Estudio bíblico de Filipenses 2:6-8

Filipenses 2:5-8

Volvemos hoy amigo oyente, al capítulo 2 de esta epístola del Apóstol Pablo a los Filipenses y vamos a comenzar leyendo otra vez el versículo 5, que fue hasta donde llegamos en nuestro programa anterior, y que comenzaba un párrafo titulado La mente de Cristo: la humildad.

"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús"

A partir de este versículo 5 hemos llegado a la gran declaración teológica de las Sagradas Escrituras. Algunos la consideran la declaración doctrinal más importante del Nuevo Testamento relativa a la persona de Cristo, y es conocida como la "kenosis", que se refiere al hecho de vaciarse. Este pasaje dejará en claro que Cristo no se vació a Sí mismo de Su deidad. Estos versículos que siguen a continuación nos presentarán los siete pasos de la humillación a la que Cristo se sometió. Quisiéramos bosquejar los aspectos de la magnitud de lo que se dice en los siguientes versículos. Quisiéramos poder comprender cuán elevada era la posición que El tenía, y cuán baja la posición a la que voluntariamente llegó. La inmensa distancia en años luz en las dimensiones del espacio no es nada comparada con la enorme distancia que El recorrió.

Así que vamos a considerar los siete pasos que el recorrió en ese descenso, en Su humillación. Y luego vamos a ver siete pasos hacia el ascenso, que constituyen la exaltación de Cristo. Tenemos, entonces, en primer lugar, en Su humillación, la mente de Cristo; el sentir de Cristo. Luego, tendremos el sentir de Dios. Y es el sentir de Dios el Padre, el de ensalzar al Señor Jesucristo. Estimado oyente, si usted quiere saber hoy qué es lo que usted puede hacer para estar colocado en la voluntad de Dios, le diremos lo siguiente. Si trate de ir a algún lugar o de hacer algo, es importante que recuerde esto: Ya que el propósito de Dios el Padre es el de exaltar a Jesucristo, creemos que esa es precisamente la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Tenemos que exaltar a Jesucristo, donde quiera que nos encontremos, y en todo lo que hagamos. Debemos ser uno con el Padre en este propósito máximo y final, que es la exaltación del Señor Jesucristo. Y vamos a observar el primer paso que Él tomó, aunque hoy no tengamos tiempo de considerarlo en profundidad. El primer paso al descender tuvo lugar cuando dejó la gloria del Cielo. El descendió más y más hacia esta tierra, recorriendo esa enorme distancia hasta llegar exactamente al lugar en que nosotros nos encontramos. El comprender lo que el Señor realmente hizo por nosotros se sitúa totalmente más allá de nuestra comprensión humana.

Leamos ahora el versículo 6, que dice

"Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse"

Cuando Cristo estaba a la mano derecha de Dios el Padre, no se estaba aferrando a Su elevada posición. No había peligro de que El perdiera Su lugar en la Divinidad a causa de alguna falta de parte Suya, o debido a la capacidad y ambición de algún rival. El no había llegado a ese lugar desde otra posición. El era Dios. Esa posición le pertenecía por ser Dios.

Tampoco dejó el Cielo de mala gana. En ningún momento manifestó pena por tener que dejar ese lugar, por tener que descender a la tierra. El descendió a esta tierra con alegría. Dice el escritor a los Hebreos 12:2, que El emprendió el camino hacia la cruz, por el gozo que le esperaba. En Hebreos 10:7, quedaron registradas estas palabras suyas: He aquí vengo, Dios, para hacer tu voluntad. Así que fue evidente que vino a esta tierra con alegría. El no dejó en el Cielo algo que quería retener cuando vino a este mundo.

Ahora veremos el segundo paso hacia su humillación Leamos el versículo 7 de este capítulo segundo de Filipenses.

"Sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres."

Aquí dice que se despojó a sí mismo, es decir, que se vació, que proviene de la palabra griega "kenoo". La teoría de la kenosis deriva su nombre de esta palabra. Cristo se vació a Sí mismo. La pregunta entonces es: ¿de qué se vació El? Algunos dicen que se despojó de su Deidad: Los gnósticos de los primeros tiempos de la Iglesia expusieron la primera herejía de que Él se vació a Sí mismo de Su Deidad, que la Deidad entró en El en el momento de Su bautismo y Le dejó en la cruz. Bueno, esta teoría no está confirmada en ninguna parte de la Biblia. El se despojó de algo, pero no de Su Deidad. El era totalmente Dios cuando se encontraba reclinado impotentemente en el seno de María. Incluso en aquellos momentos podría haber ordenado la existencia del Universo, porque era Dios. Nunca hubo un momento en el que El no fuera Dios. El apóstol Juan escribió en su Evangelio 1:1-3. 14: Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En el estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del Hijo unigénito del Padre. Entonces, ¿de qué se vació el Señor cuando vino a esta tierra? Creemos que se despojó de las prerrogativas, de los privilegios de la Deidad. Vivió en esta tierra con ciertas limitaciones, pero eran limitaciones asumidas voluntariamente por El mismo. En todo tiempo y momento continuó siendo Dios. Y no fue menos Dios por ser un hombre, sin embargo, se despojó de las prerrogativas de la Deidad.

Los pocos pastores y los hombres sabios del Oriente, e incluso la multitud de ángeles, constituyeron una concurrencia escasa cuando El llegó a esta tierra. No tenía que haber estado esa multitud, sino que todo el universo debería haber estado allí. Todas las criaturas inteligentes de Dios tendrían que haber estado allí presentes. La jerarquía de Roma tendría que haber asistido. No solo tendrían que haber estado allí unos pocos sabios del Este. Deberían haber venido del Oeste, del Norte y del Sur. Y el templo de Jerusalén debería haber estado vació en aquel día; todos deberían haber acudido a Belén. Pero ninguno de los mencionados fue.

Ahora, ¿por qué no los obligó Él a venir? Porque Él había dejado a un lado sus prerrogativas de Deidad. Estaba dispuesto a nacer en un sucio pesebre, y no en el limpio y adornado pesebre representado en las obras y en las postales de Navidad. Estaba dispuesto a criarse hasta la edad adulta en un pueblo pobre llamado Nazaret. Estaba dispuesto a ser un carpintero desconocido. El podría haber tenido la nube de Gloria del Antiguo Testamento acompañándole todo el tiempo. Pero no la tuvo. No tuvo una aureola sobre su cabeza, como vemos en muchos cuadros que se pintaron sobre El. Y Judas tuvo que besarle la noche en que le traicionó, para que la multitud pudiera comprobar cuál de los hombres era el que habían ido a capturar. El no se destacó de entre otros hombres por alguna clase de luz interior o porque alguna gloria le rodeara. El era un ser humano, pero era Dios manifestado en una cuerpo humano. Había dejado de lado las prerrogativas de la Deidad.

Ahora, alguien quizá nos pregunte: "¿Están seguros de esto?" Bueno, creemos que podemos estar seguros. Cuando Cristo había finalizado Su ministerio, ? y usted recordará que Él se reunió con los suyos esa última noche, ? dirigió una hermosa oración a Su Padre Celestial. Nos estamos refiriendo a esa oración del Señor que se menciona en el capítulo 17 del evangelio según San Juan. Escuchemos algo que dijo en esa oración, registrado en el versículo 5 de ese capítulo: Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera. Observemos esto cuidadosamente. Él pidió que Su gloria fuera restaurada. El no pidió que Su deidad fuera restaurada, porque El nunca había dejado Su deidad. Pero ahora que estaba por regresar al Cielo, estaba pidiendo que Su gloria, su luminosa gloria, una prerrogativa de la Deidad, le fuera restaurada. Fue evidente que se había despojado de ella. Por ello dice aquí en Filipenses 2:6 y 7, El, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo.

Ahora, el tercer paso dado por Cristo en dirección a Su humillación fue el siguiente: fue el siguiente: tomó la forma de siervo.

Jesús vino a este mundo como un siervo. Él trabajó como carpintero. Suponemos que, si usted hubiera vivido en la ciudad de Nazaret en aquel día, podría haber ido a encargarle algún trabajo de reparación en su casa. Y Él hubiera acudido y le habría reparado una puerta, o algún mueble. Es que El tomó la forma y la naturaleza de un siervo. Podría haber nacido en el palacio del César, en Roma, porque era un rey. Pero nunca reclamó ese título durante aquellos primeros años. En realidad no lo hizo hasta que entró en Jerusalén en la llamada entrada triunfal.

O sea que El vino a esta tierra como un obrero, un hombre humilde. No solo se humilló a Sí mismo para convertirse en un ser humano, sino que también vino a integrarse en el grupo formado por la mayoría de las personas, la gente común y corriente. El fue como uno más entre todos.

El profeta Isaías escribió en 11:10 que Cristo vendría como la raíz de Isaí. En el pasado nos hemos preguntado por qué Isaías no lo llamó "la raíz de David". Y creemos haber descubierto la razón. Cuando Jesús nació, María, que estaba en la línea descendencia de David (José, también estaba en la línea de David, por otra ruta genealógica) era una campesina. Eran personas humildes viviendo en una población pobre y no judía llamada Nazaret. Entonces, ¿no estaba Jesús en la línea genealógica de David? Si. David fue un rey ungido, pero su padre Isaí era un agricultor de Belén, y de esa manera su línea genealógica había retrocedido al lugar de un campesino. Nuestro Señor nació en una familia de campesinos. Sin duda alguna, como dice este versículo, tomó la forma de siervo.

Veamos ahora, el cuarto paso hacia su humillación: se hizo semejante a los hombres.

Por mucho tiempo esta afirmación no nos impresionó mucho porque, después de todo, bueno, yo soy un hombre y me agrada ser un hombre. No puedo ver por qué ser un hombre es una humillación. Opino que existe cierta dignidad en un ser humano que es maravillosa. ¿Cómo puede entonces ser humillante ser semejante a los hombres?

Él fue un hombre aquí en la tierra. Él no sólo vino aquí para redimir a la humanidad, sino para revelar a Dios ante la humanidad. ¡Cuán importante fue eso porque nosotros ahora conocemos algo acerca de Dios! No sabemos mucho, excepto lo que Él nos dijo cuando Él estuvo aquí, en la tierra y se convirtió en un hombre, y nos enseñó mucho acerca de Dios. Y de la única manera en que usted, amigo oyente, puede conocer a Dios es por medio del Señor Jesucristo, quien es Dios.

Esta anécdota ilustra este punto. Cierta niña fue enviada a dormir a su cuarto. Su madre le dijo que se acostara en su cama, que apagara la luz y se durmiera, pero ella comenzó a llorar y a llamar a su mamá. Esta le preguntó: "¿Qué es lo que te pasa?" La niña le contestó: "Yo quiero tener alguien aquí conmigo. No quiero estar sola". Y la madre le respondió: "Dios está aquí contigo". Por un momento la niña se quedó callada, luego dijo: "Pero mamá, quiero tener a alguien con un rostro". Y amigo oyente, el Señor Jesucristo es Dios con un rostro. Él dijo en cuanto a Sí mismo: Yo soy el agua de vida. Yo soy el pan de vida. Bueno, yo conozco algo acerca del pan y también sé algo acerca del agua, y ahora sé algo acerca de Él también. Él dice: Yo soy la puerta. Ahora, Él no solamente arreglaba puertas como carpintero que era, sino que Él era la puerta. Él dice: Yo soy la vid verdadera. Conocemos algo acerca de la vid. También conozco algo más; Él dice: Yo soy la vida, y Yo soy el camino. Estas palabras nos dicen mucho acerca de Él y acerca de quién es Él. Él vino para revelarnos a Dios.

Permítanos ilustrar eso de una manera bastante sencilla. Creemos que en todas partes existen las hormigas. En algunas zonas, cuando llega el invierno, parece que las hormigas desaparecieran. Uno pensaría que están todas muertas debido al frío, pero a pesar de tiempo, las hormigas todavía siguen con vida, aunque no están tan activas como lo estaban durante el verano. Pero, de pronto, cuando cambia el tiempo, aparecen por todas partes. Cuando uno menos lo piensa, aparecen las hormigas en una casa y se meten en el azúcar, en el pan, en el dulce, les gusta ir donde está el agua y la única forma de librarse de las hormigas es por medio de un insecticida. Ahora, las personas que llegan a su casa de vacaciones, una o dos veces al año, ponen insecticidas por todas partes y, entonces, no se observa ninguna clase de hormigas por la casa. Con un poco de imaginación podemos pensar que quizás las hormigas se reúnen para analizar su situación, pensando que los dueños de casa las detestan, y que por tal motivo las quieren destruir. Tienen la evidencia de que muchas de sus compañeras han muerto. Pero, quizá el dueño de casa, en realidad, no odia a las hormigas. Ese no es su problema. Quizás dejaría que las hormigas vivieran como quisiesen. Si este hombre pudiera comunicarse con esas hormigas, podría decirles: "Miren, permanezcan fuera de mi casa. Dejen tranquilo al azúcar, el pan y el agua dentro de la casa, y yo pondré azúcar y agua afuera, para ustedes". Podría hacer eso y más, porque ese hombre, en realidad, no odia a las hormigas. Pero ellas no lo saben. Ahora, ¿cómo podría este hombre comunicarse con ellas? Bueno, supongamos que este hombre se pudiera convertir en una hormiga ? llegar a ser una de ellas, comunicarse con ellas en el idioma de las hormigas, y dar a conocer así su mensaje. Si él pudiera convertirse en una hormiga, es evidente que teniendo en cuenta la posición que ocupa el dueño ahora, el rebajarse a la posición de una hormiga, sería para este hombre una experiencia humillante. Pero, estimado oyente, el que este hombre se convierta en una hormiga no es nada comparado con lo que el Señor Jesucristo hizo cuando dejó la gloria del Cielo, vino aquí a este mundo y se convirtió en un hombre. Así, asumió nuestra humanidad y fue hecho semejante a los hombres. Fue una auténtica humillación para Él.

Para considerar el quinto paso de Cristo hacia su humillación, leamos el versículo 8 de este segundo capítulo de Filipenses.

"Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

El quinto paso se encuentra en la primera parte de este versículo y está en la frase hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo. Hay muchos de nosotros que hemos sido humillados por otra persona, que ha dicho o hecho algo que era humillante para nosotros. Pero observemos que Él se humilló a sí mismo, y eso resulta lo más difícil de hacer.

A veces hemos pasado por experiencias que nos han humillado frente a otras personas. Pero en esos casos, nosotros no nos hemos humillado a nosotros mismos. Fueron las circunstancias, u otras personas las que nos han humillado. En el caso del Señor, El se humilló a sí mismo, lo cual fue completamente diferente.

Llegamos ahora al sexto paso de su recorrido hacia la humillación. Se encuentra en la segunda parte del versículo 8 que hemos leído. Se encuentra en la frase haciéndose obediente hasta la muerte. La muerte es un evento humillante. No es algo natural. A veces en un funeral, alguien bien intencionado comenta a los parientes del difunto, quizás para animarles, que el fallecido "tiene buen aspecto". No entiendo por qué es un motivo de consuelo pensar que alguien tiene un aspecto natural en el lecho de su muerte. Dios no creó al hombre para morir. El ser humano muere a causa del pecado, a causa de su transgresión. La muerte entró en el mundo por la transgresión de un hombre, y ese hombre fue Adán. Y la muerte se transmitió a todos los hombres. Así que, la muerte no es natural, porque Dios no creo al ser humano para que pasara por la experiencia de la muerte.

Cuando el Señor Jesús vino a la tierra, fue un poco diferente al resto de nosotros. Usted y yo hemos venido al mundo para vivir. Sinceramente hablando, yo no deseo morir. Quiero vivir. Algunos de nosotros hemos llegado a la parte más fructífera de nuestro ministerio, y queremos vivir mientras el Señor lo permita. Pero el caso del Señor Jesús fue diferente. El nació, para morir. Vino a este mundo para morir. El no tenía que morir pero, como dijo Pablo en este versículo 8, El fue obediente hasta la muerte y se entregó voluntariamente. En el caso mío, yo tengo que morir, pero no lo deseo. Aunque El no tenía que morir, pero deseaba hacerlo. ¿Por qué? Para salvarnos a usted y a mí, si depositamos nuestra confianza en El. Esto fue precisamente lo que El dijo en Juan 10:15, 17 y 18: 15así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. . . 17Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar. 18Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar.

El séptimo y último paso de la humillación de Cristo se encuentra en la última frase del versículo 8, que dice: y muerte de cruz. No sólo fue El obediente hasta la muerte, sino sufrió la muerte en la cruz. Esta clase de muerte causaría un impacto mayor en nuestra conciencia que si dijéramos que Cristo murió en una cámara de gas, ahorcado o en una silla eléctrica. La muerte en la cruz era una muerte vergonzosa. Entonces, El vino de la gloria más elevada y llegó hasta el lugar más bajo de la humillación. ¿Por qué lo hizo? Volvamos por un momento a las palabras "los demás". Recordemos el pasaje de Filipenses 2:4, que dice 4No busquéis vuestro propio provecho, sino el de los demás. El dejó toda su gloria del Cielo y descendió a esta tierra, se convirtió en un hombre y sufrió la muerte de un criminal por otros, es decir, por usted y por mí. Gracias a Dios por ello. Esta es pues, estimado oyente, la mente de Cristo, la forma de pensar de Cristo.

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