Estudio bíblico de Nehemías 1:7-2:16

Nehemías 1:7 - 2:16

Regresamos hoy, amigo oyente, al primer capítulo de este libro de Nehemías. Y vamos a comenzar nuestra lectura en el versículo 7. En nuestro programa anterior, dejamos esta parte de la oración de Nehemías. Usted recordará que Nehemías era el copero del rey, tenía un puesto político, era un funcionario del gobierno. En cierta ocasión se encontró a uno de sus hermanos de raza que había venido de Jerusalén y éste le contó que las cosas estaban en una situación terrible, que había mucha aflicción, que la gente estaba desanimada. Y este hombre Nehemías se sentó y comenzó a llorar, y estuvo varios días ayunando y orando. Al terminar el programa anterior estábamos leyendo la oración que dirigió a Dios. Y concluimos leyendo el versículo 6, en el que observemos el vocabulario de Nehemías en esta oración. ¿Acaso dijo él "los pecados que ELLOS han cometido contra Ti?" No. El dijo: "Los pecados que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado". Nehemías sí que fue directamente al grano, estimado oyente, diciendo: "Yo soy un pecador. La casa de mi padre ha pecado. La nación ha pecado". ¿Cuántas veces hemos escuchado esta clase de confesión de pecado en círculos cristianos? O sea que Nehemías se identificó totalmente con la gente, con los que habían pecado.

Es importante destacar que en su oración, Nehemías hizo una confesión concreta: que el fracaso de los judíos se debió al pecado. Él no actuó como en el Nuevo Testamento actuarían los Fariseos, como simples espectadores del pecado de los demás, y que no reconocían el suyo propio.

Ahora, notemos lo que dijo aquí en el versículo 7, de este capítulo 1:

"En extremo nos hemos corrompido contra ti y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés, tu siervo".

Ahora, al leer estas palabras podemos ver que Nehemías creía en la Palabra de Dios. Confiaba en ella; conocía la Palabra de Dios. Este hombre estaba muy preocupado porque los mandamientos de Dios estaban siendo ignorados. Y continuó aquí en el versículo 8, diciendo:

"Acuérdate ahora de la palabra que ordenaste a Moisés, tu siervo, diciendo: Si vosotros pecáis, yo os dispersaré por los pueblos"

Podemos apreciar que él no sólo creía en la Palabra de Dios sino que también creía en el regreso de los judíos a Jerusalén. Ahora, tomemos nota lo que dice aquí el versículo 9:

"pero si os volvéis a mí y guardáis mis mandamientos y los cumplís, aunque vuestros desterrados estén en los confines de los cielos, de allí los recogeré y los traeré al lugar que he escogido para hacer morar allí mi nombre".

Nehemías le dijo al Señor: "Señor, Tú dijiste que nos ibas a dispersar si nosotros desobedecíamos y así sucedió. Ahora, Tú también dijiste que si nos volvíamos a Ti, es decir, si regresábamos y confiábamos en Ti, que aunque hubiéramos sido dispersados hasta los confines de los cielos, que de allí nos recogerías y nos traerías de regreso a la tierra prometida". Podemos comprobar aquí que él creía que ellos iban a regresar a su tierra, y estaba contando con ello, y por ese motivo oraba de esta manera. Escuchemos ahora lo que dicen los versículos 10 y 11, de este capítulo 1 de Nehemías:

"Ellos, pues, son tus siervos y tu pueblo, los cuales redimiste con tu gran poder y con tu mano poderosa. Te ruego, Señor, que esté ahora atento tu oído a la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos, que se deleitan en reverenciar tu nombre; haz prosperar hoy a tu siervo y concédele favor delante de este hombre. En aquel entonces servía yo de copero al rey".

Nehemías estaba dispuesto y quería ser usado por Dios, y Dios escuchó su oración. Pero él no estaba adelantándose a Dios, estaba orando en cuanto a ello. Él dijo: "Si Tú me quieres usar, yo estoy disponible. Y cuando él hablaba con Dios sobre el rey, lo llamó simplemente este hombre. Más tarde veremos que le iba a pedir al rey permiso para regresar a la tierra. Y como no quería anticiparse a los planes de Dios, en primer lugar se dirigió a Él en oración. Y así llegamos a

Nehemías 2:1-16

El tema de este capítulo es el regreso de Nehemías a Jerusalén. En el primer párrafo tenemos entonces:

El pedido de Nehemías de regresar a Jerusalén

Al solicitar el permiso al rey, Nehemías repasó la situación de la ciudad en ruinas y animó a la gente a reedificar las murallas. Leamos entonces el versículo 1 de este capítulo 2:

"Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia"

Aquí en este punto de la historia, es decir, en el año veinte del rey Artajerjes, dieron comienzo las "setenta semanas" mencionadas por el profeta Daniel. Ésta fue una fecha importante para la profecía.

Ahora, Nehemías, como vamos a apreciar, era una persona muy agradable y una compañía muy amena. Y nos hubiera gustado conocerlo personalmente.

Este hombre, pues, tenía un cargo político, era un funcionario del estado. Era el copero del rey. Ahora, el copero era la persona que no sólo servía el vino al rey, sino que también tenía como función probar todas las comidas o bebidas que se servían al rey. Y si no caía muerto o enfermo, entonces, el rey podía comer o beber de ello. Era un trabajo bastante peligroso como bien podemos apreciar.

Su función de copero requería que estuviera mucho tiempo en presencia del rey. Naturalmente, pronto llegaba a ser un amigo del rey. Creemos que muchas veces, cuando el rey tenía que tomar alguna decisión, por ejemplo, podría preguntar a su copero: "¿Qué le parece, cuál es su opinión sobre este asunto? Y con el tiempo, el copero se iba convirtiendo en un tipo de asesor o consejero del rey, en un miembro del gabinete del rey. Probablemente debido a su alto cargo, Nehemías se había quedado en la tierra del cautiverio de su pueblo, esperando que algún día pudiera utilizar su posición para ayudar a su pueblo. Quizás por este motivo, preguntó a sus hermanos de raza cómo estaba la situación en Jerusalén.

Nehemías se estaba preparando para hacerle al rey un pedido, pero aún no se encontraba listo para ello. Especialmente en ese día no se sentía bien. Desde que se enteró de la situación de los judíos en Jerusalén, había estado lamentándose, ayunando y orando. Posiblemente sus ojos estaban enrojecidos. No tenía el aspecto feliz de siempre. Nunca antes se había mostrado triste. Generalmente era una persona alegre. Y el rey se dio cuenta de que no era el mismo. Dice el versículo 2:

"me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro?, pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces tuve un gran temor".

Nehemías no se había dado cuenta de que sus sentimientos se habían reflejado en su semblante. Había tratado de disimular su tristeza pero, aparentemente, no lo había logrado. Así que el rey le dirigió una pregunta bien directa: "¿Por qué estás triste? No estás enfermo físicamente, así que debe ser una aflicción del corazón. Algo te está preocupando. Dime qué es". Ante esa pregunta, Nehemías sintió un gran temor. Y dice el versículo 3:

"Y dije al rey: ¡Viva el rey para siempre! ¿Cómo no ha de estar triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego?"

Después Nehemías exclamó: "Viva el rey para siempre". Y Nehemías podía decir esto incondicionalmente, ya que probaba todo lo que se ponía sobre la mesa del rey y esperaba que el rey se conservara en buena salud y, lógicamente, él mismo también. Entonces, no pudo contenerse más y dejó escapar lo que le estaba preocupando, es decir, el estado ruinoso de la ciudad donde se encontraban los sepulcros de sus antepasados. Y el versículo 4 nos dice:

"¿Qué cosa pides? preguntó el rey. Entonces oré al Dios de los cielos"

El rey le preguntó: ¿Qué cosa pides? Evidentemente tienes una petición que hacerme. Y Nehemías quizás por un instante inclinó su cabeza y cerró sus ojos orando al Dios de los cielos. Seguramente fue una oración muy breve. Suponemos que pudo haber dicho: Señor, ayúdame a usar las palabras apropiadas, porque estoy en una situación difícil. Y entonces Nehemías fue directamente al grano, no perdió tiempo en protocolo o en palabras elocuentes vacías de significado, sino que se dirigió directamente al problema esencial, sin andar con rodeos. Leamos ahora el versículo 5:

"y le respondí: Si le place al rey, y tu siervo ha hallado gracia delante de ti, envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, y la reedificaré".

Nehemías le pidió al rey un permiso especial para ausentarse, para ir a Jerusalén para ayudar a reedificar la ciudad. Y el versículo 6 nos dice qué ocurrió.

"Entonces el rey, que tenía a la reina sentada junto a él, me preguntó: ¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás? Y agradó al rey enviarme, después que yo le indiqué las fechas".

Podría haber alguna razón para esta observación acerca de que la reina estaba presente junto al rey. Sin forzar mucho la imaginación, podemos suponer que Nehemías no sólo era una persona joven, sino que también tenía una personalidad agradable. Podemos imaginar que, a veces, los asuntos políticos de la corte podrían resultar bastante aburridos. Y cuando el rey pasaba mucho tiempo discutiendo extensamente algún asunto político, la reina se aburriría y mantendría conversaciones con el copero y asesor del rey sobre asuntos generales, o quizás le habrá preguntado que hacía en sus momentos de descanso. Entonces Nehemías le habrá contado que los sábados, como judío, asistía a la sinagoga, y así también le habrá hablado de sus paseos o entretenimientos.

Así que cuando Nehemías le pidió permiso al rey para regresar a su tierra, podríamos imaginar que ella le dio un toque con el codo y le sugirió que accediera a sus deseos y le dejara ir. Y, como ya hemos leído en el versículo 6, el rey le preguntó cuánto duraría el viaje y cuándo regresaría. Una vez que Nehemías le respondió, el rey aceptó dejarlo ir.

Evidentemente al rey le agradaba Nehemías y quiso asegurarse de que volvería. En este punto, Nehemías pudo haber entrado en detalles pero no lo hizo. Simplemente añadió y agradó al rey enviarme después que yo le indiqué las fechas. Nehemías no era de esas personas que perdían mucho tiempo hablando y sin decir nada. Ahora, en el versículo 7, leemos:

"Le dije además al rey: Si al rey le place, que se me den cartas para los gobernadores al otro lado del río, para que me franqueen el paso hasta que llegue a Judá"

Nehemías era consciente de que su viaje podría presentar grandes dificultades, ya que atravesaría regiones peligrosas. Por ello le pidió al rey cartas de presentación y explicación para los gobernadores de los territorios que atravesaría en su ruta, para que le concediesen protección. Continuamos en el versículo 8:

"y carta para Asaf, guarda del bosque del rey, a fin de que me dé madera para enmaderar las puertas de la ciudadela de la Casa, para el muro de la ciudad y para la casa en que yo estaré. Y me lo concedió el rey, porque la benéfica mano de mi Dios estaba sobre mí".

Ahora Nehemías confiaba en el Señor, pero al ser un funcionario del estado no vaciló en pedirle al rey una ayuda oficial y protección para el largo viaje.

Leamos ahora el versículo 9, que encabeza un nuevo párrafo en el cual

Nehemías examinó las ruinas de Jerusalén

"Fui luego a los gobernadores del otro lado del río y les di las cartas del rey. También el rey envió conmigo capitanes del ejército y gente de a caballo".

A Nehemías lo estaba acompañando una escolta numerosa del ejército de Persia. Dios había dispuesto de tal manera el corazón del rey a favor suyo para protegerle, que él supo que la mano de Dios estaba sobre él. Así que salió de viaje bien protegido. Recordemos aquí que cuando Esdras le había pedido permiso al rey para regresar a su tierra, quiso solicitarle protección, pero como había sido tan elocuente en decirle al rey cómo Dios le cuidaría y guiaría, le dio vergüenza pedirle una escolta. Temió que el soberano le dijera: "¿Pero no estás confiando en el Señor?" Sin embargo, Nehemías, pensó que, siendo un funcionario del rey, tenía derecho a solicitar protección oficial.

Estimado oyente, Dios no nos guía a todos de la misma manera, Él guió a Esdras de una forma y a Nehemías de otra. Dios le guiará a usted de una manera y a mí de otra. Por ello, nadie debe tratar de imitar a nadie, porque Dios tiene sus propósitos para cada uno en particular y si se lo permitimos, los llevará a cabo. En nuestro relato, Esdras regresó sin apoyo logístico y Nehemías con una gran escolta armada y siervos. Como vemos, Dios utilizó ambos métodos. Leamos ahora el versículo 10 de este capítulo 2 de Nehemías:

"Pero cuando lo oyeron Sanbalat el horonita, y Tobías el oficial amonita, les disgustó mucho que viniera alguien a procurar el bienestar de los hijos de Israel".

Al llegar a su destino, Nehemías ya se enfrentó con oposición. Tenemos aquí a dos personajes que conoceremos más adelante. Después, conoceremos a un tercero: Gesem, el árabe. Estos tres eran enemigos de Dios y de Su pueblo. Ellos habían tratado de estorbar la edificación del templo, y en este momento intentaban impedir la reedificación del muro de Jerusalén. Cuando Nehemías llegó con su séquito impresionante de siervos y soldados, todos en esa comarca se enteraron y quisieron saber quién era esa personalidad. Entonces supieron que se trataba del copero del rey de Persia, que había llegado para ayudar a los judíos. Cuando se difundió la noticia, el enemigo se afligió.

Siempre es interesante observar cómo se reciben las noticias. Depende de quienes son los que las reciben, si las han de considerar buenas o malas noticias. El evangelio no consiste en buenas noticias para sus enemigos; es cualquier cosa, menos una buena noticia. Ahora veamos lo que dice el versículo 11, de este capítulo 2:

"Llegué, pues, a Jerusalén, y estuve allí tres días".

Ahora, aquí él podía haber escrito dos o tres capítulos relatando su viaje hacia Jerusalén y sobre las emocionantes experiencias de aquel largo camino. En cambio, lo resumió en esta breve declaración: "Llegué, pues, a Jerusalén". Y luego continuó diciendo en el versículo 12:

"me levanté de noche, yo y unos pocos hombres conmigo, y no declaré a nadie lo que Dios había puesto en mi corazón que hiciera en Jerusalén. No tenía cabalgadura conmigo, sino la única en que yo cabalgaba".

Después de llegar a Jerusalén, Nehemías no quiso provocar ninguna alarma indebida, así que salió de noche, protegido por la oscuridad, para efectuar una inspección y ver en qué condiciones se encontraban las murallas. Evitó cualquier ostentación y fue eminentemente práctico. Y continuamos leyendo en los versículos 13 y 14, de este capítulo 2 de Nehemías:

"Aquella misma noche salí por la puerta del Valle hacia la fuente del Dragón y a la puerta del Muladar; y observé los muros de Jerusalén que estaban derribados y sus puertas que habían sido consumidas por el fuego. Pasé luego a la puerta de la Fuente y al estanque del Rey, pero no había lugar por donde pasara la cabalgadura en que iba".

Había tantos escombros que su cabalgadura no podía pasar y tuvo que bajarse del caballo y continuar a pie. Luego dijo en el versículo 15:

"Subí de noche por el torrente y observé el muro, di la vuelta y entré por la puerta del Valle, y regresé".

Y así, Nehemías rodeó toda la ciudad y finalizó con su inspección. Luego leemos en el versículo 16:

"Los oficiales no sabían a dónde yo había ido ni qué había hecho. Todavía no lo había declarado yo a los judíos y sacerdotes, ni a los nobles y oficiales, ni a los demás que hacían la obra".

Aquí podemos apreciar que Nehemías estaba actuando con cautela y buen criterio al realizar su trabajo para Dios. Realmente fue un personaje interesante y esperamos que ello reavive nuestro interés de continuar estudiando su historia, y ver qué curso de acción seguiría.

Por lo que ya hemos leído sobre él, nos llama la atención que, a pesar de su privilegiada situación en la corte, y de estar tan próximo a la dirección del poder político y económico de su época, mostrase una sensibilidad tan grande a los planes de Dios, a su cumplimiento y a su propia responsabilidad ante ellos. En realidad, sólo Dios puede transformar a una persona de tal manera que sea de verdad un hijo Suyo, y que ame a su Señor hasta el punto de sentir la imperiosa necesidad de agradarle y servirle. Es que cuando una persona, por la acción del Espíritu Santo adquiere la profunda convicción de su pecado, y acepta por la fe el don gratuito de la salvación que se encuentra en Jesucristo, se da cuenta de que no merecía el haber sido objeto del amor de Dios. En consecuencia, surge de ella la necesidad de vivir de acuerdo con la Voluntad de Dios, y de vivir en armonía con los planes divinos. Estimado oyente, esperamos que ésa sea su experiencia.

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