Estudio bíblico de Efesios

Predicación escrita y en audio de Efesios 6:16-24

Efesios 6:16-24

Recordemos que esta carta estaba dividida en dos secciones principales. La primera sección, de carácter doctrinal, y que abarca los capítulos 1 al 3, se titula "El llamado celestial de la iglesia". A estos tres primeros capítulos les habíamos asignado los siguientes títulos: al capítulo primero, "La iglesia es un cuerpo"; al capítulo segundo, "La iglesia es un templo"; y al capítulo tercero, "La iglesia es un misterio". La segunda sección, de carácter práctico, abarca los capítulos 4 al 6, la hemos titulado "La conducta terrenal de la iglesia". A estos tres capítulos les habíamos asignado los siguientes títulos: al capítulo cuarto, "La iglesia es un nuevo hombre"; al capítulo quinto, "La iglesia será una esposa"; y al capítulo sexto, "La iglesia es un soldado".

Por lo tanto nos encontramos hoy en este último capítulo. En los versículos 1 al 9 hablamos de "las relaciones del soldado"; en los versículos 10 al 12, consideramos al "enemigo del soldado"; en los versículos 13 al 18 estamos examinando "la protección del soldado": y al final, en los versículos 23 y 24 escucharemos "la bendición del soldado".

Para situarnos directamente en el contexto de este pasaje que nos habla sobre la protección del soldado leeremos, ahora sin comentario, los versículos 13 al 16, con los que finalizamos nuestro programa anterior:

"Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de justicia y calzados los pies con el celo por anunciar el evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno."

Comencemos nuestra lectura de hoy leyendo los versículos 16 al 18 de Efesios 6:

"Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Orad en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velad en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos"

La armadura del creyente es espiritual porque nuestra lucha es contra un enemigo espiritual. Se nos dice que resistamos, que nos mantengamos firmes con esa armadura, y esa armadura es Cristo, el Cristo viviente. En el Antiguo Testamento, cuando estudiamos el Libro de Job vimos que Satanás mismo describió como Dios protege a los Suyos. Vemos que en Job 1:10, dijo: "¿No le has rodeado de tu protección, a él y a su casa y a todo lo que tiene?" Dios nos ha provisto protección en la armadura que ha puesto a nuestra disposición.

El versículo 16 comienza diciendo: Sobre todo, tomad el escudo de la fe. El escudo cubría toda la armadura. El escudo aquí mencionado era grande, del tamaño de una puerta. Era el escudo de la infantería pesada. Un soldado situado detrás de él quedaba totalmente protegido. En ese sentido, podemos decir que Cristo es la puerta de la salvación y la puerta que protege al creyente del enemigo exterior. Ésta es una figura del pasaje Bíblico en Juan 10. Cristo es tanto la salvación como la seguridad.

La fe nos permite entrar por la puerta. Dice Juan 10:9, "Yo soy la puerta; el que por mi entre será salvo; entrará y saldrá, y hallará pastos". Ésta es la salvación. ¿Y la seguridad? La fe nos coloca seguros en Sus manos: Juan 10:27 y 28 dice: "27Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco, y me siguen; 28yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". La fe nos permite apropiarnos de Jesucristo. La fe nos permite resistir firmes detrás del escudo que apagará todas las flechas encendidas del maligno.

Ahora, ¿qué diremos de los dardos de fuego del maligno? El enemigo los está arrojando rápidamente y con furia. El Dr. J. Vernon McGee, autor de estos estudios bíblicos, contó que, a causa de un profesor que tuvo en la universidad le surgieron algunas dudas y entonces lo que hizo fue orar a Dios y decirle: "Señor, si no puedo creer en tu Palabra, no quiero dedicar mi vida al ministerio cristiano". Entonces el Señor permitió que conociera a una persona muy brillante, tanto en su conocimiento de la Biblia como intelectualmente, y él le aclaró todas las dudas y preguntas que tenía. Dice McGee que entonces comenzó a aprender que cuando una de esas flechas encendidas se dirigía hacia él y no encontraba la respuesta, tenía que protegerse con el escudo de la fe. Y eso es lo que hizo a partir de aquel momento. Ese escudo de la fe echaba por tierra esas flechas encendidas del maligno.

Contaba también el Dr. McGee, que al recordar la historia de la creación de acuerdo con el Génesis, le preocupaban las preguntas que surgían en su mente. Finalmente reconoció que el problema no estaba en su comprensión mental sino en su falta de conocimiento. Así que aplicó nuevamente el escudo de la fe.

Después de estas experiencias, McGee viajó en una ocasión a Israel y cuando se encontraba observando algunas excavaciones arqueológicas, una persona le preguntó: "supongamos que algún día encontraran algo que pareciera desautorizar algún relato de la Biblia, ¿qué posición adoptaría usted? Y él respondió: "me aferraría al escudo de la fe, lo cual abatiría todas las dudas, porque por la experiencia he aprendido que cuando un dardo de fuego es echado por tierra, encontraré la respuesta adecuada más adelante".

Las flechas ardientes no sólo se dirigen hacia nosotros rápidamente, sino que continuarán siendo lanzadas. Y la única defensa contra los daños que puedan causar, es el escudo de la fe. Recordemos el gran tamaño del escudo. Los soldados de la infantería pesada, fuertemente armados, podían moverse con aquellos grandes escudos, colocarlos delante de ellos, y quedar protegidos hombro contra hombro, mientras el enemigo les disparaba todas las flechas de las que disponían. Cuando el enemigo agotaba sus recursos, ellos podían avanzar, seguros de la victoria. Ésta es, pues, la forma de hacer frente a esa verdadera nube de flechas ardientes y destructivas lanzadas por el maligno.

Luego se nos en el versículo 17, que debemos tomar el yelmo o casco de la salvación. ¿Se ha puesto a pensar alguna vez, estimado oyente, que el yelmo protege la cabeza? Y Dios busca alcanzar y proteger la mente del ser humano. Reconocemos que Él apela al corazón del hombre, pero también apela a su mente. En el libro de Isaías, capítulo 1, versículo 18, dice: "Venid luego, dice el Señor, y razonemos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana". Creemos que esta afirmación debería hacernos reflexionar. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 24, versículo 25 dice: "Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó y dijo: Ahora vete, y cuando tenga oportunidad te llamaré". En esa ocasión, Pablo razonó con Félix, el gobernador romano; apeló a la mente de aquel hombre, así como también a su corazón. Y el apóstol Pablo dijo en Romanos 10:17: "Así que la fe viene por el oír, y el oír, por la palabra de Dios".

Cierto teólogo dijo hace muchos años que la fe es un salto en la oscuridad. Esto no es cierto. Dios no le pide a usted, estimado oyente, que de un salto en la oscuridad. En realidad, Dios dice que si es un salto en la oscuridad, entonces, no lo haga, porque Dios quiere que usted salte hacia la luz. El tiene un fundamento sólido para usted. Y ésa es una hermosa y comprobada realidad.

Pensando en el yelmo o casco de la salvación podemos decir que Cristo es la salvación del pecador y Él es quien recibe todo el honor y la gloria en todo. El penacho de la parte superior del yelmo es Cristo. Él ha sido nuestra salvación. Por eso el evangelista Mateo, relató en 1:21 de su libro, el mensaje del ángel a José, acerca del nacimiento de Cristo: "y le pondrás por nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". O sea que, incluso antes de Su nacimiento en Belén, Cristo fue señalado como el Salvador.

El apóstol Pablo mencionó nuevamente el yelmo en relación con la salvación en otra de sus epístolas, la primera que escribió a los Tesalonicenses, 5:8, diciéndoles: "Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de salvación como casco."

¿Se ha dado cuenta, estimado oyente, que todas las partes que hasta ahora se han mencionado de la armadura son para la defensa del soldado? Todas son para la parte delantera del individuo. No hay aquí protección para su espalda; no se proporciona nada para batirse en retirada. Puede usted creerme: un cristiano que se bate en retirada, queda expuesto al enemigo, que de esa manera puede alcanzarle con sus armas y herirle.

Ahora en este pasaje tenemos dos armas ofensivas. La primera es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. En la epístola a los Hebreos, capítulo 4, versículo 12, leemos: "La Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón". Cristo es la Palabra viva de Dios. Él utilizó la Palabra de Dios para enfrentarse a Satanás en la hora de Su tentación. Y de Su boca sale la aguda espada de dos filos en la batalla de Armagedón; con esa espada Él obtiene la victoria, como podemos ver en Apocalipsis 1:16 y 19:21. ¿Y cuál es esa espada? Es la palabra de Dios. Necesitamos que esa poderosa espada salga de nuestras bocas en la actualidad. La Palabra de Dios es una poderosa arma ofensiva. Usted y yo podemos utilizarla.

Luego, la segunda arma ofensiva mencionada es la oración. Dice aquí; Orad en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu. Orando en el Espíritu Santo. Ahora, orando en el Espíritu Santo, no es presentar una lista de pedidos a Dios. Significa que usted y yo reconocemos a nuestro enemigo, y que nos apropiamos de los recursos espirituales de Dios. Nos aferramos a Dios para todo aquello que es espiritual, para que podamos ser llenos de toda la plenitud de Dios. Pablo distinguió aquí entre oración y súplica. La oración es general, y la súplica es específica. Toda oración debe ser hecha en el Espíritu, es decir, guiada y controlada en el Espíritu, para que sea una oración eficaz.

Ahora, vamos a ver el ejemplo de Pablo, producto de su propia experiencia. Vamos a leer los versículos 19 y 20, que comienzan a hablarnos de:

Ejemplo del soldado - Pablo fue un buen soldado de Jesucristo

"Y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas, y con denuedo hable de él como debo hablar."

Aquí el apóstol comenzó diciendo Y por mí. Pablo pidió oraciones para sí mismo. Al llegar a la conclusión de esta carta, se introdujo en un área personal. Era un preso en Roma y sufría de un mal que calificó como un aguijón en su cuerpo. Sin embargo no pidió que oraran para que estos obstáculos físicos fueran removidos, sino para que él pudiera continuar proclamando valientemente el misterio del evangelio.

¿Y cuál era este misterio del evangelio? Es que el evangelio era un misterio que no había sido revelado específicamente en el Antiguo Testamento, tal como estaba siendo revelado en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento revela que Cristo murió por los pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día. Y éste era el mensaje que Pablo estaba proclamando, y que nosotros debemos presentar hoy.

Pablo comenzó el versículo 20 presentándose como un embajador en cadenas. El apóstol acababa de escribir sobre la guerra espiritual, y ahora vemos que él estaba experimentando el ataque del enemigo en el mismo momento en que estaba escribiendo.

Pablo, además, pidió que oraran para que pudiera hablar con denuedo, es decir, valerosamente. Y nosotros necesitamos la misma oración. Necesitamos valor para proclamar la Palabra de Dios.

Luego, Pablo dijo en los versículos 21 y 22 de este capítulo 6, de su epístola a los Efesios:

"Para que también vosotros sepáis mis asuntos y lo que hago, todo os lo hará saber Tíquico, hermano amado y fiel ministro en el Señor, el cual envié a vosotros para esto mismo, para que sepáis lo tocante a nosotros y para que consuele vuestros corazones."

Tíquico no sólo llevó la carta a los cristianos de Éfeso, sino que también presentó un informe personal de las condiciones y las perspectivas del apóstol Pablo. Era el pastor de la iglesia de Éfeso y fue un ejemplo de los muchos y fieles siervos de Dios de la iglesia primitiva.

El deseo que expresó el apóstol fue que consuele vuestros corazones. Tíquico calmaría todos los temores que los Efesios pudieran tener sobre la condición en que Pablo se encontraba. El amor fraternal experimentado en las primeras iglesias cristianas fue el elemento subyacente de todas las cartas del apóstol Pablo. Pablo sentía una verdadera preocupación por sus hermanos en la fe.

Leamos ahora los versículos 23 y 24, que de este capítulo 6, último capítulo de esta carta a los Efesios, donde se presenta

La bendición del soldado

"Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable. Amén."

Pablo reflejó lo que un buen soldado de Cristo debería ser y qué recompensa le esperaba en Segunda de Timoteo 4:6-8, donde escribió lo siguiente: "6Yo ya estoy próximo a ser sacrificado. El tiempo de mi partida está cercano. 7He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. 8Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida".

Finalizó esta carta con una bendición doble. En ella están incluidas la mayoría de las grandes palabras del Evangelio: paz, amor, fe, gracia. La esperanza está aquí ausente porque el creyente, desde un punto de vista espiritual, se encuentra en las regiones celestiales, donde su esperanza se ha consumado, se ha hecho realidad.

Paz era la forma de saludo en el mundo judío. Un pecador debe conocer la gracia de Dios antes que pueda experimentar la paz de Dios. Ésta es la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

El amor en el versículo 23, se refiere al amor por los otros cristianos. Este amor es un fruto del Espíritu Santo.

En el versículo 24, el amor es el del cristiano por el Señor Jesucristo, y este amor, que aquí se califica como inalterable, estaría mejor calificado (y traducido) como "incorruptible".

La fe significa fe en Cristo, que produce un amor activo. Y estas grandes palabras y conceptos del evangelio, como son la paz, el amor y la fe, fluyen de Dios el Padre y del Señor Jesucristo.

Y el término gracia, es la palabra clave de esta epístola. Inició la carta en 1:2, y es el tema de esta epístola (destacado en 2:7-8). Y ahora esta palabra concluye la carta del apóstol Pablo a los Efesios. Es una palabra apropiada porque es la gracia de Dios la que nos salvó y nos sostiene hoy.

Y así, estimado oyente, concluimos este viaje que hemos realizado por la carta del apóstol Pablo a los Efesios. Esperamos que el estudio que hemos hecho, haya sido de inspiración y bendición para usted, como lo ha sido también para nosotros. Dios mediante, en nuestro próximo programa, volveremos al Antiguo Testamento para iniciar nuestra marcha por el Libro de Proverbios. Es un estudio muy emocionante, un estudio que estamos seguros, va a ser de gran utilidad práctica para usted. Le invitamos pues, a acompañarnos. Mientras tanto, le sugerimos que usted comience a leer el Libro de Proverbios. Pero quisiéramos despedirnos hoy expresando el deseo del apóstol Pablo, en su última frase de esta carta, deseo que es también nuestro deseo para usted, estimado oyente: "La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable."

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