Estudio bíblico de Gálatas 6:6-11

Gálatas 6:6-11

Continuamos hoy estudiando este capítulo 6, de la epístola del apóstol San Pablo a los Gálatas. Este versículo 6 es probablemente uno de los más directos y terminantes que uno puede encontrar en la Biblia. Pablo habló de una manera muy franca. Escuchemos lo que dijo en el versículo 6:

"El que es enseñado en la palabra haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye".

La palabra que aquí se utiliza para partícipe, es en realidad la palabra griega "koinoneo", que quiere decir "compartir"; tomar parte y compartir las cosas de Cristo juntos. Pablo estaba diciendo directamente que si una persona les servía para su beneficio espiritual, ellos a su vez debían servirle con toda clase de bienes materiales. Si Dios lo ha bendecido a usted con provisiones materiales y usted está siendo bendecido espiritualmente por alguien, entonces usted debería servir a tal persona proveyendo para sus necesidades materiales. Esa actitud de compartir no es una obligación, sino que está basada en el principio de la gracia. En las relaciones humanas, si usted va a una tienda a comprar alimentos y pasa por la caja sin pagar lo que se ha llevado, se enfrentará con problemas. En el ámbito de las relaciones entre cristianos, hay mucha gente que recibe un servicio espiritual y no siente la necesidad de ayudar materialmente a aquellos que dedican todo su tiempo a prepararse para enseñar la Palabra de Dios. Y las Sagradas Escrituras dicen claramente que debemos compartir lo que materialmente hemos recibido de Dios con aquellos que nos instruyen en lo que Dios quiere enseñarnos. Pablo sigue diciendo en el versículo 7:

"No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará"

Aquí tenemos uno de esos destacados pasajes de la Escritura, que pensamos necesita ser considerado en la actualidad. Pablo está presentando aquí un gran principio, una ley inmutable que opera en todas las esferas de la vida. En el sector de la agricultura, una persona siembra trigo, y eso es lo que cosecha, trigo. Puede sembrar arroz y entonces cosechará arroz. Usted nunca puede conseguir peras del olmo, por ejemplo. El principio que tenemos entonces es que lo que usted siembra, eso es lo que va a cosechar. En la esfera de lo moral, usted también cosechará lo que siembre. En el Evangelio de Mateo 13, el Señor Jesucristo contó acerca de un sembrador que salió al campo a sembrar. Y también destacó que un segador salió a cosechar.

El principio establecido en este versículo es inmutable, invariable, inalterable y no puede ser revocado. No se puede modificar en ninguna de sus partes y es aplicable a cada esfera, a cada sector y área de la vida. Por ello, lo que se cosecha pertenecerá al mismo tipo de semilla que se siembra. En ese sistema no se producen errores ni mutaciones que alteren la relación de lo que se siembre y lo que se coseche. En antiguas tumbas de Egipto se encontraron semillas de trigo que habían sido colocadas en ese lugar hace cinco mil años. ¿Y sabe usted lo que pasó? Cuando uno siembra esas semillas aún puede cosechar trigo. La semilla no perdió su propia identidad de pertenecer al trigo en los cinco mil años que pasaron. Y así sucede con cada semilla, no importando sus complejas características, su estructura o su aspecto.

Hay muchos grandes personajes de la Biblia que sirven como una ilustración para este principio. Uno de ellos fue Jacob, cuya historia está relatada en Génesis 27 al 29. Allí se nos relata la forma en que Jacob engañó a su padre. Siendo el hermano menor de la familia, se disfrazó de tal manera que pareciese su hermano mayor, Esaú, que era un hombre velludo criado al aire libre. Y lo hizo para poder recibir la bendición que le correspondía al hijo mayor. Cubrió sus manos y brazos con pieles de cabrito, y se vistió con las ropas de Esaú. Y de esa forma logró engañar a su padre. Pero al descubrirse el engaño y ante la reacción de venganza de Esaú tuvo que huir de su hogar y se fue a vivir con su tío Labán. En un principio pareció que se había salido con la suya, al engañar a su padre con total impunidad. Pero Dios dijo, estimado oyente, que lo que el hombre siembre, eso también segará. No va a segar algo parecido, similar, sino que cosechará algo idéntico. ¿Qué es lo que ocurrió entonces? Bueno, Jacob se enamoró de Raquel, la hija menor de Labán, y después de hablar con Labán y llegar a un acuerdo con él, trabajó siete años por ella. Transcurrido ese período, tuvieron la fiesta de bodas, y cuando él levantó el velo del rostro de la novia, ¿qué fue lo que encontró? Que la novia no era Raquel, la hija menor de Labán sino que era Lea, la hija mayor, que no era tan hermosa como Raquel. Pensamos que este joven Jacob, en su luna de miel aprendió una lección, y esa lección fue que él había engañado a su padre, habiendo simulado ser el mayor cuando en realidad era el menor. Y ahora su tío le entregó su hija mayor, cuando él pensó que se estaba casando con la menor. Fue evidente que estaba cosechando lo que había sembrado. Había engañado a su padre, y al final resultó engañado por su tío. Ahí estaban a la vista las consecuencias.

¿Recuerda usted a Acab y Jezabel? Estudiamos su historia en Primera de Reyes 21. Planearon un complot criminal para quedarse con la viña de Nabot. Se trataba de una hermosa viña codiciada por el rey Acab. Pero Nabot no quería venderle esa propiedad. Pero como Acab y Jezabel eran nada menos que el rey y la reina, normalmente ellos se apoderaban de lo que querían, llevaron a cabo su conjura, y Jezabel hizo matar a Nabot y tomaron posesión de la viña. Y entonces, pensaron que se habían salido con la suya. Pero el profeta Elías le anunció al rey Acab: "En el mismo lugar donde lamieron los perros la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu sangre, tu misma sangre". (1 Reyes 21:19, por si usted quiere leerlo). Bueno, humanamente hablando, uno no podía creer que eso podía suceder. Acab habrá pensado: "Bueno, en ese caso, yo me mantendré lejos de ese lugar". Pero al continuar leyendo la historia y las andanzas de ese rey uno puede enterarse que él fue herido fatalmente en una batalla y le dijo a su cochero que lo sacara del lugar de la batalla. Mientras lo hacía, la sangre de sus heridas caía por el costado del carro. Así que después de la batalla su cuerpo fue trasladado a Samaria y allí, en el estanque de la ciudad lavaron el carro y los perros lamieron la sangre del rey. Allí precisamente, donde Nabot había sido asesinado, cumpliéndose al pie de la letra la profecía comunicada por el profeta Elías. (Si usted quiere comprobarlo, puede leer el desenlace del episodio en Primera de Reyes 22).

Otro ejemplo de carácter inexorable de este principio de la siembra y la cosecha fue Pablo. El apóstol estuvo presente en la lapidación de Esteban, el primer mártir de la iglesia cristiana; él quizá hasta pudo haber sido uno de los promotores de esa ejecución. Pues bien, después de su conversión en el camino a Damasco, cuando fue a visitar las ciudades de Listra y Derbe en el país de Galacia, fue apedreado. Alguien podría haber pensado que por haberse convertido a Cristo, al ser personados sus pecados, Pablo no iba a cosechar lo que había sembrado. Pero Dios ha establecido que lo que el hombre siembre, eso también segará. Y ya hemos visto que ese principio permanece vigente.

Eso ha sido cierto en la vida de muchas personas. Lord Byron dijo: "Mi vida está en una pálida hoja, los frutos y las flores del amor ya han pasado; pero el gusano, la llaga y el dolor son solamente míos".

Un conocido predicador, el Sr. Mel Trotter, quien antes de su conversión estaba dominado por la bebida, estuvo visitando una vez la ciudad de Nashville, en los Estados Unidos, y una noche se reunieron varias personas y fueron juntas con él a un restaurante. Algunos pidieron helados, otros batidos o tartas, pero el predicador se limitó a pedir agua mineral. Todos comenzaron a hacerle bromas y a preguntarle por qué no pedía algo más especial. Y su respuesta fue: "Cuando el Señor me dio un nuevo corazón en mi conversión, Él no me dio un nuevo estómago. Y estoy pagando por esos años en los cuales me entregué a la bebida". Es inútil evadirse de esa ley universal, que es una de las consecuencias del pecado: Todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Es que nadie puede engañar a Dios ni burlarse de Él, ni salirse con la suya.

Cuánto desearíamos que los jóvenes fueran conscientes de la veracidad y realidad de este principio. En la actualidad muchos están tomando drogas, y entregándose al placer de un sexo fácil y de un amor libre de todo tipo de compromisos y responsabilidades. Y por supuesto, algunos de ellos ya han comenzado a cosechar las consecuencias de esa búsqueda insaciable de placer. El deterioro físico y diversas enfermedades, como el sida, por ejemplo, han alcanzado proporciones de epidemia en algunas regiones del mundo. ¿Por qué? Porque Dios ha dicho que todos los que pretendan pasar por alto sus principios, pensando que el placer del pecado compensa y no deja en la vida graves resultados, no se saldrán con la suya y tendrán que sufrir graves consecuencias, bajo la forma de un gran deterioro físico y mental de efectos irreversibles, tanto en el nivel personal como en el social. Incluso los enormes avances de la medicina no logran remediar esas graves consecuencias. Cuando usted se rebela contra las leyes del Creador y siembra todo lo que el pecado y la maldad humana ofrecen engañosamente como placeres incomparables, cosechará en su dolorosa experiencia propia lo que el pecado realmente es y comprobará que conduce inevitablemente a la destrucción mental y física. Algunas de estas personas se han convertido a Cristo liberándose de las drogas antes de que ellas produjeran un desgaste físico y mental irreversible. El cambio operado en ellas por el poder de Dios les ha permitido restaurar su vida a una cierta normalidad. Con todo, su experiencia les permitirá contar a los demás que su etapa anterior no mereció la pena. Leamos ahora el versículo 8, de este capítulo 6 de la epístola a los Gálatas:

"Porque el que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza segará corrupción; pero el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna".

Aquí la conclusión "Cosechará vida eterna" incluye al fruto del Espíritu Santo en esta vida aquí en la tierra y la perspectiva gloriosa de la vida eterna.

Creemos que muchos creyentes, en realidad, deberían temer el regreso del Señor Jesucristo por los Suyos; porque será entonces cuando nosotros deberemos presentarnos ante el Tribunal de Cristo, para rendir cuentas de las cosas que hemos hecho en nuestra vida aquí en la tierra. Y estimado oyente, puede que usted sea salvo, pero podría resultarle bastante embarazoso el momento en que tenga que dar cuenta de su vida al Señor. El apóstol Juan, en su primera carta 2:28, menciona el hecho de que será posible que un creyente se sienta avergonzado al encontrarse ante la presencia del Señor. Si usted va a vivir cediendo el control de su vida a los deseos de su naturaleza pecaminosa, producirá lo único que dicha naturaleza puede ofrecer, como ya hemos visto. Eso no significa que ese creyente perderá su salvación, pero sí significa que perderá su premio, lo cual hará que ese día del encuentro con el Señor traiga vergüenza y pesar. Por ello el apóstol Juan aconsejó en dicho pasaje Bíblico: "permaneced unidos a Cristo, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados".

Tenemos también el otro lado de este asunto. Dios puso una luz roja, pero después colocó una la luz verde. Aquí tenemos unas palabras de consuelo y estímulo. Veamos lo que dice este versículo 9, del capítulo 6, de la epístola a los Gálatas:

"No nos cansemos, pues, de hacer bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no nos damos por vencidos".

Un padre dijo en cierta ocasión: "Estoy preocupado por mis hijos. La marea está en contra mío; la escuela está en mi contra; otros padres parecen oponerse también a mí, e incluso algunos de mis amigos. Pero yo quiero educar correctamente a mis hijos". Pues bien, estimado oyente, si ésa es su preocupación, le animo a que siembra la semilla correcta. Tenga paciencia, y usted cosechará lo que haya sembrado. A pesar de la incomprensión y oposición de otros, de los problemas y de las dificultades, continúe sembrando la Palabra de Dios. Escuche la promesa de Dios en Isaías 55:10 y 11: "Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié".

Recordemos que Abraham creyó a Dios y anduvo con Dios en la tierra de Canaán. En esos tiempos el cananeo, que era malvado e idólatra, estaba en la tierra. Al hogar de Abraham llegó luego su hijo Isaac. Cuando éste creció y se convirtió en un joven, su padre le llevó a la cumbre del Monte Moria. En obediencia al mandato de Dios, Abraham se preparó para ofrecer a su hijo como un sacrificio. Sin embargo, Dios no le permitió hacerlo. Así que Abraham sembró agradando al Espíritu y cosechó la vida eterna.

Jocabed era la madre de Moisés. A causa de los tiempos críticos en que aquel pueblo vivió, ella diseñó un plan para salvar la vida de su hijo, que al fin fue adoptado por la hija de Faraón. Dios dispuso que Jocabed fuese la nodriza del niño mientras él era joven. Indudablemente ella instruyó al niño acerca de Dios, del llamado de Dios a Abraham y de Su propósito para Israel. Entonces ello vio crecer a su hijo como un egipcio. Todo el sistema de Egipto estaba en contra de ella; la cultura, los placeres, la filosofía y la religión de ese país. Pero llegó un día cuando Moisés rechazó los placeres y los pecados de Egipto, y salió de esa posición para ocupar su puesto con el pueblo de Dios. Así que Jocabed cosechó lo que había sembrado.

Luego tenemos otro ejemplo de este principio en la vida de David. Su pecado fue muy evidente y muchos piensan que él fue una persona muy malvada y cruel. Pero el pecado no fue una de las características de la vida de David. Es interesante comprobar que una mancha de tinta negra en un mantel blanco puede verse desde una considerable distancia. Pero una mancha de tinta negra en un traje negro pasará desapercibida. Otros reyes de ese mismo período fueron tan malvados y crueles que, cuando tal como David cometieron un pecado, éste no se destacó. Pero en la vida de David, su pecado permanece como una mancha notable. David tenía un corazón que amaba a Dios. Incluso en la confesión de su pecado, reveló su hambre y sed de Dios. Pero el rey David sembró pecado y cosechó una terrible cosecha en las vidas de sus propios hijos.

Es que, estimado oyente, cosechamos lo que sembramos. Por lo tanto, el apóstol incluyó estas palabras de estímulo: "9No nos cansemos, pues, de hacer bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no nos damos por vencidos".

Luego el apóstol Pablo continuó diciendo en el versículo 10, de este capítulo 6:

"Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe".

Aquí el dio un paso más diciendo que tenemos que hacer el bien. Ahora, reconocemos que el mensaje integral de algunas creencias religiosas tiene su énfasis principal en hacer el bien. Pero aquí hay que añadir que se necesita tener el fundamento correcto bajo esas buenas obras. Y ese fundamento correcto es el evangelio de la gracia de Dios y el vivir controlado por el Espíritu de Dios. Cuando uno vive sujeto al Espíritu, se produce en nuestra vida el fruto del Espíritu. Entonces, estimado oyente, usted va a hacer el bien. De esa manera usted hará el bien a todas las personas, y especialmente a los otros cristianos.

Ahora llegamos a la última de las grandes secciones de la carta a los Gálatas, titulada:

Una conclusión firmada

Esta sección comienza aquí en el versículo 11 del capítulo 6, y se extiende hasta el versículo 18. En esta parte final tenemos tres escrituras. La primera, es la letra misma del apóstol Pablo. Leamos el versículo 11:

"Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano".

Las letras grandes con las que Pablo escribía, no se refieren a una carta larga. Esta carta a los Gálatas tiene solo 6 capítulos, mientras que la carta a los Romanos (que trata prácticamente el mismo tema) tiene 16 capítulos. Así que ésta no puede ser calificada como una carta extensa. Lo que aquí se dijo fue que él escribió con letras de gran tamaño, lo cual es propio de personas con una vista deficiente. Este detalle confirma que el "aguijón en el cuerpo" mencionado en Segunda de Corintios 12:7 consistía en un problema en sus ojos. Recordemos que en esta misma carta en 4:15 les dijo a los Gálatas que si ellos hubieran podido, se habrían sacado los ojos para dárselos y fue él quien escribió la Carta a los Gálatas.

Cuando Pablo escribió la Carta a los Romanos, la dictó a un secretario. Y al finalizar dicha carta le dijo a su secretario: "si quieres incluir tus saludos, hazlo". Y así, en Romanos 16:22, tenemos el saludo del secretario en los siguientes términos: "Yo Tercio, que escribí la epístola, os saludo en el Señor".

Sin embargo, cuando Pablo escribió a los Gálatas, estaba enfadado. Había oído que estaban mezclando el evangelio con la ley y cuando esto se hace, el evangelio de la gracia de Dios es totalmente destruido. Entonces, no pudo esperar a que llegara el secretario. Así que se sentó y les escribió él mismo. Y como no podía ver claramente, les escribió con letras grandes. Sus comentarios fueron breves y concisos, debido al gran tamaño de las letras. Y es por eso que les dijo a sus lectores: "mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano".

Concluimos hoy recordando el principio que ha ocupado una parte importante de nuestra meditación Bíblica de hoy. Los ejemplos históricos que hemos considerado nos confirman que de Dios nadie puede burlarse pisoteando sus principios irrevocables. Por ello estableció para todos los órdenes de la vida, que todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Estimado oyente, antes de que sea demasiado tarde le invitamos a dar el paso de fe de aceptar la gracia de Dios a favor suyo revelada en la obra del Salvador en la cruz. Esa decisión hará que Él comience a romper las ataduras de su vida, que comience a vivir en la libertad que otorga el colocarse bajo el control del Espíritu Santo, y que comience a sembrar para cosechar las bendiciones de una vida de auténtica calidad aquí en la tierra, y la vida eterna.

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