Estudio bíblico de 2 Corintios 5:10-16

2 Corintios 5:10-16

Continuamos hoy nuestro recorrido por la Segunda epístola del apóstol San Pablo a los Corintios, y nos encontramos en el capítulo cinco. A veces pensamos que nuestra ambición debiera ser la de hacer algo grande, algo importante para Dios. Pero Dios nos dice que Él quiere que seamos Sus siervos. Eso es todo. Usted y yo debemos llegar a un punto en que podamos expresar las siguientes palabras de Jeremías 45:5: "Y tú, ¿buscas para ti grandes cosas? No las busques". Ésta es una disyuntiva que se ve claramente, ¿no es cierto? Estimado oyente, ¿está usted intentando lograr grandes cosas para usted mismo? ¿Es posible que haya personas que estén sirviendo al Señor, motivados por una ambición personal y egoísta? La pregunta clave es: ¿Quiere usted ser un siervo de Dios? Si ese es el caso, usted podrá lograr algo por lo cual Él le recompensará. Ésta debiera ser una auténtica preocupación para mí, y para todos aquellos que le sirven. Y esa preocupación debiera ser siempre la de no perder la motivación, el deseo ferviente de ser Su siervo en todo el sentido de la palabra. Hay diversas motivaciones para impulsar nuestro servicio. Dijimos anteriormente que mencionaríamos 3:

1. Algún día tendré que presentarme ante Él, y rendirle cuentas por mi servicio, así como todos aquellos que le sirven o le han servido. Esta realidad debiera motivarnos para servirle aceptablemente, adecuadamente, incondicionalmente. Leamos a continuación y nuevamente, el versículo 10 de 2 Corintios 5:

"Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo".

Aquí se está hablando del lugar llamado "bema". En la actual ciudad de Corinto aún pueden verse las ruinas de aquel lugar, en el que los jueces de la ciudad recibían a los ciudadanos y les juzgaban, aunque no en asuntos de vida o muerte. En el tribunal de Cristo solo se presentarán los creyentes. No será un juicio sobre los pecados del cristiano, por que éstos han sido juzgados, castigados y borrados en el sacrificio de Cristo en la cruz. Este tribunal de Cristo tiene que ver con la recepción o recompensa del Señor.

Cuando Pablo dijo: es necesario que todos nosotros comparezcamos tenemos que recordar que estaba escribiendo a creyentes. Todos los cristianos seremos juzgados con respecto a las obras que hayamos llevado a cabo en esta vida. Seremos juzgados por la forma en que hayamos vivido la vida cristiana. Cuando estemos ante Su presencia, habremos acabado ya la labor en estos cuerpos materiales. La cuestión entonces será cómo habremos utilizado estos cuerpos. Cómo hemos vivido.

Pablo afrontó esta pregunta cuando escribió a los Filipenses 1:21, "para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia". Después habló de su deseo de irse para estar junto al Señor, pero también de su deseo de vivir más años para poder servir a los Filipenses. Quería también quedarse en la tierra para predicar por más tiempo el Evangelio. El autor de estos estudios, el profesor McGee nos contó que él experimentó la misma reacción la primera vez que fue operado de cáncer y, en aquel momento, los médicos no tenían muchas esperanzas de su recuperación.

El apóstol Pablo quiso que Cristo fuera honrado en su vida, en su cuerpo, y que su servicio para Él fuera aceptado como grato por el Señor, y así pudiera recibir una muestra de ese reconocimiento, una recompensa al final de su carrera cristiana, en el tribunal de Cristo. Ésta es la única motivación adecuada para los creyentes en general, en vista a la comparecencia ante el Señor, después de esta vida. En la parábola de Mateo (25:21) el Señor llamó a uno de sus siervos, a quien había dejado algunos bienes para que los administrase. Al pedirle cuentas y comprobar la eficacia de aquel siervo el Señor le dijo: "Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré. Entra y alégrate conmigo". Estimado oyente creyente, al máximo premio y honor será escuchar esas palabras como evaluación a nuestro servicio.

Sigamos adelante ahora, porque Pablo nos presentó el segundo motivo aquí, y lo podemos leer en el versículo 11, porque se trata de que

2. El temor reverente del Señor nos insta a persuadir a las personas.

"Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias".

La Biblia habla mucho sobre el "temor del Señor". En realidad se nos dice que "el temor al Señor es el principio de la sabiduría".

Algunas tendencias del pensamiento teológico afirman que no necesitamos tener temor de Dios. Representan a Dios como un anciano dulce e indulgente, a quien uno puede tratar casi de cualquier manera. Nos hablan de la paternidad universal de Dios y de la hermandad universal de los seres humanos. Pero dicha doctrina es totalmente ajena a las Sagradas Escrituras. ¿Sabe usted lo que dice la Palabra de Dios? En la carta a los Hebreos, capítulo 10, versículo 31, leemos: "¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!"

No entreguemos a la gente, espiritualmente hablando, un pan sintético. No prediquemos un evangelio diluido y sin contenido. Estimado oyente, es este Dios Santo el que le ama a usted. Es este Dios Santo el que quiere salvarle. Pero si usted no se acerca a Dios de la manera que Él ha establecido, tendrá que presentarse ante Él pasa ser juzgado. Por ello vemos la insistencia que surgía de la afirmación del apóstol cuando dijo, "Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres". Hay muchos púlpitos desde los cuales nunca se predica sobre el tema del infierno. Hay pocos sermones que tratan sobre el castigo, y pocos sobre el juicio. De esa manera, el juicio de Dios es casi un tema olvidado en el cristianismo actual. El Señor Jesucristo dijo que había venido a buscar y a salvar aquello que se había perdido. Estimado oyente, es una cosa terrible el caer en las manos del Dios viviente. Necesitamos temer el juicio de Dios. Tenemos que reconocer que vamos a tener que rendir cuentas ante Él. Ahora, en el versículo 12, el apóstol Pablo dijo:

"No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de estar orgullosos de nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se jactan en las apariencias y no en el corazón".

En otras palabras, estimado oyente, si usted está presentando todo el conjunto de la enseñanza de Dios, lo puede hacer de una manera amable, afectuosa. Figurativamente hablando, no tiene usted que actuar como si estuviese haciendo caer rayos y centellas. Pero necesitamos reconocer hoy, y declararlo con claridad, que los seres humanos estamos perdidos. Si así lo hacemos, no nos estamos colocando en una posición en la que podamos recibir elogios. Pero no estamos tratando de obtener popularidad. Siempre tememos esas expresiones que intentan ser inocuas, agradables de escuchar, que aparentemente hacen sentir momentáneamente bien a las personas. Hay quienes recurren a tantas disciplinas con el objeto de convertirse en personas equilibradas. Permítanos decirle, estimado oyente, que si usted se encuentra sin Cristo, no es un período de adaptación o ajuste lo que usted necesita. Usted es un pecador condenado al juicio y se encuentra de camino al infierno. Lo que usted necesita es a Cristo.

El decir esto no necesariamente despertará su simpatía por nosotros, pero lo que estamos comunicándole es el mensaje de la Palabra de Dios. No pretendemos despertar elogios ni que usted se enorgullezca de nosotros. Para nosotros lo importante es exponerle la totalidad del mensaje de Dios. Nuestra motivación para difundir la Palabra de Dios es el reconocimiento de la realidad del juicio de Dios.

Creemos que ya le hemos hablado lo suficiente a la gente acerca de las angustiosas necesidades humanas y hay libros escritos sobre tales temas. Y los misioneros llegan y hablan de las necesidades espirituales y materiales que existen en lugares lejanos. Pero tenemos que fijarnos, estimado oyente, en la necesidad de nuestros pueblos. Cada uno de ellos, con una mentalidad cada vez más materialista, y en el cual Dios y la persona de Jesucristo están cada vez más desplazados, es un gran campo de misión. Hay gente de camino al infierno que se codea cada día con usted. Continuamos en el versículo 13, de este capítulo 5 de la Segunda epístola a los Corintios, leyendo:

"Si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros".

Pablo admitió que la gente podía pensar que él estaba loco. De todas maneras lo que hacía, lo hacía para Dios. O algunos podían pensar que él estaba en su sano juicio. Bueno, al fin y al cabo era por ellos si él actuaba con seriedad. Y finalmente, él expuso una tercera motivación para servir al Señor y es que

3. El amor de Cristo nos constriñe. Leamos los versículos 14 y 15, de este capítulo 5, de la Segunda epístola a los Corintios:

"El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y él por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos".

En la frase "El amor de Cristo nos constriñe;" esta última palabra ha sido mal entendida. Se ha pensado que el amor de Cristo nos restringe, nos ata, no nos permite actuar. Y ése no es el significado de la palabra que Pablo usó aquí. Lo que él estaba diciendo es que el amor de Cristo les estaba apremiando. Les estaba motivando, impulsando. Es el amor de Cristo lo que nos está apremiando para difundir la Palabra de Dios.

En la frase "pensando esto: que si uno murió por todos, luego, todos murieron", vemos la motivación que impulsó a Pablo a llegar hasta los confines de la tierra de aquel entonces con el mensaje del Evangelio.

Esta misma frase, nos indica que toda la humanidad está bajo una sentencia de muerte. Cuando Adán estaba en el jardín del Edén, él era nuestra cabeza federal. El era la cabeza de la antigua creación. Y esa creación estaba en juicio, digamos, en Adán. Como vemos, en Génesis 2:16 y 17, Dios le dijo a él: "De todo árbol del huerto podrás comer. Pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comas, ciertamente morirás". Adán, de una manera deliberada, desobedeció a Dios. Y él entonces se colocó bajo la sentencia de muerte y al hacerlo, se llevó a toda la raza humana con él, porque todos los seres humanos estaban representados en él. Usted y yo hemos nacido en una familia de muerte. Toda la humanidad se encuentra ahora bajo la sentencia de muerte.

Alguien ha dicho: "El mismo momento que nos da la vida, comienza a quitárnosla". Cuando el rey David escribió, "Aunque ande en el valle de sombra de muerte" no se estaba refiriendo al fin de la vida; sino que quiso decir que toda la vida es como ir descendiendo por el sendero que conduce a la muerte, que se va haciendo cada vez más estrecho y oscuro hasta que, finalmente, nos conduce a cruzar el umbral de la muerte.

Podíamos usar una simple ilustración para explicar la caída del primer hombre y sus consecuencias. Supongamos que en una cima alta de este mundo, se encontrara el paraíso. Allí colocó Dios al hombre, después de crearlo. Ahora, en ese lugar Adán tenía todo lo que era bueno para él. Pero hubo solo una cosa que Dios le pidió que no hiciese. Adán era un hombre sin pecado y se enfrentó con la posibilidad de elegir. Dios le había prohibido hacer algo, y eso fue precisamente lo que Adán optó por hacer. Y entonces, cayó. Hemos llamado a lo que le sucedió, la caída de Adán. Pues bien, el cayó rodando desde esa altura hasta el lugar donde nosotros nos encontramos en el valle. Después, allí en el valle, comenzó a traer al mundo a una raza de seres humanos. Estos no llegaron al mundo allí donde Adán se encontraba antes, en la cima de la montaña, en esa altura donde él había sido inocente, sino que nacieron aquí abajo, en el valle, en el lugar al que Adán llegó en su caída.

El Señor Jesucristo vino a este mundo, recorriendo, desde el cielo, una gran distancia. Él era un ser que no tenía pecado, era santo, inocente, incontaminado. Y descendió hasta aquí para salvar a los pecadores. Al descender del cielo, no se dirigió a aquella cima de la montaña de nuestra ilustración, porque allí no se encuentra nadie. Él no encontraría a nadie en aquel alto nivel de santidad. Todos los seres humanos se encuentran abajo en el valle, están espiritualmente muertos en sus delitos y pecados, separados de Dios. Entonces, ¿qué hizo Él? Descendió a ese valle, al lugar de la muerte donde ellos se encontraban, y murió por todos. Pero después resucitó, y entonces llevó a todos los creyentes a vivir una vida de resurrección. ¿Y a dónde les llevó, de regreso a la cima de la montaña donde había vivido Adán? No. Les llevó con Él a los lugares celestiales. A aquellos que creemos en el Señor Jesucristo, nos hizo sentar en el cielo. Como dijo el apóstol Pablo en Efesios 2:6, "con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús".

El versículo 14 incluye aun la frase, si uno murió por todos, luego todos murieron. Ahora, Jesús ocupó nuestro lugar. Y todos los que creen en Él, desde un punto de vista espiritual y como una anticipación de una realidad futura, están resucitados con Él. No han sido resucitados para poder ser colocados nuevamente en la cima de aquella montaña de nuestra ilustración, para que caigan de allí rodando nuevamente. Sino que Dios lleva a los suyos hasta los lugares celestiales. Cristo tomó nuestro lugar en la cruz y si vamos a vivir, será por medio de la fe en Él, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Cristo murió no sólo para que fuéramos librados de la muerte y el juicio, sino para que fuésemos rescatados del estado de la muerte espiritual, para que pudiéramos vivir una vida nueva. Entonces ahora, nuestras vidas deberían estar dedicadas a Él, para que podamos vivir de aquí en adelante trayendo honra y gloria a Dios.

Para el hijo de Dios, esta posición provee una nueva interpretación de la familia humana. Leamos el versículo 16 de 2 Corintios 5:

"De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según los criterios de este mundo; y aun si a Cristo conocimos según esos criterios humanos, ya no lo conocemos así".

Ahora, estimado oyente, nosotros ya no pensamos en nadie según los criterios de este mundo. Ahora no vemos a los seres humanos desde el punto de vista que solíamos tener cuando pertenecíamos al sistema del mundo. En ese sistema mundano, solo hay personas perdidas. En otras palabras, no evaluamos a las personas por sus antecedentes raciales, sociales o intelectuales. Sabemos que de acuerdo a la vieja naturaleza humana, están perdidas al estar sin Cristo. Pero Cristo murió por todos ellos, indiferentemente del nivel que ocupen en la sociedad y de lo que de ellos se piense desde un punto de vista humano.

El apóstol Santiago escribió sobre esto en el segundo capítulo de su epístola. Dijo que estaba mal dar en una congregación el lugar de honor a una persona adinerada que se acercase con un anillo en su mano y vestida con ropa cara, mientras que a una persona pobremente vestida se la colocaba en un lugar poco visible. ¿Por qué? Porque como hijos de Dios tenemos que ver a la totalidad de la familia humana como pecadores por quienes Cristo murió. Incluso la línea entre judíos y no judíos ha sido borrada. Todos los miembros de la raza humana son pecadores delante de Dios. La única solución para todos es aceptar el mensaje del Evangelio de Jesucristo. Así que todos están en el mismo nivel.

Luego Pablo dijo, "y aun si a Cristo conocimos según esos criterios humanos, ya no lo conocemos así". Ahora, creemos que el apóstol Pablo conoció a Cristo físicamente. Creemos que él estuvo presente en la crucifixión del Señor Jesucristo. No podemos imaginarnos que un fariseo tan brillante como este joven Saulo, no hubiera estado presente en Jerusalén en la crucifixión.

Jesucristo caminó por esta tierra hace más de 2.000 años. Nació en Belén, se crió en Nazaret, caminó por Galilea, comenzó su ministerio en Caná de Galilea, fue a Jerusalén, murió allí en una cruz, fue sepultado fuera de la ciudad en la tumba de José, resucitó al tercer día, apareció a los suyos, y regresó al cielo. Y ya no le conocemos más como el hombre de Galilea.

Al llegar la Navidad, muchas personas hacen un viaje a Belén. El lugar está atestado de gente. ¿Qué están buscando allí? ¿Al niño Jesús? Él ya no se encuentra allí. Y Jerusalén también está aborrajada por el público en Semana Santa. Pero nuestro Señor resucitado ya no se encuentra allí. Aunque su historia está vívidamente relatada en las páginas de la Biblia y continuamos aprendiendo de ella, ya no podemos pensar en Él de acuerdo con los criterios humanos, que constituyen la única manera en que muchos hoy le contemplan.

En este momento, Él se encuentra en la gloria del cielo, a la derecha de Dios. Por ello, hoy preferimos contemplarle allí, y sentirnos identificados con su resurrección, con su victoria. Por ello el apóstol Pablo dijo que nos hemos identificado con Él en Su muerte, y con Su resurrección, y nos identificamos con Él, que se encuentra en los lugares celestiales. Estimado oyente, ¿no querrá usted dar ese paso de fe y aceptar al Señor Jesucristo como su Salvador? Entonces tendrá la vida eterna, y podrá compartir la victoria de Su resurrección, y podrá contar con la ayuda del Espíritu Santo, para vivir en esta tierra la calidad de una vida orientada por la voluntad de Dios, anticipando el momento en que todos compartamos de una manera definitiva, la victoria sobre la muerte y la realidad de la vida eterna.

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