Estudio bíblico de Génesis 37:1-19

Génesis 37:1-20

Al reanudar la historia de la línea de descendencia de Abraham, Isaac y Jacob, llegamos en el relato a la cuarta personalidad destacada de esta última parte del libro del Génesis. De aquí en adelante y hasta el final del libro, José será la figura central, aunque aún estamos considerando el Tema de la familia de Jacob. Se dedican más capítulos a José que a Abraham o Isaac o a cualquier otro personaje. Y se ocupan más capítulos con José que con la totalidad del extenso período relatado entre los capítulos 1 y el 11. El hecho de que se le dé a este personaje tanta importancia en las Sagradas Escrituras, debiera hacernos reflexionar.

Hay probablemente varias razones para ello. Una primera razón es que la vida de José fue buena, honorable y un ejemplo viviente de las palabras que escribió el apóstol Pablo a los Filipenses, capítulo 4:8;

"Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad."

Dios quiere que nuestra mente, nuestros pensamientos, se dirijan a todo lo que sea bueno, honesto e importante. Y la vida de José reflejó esas virtudes.

También hay un segundo y destacado motivo. No hay otro personaje en la Biblia que, en su persona y experiencias se parezca más a Jesucristo, que José. Sin embargo, en ninguna parte del Nuevo Testamento se presenta a José como un tipo de Cristo. No obstante, el paralelismo entre ambos no puede ser casual y al ir desarrollando esta historia mencionaremos muchas similitudes que lo refuerzan.

Es así que reanudamos la historia de la línea de descendencia de Jacob, que es la que conduce al Mesías, a Cristo. Jacob estaba viviendo en Canaán, y es allí donde comenzó la historia de José. Leeremos los versículos 1 al 4, que nos llevan a ver en

La familia de Jacob: una causa de disensión

"Y Jacob habitó en la tierra donde había peregrinado su padre, en la tierra de Canaán. Esta es la historia de las generaciones de Jacob: José, cuando tenía diecisiete años, apacentaba el rebaño con sus hermanos; el joven estaba con los hijos de Bilha y con los hijos de Zilpa, mujeres de su padre. Y José trajo a su padre malos informes sobre ellos. Y amaba Israel a José más que a todos sus hijos, porque era para él el hijo de su vejez; y le hizo una túnica de muchos colores. Y vieron sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos; por eso lo odiaban y no podían hablarle amistosamente."

Aparentemente, Jacob se había trasladado al sur de Belén y había llegado a Hebrón, donde Abraham había instalado su casa. Recordamos aquel sitio como el lugar de la adoración y de la comunión con Dios.

Con la excepción de José y Benjamín, los otros hijos de Jacob eran jóvenes problemáticos, a quienes llevó bastante tiempo aprender las lecciones que Dios se propuso enseñarles.

Observemos cómo el énfasis se desplaza de Jacob a José. Cuando este incidente tuvo lugar, José tenía apenas 17 años de edad; era solo un adolescente, el más joven de los muchachos que se encontraban en el campo apacentando los rebaños, porque Benjamín era demasiado joven y aun se quedaba en casa. Como vemos, José no habló bien de los otros y, por supuesto, a aquellos no les gustó el detalle y seguramente le consideraron un chismoso.

Jacob debería haber aprendido la lección de su propio hogar. Sabía que el hacer favoritismo traería conflictos en la familia. Su propio padre había favorecido a su hermano mayor, Esaú, y Jacob sabía bien lo que era sentirse discriminado. Sin embargo aquí él estaba cometiendo precisamente el mismo error. Podemos comprender sus sentimientos, recordando que José era hijo de Raquel, la esposa a quien realmente amó, y con quien vivió las experiencias más bellas de su vida. Además, José era un buen chico y Jacob le quería muchísimo. Con todo, y siendo todo esto cierto, su actitud era injustificable. No debería haber tenido tantas atenciones con él como, por ejemplo, haberle hecho aquella túnica de colores.

Otra posible traducción para aquella prenda de vestir podría ser "túnica larga" o "túnica con mangas largas". La túnica normal de aquel tiempo era de una pieza larga de tela, con un agujero en el centro para pasar la cabeza. La mitad de la tela caía por delante del cuerpo y la otra mitad, por detrás. Se ataba o ajustaba alrededor de la cintura o bien se cosía la tela a los lados. Y eso era todo en una túnica corriente, que no tenía mangas. Por eso, preparar una túnica con mangas para alguien, era distinguirle ostensiblemente de todos los demás. Y lo mismo ocurría en el caso de una túnica de muchos colores.

Naturalmente, al ser el favorito de su padre, sus hermanos le odiaban y le hablaban de mala manera o no le saludaban. Y fue así como, también en esta familia, surgieron los conflictos. Cualquiera que sea el tipo de familia, el pecado la lleva a la ruina. Porque pecado echa a perder vidas y familias enteras, destruyéndolas. El pecado arruina a las comunidades y a las naciones. Y constituye el gran problema de nuestras ciudades y comunidades. Hay solamente una causa. Y es Dios quien la llama pecado.

Así que, en este caso José, es objeto de discriminación. Su padre le distinguió por amarle más que a sus hermanos. Y sus hermanos le discriminaron por el odio que sentían hacia él.

Y lo peor de todo fue que la situación se complicó porque, como veremos al leer los versículos 5 al 11,

Los sueños de José hicieron que sus hermanos le odiasen más

"Y José tuvo un sueño y cuando lo contó a sus hermanos, ellos lo odiaron aún más. Y él les dijo: Os ruego que escuchéis este sueño que he tenido. He aquí, estábamos atando gavillas en medio del campo, y he aquí que mi gavilla se levantó y se puso derecha, y entonces vuestras gavillas se ponían alrededor y se inclinaban hacia mi gavilla. Y sus hermanos le dijeron: ¿Acaso reinarás sobre nosotros? ¿O acaso te enseñorearás sobre nosotros? Y lo odiaron aún más por causa de sus sueños y de sus palabras. Tuvo aún otro sueño, y lo contó a sus hermanos, diciendo: He aquí, he tenido aún otro sueño; y he aquí, el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí. Y él lo contó a su padre y a sus hermanos; y su padre lo reprendió, y le dijo: ¿Qué es este sueño que has tenido? ¿Acaso yo, tu madre y tus hermanos vendremos a inclinarnos hasta el suelo ante ti? Y sus hermanos le tenían envidia, pero su padre reflexionaba sobre lo dicho."

¿Cómo podemos explicarnos aquí el comportamiento de José? ¿Por qué iba a su padre para contarle chismes sobre sus hermanos, sabiendo que así alimentaba su odio hacia él? Pienso que, en realidad, no sabía que en el mundo hubiese tanta maldad. No tenía ni idea de que sus hermanos fuesen tan malvados. Mi opinión es que en esa época él era un joven inocente y crédulo. Le llevó mucho tiempo enterarse de cómo funcionaban los asuntos de este mundo, aunque al fin, ciertamente lo descubrió. Con el tiempo llegó a saber tanto como los demás, de las cuestiones mundanas y sobre la maldad del ser humano contra su prójimo. Pero ése sería el caso mucho más tarde. No en aquella época.

Podemos imaginarnos cuán protegido y mimado estaba José. Su padre concentró en él todo el cariño que había sentido por Raquel. Se había enamorado de ella a primera vista y había trabajado arduamente durante 14 años para poder casarse con ella. Luego, transcurrieron muchos años antes que ella pudiera dar a luz a un niño. Finalmente, nació José. ¡Qué alegría debió haber sido para Jacob! Pero Raquel se había ido y entonces él volcó todo sus sentimientos de cariño en este joven. No debiera haberlo hecho, porque tenía otros hijos que educar; pero la realidad fue otra y José fue amado y protegido más que sus hermanos.

Y vino el asunto del sueño sobre los manojos de trigo que se inclinaban ante él. Nos imaginamos los comentarios sarcásticos de sus hermanos, porque realmente no creyeron que él iba a tener autoridad sobre ellos. Y este asunto no terminó con aquel sueño. Todavía quedaba otro.

A pesar de la experiencia anterior, contó su sueño y su padre y hermanos debieron comprender claramente de qué estaba hablando. La misma imagen del sol, la luna y las estrellas puede compararse con la que aparece en el Apocalipsis, último libro de la Biblia, en el capítulo 12.1. Allí se presenta a una mujer y se la describe como vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Aquella mujer representa a la nación de Israel. Sus hermanos comprendieron que José les estaba hablando sobre ellos mismos, los hijos de Israel.

Aquí estamos considerando a la nación de Israel en sus comienzos. El libro del Génesis es como un brote, y la flor se va abriendo a medida que avanzamos por las Sagradas Escrituras. El brote que aquí vemos no se abrirá hasta que lleguemos al libro del Apocalipsis. Por cierto, será una floración tardía pero, en todo caso, allí se abrirá. Es necesario que comprendamos lo que se expone, en vez de hacer suposiciones que, por otra parte, no son necesarias cuando el texto se expresa con claridad.

El anciano Jacob lo comprendió con exactitud, cuando reprendió a José, diciéndole: "¿Acaso yo, tu madre y tus hermanos vendremos a inclinarnos hasta el suelo ante ti?" Seguramente José habrá respondido: "Así fue el sueño". Y no trató de interpretarlo porque el significado era evidente. Sus hermanos debieron alejarse y no prestaron más atención al sueño pensando que, en lo que a ellos concernía, era totalmente imposible que se cumpliese tal predicción. Sabían que ninguno de ellos estaría jamás dispuesto a inclinarse ante José. En cambio, Jacob quedó reflexionando sobre este asunto.

Ahora el relato nos explica la escena en la que

Jacob envió a José a encontrarse con sus hermanos

Leamos los versículos 12 al 20:

"Después sus hermanos fueron a apacentar el rebaño de su padre en Siquem. E Israel dijo a José: ¿No están tus hermanos apacentando el rebaño en Siquem? Ven y te enviaré a ellos. Y él le dijo: Iré. Entonces Israel le dijo: Ve ahora y mira cómo están tus hermanos y cómo está el rebaño; y tráeme noticias de ellos. Lo envió, pues, desde el valle de Hebrón, y José fue a Siquem. Y estando él dando vueltas por el campo, un hombre lo encontró, y el hombre le preguntó, diciendo: ¿Qué buscas? Y él respondió: Busco a mis hermanos; te ruego que me informes dónde están apacentando el rebaño. Y el hombre respondió: Se han ido de aquí, pues yo les oí decir: Vamos a Dotán. Entonces José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Cuando ellos lo vieron de lejos, y antes que se les acercara, tramaron contra él para matarlo. Y se dijeron unos a otros: Aquí viene el soñador. Ahora pues, venid, matémoslo y arrojémoslo a uno de los pozos; y diremos: Una fiera lo devoró. Entonces veremos en qué quedan sus sueños."

En aquel tiempo Jacob y su familia vivían cerca de Hebrón, que estaba situada a más de 20 Km al sur de Jerusalén y Siquem, a una distancia similar pero en dirección al norte. Así que los hermanos de José estaban apacentando las ovejas bastante lejos de la casa, aunque entendemos que las tierras de pastoreo abarcaban la totalidad de aquella extensa zona.

Ante el pedido de su padre de que fuese a comprobar si ellos se encontraban bien, como José era un hijo obediente y que estaba siempre disponible, inmediatamente emprendió el viaje. Recorrió todo al camino desde Hebrón hasta Siquem y, al llegar allí, comenzó a buscarles. Pero como era un terreno escarpado, no pudo localizarles.

Seguramente el hombre que le habló había visto a José pasar varias veces junto a su tienda, así que le preguntó a quién estaba buscando. Dotán estaba situada bastante lejos, al norte de Siquem. Hacia allí se habían desplazado sus hermanos con los rebaños. Gracias a las indicaciones recibidas acabó encontrándoles.

Hemos de destacar que Dios estaba preparando a José de muchas maneras para el futuro que le esperaba. También reconoceremos, además de su obediencia otras virtudes en este joven excepcional. Había sido valiente al haber recorrido una enorme distancia y completamente solo. También fue persistente, pues no se detuvo hasta encontrarles. Y después de sortear los riesgos de tan largo viaje, se acercaba al mayor de los peligros, que eran sus propios hermanos. La conversación registrada en los versículos que hemos leído nos revela cuán grande era el odio y los sentimientos de celos y envidia que albergaban hacia él. Y fue así que, al verle mientras se aproximaba, comenzaron a conspirar contra él, con la idea de destruirle.

En nuestro próximo programa continuaremos estudiando la vida de Jose, cuya vida extraordinaria constituye una de las biografías más apasionantes de las Sagradas Escrituras. Solo me resta añadir algunas reflexiones finales.

Los celos y la envidia son responsables de muchas tragedias y convulsiones en nuestra sociedad. Es evidente que muchos siglos de progreso en todos los órdenes del saber humano y a pesar de los enormes avances del conocimiento de la personalidad y sus trastornos, no se han podido controlar o, al menos moderar, estas pasiones.

En el Nuevo Testamento, los Evangelios, al relatar la vida y obra del Señor Jesucristo, destacan que no hubo persona más humilde que El. Sin embargo, los hombres, impulsados por los celos, y por la envida, le condenaron a la muerte en la cruz.

Estimado oyente, seguramente ya sabes que, cualquiera sea la posición que ocupemos en la vida, no podemos evitar el ser el objeto de los celos y envidia de otros, o que nazcan en nuestro corazón esos sentimientos hacia otras personas. Debemos tener cuidado porque estas pasiones, con su fuerza muchas veces incontrolable, pueden destruir nuestra paz interior, afectar al desarrollo de nuestra personalidad y destruir relaciones familiares y amistades.

Comenzábamos el programa de hoy con una cita del apóstol Pablo que indicaba claramente que, en un mundo donde las pasiones destructivas operan libremente, en todos los niveles, es posible tener una mente pura, libre, pacífica y constructiva. Es posible vivir en paz con uno mismo y con los demás. Pero esta aparente utopía solo se consigue estableciendo una relación personal con Dios, por medio de Jesucristo. Se trata de creer en El y apropiarnos personalmente de Su victoria en la cruz. Como resultado de ese encuentro trascendental, experimentarás en tu vida la acción del Espíritu Santo. Y según la Biblia, ¡y confirmado por la experiencia! El fruto del Espíritu Santo consiste en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.

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