Estudio bíblico de 2 Crónicas 33:2-34:3

2 Crónicas 33:2 - 34:3

Continuamos nuestro estudio en el Segundo Libro de Crónicas y estamos en el capítulo 33. Y en nuestro programa anterior, estuvimos considerando a Manasés, quien había llegado al trono a la edad de 12 años. Manasés era hijo de Ezequías. Y usted recordará que hablamos de la enfermedad de Ezequías y cómo él había orado y Dios le había contestado y había añadido a su vida, 15 años más. Y que en este período dijimos, había nacido Manasés. Ahora, Manasés fue el peor de todos los reyes. Él se había alejado tanto de Dios que Dios tuvo que intervenir.

Señalamos también el hecho extraño que ante nosotros se presenta al mejor rey que había tenido Israel, que había guiado a la nación a una renovación y ese rey fue Ezequías; y luego llegó al trono su hijo Manasés, que fue el peor de todos. Lo mismo sucede en nuestro tiempo con hijos de padres cristianos, quienes debido a la mala influencia de algunas de sus amistades, orientan su vida en una dirección contraria a la formación cristiana que han recibido. Pero también hemos visto que muchos de estos jóvenes que en una primera etapa de su vida hicieron una profesión de fe en Cristo y después se alejaron de Dios, regresaron y se acercaron otra vez al Señor. El rey cuya historia estamos considerando, Manasés, es una ilustración de esta situación. La maldad de su reinado superó toda imaginación. Creemos que la presencia visible de Dios salió del templo. El profeta Ezequiel contempló una visión de la gloria de Dios elevándose y saliendo del lugar Santísimo a causa de los pecados y la rebelión del pueblo. Salió de aquel lugar hacia las murallas de Jerusalén y esperó allí. Pero el pueblo no se volvió a Dios. Entonces, la gloria de Dios se retiró al Monte de los Olivos y permaneció allí. Sin embargo, no se produjo en el pueblo ningún movimiento de retorno al Señor. Así que la presencia visible de la gloria de Dios, se trasladó al cielo. Por ello, la palabra "Icabod", que significa, "la gloria ha partido" fue escrita sobre las puertas del templo.

Sabemos que muchos expositores Bíblicos creen que la gloria salió del templo durante el período de la cautividad de los judíos. Nosotros creemos que si la gloria no salió de allí durante el reinado de Manasés, no vemos otro período de la historia de Israel más oportuno para que la demostración visible de la gloria de Dios abandonara el templo.

Observemos también el tiempo que duró este reinado: 55 años en Jerusalén. Reinó más tiempo que David, que Salomón, y que su propio padre. ¿Por qué? Porque Dios fue misericordioso y paciente. Dios no quiere que nadie perezca. Después de todo, Él tiene todo el tiempo en Sus manos. Está rodeado de eternidad. Y Dios le dio al rey Manasés, grandes oportunidades de volver a Él. Más adelante veremos que este rey, al llegar al límite de su angustia, volvió a Dios.

De la misma manera hoy, estimado oyente, Dios provee ocasiones y facilita las situaciones para que el ser humano, que está alejado de Dios, pueda acercarse a Él por medio del único camino que llega hasta el mismo Dios, y que es Jesucristo. Recordemos que el versículo 2, destacaba que los hechos de este rey fueron malos a los ojos del Señor, pues practicó las mismas infamias de las naciones que el Señor había arrojado de la presencia de los israelitas.

En este libro de Crónicas estamos escuchando el punto de vista de Dios. En el Segundo Libro de Reyes, capítulo 21 se nos habló de las maldades del reino de Manasés y aquí en Crónicas Dios repitió Su evaluación, que en el programa anterior leímos en el versículo 2, y lo detalló aquí en el versículo 3, que leemos ahora:

"Porque él reedificó los santuarios de los lugares altos que Ezequías, su padre, había derribado, levantó altares a los baales, hizo imágenes de Asera, y adoró a todo el ejército de los cielos y les rindió culto".

Ahora, el rey Manasés se entregó a la idolatría en una manera muy completa. Fue tan malo como Acab y Jezabel. Él adoró a Baal de la misma forma en que ellos lo habían hecho. Ahora se nos dice aquí en los versículos 4 y 5, de este capítulo 33:

"Edificó también altares en la casa del Señor, de la cual había dicho el Señor: En Jerusalén estará mi nombre perpetuamente. Edificó asimismo altares a todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa del Señor".

Manasés llevó hasta el mismo templo la adoración de los ejércitos de los cielos, como la adoración de Júpiter o Mercurio, la adoración de Venus y de las estrellas del cielo. En otras palabras, él estableció un horóscopo en ese lugar, lo cual se ha convertido en un buen negocio en el día de hoy. Y lo que para algunos es una simple curiosidad o un entretenimiento, para otros constituye un recurso muy importante, en el cual depositan su confianza, en vez de recurrir a Dios. El rey Manasés, pues, se entregó a la idolatría de una manera total. Y se nos dice en el versículo 6:

"Pasó sus hijos por fuego en el valle del hijo de Hinom, y observaba los tiempos, confiaba en agüeros, era dado a adivinaciones y consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos del Señor, hasta encender su ira".

Esto es algo de lo más horrible que él pudo hacer. Había varias maneras de hacer eso. Uno los podía pasar por el fuego, y sólo se quemaban un poco. En otras ocasiones, el ídolo se calentaba al rojo vivo, y allí sobre sus brazos se colocaban a los bebés. Uno no podría imaginar una cosa más espantosa que ésta, pero así era la idolatría e aquella época y este rey llegó al extremo más grave que se podía llegar.

En estos días estamos viendo, en muchas partes, un retorno a la adoración de Satanás. Y eso está ocurriendo en muchísimos lugares. Así que, aunque por una parte observamos un movimiento de retorno a Dios, vemos el auge de prácticas repugnantes relacionadas con la adoración a Satanás. Ahora, veamos lo que dicen los versículos 7 y 8, de este capítulo 33, del Segundo Libro de Crónicas:

"Además de esto puso una imagen fundida que hizo en la casa de Dios, de la cual había dicho Dios a David y a su hijo Salomón: En esta Casa y en Jerusalén, la cual yo elegí sobre todas las tribus de Israel, pondré mi nombre para siempre; y nunca más quitaré el pie de Israel de la tierra que yo entregué a vuestros padres, a condición de que guarden y hagan todas las cosas que yo les he mandado por medio de Moisés, toda la Ley, los estatutos y los preceptos".

Dios había dicho que si esta gente se volvía para adorarle a Él y ponía su confianza en Él, que Él los iba a bendecir. Ahora, notemos lo que Manasés estaba haciendo en Judá. Se nos dice aquí en los versículos 9 y 10:

"Manasés hizo extraviar, pues, a Judá y a los habitantes de Jerusalén, para que hicieran mayores males que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel. Y habló el Señor a Manasés y a su pueblo, pero ellos no escucharon"

Ahora, cuando un ser humano llega a este extremo, Dios interviene. Leamos el versículo 11, que nos dirá que

Manasés fue capturado y después restaurado

"Por lo cual el Señor trajo contra ellos los generales del ejército del rey de los asirios, los cuales apresaron con grillos a Manasés, y atado con cadenas, lo llevaron a Babilonia".

¿Podemos imaginar una humillación pública mayor para un rey? Leamos los versículos 12 y 13 de este capítulo 33:

"Pero cuando se vio en angustia, oró al Señor, su Dios, y se humilló profundamente en la presencia del Dios de sus padres. Oró a él, y fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo hizo retornar a su reino en Jerusalén. Entonces reconoció Manasés que el Señor era Dios".

Este rey pasó por una experiencia impresionante. Yo ya lo habría abandonado hace mucho tiempo y me hubiera alejado de él lo más posible, y creemos que muchos de los oyentes también habrían hecho lo mismo. Pero Dios no lo abandonó. Dios le envió problemas, y en gran cantidad, y a él se lo llevaron cautivo. Esto tendría que haber servido de advertencia a la nación, de que Dios se estaba preparando para enviar al reino de Judá o del sur a la cautividad a causa de su continuo pecar.

Cuando este rey regresó a Jerusalén eliminó a los ídolos de dioses extraños del Templo del Señor, reparó el altar del Señor y presentó allí sacrificios. Pero el versículo 17 dice:

"Pero el pueblo aún sacrificaba en los lugares altos, aunque lo hacía para el Señor su Dios".

En otras palabras, el pueblo nunca regresó verdaderamente a Dios. Aparentemente este hombre reinó todo ese tiempo. Recordemos que cuando estaba prisionero en Babilonia se nos dijo que Dios escuchó su oración, lo cual nos revela la gracia de Dios. Ahora, aquí tenemos al hijo de padres devotos que había regresado a Dios, luego de haber llegado hasta lo último; y ese hijo era Manasés. Esto debería dar ánimo a quienes están escuchándonos en el día de hoy. Quizá usted, estimado oyente, tenga un hijo o una hija que ha llegado hasta el mismo límite de la conducta humana y usted se desespera porque piensa que su hijo o hija no volverá a confiar en Dios. Quizás usted no sepa incluso donde se encuentra él o ella, pero Dios sí lo sabe y Él escucha sus oraciones. Volviendo a nuestro pasaje Bíblico, leamos el versículo 21 de este capítulo 33 del Segundo Libro de Crónicas, que nos habla del reino siguiente,

El reinado de Amón

"Veintidós años tenía Amón cuando comenzó a reinar, y dos años reinó en Jerusalén".

La maldad de la vida de Manasés tuvo su efecto en este joven hijo suyo. No es difícil entender que se haya inclinado por el mismo estilo de vida. Dicen los versículos 22 y 23:

"Hizo lo malo ante los ojos del Señor, como había hecho Manasés, su padre; porque ofreció sacrificios y sirvió a todos los ídolos que su padre Manasés había hecho. Pero nunca se humilló delante del Señor, como se humilló Manasés, su padre; antes bien aumentó el pecado".

Y llegamos ahora a

2 Crónicas 34:1-3

Los capítulos 34 y 35 tratan el tema de la renovación que tuvo lugar durante el reinado de Josías. Fue la última renovación. Para esta época, ya era bastante tarde para la nación. Podemos decir que, espiritualmente hablando, faltaban cinco minutos para la medianoche, en la historia de esta nación, y aun así, Dios envió una renovación. Era la última renovación antes de la cautividad. El reino del sur o de Judá había llegado al final de un oscuro camino y fue sorprendente que tuviera lugar un movimiento de renovación. Después de los reinados de Manasés y Amón, dos hombres que sumieron a la nación en la idolatría y el pecado, uno podría haber pensado que ya no había ninguna esperanza de un resurgir espiritual. Pero siempre hay esperanza; el Espíritu Santo es soberano en todo lo relacionado con una renovación.

No sabemos realmente si tendremos o no una renovación en nuestro tiempo. Humanamente hablando la nación de Judá no estaba en condiciones de experimentar una renovación. Pero, como hemos dicho, el Espíritu de Dios es soberano y Dios siempre puede intervenir, y también lo puede hacer hoy. No hay nada en la Palabra de Dios que excluya esa posibilidad.

Y como dijimos anteriormente, tenemos que estar seguros de que nuestras propias vidas estén de acuerdo con la voluntad de Dios y ante Dios. Nuestra preocupación debiera ser que nuestras vidas estén en una relación apropiada con Dios. No podemos esperar que Dios actúe para que se produzca una renovación, si nuestras vidas no son aceptables ante Sus ojos. Tenemos que someterlas al examen de la Palabra de Dios para que el Espíritu Santo pueda enderezarlas. Ya indicamos anteriormente que debiéramos formularnos ciertas preguntas que nos ayuden a clarificar nuestro estado espiritual y nuestras motivaciones. Hay preguntas claves como, por ejemplo, ¿soy sincero, digo siempre la verdad, soy puro? No sirve de nada hablar de renovación y reforma espiritual mientras nuestros corazones no actúen rectamente ante Dios. Cuando estamos en esa buena relación de compañerismo con Él, podemos estar en una exactitud de expectativa frente al Espíritu Santo, para que Él se mueva y actúe de una manera soberana y entonces, sí, podemos pedirle que actúe de acuerdo con Su Voluntad.

Ahora entonces consideraremos la persona del rey Josías para ver la forma extraordinaria en que Dios le usó. Leamos los primeros dos versículos de este capítulo 34 del Segundo Libro de Crónicas, que comienzan el relato de

Las reformas de Josías

"Tenía Josías ocho años cuando comenzó a reinar, y treinta y un años reinó en Jerusalén. Hizo lo recto ante los ojos del Señor y anduvo en los caminos de David, su padre, sin apartarse a la derecha ni a la izquierda".

Con frecuencia oímos opiniones o preguntas sobre lo que está bien, y lo que está mal. Y a veces escuchamos extrañas respuestas. El rey Josías actuó de manera que sus hechos fueron rectos a los ojos del Señor. Está bien y es bueno lo que Dios define como bueno y correcto. Y está mal y es malo, lo que para Dios está mal y equivocado.

Recordemos que fue Dios quien separó la luz de las tinieblas. Usted y yo no podemos hacer tal cosa. Podemos entrar en una habitación oscura y encender la luz, y la oscuridad desaparecerá. Pero no somos capaces de dividirlas. No podemos trazar una línea media y asignar una parte a la luz y otra a la oscuridad. Dios sí puede hacerlo, tal como puede decir lo que es bueno y lo que es malo.

Continuemos leyendo el versículo 3 de 2 Crónicas 34:

"A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David, su padre; y a los doce años comenzó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas e imágenes fundidas".

Aquí se nos dice que "A los ocho años de su reinado", cuando él tenía 16 años de edad, comenzó a buscar a Dios. Comenzó a estudiar la Palabra de Dios y eso sí fue algo fuera de lo común. Cuando llegó a la edad de 20 años, este rey, comenzó a llevar a cabo una reforma en toda la nación. Pensando en nuestra época, resulta significativo que el movimiento de renovación espiritual y el retorno a la Palabra de Dios, tiene lugar principalmente entre los jóvenes. Aunque ciertamente no está limitado a los jóvenes, éstos son realmente la mayoría y esto es una realidad visible en todos los países del mundo, en donde se observa un renovado interés por la Palabra de Dios. Por ello cabe destacar que el rey Josías tenía sólo 16 años cuando comenzó a buscar al Dios de su antepasado David. Y tenía 20 años de edad cuando comenzó a realizar las reformas en el reino de Judá o del sur. Es que hay que reconocer que, inevitablemente, una renovación espiritual conduce siempre a una auténtica reforma.

Como ya hemos mencionado anteriormente en relación con aquel incidente en el que Jesús sanó a un paralítico, cuando los pecados de una persona son perdonados, porque esa persona, ha profesado aceptar por la fe la obra de Jesucristo a favor de ella en la cruz, espiritualmente hablando, es como si esa persona tomase su camilla y comenzase a caminar. Y se alejará de sus pecados, si se ha convertido realmente. Si una renovación espiritual sacudiera a las personas de nuestro tiempo, transformándolas por la obra de la Palabra y el Espíritu de Dios, desaparecerían muchos de los problemas que afectan al equilibrio emocional y espiritual de las personas, a la estabilidad de las familias, a las relaciones matrimoniales, a las de los demás miembros de la familia entre sí, y a los miembros de la sociedad en general que también experimenta graves problemas de convivencia que se expresan en una gran agresividad y a la falta de solidaridad. Un cambio tremendo tendría lugar. Sólo Dios puede lograr una transformación semejante. Por lo tanto, el estudio de este período histórico registrado en la Palabra de Dios puede resultarnos de estímulo y dar lugar a la esperanza.

El rey Josías fue, pues, un gran reformador, audaz y valiente. Tuvo el valor de ocuparse de la purificación espiritual eliminando las imágenes de Asera, la diosa cananea considerada como madre de los dioses, los santuarios construidos en los lugares altos, los ídolos y las estatuas de metal fundido. Y una vez que finalizó la tarea de erradicación de la idolatría en el reino de Judá, continuó con las tribus de Israel que estaban en el norte.

Pero para ser un renovador, un transformador de personas, familias y pueblos, hay que estar primero transformado uno mismo. Estimado oyente, cuando usted da el paso de fe de confiar en el Señor Jesucristo como su Salvador, usted queda relacionado con Dios como su Hijo, y Él pasa a ser su Padre celestial. Entonces, el Espíritu de Dios viene a morar en su vida. En esa nueva posición, y como bien dijo el apóstol San Pablo en 2 Corintios 3:18, "somos como un espejo que refleja la gloria del Señor y vamos transformándonos en su misma imagen porque cada vez tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Señor, que es el Espíritu".

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