de escasos recursos. ¿Qué es lo que anda mal? Sinceramente podemos decir que es la maldad del corazón mismo del ser humano, caracterizado por un egoísmo natural. ¿Qué es entonces lo que debemos hacer nosotros?

En primer lugar, mi responsabilidad es la predicación de la Palabra de Dios y obedecer la ley. Y pienso que eso es lo que Pablo nos estaba diciendo en este pasaje. Debemos reiterar que el cristianismo no es un movimiento que pretende cambiar las apariencias o las circunstancias temporales en los círculos del poder o en la sociedad. Nuestra obligación, estimado oyente, es la de predicar que el evangelio es el poder de Dios para salvación, y por medio de él tendremos a personas que serán dignas de ocupar altos cargos, formar parte dignamente de un gobierno legítimo y, como cristianos auténticos, es decir, como personas transformadas, podrán promover la aplicación de los elevados valores de la ética cristiana en la vida y los derechos de los ciudadanos. ¿Qué es lo que funciona mal? No se trata de un gobierno concreto, sino en los individuos que ejercen el poder con las limitaciones de su propia naturaleza humana, que no ha sido expuesta al poder trasformador de Dios. Veamos ahora lo que nos dijo el apóstol Pablo aquí en los versículos 3 y 4, de este capítulo 13 de su epístola a los Romanos:

"Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y serás alabado por ella, porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para hacer justicia y para castigar al que hace lo malo".

La cuestión es que el gobierno existe para mantener la ley y el orden. Y cuando no lo logra, ha fracasado y creemos que el creyente tiene que oponerse a esa ruptura de la legalidad. Se nos dice aquí que debemos respetar a los magistrados cuando están aplicando la ley. Escuche ahora lo que nos dice aquí el versículo 5:

"Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia"

Tenemos que tener cuidado no sólo porque seremos juzgados y debemos pagar la multa correspondiente, sino por causa de nuestra propia conciencia. Continuemos ahora con el versículo 6:

"Pues por esto pagáis también los tributos, porque las autoridades están al servicio de Dios, dedicadas continuamente a este oficio".

Ahora, aunque no nos guste la forma en que se esté usando el dinero de los impuestos, debemos asumir la responsabilidad del pago de los mismos. Aquí se considera a las autoridades como servidores, que es la misma palabra de la que se deriva el término "liturgia", que tiene una connotación estrictamente religiosa. Y esto quiere decir que el que gobierna ocupa un cargo que ha sido designado divinamente. Por supuesto no es religioso y no tiene ninguna función religiosa que cumplir, ni tampoco tiene por qué ser una persona religiosa. Pero está ocupando un cargo designado por Dios. Y eso nos obliga a cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas. Veamos entonces cuál es la posición que debe tomar el hijo de Dios. Lo dice aquí el versículo 7; leamos:

"Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra".

Aunque ellos no sean dignos de estar en esa posición de honor, pero tenemos que respetar el cargo que ocupan, y la autoridad que ejercen. Un cristiano debiera ser el mejor ciudadano, aunque su ciudadanía espiritual esté en el cielo.

Entramos ahora a otra sección. Esta sección comprende los versículos 8 hasta el 14. Leamos, pues, el versículo 8, que inicia este párrafo titulado

Las relaciones con los vecinos

"No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido la Ley"

Aquí vemos que el apóstol Pablo les dice a los creyentes que no deban nada a nadie absolutamente. Pablo añade que el creyente siempre tiene una deuda de amor para con su prójimo, es decir, con todas aquellas personas con las que está en contacto. Recuerde, él ya dijo que teníamos que vivir en paz con todos los hombres. Aquí tenemos, pues, recomendaciones muy prácticas. Leamos ahora el versículo 9 de este capítulo 13 de la carta de Pablo a los Romanos:

"Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

Alguien podría intentar justificar el adulterio presentándolo como una expresión de amor, en vez de cómo una mera relación sexual, cuando no es más que un acto de pecado ante los ojos de Dios. Y Dios no ha cambiado su forma de pensar al respecto. El amor concebido por Dios para el ser humano ser revela a sí mismo de una forma inequívoca y asume todas las implicaciones de una relación de amor. Se nos recuerda también la antigua amonestación "No matarás". Ahora, usted puede matar a una persona de muchas maneras, aun sin utilizar un arma, es decir, arruinando su reputación. También se incluye el mandamiento "No robarás". Si uno ama y respeta a su prójimo, no debe obtener nada de manera deshonesta. Finalmente se habla del no codiciar, la cual es una actitud muy generalizada en el día de hoy. El apóstol Pablo está diciendo que nuestro amor por el prójimo se revela en lo que hacemos, más que en lo que decimos. El apóstol no estaba colocando al cristiano nuevamente bajo el código de la antigua ley, sino que el amor se expresa en no cometer adulterio, en no atentar contra la vida de los demás, en no apropiarse de los bienes ajenos, y en no codiciar. Uno puede hablar del amor tanto como quiera, pero si comete tales actos contra otra persona, demuestra no amarla ni respetarla en absoluto. Y llegamos ahora, al versículo 10 de este capítulo 13 de la epístola de Pablo a los Romanos:

"El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor".

Es decir, que cuando amamos a los demás, respetando la dignidad y los derechos de cada uno, y evitando causarles daño, estamos cumpliendo la totalidad de la ley. Esto nos recuerda aquella ocasión en que un intérprete de la ley se acercó al Señor y le preguntó cuál era el mandamiento más importante de la ley. En Mateo 22:37 encontramos la respuesta del Señor: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38Este es el primero y grande mandamiento. 39Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

Pero, estimado oyente, al finalizar hoy debemos destacar que sólo una persona transformada por el poder de Dios, una persona renacida espiritualmente, es decir, que ha creído en el Señor Jesucristo como su Salvador, puede expresar ese amor que vence todas las pasiones e inclinaciones de la naturaleza humana. Sólo ese amor de Dios derramado en el ser humano por el Espíritu Santo, puede lograr esas actitudes de amor y afecto sincero hacia las demás personas. Sólo una persona redimida por la obra de Cristo y que, en consecuencia, tiene la vida eterna, puede proyectar los valores eternos de Dios sobre su propia vida, y hacia los demás.

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