Estudio bíblico de 2 Corintios 1:21-2:13

2 Corintios 1:21 - 2:13

Continuamos, como ya hemos dicho, nuestro estudio del capítulo 1 de esta Segunda Epístola del apóstol Pablo a los Corintios. Pero antes recordemos el contexto que nos viene de los versículos anteriores.

Pablo había esperado poder ir a Corinto, pero todavía no había llegado allí porque cambió su itinerario (como adelantó en 2:1) y sus oponentes aprovecharon la ocasión para criticarle, presentándole como una persona poco fiable e informal. Ahora, algunos de sus enemigos en Corinto estaban diciendo, que él nunca había pensado ir, que no había sido sincero. Pero Pablo aquí les estaba reafirmando su sinceridad. Pablo dijo que cuando él decía Sí, quería decir Sí; y cuando decía No, quería decir No. Estimado oyente, los creyentes en el día de hoy deberían ser esa clase de personas. No deberían hablar con ligereza, en lo que concierne a sus compromisos y arreglos, en lo que se relaciona al mundo de los negocios y al concertar sus citas diarias. Necesitamos hombres y mujeres creyentes que cuando digan algo mantengan su palabra y la cumplan. El apóstol Pablo estaba afirmando que no decía las cosas con doble sentido, como si fuera inconstante. ¿Por qué? Porque Dios le había guiado, estaba cumpliendo la voluntad de Dios. Habíamos finalizado nuestra lectura con el versículo 20, que dice:

"porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios".

Otra versión traduce este versículo de la siguiente manera: "Pues en él se cumplen todas las promesas de Dios. Por eso, cuando alabamos a Dios decimos Amén por medio de Cristo Jesús". O sea, que todo es positivo en Cristo Jesús. Y Dios, estimado oyente, quiere lo bueno para usted.

Entrando ya en nuestro pasaje Bíblico de hoy, veamos ahora lo que dijo el apóstol Pablo en los versículos 21 y 22, de este capítulo 1, de la Segunda Epístola a los Corintios:

"Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones".

No sólo tenemos aquí al Dios fiel y verdadero, y la seguridad del Señor Jesucristo, sino que también tenemos la presencia del Espíritu Santo, que habita en nosotros. Hablando sinceramente, creemos que en estos dos versículos tenemos el ministerio total del Espíritu Santo en el día de hoy. Él dijo aquí: "el que nos confirma con vosotros en Cristo". ¿Cómo es confirmado usted, estimado oyente? Pablo había escrito su primera carta a los Corintios y ellos habían sido muy inconstantes, y ahora él les pudo escribir, en 1 Corintios 15:58, diciendo: "Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano". ¿Qué quiere decir, entonces, estar confirmado o establecido? Creemos que es la obra del Espíritu Santo. En primer lugar, el Espíritu Santo convence. El Señor Jesucristo dijo que cuando viniera al mundo, convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Y la segunda cosa que hace es que, luego de haberlo convencido a uno, y que nosotros confesamos nuestros pecados y aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, Él nos regenera, dándonos nueva vida. Y no sólo nos regenera, sino que Él vive en nosotros. Y no sólo vive en nosotros, sino que nos bautiza.

De paso, podemos decir que esta expresión en el versículo 21 es bastante interesante ya que allí dice que Dios nos ha afirmado al unirnos a Cristo, y nos ha ungido. ¿Quién concretamente? Dios, el Espíritu Santo.

Cuando usted es unido a Cristo por el bautismo del Espíritu Santo, se convierte en una parte de su cuerpo, en un miembro de ese cuerpo espiritual, que es la iglesia. Lo cual nos hace sentir una gran seguridad.

El apóstol Pablo, al hablarnos de la acción del Espíritu Santo lo estaba haciendo en tiempo presente. Porque esa obra es la que Él está haciendo por usted en el día de hoy, estimado oyente. El Espíritu Santo crea en usted esa convicción de pecado, le regenera, vive en usted y le bautiza.

Luego, usted habrá notado que aquí dice, que el que nos ungió, es Dios. La unción del Espíritu Santo es una verdad descuidada en el día de hoy. En la Primera epístola del apóstol Juan, capítulo 2, versículo 20, se nos dice: "vosotros tenéis la unción del Santo, de manera que conocéis la verdad". Esa unción es el Espíritu Santo. Es necesario que el Espíritu Santo nos guíe y nos guíe hacia la verdad. Y el versículo 27 de este capítulo 2 de primera Juan dice: "Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él". Este ministerio del Espíritu Santo es muy importante. Usted tiene al Espíritu Santo para que Él le enseñe. Hermano cristiano, sólo Él puede abrir para usted la Palabra de Dios. Ése es el motivo por el cual éste es un libro de milagros. Recordemos que en Juan 16:12-13, el Señor Jesucristo les dijo a los suyos: "12Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. 13Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir".

Volviendo ahora a esta Segunda epístola a los Corintios, que estamos estudiando, tenemos algo más que Pablo dijo: "el cual también nos ha sellado". Éste es un maravilloso ministerio del Espíritu Santo. En Efesios 3:30 se nos ha dicho que "no entristezcamos al Espíritu Santo". ¿Lo puede contristar de tal manera que Él se aparte de usted? No. Porque él dijo: "Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención". Él nos ha sellado y un día nos va a liberar. Es lo mismo que llevar una carta al correo. Si usted quiere asegurarse que esa carta llegue a su destino, pues usted la enviará como una carta certificada; entonces, el correo le pondrá un sello y garantizará así que esa carta llegará a su destinatario. Y todos los documentos legales tienen sellos que garantizan su autenticidad. Hace ya muchos años y en algunos lugares, cuando no había cercas para dividir los campos de pastoreo, los ganaderos marcaban a sus animales con un sello. Esa marca era una señal de propiedad.

Y el Espíritu Santo lo ha marcado a usted, estimado oyente, para mostrar que usted le pertenece a Él. Nosotros somos sus pequeñas ovejas y no nos vamos a perder. Quizás nos extraviemos un poco, pero Él saldrá a buscarnos y nos encontrará. El Espíritu de Dios es ilustrado en una parábola del Evangelio de Lucas 15:8, como la mujer que ha perdido una moneda, y barre toda la casa y busca con cuidado hasta encontrarla. Y cuando la encuentra, se alegra mucho.

Y no sólo eso, sino que, dice el apóstol: "nos ha dado el Espíritu en nuestro corazón, como garantía". Otra versión dice las "arras del Espíritu". Las arras, era el dinero que se entregaba como prenda y señal en un contrato. Quiere decir que, si hemos recibido las arras, es decir, una señal, vamos a recibir más en el futuro. Cuando usted va a comprar una propiedad, usted deposita cierta cantidad de dinero como fianza, es como una promesa, una garantía de que usted va a pagar aún más dinero por esa propiedad. De la misma manera, Dios nos ha dado el Espíritu Santo, lo cual indica que más adelante recibiremos más. Ésta es, pues, una buena ilustración de una realidad espiritual.

Cuando alguien compra una cosa a plazos, existe la posibilidad de que, más tarde, el comprador se vuelva atrás y cancele la operación, aunque ya haya efectuado ciertos pagos. Pero nuestro comprador Divino no se echará atrás, Él nos ha comprado con Su sangre; Él ya ha fijado el precio de compra y entregado Su depósito, que garantiza que el alma salvada será entregada al Padre.

Ahora, Dios ha puesto Su Espíritu Santo en cada creyente; Él es las arras, la garantía. Él ha entrado en la vida de cada creyente para producir en nosotros la plenitud de Dios, para que se haga realidad en nuestra experiencia. ¿Qué es lo que usted necesita hoy, estimado oyente? Usted sabe que Él es rico en bondad, en misericordia, en compasión. Él es el Padre de las misericordias. ¿Qué es lo que necesita, usted? ¿Por qué no se dirige a Él y se lo pide? ¿Necesita poder, fuerza? ¿Acaso, necesita alegría? ¿O tal vez, sabiduría? ¿O ayuda? Todo ello forma parte del consuelo que Él puede dar. Pablo sabía eso porque lo había experimentado. Y usted está escuchando hablar a alguien que también lo sabe, porque también lo ha experimentado.

Escuchemos aquí lo que dijo Pablo ahora, en el versículo 23, de este capítulo 1 de su Segunda epístola a los Corintios:

"Invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto".

Lo que Pablo estaba diciendo aquí era que si él hubiera ido a visitarles antes, cuando dijo que iría, hubiera hecho lo que dijo en la Primera Epístola. Hemos vista ya que esa primera carta a los Corintios estaba llena de correcciones duras. Y Pablo fue realmente severo en esa epístola. Él dijo que si hubiera ido entonces, habría sido mucho más severo con ellos. Pero, que no lo hizo, porque quiso ser indulgente con ellos, quiso evitarles esa tensa situación. Él quiso ver si ellos mismos podían solucionar el problema que tenían. Y en el versículo 24, dijo:

"No es que queramos imponeros la que tenéis que creer, pues ya estáis firmes en vuestra fe, sino que queremos colaborar con vosotros para que tengáis alegría".

Usted y yo tenemos que mantenernos firmes en nuestra propia fe, estimado oyente. Y Pablo, en esta ocasión, se mantuvo alejado para que la fe de aquellos creyentes de Corinto fuera reforzada, y para que ellos crecieran espiritualmente en el conocimiento del Señor. Ésta es una de las razones por las cuales Dios permite que nosotros pasemos por ciertas dificultades y privaciones en nuestras vidas, para que podamos fortalecer nuestra fe. Y llegamos así a

2 Corintios 2:1-13

Como ya estamos comprobando, esta carta del apóstol Pablo nos está enseñando grandes verdades sobre el consuelo de Dios. En el primer capítulo hemos visto el consuelo de Dios en los planes de la vida. Y ahora, en este capítulo veremos que el tema general es el consuelo de Dios al restaurar a un creyente que ha pecado. Pero antes de entrar en este tema, el apóstol continuó con el tema del capítulo 1. Les estaba explicando a sus lectores los motivos por los cuales no les había visitado antes. Después, trató el asunto de la persona que había pecado en la congregación de Corinto y, finalmente, les mostró que Dios nos hace triunfar por medio de Cristo. Leamos ahora, el primer versículo del capítulo 2, de esta Segunda epístola a los Corintios, donde veremos que

Las explicaciones de Pablo continuaron

"Determiné, pues, no haceros otra visita que os causara tristeza"

O sea que, Pablo admitió que estaba desanimado por causa de ellos. Si les hubiera visitado, habría sido para ellos una experiencia triste. Y en el versículo 2, dijo:

"porque si yo os causo tristeza, ¿quién será luego el que me alegre, sino aquel a quien yo entristecí?"

Podemos apreciar aquí que Pablo no quería ir a verles en medio de su tristeza y con lágrimas en sus ojos. Les habría hecho llorar, y entonces, ¿quién alegraría a Pablo? Habrían quedado todos afectados por esa tristeza. Ahora, el versículo 3, dice:

"Por eso os escribí como lo hice, para que, cuando llegue, no tenga tristeza de parte de aquellos de quienes me debiera alegrar, confiado en que mi gozo sea el de todos vosotros".

Pablo quería que su visita fuera alegre. Había estado esperando recibir noticias de ellos informándole que habían corregido aquellas cosas acerca de las cuales les había escrito. Y entonces, Pablo les abrió su corazón. Leamos el versículo 4:

"Por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas, no para que fuerais entristecidos, sino para que supierais cuán grande es el amor que os tengo".

Hay muchas personas que sienten desagrado cuando el predicador presenta un mensaje severo. A veces, la corrección de la Palabra de Dios deja una sensación de abatimiento en la congregación. Pero quisiéramos decir aquí que un pastor no será fiel a su Señor si no lo hace así. Por ejemplo, el mismo apóstol Pablo en su Segunda epístola al joven Timoteo, le aconsejó en el capítulo 4, versículo 2: "Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; corrige, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción". Y toda persona que como un ministro de la Palabra se presenta hoy en el púlpito, tiene una responsabilidad tremenda de corregir lo que está mal. Y a muchos creyentes no les agrada ser corregidos. Y Pablo les dijo aquí que su reprensión no se debía a que estaba en contra de ellos, sino porque les amaba. Un Pastor fiel muestra su amor predicando la Palabra de Dios tal como ella es, antes que intentar complacer a su congregación. Entonces Pablo procedió a tratar el tema de

La restauración de un creyente que había pecado

En este punto recordemos que en su primera carta a la iglesia de Corinto, les había reprendido por permitir una gran inmoralidad en el seno de la congregación. De hecho, tenían un caso de incesto entre ellos y estaban, como suele decirse, mirando para otro lado. Sin embargo estaban actuando como si fueran espirituales. Y esa clase de inmoralidad resultaba incluso escandalosa para los paganos. Sin embargo, ellos la estaban pasando por alto. Y Pablo les había escrito para que resolvieran esa situación. En su llamado al orden, les dijo, como leemos en 1 Corintios 5:13, "Expulsad de entre vosotros al malvado". Y la congregación obró en consecuencia y excomulgaron a esa persona. Ahora, en los versículos 5 y 6 dijo el apóstol Pablo:

"Si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos".

O sea que ellos habían obedecido a Pablo, y actuaron correctamente al apartar de la comunión a aquel hombre. Entonces ese hombre, bajo el peso de una gran convicción, había reconocido su pecado. Y en vista de ello, ¿qué debían hacer? Pues debían perdonarle. Leamos los versículos 7 y 8 de este capítulo 2 de la Segunda Epístola a los Corintios:

"Así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarlo y consolarlo, para que no sea consumido por demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor hacia él"

En este caso, debían perdonarlo y ayudarlo, para que su lógica tristeza no le llevase a la desesperación. Debían demostrarle el amor que le profesaban. Recordemos también que el apóstol Pablo les dijo a los creyentes de Galacia, en la carta a los Gálatas 6:1, "Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". Continuemos leyendo, en 2 Corintios 2, los versículos 9 al 11:

"pues también con este propósito os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. Al que vosotros perdonáis, yo también, porque también yo, lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no tome ventaja alguna sobre nosotros, pues no ignoramos sus ardides".

A veces el diablo, nuestro enemigo espiritual, trata de impulsarnos en un sentido o en otro. A veces consigue que cerremos nuestros ojos ante la inmoralidad, y esa actitud ocasiona perjuicios a la causa de Jesucristo.

Pero, si una persona comete un pecado y se arrepiente apartándose de su pecado, entonces, ¿qué es lo que debe hacer la Iglesia? Debe sencillamente perdonarle. Y lo contrario a esta actitud, es la de aquellos que creen que la obstinación y la terquedad forman parte de la espiritualidad y entonces, no perdonan nada a nadie. Y ésa puede ser la influencia del diablo, así como lo es cerrar los ojos a la inmoralidad. Satanás logra una ventaja con muchos cristianos que son implacables, que no perdonan. Hay dos cosas acerca de las cuales no oímos mucho: de personas que admitan sus pecados y pidan perdón, y de creyentes que perdonen a aquellos que confiesan sus pecados. Es que se observa en muchos círculos cristianos una gran incapacidad para perdonar.

Necesitamos aprender que somos capaces de cometer cualquier pecado. Aquello que otros han hecho, nosotros también somos capaces de hacerlo. Y así como en el caso de Corinto, cuando una persona se arrepiente de su pecado, debe ser restaurada con un espíritu de mansedumbre, con benignidad, y reintegrada a la comunión de la iglesia. Ésta es, pues, una parte importante del ministerio cristiano. Y dice el versículo 12:

"Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, descubrí que el Señor me había abierto las puertas"

Pablo llegó a Troas y se le presentó una gran oportunidad de trabajar por el Señor. En aquella ocasión, la voluntad de Dios era que él se quedase allí para predicar el Evangelio, en vez de ir a Corinto. Pablo no estaba siendo inconstante, sino fiel. Fue fiel a la oportunidad que Dios le concedió. Continúa diciendo el versículo 13:

"Aun así, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a mi hermano Tito. Por eso, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia".

Aun cuando él estaba predicando el Evangelio en Troas, se sintió intranquilo porque Tito no había llegado para traerle noticias de la congregación de Corinto. Le esperó, pero no llegó. Entonces, Pablo salió de viaje a Filipos y Macedonia. Y fue allí donde llegó Tito con las noticias de que los Corintios habían tratado el problema del pecado en la congregación, y de que aquel hombre se había arrepentido, dejando su pecado.

Hemos hablado hoy de aquellos que miran para otro lado ante el problema del pecado, y de aquellos que, con una actitud de hipocresía, son incapaces de perdonar. Pero Dios no actúa así. Dios se ha enfrentado directamente con el problema del pecado enviando a Jesucristo a morir en una cruz. Pero Dios no rechaza al pecador. A todo aquel que, reconociendo que ha vivido lejos de Dios, sin ninguna relación con Él, escucha la presentación del mensaje del Evangelio, es sensible a la voz del Espíritu Santo, y responde aceptando al Señor Jesucristo como su Salvador, Él le recibe como hijo. Estimado oyente, esa fue la actitud de Jesucristo, el Hijo de Dios, cuando dijo: "al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera".

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