Estudio bíblico de Isaías 64:1-65:25

Isaías 64:1 - 65:2

En nuestro recorrido bíblico por el libro de Isaías, llegamos hoy al capítulo 64. El tema puede resumirse en las siguientes frases: Se reconoce el control de Dios sobre el universo (vv. 1-5) y se confiesa la condición del hombre en el universo (vv. 6-12). El capítulo continúa con la súplica de los corazones hambrientos de la presencia de Dios en los asuntos de la vida. Ningún hijo de Dios hoy puede ser inmune ante peticiones tan apasionadas. El cristiano puede clamar con el mismo deseo ferviente, "¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!" (Apocalipsis 22:20).

Ésta es también una sección descuidada de la Palabra de Dios. Hemos intentado enfatizar esta sección para que usted pueda ver por qué mantenemos un punto de vista pre-milenario. Por qué creemos que la iglesia será removida de esta tierra antes del período de la gran tribulación. El Señor vendrá al final de la gran tribulación a establecer Su Reino. No se trata simplemente de una teoría, sino lo que encontramos en este libro de Isaías. Hemos examinado este libro casi versículo por versículo, y el profeta ha presentado un programa muy definido. La Palabra de Dios no nos da simplemente versículos aislados para probar alguna teoría particular de interpretación, pero cualquiera que sea su teoría o la mía, tiene que encajar en su lugar.

Leamos entonces el primer versículo de este capítulo 64 de Isaías, que en el primer párrafo de este capítulo expone la realidad de que:

Se reconoce el control de Dios sobre el universo

"¡Si rasgaras los cielos y descendieras y ante tu presencia se derritieran los montes"

El profeta era un representante del remanente creyente de Israel en un día futuro. Estaba usando otra vez el tiempo pasado, llamado tiempo profético. Es decir, que Dios lo veía como si ya hubiera ocurrido, y Él le dio la profecía a Isaías desde el otro lado, mirando hacia atrás al evento.

Aquí, el profeta estaba suplicando a Dios tal como el remanente de Israel lo hará en el día de la gran tribulación. Esta parte de la escritura fue escrita directamente para nosotros, porque la iglesia no está aquí contemplada. Este pasaje fue dirigido al remanente de Israel, pero como creyentes, podemos identificarnos con ellos. Nuestra oración hoy tendría que ser pidiendo el regreso del Señor: "Si, ven, Señor Jesús". Pero está claro que en esta sección Isaías estaba prediciendo la oración de Israel durante el período de la Gran Tribulación. Continuemos leyendo el versículo 2:

"Como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas! Así harías notorio tu nombre a tus enemigos y las naciones temblarían ante tu presencia."

De la misma manera que el fuego hace hervir a las aguas, así también la presencia de Dios hará que las naciones tiemblen. Las naciones hoy, no son conscientes de la presencia de Dios ni le reconocen. Sin embargo, a medida que se acerque el final de esta época, creemos que habrá una conciencia muy real de que Dios se está preparando para intervenir. Había esa conciencia en el mundo en los días del nacimiento de Cristo, y varios historiadores romanos han llamado la atención sobre ese hecho. Ahora, en el versículo 3, de este capítulo 64 de Isaías, leemos:

"Cuando, haciendo cosas terribles cuales nunca hubiéramos esperado, descendiste, se derritieron los montes delante de ti."

Las montañas mismas se derretirán ante su presencia. Los enemigos entonces clamarán a las montañas para que los oculten "de la ira del Cordero" (Apocalipsis 6:16). En el versículo 4, leemos:

"Nunca nadie oyó, nunca oídos percibieron ni ojo vio un Dios fuera de ti, que hiciera algo por aquel que en él espera."

El apóstol Pablo expresó el mismo pensamiento en la Primera Epístola a los Corintios, capítulo 2, versículo 9, cuando escribió lo siguiente: "como está escrito: cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman". Luego, Pablo continuó diciendo en el versículo 10, de este mismo capítulo 2, de la Primera Epístola a los Corintios: "Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios". 1 Corintios 2:9 fue obviamente una cita de Isaías, pero el versículo 10 nos dice que en nuestro tiempo el Espíritu Santo nos revelará estas cosas. En el tiempo de la gran tribulación ellos tendrán que esperar a que Cristo venga. E incluso para nosotros pudo decirse: "ahora vemos por espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como fui conocido". (1 Corintios 13:12).

Por toda esta sección nos podemos identificar con esta gente, porque también tenemos una esperanza. Nosotros estamos esperando que Él nos saque de este mundo, y ellos estarán esperando que Él venga a establecer su reino en la tierra. Ahora, en el versículo 5, de este capítulo 64 de Isaías, leemos:

"Saliste al encuentro del que con alegría practicaba la justicia, de quienes se acordaban de ti según tus caminos. Pero tú te enojaste porque pecamos, porque en los pecados hemos perseverado largo tiempo. ¿Podremos acaso ser salvos?"

Y aquí comenzó el reconocimiento de sus pecados y, al mismo tiempo, una expresión de confianza en la redención del Salvador.

Leamos ahora el versículo 6, que nos introduce a otro párrafo de este capítulo, párrafo que hemos titulado:

Se confiesa la condición del hombre en el universo

"Pues todos nosotros somos como cosa impura, todas nuestras obras justas como trapo de inmundicia. Todos nosotros caímos como las hojas y nuestras maldades nos llevaron como el viento."

Éste es un versículo que resultará familiar para muchos porque se utiliza con mucha frecuencia para establecer que el hombre no tiene ninguna justicia en si mismo. Y esto no sólo es cierto para Israel sino que también es cierto para la totalidad de la familia humana. Porque todos, tanto judíos como no judíos, hemos pecado y no alcanzamos la gloria de Dios. Dice aquí que somos gente impura, y que todos nuestros actos de justicia "son como trapo de inmundicia". No interesa lo que consideremos como buenas obras. Puede que tenga un gran impacto de imagen donar grandes sumas de dinero para alimentar a los pobres o para ayudar al cuidado de los niños huérfanos, o a las viudas. Pero ante la mirada de Dios, todo lo que la naturaleza humana dominada por las pasiones produce, es como un trapo sucio. Nadie puede producir algo limpio a partir de algo sucio, impuro. Un pecador perdido es incapaz de hacer algo que resulte aceptable para Dios; lo primero que tiene que hacer es venir a Dios, por el camino que Él ha establecido. Esta realidad es muy difícil de aceptar para el ser humano, especialmente a aquel que aún no es salvo y está dependiendo de sus buenas obras para salvarse. Continuemos leyendo el versículo 8 de este capítulo 64 de Isaías:

"Ahora bien, Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero. Así que obra de tus manos somos todos nosotros."

Dios es nuestro Padre por creación, pero el hombre perdió esa imagen. Usted y yo podemos convertirnos en hijos de Dios solamente de una manera, y es por medio de Jesucristo. La revelación del Nuevo Testamento de los hijos de Dios indica que no es en absoluto por medio de la creación, sino sobre una base completamente diferente. En el capítulo 1, del evangelio según San Juan, versículos 12 y 13, leemos: "Mas a todos los que le recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios". Otra versión dice: "ni por deseos naturales, ni por voluntad humana."

Dice aquí: "Así que obra de tus manos somos todos nosotros". Esta frase es un reconocimiento de que Dios es nuestro creador. Él es el alfarero, el que crea. Ahora, un hombre que hace un recipiente o un hermoso florero es, en un sentido, el padre del mismo. En esa misma forma hablamos de un hombre público que haya luchado por la independencia de un pueblo, es llamado "padre" de la nación que se forme.

Pablo hizo la distinción en su discurso de Atenas. Él dijo en Los Hechos 17:28 y 29, "28porque en él vivimos, nos movemos y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos. 29Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres". Es decir, que el hombre es descendencia de Dios en el sentido de que fue creado por Él, pero no todos los seres humanos han nacido de nuevo espiritualmente como hijos de Dios. Bien, ahora seguimos adelante y leemos el versículo 10, de este capítulo 64 de Isaías:

"Tus santas ciudades están desiertas, Sion es un desierto, Jerusalén una desolación."

La descripción dada en este versículo no correspondía a los días de Isaías, pero ocurriría poco después, cuando Babilonia vino contra Jerusalén. 2 Reyes 25:9 y 10, nos dice: "9Incendió la casa del Señor, la casa del rey y todas las casas de Jerusalén; también prendió fuego a todas las casas de los príncipes. 10Todo el ejército de los caldeos que acompañaba al capitán de la guardia derribó los muros que rodeaban a Jerusalén". La profecía de Isaías fue cumplida literalmente. Y continúa diciendo el versículo 11:

"La casa de nuestro santuario y de nuestro renombre, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida por el fuego. ¡Todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas!"

Isaías escribió como si estos hechos ya hubieran tenido lugar, pero no ocurrieron hasta que pasaron unos 100 años después de Isaías. El templo fue destruido al mismo tiempo que Jerusalén era destruida. Y dice el versículo 12 de Isaías 64:

"¿Te quedarás quieto, Señor, ante estas cosas? ¿Callarás y nos afligirás sobremanera?"

El profeta cerró este capítulo con una pregunta. ¿Se negaría Dios a actuar? El resto de la profecía de Isaías constituye la respuesta de Dios a esta pregunta. Dios rechazó a Israel solo después de que ellos le rechazaron a Él, pero ello no frustró Su plan y propósito para ellos y para la tierra. Dios continuó llevando a término Su programa, que aún debe ser completado. Y así llegamos al:

Capítulo 65

El tema general se resume en los siguientes títulos: La razón del Redentor para rechazar a la nación (vv.1-7); La reserva de un remanente (vv. 8-16); y La revelación de cielos nuevos y tierra nueva (vv. 17-25).

En el capítulo 64 observamos la oración ferviente del profeta y al pueblo suplicando al Rey que interviniera atravesando todas las barreras y viniera a la tierra. Los capítulos 65 y 66, capítulos finales de Isaías, contienen la respuesta de Dios a esta súplica. Dios les aclaró a ellos que fueron sus pecados y su infidelidad los responsables de Su juicio sobre ellos, pero que sus pecados no habían frustrado Sus promesas y propósitos en cuanto al Reino que vendría. Dios había preservado a un remanente por medio del cual Él cumpliría todas Sus profecías. Y otra vez, presentó una visión del Reino y una exposición de la posición eterna de Israel en los cielos nuevos y la tierra nueva. Esto nos llevará al final del libro de Isaías, que finaliza con un resplandor de gloria. Leamos entonces el versículo 1 de este capítulo 65 de Isaías, que encabeza el primer párrafo titulado:

La razón del redentor para rechazar a la nación

"Yo me dejé buscar por los que no preguntaban por mí y fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: ¡Aquí estoy, aquí estoy!"

Aquí Él estaba hablando de las naciones a las cuales el evangelio había entonces llegado. Cuando Pablo fue a Filipos tuvo una visión de un hombre de Macedonia. Sin embargo, cuando llegó allí, no encontró a un hombre esperándole para escuchar el evangelio, sino a una mujer llamada Lidia, que estaba celebrando una reunión de oración junto al río. Aunque ella quizás no había reconocido en un principio su necesidad, Pablo le comunicó el evangelio.

Pablo cita este versículo en su epístola a los Romanos, capítulo 10, versículo 20, donde dice: "E Isaías dice resueltamente: Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí". Y ésa es la forma en que nos ocurrió a nosotros. Nuestros antepasados eran paganos y no estaban esperando a orillas del río o del mar con sus manos levantadas y clamando: "Por favor, enviadnos misioneros". Ellos no los querían; e incluso mataron a unos cuantos de ellos cuando llegaron. Y en el día de hoy, amigo oyente, los paganos no están clamando para que les proclamen el evangelio. Nadie está suplicando para que le presenten el evangelio. Dios ha respondido a gente que ni siquiera le había llamado. Yo mismo nunca pedí el ser salvo, Él simplemente me salvó. Un joven dio su testimonio diciendo: "Yo huí de Dios tan rápidamente como mis piernas pecaminosas me impulsaran y tan lejos como corazón rebelde me llevara. Pero Él me persiguió hasta que me alcanzó". Ésta fue la experiencia de todos los que hemos sido salvados. Continuemos leyendo el versículo 2 de este capítulo 65 de Isaías:

"Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, que anda por mal camino, en pos de sus propios pensamientos"

Ahora el mensaje iba dirigido al judío, a la nación de Israel. Dios les presentó el evangelio en primer lugar a ellos. Y otra vez en Romanos capítulo 10, versículo 21 el apóstol Pablo dijo: "Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelled". Dios sólo los rechazó a ellos después que ellos lo habían rechazado a Él. En el libro de los Hechos de los apóstoles, capítulo 13, versículo 46, leemos: "entonces Pablo y Bernabé, hablando con valentía, dijeron: A vosotros, a la verdad, era necesario que se os hablase primero la Palabra de Dios; pero puesto que la desecháis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los naciones" (es decir, a los no judíos). Y así fue como sucedió todo. En otras palabras, si Jerusalén rechazó el evangelio, Éfeso lo recibiría. La marea creciente de la gracia de Dios desbordaría por algún lugar del mundo. Y le damos gracias a Dios por ello. Las aguas de esa marea cubrirían aquella tierra seca, que necesita urgentemente el agua. De la misma manera, estimado oyente, le rogamos que se examine a sí mismo, que sea consciente de las fuerzas que controlan actualmente su vida, de su lejanía de Dios, de su necesidad espiritual y de permitir que Él establezca una relación con usted, de su necesidad de disfrutar de una vida espiritual que transforme su existencia, proporcionándole una existencia de calidad en esta tierra, y la vida eterna en la presencia de Dios. Y todo ello es posible, porque el amor y la gracia de Dios acaban de llegar hasta donde usted se encuentra, por medio de la exposición de Su Palabra y del mensaje del evangelio. Le invitamos a reflexionar, y a tomar una decisión.

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