Estudio bíblico de 1 Corintios 7:1-21

1 Corintios 7:1-21

Nos corresponde hoy en nuestro estudio de la Primera carta a los Corintios, estudiar el capítulo 7. Y en la introducción de nuestro programa anterior, decíamos que, ante la pregunta que surgía sobre si el apóstol había estado casado, a nuestro parecer, creemos que el apóstol Pablo estaba hablando de algo que constituía su propia experiencia. Y opinamos que el apóstol Pablo se casó y que su esposa probablemente había fallecido. Pablo nunca hizo referencia alguna a ella, pero sí habló con mucha ternura de la relación del matrimonio, que nos hace pensar que sí había estado casado. Ahora, la siguiente cosa que queríamos destacar en nuestra introducción, no era una pregunta, sino una declaración. Y es que debemos comprender cómo era Corinto en esa época. Porque, si no lo hacemos, caemos en la trampa de decir que el apóstol Pablo estaba ensalzando la condición de soltero sobre la de casado. Uno tiene que comprender lo que ocurría en Corinto en esos días, para comprender de lo que Pablo estaba diciendo aquí. Vamos, pues, a leer nuevamente el versículo 1, y también el versículo 2, del capítulo 7 de esta Primera carta a los Corintios. Los primeros dos versículos dicen:

"Acerca de lo que me habéis preguntado por escrito, digo: Bueno le sería al hombre no tocar mujer. Sin embargo, por causa de las fornicaciones tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido".

Nosotros debemos entender a Corinto. Cuando uno visita las ruinas de la antigua Corinto, sobre esas ruinas se puede apreciar una gran montaña. Allí estaba la acrópolis. Se la llamaba Acrocorinto. Era un lugar bastante elevado. En la cima se encontraba el templo de Afrodita. Sobresalía de la ciudad como una negra nube. En ese lugar se encuentra en el día de hoy una fortaleza, mejor dicho, las ruinas de un fuerte usado en el tiempo de las cruzadas; cuando llegaron los cruzados, usaron las piedras del templo de Afrodita para construir su fortaleza.

Ahora, este templo era igual a la mayoría de los templos paganos. El sexo allí, era una religión. Allí había mil vírgenes vestales, como se las llamaba. Y en aquel templo uno podía obtener comida, bebida y sexo, porque esas vírgenes vestales no eran otra cosa que mil prostitutas y el sexo se llevaba a cabo en nombre de la religión.

Por cierto, diremos que esa era la filosofía de Platón. Hay muchas personas que tienden a ignorar la inmoralidad de aquella cultura. Alguien en cierta ocasión dijo: "¿Sabía usted que Sócrates escribió en un lenguaje muy elevado?" Y a veces lo hizo, en verdad, pero él también les dijo a las prostitutas cómo debían comportarse. El pensamiento dominante en esa época era el de liberarse de los deseos del cuerpo. Pero, ¿cómo lo hacían? Satisfaciéndolos. Y eso es paganismo. Uno tiene dos filosofías básicas en los griegos: el estoicismo, que sostenía que los deseos básicos debían evitarse, y el epicureísmo, por medio del cual se satisfacían completamente.

En el mundo romano la esposa no era otra cosa que una simple propiedad, utilizada como mano de obra. Y un hombre generalmente tenía varias mujeres. Una de ellas estaba a cargo de la cocina. Otra se encargaba de la limpieza de la casa, mientras que otra se dedicaba a cuidar las ropas. El sexo en el hogar era algo secundario, porque para ello el hombre iba al templo. Allí es donde encontraba a las mujeres atractivas. Allí se llevaban a cabo ceremonias de fertilidad, así que de esa manera funcionaba el sistema del templo.

Uno puede ver en el día de hoy entre los beduinos, en Israel, que ellos tienen varias mujeres. Para ellos éste es un asunto práctico. Una de ellas tiene a su cargo el cuidado de las ovejas; otra acompaña al esposo en sus andanzas de un lugar a otro, y aún otra permanece en lo que es el centro de sus actividades, su hogar, donde por lo general tienen algunos árboles frutales y donde está instalada la tienda que es su residencia. Podemos ver que este hombre necesita como mínimo tres mujeres.

Ahora, desde ese estado de degradación, Pablo estaba elevando el matrimonio a su posición más alta, y les decía a los Corintios que no debían vivir de esa manera. Cada marido debía tener su propia esposa, y cada mujer, su propio marido. Y éste es el hombre que elevó a la mujer de ese lugar de esclavitud en el mundo pagano, en el imperio romano y la convirtió en la compañera del hombre, restaurándola a la posición que merecía. Pablo se encontraba en Éfeso cuando escribió a los Corintios, y allí estaba ese imponente templo de Diana. Fue a los Efesios, en 5:25, que Pablo les escribió y les dijo: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella". Quizá alguien diga: "Sí, pero él también les dijo a las mujeres que debían obedecer a sus esposos". Y me gustaría saber dónde dijo tal cosa. Efesios 5:22, dice: "Las casadas estén sujetas, o sometidas, a sus propios maridos". Bien, ¿ha prestado atención alguna vez a esa palabra "sujetar"? ¿Se ha dado cuenta de lo que en realidad quiere decir? Quiere expresar la idea "casadas respondan a sus propios esposos". Es decir que deben reaccionar, actuar hacia el hombre. El hombre es el que inicia la acción, él es el que da comienzo a cada expresión de amor, y la mujer es la que lo recibe. Ella tiene que responder al hombre. No solamente en lo que se relaciona con el sexo, sino mental, espiritual, psicológica y físicamente. El hombre es el iniciador, la mujer es la receptora.

Dios los creó de esa manera en el principio. Él la creó a ella como una compañera. Ella es la parte recíproca, igual en la correspondencia de uno a otro. Es la otra parte del hombre, que responde a sus palabras, a sus acciones.

Ahora, Pablo en esta ocasión estaba elevando a la mujer de su anterior estado de esclavitud al de compañera del hombre. Escuchemos lo que él dijo aquí en el versículo 3, de este capítulo 7 de su Primera carta a los Corintios:

"El marido debe cumplir con su mujer el deber conyugal, e igualmente la mujer con su marido".

Ella debe reaccionar. Él debe decirle a ella que la ama. Y en el versículo 4 leemos:

"La mujer no tiene dominio o autoridad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido dominio o autoridad sobre su propio cuerpo, sino la mujer".

O sea que, el marido no debía ir al templo de Afrodita. Eso era un pecado. El amor y el sexo debían tener lugar en el hogar. Y eso es precisamente lo que el apóstol Pablo estaba diciendo aquí. El único motivo para el matrimonio es el amor; no el sexo, sino el amor. Y estamos convencidos de que Pablo había conocido el amor de una buena y gran mujer.

Otra razón es que cada hombre que hizo algo para Dios en las Escrituras, conoció el amor de una mujer. Adán y Eva, por ejemplo; Jacob y Raquel; Booz y Rut; David y Abigail, y fue ella la que le dijo a David, según 1 Samuel 25:29, "La vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven con el Señor tu Dios". O sea, según otra versión, "tu vida estará segura bajo la protección del Señor tu Dios".

Y así, Pablo continuó exponiendo sus pautas para la conducta en el matrimonio. Leamos los versículos 5 y 6:

"No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración. Luego volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia. Pero esto lo digo más como concesión que como mandamiento".

Aquí vemos que el apóstol aclaró que éste no era un mandamiento sino un principio a seguir, para evitar que cualquier miembro de la relación matrimonial, al no poder dominarse, fuera objeto de la tentación del enemigo espiritual de los creyentes. Vamos a leer ahora lo que dice el versículo 7, de este capítulo 7 de la Primera Epístola a los Corintios:

"Quisiera más bien que todos los hombres fueran como yo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro".

Como hemos adelantado anteriormente, en ese tiempo Pablo no tenía una esposa. Él no se había vuelto a casar, así que no tenía una esposa que le acompañara en sus viajes.

Hay algunos hombres que están al servicio del Señor y que no se han casado. Han hecho ese sacrificio, algunos por varios años y otros durante toda la vida. Recordemos que el Señor Jesucristo dijo, en Mateo 19:12, que hay diferentes razones que impiden a los hombres casarse. Algunos ya nacen incapacitados para el matrimonio; a otros los incapacitan los hombres, y otros viven como incapacitados por causa del reino de los cielos.

Luego continuó el apóstol Pablo diciendo en los versículos 8 y 9, de este capítulo 7 de su Primera Epístola a los Corintios:

"Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les sería quedarse como yo; pero si no pueden controlar su naturaleza, (por no tener el don de continencia), cásense, pues mejor es casarse que consumirse de pasión".

Y luego él continuó diciendo algo directamente del Señor, y este sí es un mandamiento. Leamos los versículos 10 y 11, a partir en los que encontramos

Un mandamiento para los casados

"A los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer".

Aquí encontramos entonces un mandamiento concreto. Si uno de los dos miembros del matrimonio se separaba, debía permanecer sin casarse.

Ahora bien, había un problema nuevo que se había presentado en Corinto. Después que Pablo había llegado a la ciudad y les hubiera predicado el Evangelio, se habían producido nuevas situaciones como, por ejemplo, que un hombre, en una familia, aceptase a Cristo y su esposa no lo hiciera. O que en otra familia, fuera la esposa la que había aceptado a Cristo y no el marido. Entonces, ¿qué tenían que hacer los creyentes antes esas circunstancias? Sigamos leyendo los versículos 12 hasta el 14:

"A los demás yo digo, no el Señor, que si algún hermano tiene una mujer que no es creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no es creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone, porque el marido no creyente es santificado por la mujer; y la mujer no creyente, por el marido. De otra manera vuestros hijos serían impuros, mientras que ahora, ya forman parte del pueblo santo".

Si usted está casada o casado con un hombre o una mujer que no es creyente y tienen hijos, usted tiene que tratar que esa relación matrimonial continúe, pero si no es posible, el versículo 15 nos dice:

"Pero si el no creyente se separa, sepárese, pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a vivir en paz nos llamó Dios".

O sea, que si el no creyente abandona la relación matrimonial, ya estamos ante otra situación diferente. Entonces, el creyente queda en libertad. Ahora, surge la pregunta de si el creyente puede casarse otra vez. Creemos que, bajo ciertas circunstancias, el apóstol Pablo habría dado permiso para ello. Quizás en nuestro tiempo, no se pueda establecer una regla categórica de carácter general, en un sentido u otro, y cada caso en particular debería ser examinado cuidadosamente, teniendo en cuenta todos los factores. Tememos que esta situación podría ser objeto de abusos, incluso por parte de creyentes; por ejemplo, si un marido o su esposa, provoca intencionalmente una situación que obliga a la otra parte a retirarse de la convivencia matrimonial, con el propósito de tener una base "espiritual" o bíblica para poder divorciarse. Luego dice el apóstol en el versículo 16:

"¿Qué sabes tú, mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, marido, si quizá harás salva a tu mujer?"

Y ese tiene que ser el objetivo de un esposo, o de una esposa. Conocemos a varias mujeres que están casadas con hombres no creyentes, y también varios hombres están casados con mujeres no creyentes y ellos han tratado de ganar a la otra parte para Cristo, y ese tiene que ser el principal objetivo de sus vidas. Y el versículo 17, de este capítulo 7 de la Primera Epístola a los Corintios nos dice:

"Pero cada uno viva según los dones que el Señor le repartió y según era cuando Dios lo llamó: esto ordeno en todas las iglesias".

Pablo estaba aconsejando aquí que cada uno permaneciera en la misma forma en que en ese momento se encontrase. Nadie debía abandonar la relación matrimonial después de haber escuchado y aceptado el Evangelio. Debían permanecer casados, si la parte no creyente lo permitía.

Y esa debe ser la respuesta a la pregunta que surja en nuestros días ante tales situaciones. Creemos que es necesario conocer bien lo que Pablo estaba queriendo decir. Luego el apóstol Pablo continuó diciendo en los versículos 18 al 20:

"¿Fue llamado alguno siendo circunciso? Quédese circunciso. ¿Fue llamado alguno siendo incircunciso? No se circuncide. La circuncisión nada significa, y la incircuncisión nada significa; lo que importa es guardar los mandamientos de Dios. Cada uno debe quedarse en el estado en que fue llamado".

Otra versión lo traduce así: Si Dios llama a uno que ha sido circuncidado, no trate éste de disimular su circuncisión; y si llama a uno que no ha sido circuncidado, no debe circuncidarse. Porque lo importante no es estar o no estar circuncidado, sino obedecer los mandatos de Dios. Quédese cada una en la condición en que se encontraba cuando Dios lo llamó. Pablo amplió la aplicación de este principio a otras relaciones de la vida. Ya hemos visto que la circuncisión era un mandamiento del Antiguo Testamento. ¿Cuáles eran las situaciones que podían presentarse? Por ejemplo, si alguien que estaba circuncidado, es decir un israelita, se convertía a Cristo, no debía tratar de comportarse como un no judío. Y si el convertido a Cristo era un no judío, no debía tratar de convertirse en un israelita. La circuncisión o el estado de no circuncidado ya no eran importantes. El asunto importante había pasado ser la obediencia a Cristo. Porque tanto el israelita como el no judío eran uno, unidos a Cristo. Lo importante era que cada uno debía permanecer en el estado en que se encontraba en el momento de aceptar a Cristo.

Ahora, hay cosas que dividen a los creyentes en nuestros días, que en realidad no lo deberían hacer, y ésa es una de las razones por las cuales nos podemos reunir con cualquier clase de grupo que mantenga que la Biblia es la Palabra de Dios y crea en la deidad de Jesucristo y que acepte el hecho de que Él murió en la cruz por nuestros pecados. Entonces yo puedo cruzar esas líneas demarcatorias en cualquier oportunidad.

En los versículos 21 y 22, de este capítulo 7, dijo el apóstol Pablo:

"¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes, aunque si tienes oportunidad de hacerte libre, aprovéchala, 22porque el que en el Señor fue llamado siendo esclavo, como hombre libre es del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo".

Ahora, en esa época había personas esclavas y libres. Ahora, si alguien era el siervo de un hombre, no debía tratar de salir de esa situación, intentando liberarse, pensado que eso era lo que Dios quería que hiciese. Por ello, al convertirse, no debía preocuparse de su posición social. Su llamamiento cristiano consistía en servir a Dios donde se encontrara. Claro que esta norma no excluía que, si podía ganar su libertad legítimamente, así lo hiciese. Pero la relación con el Señor lo alteraba todo desde un punto de vista espiritual. Cuando un esclavo se convertía en un cristiano, era libertado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Y cuando alguien que no era esclavo, se hacía cristiano, se transformaba en esclavo de Cristo, es decir que como creyente le debía a Él, que se había convertido en su Señor, completa lealtad y servicio.

Y ya que terminamos hoy examinando las implicaciones de la relación con Cristo para todos los sectores de aquella sociedad y, concretamente al final, con respecto a la esclavitud, conviene recordar que el estado del ser humano sin Dios, es el de la esclavitud al pecado que mora de forma natural en todas las personas. Y lo peor de todo, es que ningún esclavo de este sistema cerrado en sí mismo, puede liberarse a sí mismo. Y no solo eso. Sino que la esclavitud es cada vez mayor, porque el pecado va deformando las diversas facetas de la personalidad, porque tiene un efecto corruptor. Precisamente, nunca se había mencionado tanto a la palabra corrupción como en nuestros días. Incluso en sociedades avanzadas, con una prolongada tradición democrática, y con un alto nivel de preparación cultural, aparecen cada vez más casos de corrupción que, incluso llegan a sorprender, porque han sido protagonizados por personas que habían demostrado tener una trayectoria irreprochable. Pero su contacto con el poder, despertó o reavivó fuerzas que por un tiempo estuvieron ocultas. Por ello la Biblia, libro profundamente realista al describir la naturaleza humana, incluye menciones a esta muestra de la maldad humana. Desde el Antiguo Testamento, el Salmista y rey David dijo en el Salmo 14: 2 y 3: "2El Señor miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios.3Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno". Y desde el Nuevo Testamento, en Romanos 3:23, reitera la enfermedad y destaca el remedio, "la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él, porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, 24y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús". Estimado oyente, si aún no ha creído en el Señor Jesucristo como su Salvador, le recordemos especialmente las últimas palabras que acabamos de leer. Y es que Dios, en Su amor y bondad, gratuitamente, declara justos a los que creen, por medio de la liberación realizado por el Señor Jesucristo en la cruz.

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