Estudio bíblico de 2 Corintios

Predicación escrita y en audio de 2 Corintios 4:1-6

2 Corintios 4:1-6

Llegamos hoy al capítulo 4, de esta segunda epístola del apóstol San Pablo a los Corintios. En nuestro programa anterior, apenas alcanzamos a tocar el primer versículo, pero vamos a continuar hoy y vamos a considerar este versículo una vez más. Y aquí tenemos otro aspecto del consuelo de Dios. Vimos en el primer capítulo el consuelo de Dios para los planes de la vida. Luego, en el segundo capítulo de esta Segunda epístola a los Corintios, observamos el consuelo de Dios al restaurar a los cristianos que habían pecado. Y en el capítulo 3, vimos el consuelo de Dios en el glorioso ministerio de Cristo.

Pues bien, figurativamente hablando, nosotros no vamos a descender de la cima de la montaña, sino que vamos a continuar aquí arriba para considerar, en este capítulo 4, el consuelo de Dios en el ministerio del sufrimiento por causa de Cristo. Quizá tengamos que subir aún un poco más arriba, y no estamos seguros de lo que vamos a encontrar en una atmósfera en la que se nos hace muy difícil respirar. El apóstol nos invitó a subir más alto, y eso es lo que queremos hacer. Leamos, pues, otra vez el versículo 1, el primer versículo, de este capítulo 4, de la Segunda epístola a los Corintios. Y dijo Pablo:

"Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos".

Este es el ministerio, dice, el ministerio glorioso. Dios nos ha entregado un mensaje que ningún ser humano podía haber concebido. Para un hombre sería imposible crear un plan como el que presenta el Evangelio. Ningún hombre lo podría haber inventado. Yo no encuentro ninguna otra razón por la cual Él me haya permitido entrar en esta actividad, que no sea Su misericordia. Como ya dijimos anteriormente, Dios es rico en misericordia. Él no agotó toda Su misericordia antes de llegar a mí porque Él vio que yo necesitaría mucha compasión, y Él ha sido rico en misericordia para conmigo. Y por Su misericordia ha permitido que tengamos este ministerio de enseñanza Bíblica por la radio. Y como tiene lugar al amparo de Su misericordia, no desmayamos, sino que nos alegramos de poder llevarlo a cabo.

Resulta interesante estudiar religiones comparadas. La diferencia entre el Cristianismo, el Evangelio de la gracia de Dios, consiste en que las religiones del mundo les piden a sus fieles que hagan algo. En cambio, el Evangelio me dice que Dios ha hecho algo por mí, y yo tengo que creerlo, tengo que confiar en Él. La única manera de venir a Él es por fe. Ésa es la forma de acercarme a Él, porque sin fe, es imposible agradarle. En contraste, como ya hemos dicho, las religiones y sectas requieren que uno se esfuerce en hacer algo. Algunas de estas sectas dicen que uno debe tener fe. Sin embargo, por fe no quieren decir que hay que confiar en el Señor Jesucristo sino que más bien se refieren a un reconocimiento de Jesús y de que su muerte hace unos 2.000 años fue un hecho histórico. Pero debo decirle que el simplemente creer que Jesús murió, no le salvará. Estimado amigo, Jesucristo murió por nuestros pecados, y resucitó, de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Ahí se encuentra precisamente la distinción importante. Nosotros tenemos que depositar nuestra confianza en su obra completada. Esa obra ya ha sido realizada.

En una ocasión Pablo había estado bajo la ley. Él sabía bien lo que implicaba estar bajo un sistema que requiriese hacer algo o realizar algún esfuerzo. Dijo que era un Hebreo entre los Hebreos; en cuanto a la ley, era un fariseo, y en lo referente a la justicia de la ley, sin ninguna culpa. Pablo estaba realmente bajo la ley y había tenido la esperanza de hacer algo para lograr su salvación. Entonces, un día se encontró con el Señor Jesús en el camino que conducía a Damasco. Después de conocerle como su Señor y Salvador, escribió en Filipenses 3:8 y 9: "Por amor a Él lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo 9y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que se basa en la Ley, sino la que se adquiere por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe". Podemos ver que después de que Pablo estuvo frente a Jesucristo, fue consciente de que nunca podría logar la salvación por sí mismo. Cualquier tipo de justicia que pudiera tener derivada de la ley, no sería suficiente. Él necesitaría tener la justicia de Jesucristo. Después de llegar a esa conclusión y de dar ese paso de fe, sintió que para él comenzaba una nueva vida.

El apóstol Pablo mismo nos dirá, en el capítulo 5 de esta misma carta, que si alguno estaba unido a Cristo, se había convertido en una nueva persona; porque las cosas viejas que caracterizaban su vida anterior habían quedado fuera, habían pasado como una etapa que había quedado atrás. En la nueva etapa, habían aparecido cosas nuevas, y lo dijo refiriéndose a todo lo que el Espíritu Santo produce en la nueva vida, es decir, los nuevos valores, a las nuevas experiencias, a la esperanza de la vida eterna de ese nuevo creyente, que como cristiano que se va pareciendo cada vez más a Cristo, su Señor.

Y así como en la experiencia del apóstol Pablo, autor de esta carta que estamos estudiando, el encuentro con el Señor resucitado marcó aquel día como el comienzo de una nueva etapa, como el principio de una vida significativa, es también una nueva vida para cada uno de nosotros cuando nos acercamos a Cristo reconociendo nuestra profunda necesidad espiritual. Hoy necesitamos la misericordia y compasión de Dios. Y Él nos amó y en su gracia y misericordia nos proveyó un Salvador, y hoy salva a aquellos que creen en Él, por Su gracia. Ahora, Pablo aún no había concluido y dijo algo más aquí en el versículo 2, de este capítulo 4 de la Segunda epístola a los Corintios:

"Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios. Por el contrario, manifestando la verdad, nos recomendamos, delante de Dios, a toda conciencia humana".

Pablo estaba diciendo que somos salvos por la gracia de Dios, por medio de la fe en Cristo Jesús. Sin embargo, después de haber sido salvos, el evangelio debe vivir en nosotros, es decir, reflejarse en nuestra vida. Pablo dijo que habían renunciado a las cosas vergonzosas que se hacían a escondidas. Es que el confiar en Cristo es más que un asentimiento intelectual al hecho de que Cristo murió en la cruz. Significa depositar nuestra confianza en Él y experimentar Su regeneración. Una vez que Cristo nos ha salvado, debemos ser un ejemplo viviente del Evangelio. Es decir, que la persona que proclama el Evangelio debe ser alguien que refleja la santidad de Dios. Por ello enfatizó Pablo que ellos habían renunciado a "lo oculto y vergonzoso", no actuaban con astucia ni falseaban el mensaje de Dios.

Otra versión traduce este versículo 2 de este capítulo 4, de la siguiente manera: "Mas bien, hemos renunciado a todo lo vergonzoso que se hace a escondidas; no actuamos con engaño ni torcemos la palabra de Dios. Al contrario, mediante la clara exposición de la verdad, nos recomendamos a toda conciencia humana en la presencia de Dios".

Es decir, que no debemos vivir como hipócritas, aparentando lo que en realidad no somos. Y nuestra conducta no debiera estar en contradicción con lo que estamos predicando. Y esa conducta debiera merecer la aprobación del Señor Jesucristo. Por supuesto, no somos perfectos, pero tenemos que vivir de una manera que sea del agrado de Dios.

Tenemos otra frase que queremos considerar aquí, y es lo que Pablo dijo: ni adulterando la Palabra de Dios. Ya vimos que otras versiones traducen torcer o falsear la Palabra de Dios. La idea incluye también el aprovecharse de la Palabra para otros fines que no sean enteramente espirituales. Y cada uno debería examinarse a sí mismo, preguntándose: ¿Por qué proclamo y enseño la Palabra de Dios? El apóstol Pablo, como predicador, lo tenía bien claro cuando escribió en 1 Corintios 9:16, "¡Ay de mi si no predico el evangelio!" Sus palabras expresaban una profunda motivación, una motivación vital.

Una persona puede predicar el evangelio y decir cosas que son absolutamente ciertas y verdaderas; pero al mismo tiempo su vida puede estar comunicando otro mensaje que es completamente diferente. Y permítame decirle, estimado oyente, que yo mismo oro mucho sobre este asunto pensando en mi propia vida y le pido a Dios que no me deje predicar si no lo hago con una conciencia clara y limpia, y con el poder del Espíritu de Dios. Es inútil predicar a menos que se cumplan esas dos condiciones. El predicar el evangelio es una experiencia gloriosa y honrosa, pero es algo terrible el predicarlo si dentro de uno mismo hay una falta de sinceridad, si no existe un compromiso y una dedicación totales al Señor, y si no hay convicciones firmes en cuanto a Él.

En realidad Pablo no se estaba refiriendo aquí a personas totalmente dedicadas al ministerio cristiano, sino a aquellos profesionales que, siendo cristianos, quieren ser testigos de Cristo. Esas personas necesitan recibir una adecuada instrucción cristiana que las capacite para ser testigos eficaces de Cristo.

Pero, permítanos decirle que es muy importante para nosotros reconocer que son las ovejas, las que producen ovejas. El pastor de las ovejas no puede producir ovejas. El pastor las apacienta y las cuida. Pero son las ovejas las que pueden ganar a otras ovejas. Por ello, nuestra labor es tratar de preparar y formar a las personas que trabajan en las más variadas profesiones, para que se conviertan en testigos que proclamen el Evangelio de Cristo.

Y de paso, quisiéramos preguntarle si está haciendo usted algo para difundir la Palabra de Dios en nuestro día. Eso es testificar. Quizás usted no puede hacerlo personalmente pero puede ayudar a que otros lo hagan facilitándoles los medios. O quizás usted sea un hombre o una mujer que dedica mucho tiempo a la oración y puede entonces interceder por aquellos que predican y enseñan la Palabra de Dios. O incluso puede que usted esté en contacto con personas a las que nadie podría alcanzar, o a algunos que no escucharían a nadie más. Dios le ha llamado a usted a ser un testigo, y ésa es una tremenda tarea.

Continuemos leyendo ahora los versículos 3 y 4 de este capítulo 4 de 2 Corintios.

"Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; esto es, entre los incrédulos, a quienes el dios de este mundo les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios".

El versículo 3 dice "a quienes el dios de este mundo", es decir, Satanás; él es el dios de este siglo, o sea, el dios de esta época. Cuando uno recorre los paisajes más hermosos de este mundo, se resiste a considerar a Satanás como el dios de este mundo. Podemos decir que éste es el mundo de Dios. Aunque el pecado, la maldad humana, lo ha contaminado, es aún el mundo de Dios.

El enemigo de Dios es el dios de esta época. Él ejerce una influencia sobre lo que está ocurriendo en nuestro tiempo.

Él es quien cegó el entendimiento de los que no creen. ¿No ha escuchado usted decir a alguna persona, "no entiendo el evangelio, lo he escuchado toda mi vida, pero para mí no significa nada". Hemos oído una y otra vez a personas expresarse de maneras parecidas. ¿Qué ha sucedido? Que el diablo les ha cegado. La luz del evangelio está brillando pero el enemigo ha entorpecido su visión para que no puedan verla. Es como lo que ocurrió en cierta mina. Se produjo una gran explosión y los mineros quedaron atrapados dentro de la mina. Finalmente, pudieron recibir comida desde afuera, así como también luz para que pudieran ver. Al encender esa luz, un joven minero, dirigiendo sus ojos directamente a la luz dijo: "¿Por qué no encienden las luces? Y todos los demás lo miraron sorprendidos; él había quedado enceguecido por la explosión. Así, en el mundo espiritual, Satanás ha cegado a mucha gente que hoy también está diciendo: "¿Por qué no encienden la luz? No veo el evangelio para nada". Ésta es, pues, la ceguera que proviene de Satanás.

Hay otros que dicen: "Bueno, usted sabe, hay cosas en la Biblia que no puedo comprender. Yo no sé por qué, pero simplemente no las puedo creer". Hace un tiempo recibimos una carta detallando, con cierto resentimiento, todo lo que esa persona manifestaba no poder creer. Después supimos que consistía en que había un área de su vida controlada por el pecado, un pecado condenado por la Biblia. En realidad, esa persona no quería creer y esa es hoy la condición de muchos. O sea, que el problema no radica en la Biblia sino en sus vidas, que se sienten aludidas directamente por las Sagradas Escrituras. Estimado oyente, usted puede optar por dejarse llevar por la satisfacción momentánea que le proporciona el dejarse llevar, casi diríamos mejor, dejarse arrastrar por su pecado, por supuesto que usted puede continuar haciéndolo. Pero usted será el que sufra las consecuencias. Pero tiene usted otra opción. Puede usted recurrir a Cristo para ser liberado. ¡Y, por favor, no me diga que no puede! Si usted quiere, podrá hacerlo. En el mismo instante en que alguien se ve a sí mismo como un pecador y dice "estoy dispuesto a renunciar a mi pecado, estoy dispuesto a recibir al Señor Jesucristo como mi Salvador", esa persona será salva. La Palabra de Dios es una luz. En vez de decir que usted no puede ver la luz, y en vez de tratar de culpar a la Biblia, ¿por qué no se enfrenta a sus pecados ante la presencia de Dios? Si así lo hace, no tendrá dificultad alguna en creer.

Nos agradaría incluir aquí una cita de Isaac Newton. Y seguramente nadie negará que fue un gran intelectual y científico. Alguien un día le dijo: "Yo no entiendo. Usted parece creer en la Biblia como un niño pequeño. Yo lo he intentado, pero no puedo. Muchas de las afirmaciones Bíblicas no significan nada para mí y, por lo tanto, no puedo creer". Y ésta fue la respuesta de Isaac Newton: "A veces entro en mi estudio distraído, e intento encender la vela con el capuchón extinguidor que sin darme cuenta había dejado colocado sobre ella. Y por más que intento encenderla, por supuesto, no puedo. Pero al retirar el extinguidor, entonces si puedo encender la vela. Me temo que en su caso, al decirme que usted no puede creer, el extinguidor es el amor a sus pecados; es una incredulidad deliberada que permanece dentro de usted. Vuélvase a Dios con un actitud de arrepentimiento; esté dispuesto a permitir que el Espíritu de Dios le revele Su verdad, y Él se complacerá en mostrarle la gloria de la gracia de Dios brillando en el rostro de Jesucristo". Isaac Newton no sólo fue un gran científico sino un destacado predicador. ¿Por qué no cree la gente? Porque Satanás ha cegado sus ojos, ha oscurecido su vista espiritual para que, como dijo Pablo en este pasaje, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. El mensaje del evangelio es glorioso porque revela la gloria de Cristo. Y aparentemente, eso es precisamente lo que los seres humanos no quieren ver.

Y dice el versículo 5:

"No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús"

Nosotros predicamos a Jesucristo como Señor. Créame, estimado oyente, usted y yo estamos indefensos e impotentes cuando proclamamos la Palabra de Dios. En el mundo espiritual hay un enemigo que se nos opone y que ciega la mente de las personas. Ahora, veamos el versículo 6:

"porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo".

Ahora, Pablo estaba proyectándose hacia atrás en el tiempo, a la creación del universo, cuando Dios creo la luz. El mundo fue creado hace muchísimo tiempo por Dios y no nos ha indicado la fecha. Nuestro Dios es un Dios eterno y seguramente no estaba sin hacer nada, esperando que el hombre entrara en la escena. Creemos que este universo ha estado en existencia por un extraordinariamente largo período de tiempo, y que algo le ocurrió. Presenta evidencias de haber experimentado una convulsión de enormes proporciones. Algo debe haberle ocurrido a una creación perfecta. En Génesis 1 Dios se introdujo en esa escena. El Espíritu de Dios, literalmente, se movía sobre la superficie de las aguas. En ese momento Dios dijo: "Sea la luz". Y entonces hubo luz; la luz comenzó a existir. Porque Dios, dijo aquí Pablo, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones. Lo que sucede es lo siguiente, así como el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie del agua, se mueve sobre el alma. Él actúa para traer convicción a nuestros corazones y después nos regenera. Y la luz del glorioso evangelio de Cristo, quien es la imagen de Dios, brilla en nuestro interior. Y de esa manera le podemos contemplar. Como alguien ha dicho acertadamente: "La mirada salva, pero la contemplación fija, santifica". Necesitamos pasar mucho tiempo observando a Cristo. Pero, aun haciéndolo así, seguimos siendo vasijas débiles, frágiles, como veremos en los versículos siguientes.

En medio de las ambigüedades que caracterizan a todas las afirmaciones humanas, y a la sensación de duda e inseguridad que nos dejan, destacamos al concluir la veracidad del mensaje de Dios expresado en el Evangelio. Como Su Palabra lo expresa, esa luz es diáfana y disipa las tinieblas. Aunque el evangelista Juan, expresó una realidad cuando dijo en 1:5, "La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la dominaron" y más adelante en su evangelio aclaró que "los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas". Pero, en medio de estas actitudes de rechazo por parte de muchos en el día de hoy, Jesús reiteró Su invitación que, otra vez, estimado oyente, le invitamos a aceptar. Jesús Dijo: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida".

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