Estudio bíblico de Jeremías 37:1-39:18

Jeremías 37 al 39

Los temas desarrollados en los capítulos 37 al 39 son: la destrucción de la Palabra de Dios: el encarcelamiento de Jeremías y su posterior liberación, y el comienzo del cautiverio de Judá.

Llegamos hoy, amigo oyente, al capítulo 37 de Jeremías, y aquí entramos a una nueva sección que hace recaer el énfasis en los eventos históricos. Jeremías bien pudo decir: "Yo os advertí". Pero él está demasiado implicado en lo que estaba sucediendo. Él se sentía destrozado anímicamente por el mensaje que había tenido que comunicar al pueblo y en este momento por su cumplimiento, cuando la ciudad que él amaba sería destruida y la nación que él amaba era llevada al cautiverio. Jeremías había sido fiel al revelar a Dios y al actuar como Su testigo. Cualquiera que quisiera saber como se sentía Dios acerca de todo lo que estaba ocurriendo solo tenía mirar al rostro de Jeremías y a las lágrimas que caían por sus mejillas.

Debemos reconocer que ya habían pasado 30 años del ministerio de este profeta. Le vimos comenzar como un joven de unos 20 años, como un joven sacerdote que fue llamado a ser un profeta de Dios. Ahora, él se encontraba en la prisión, y el ejército del rey de Babilonia se encontraba fuera de las murallas de Jerusalén. Los soldados habían estado allí por un prolongado sitio de de 18 meses. Jeremías nos dejó algo de esta historia en el capítulo 52, y más quedó registrado en 2 Reyes y en 2 Crónicas.

Esta fue la tercera y última vez que Nabucodonosor había venido contra Jerusalén. Las otras dos veces se había llevado a una cierta cantidad de personas cautivas y había colocado en el trono de Judá a Sedequías como vasallo suyo. Sedequías quería liberarse del control del rey de Babilonia, así que le hizo algunas propuestas al Faraón de Egipto. Entonces Faraón decidió intentar liberar a Sedequías. Por supuesto, lo que planeaba hacer era colocar al reino de Judá bajo el gobierno de Egipto. Cuando Faraón llegó a Jerusalén, los comandantes de Nabucodonosor se apartaron y, en vez de sitiar la ciudad, se retiraron. En ese momento pareció que las profecías de Jeremías podrían estar equivocadas. Así que Dios le habló a Jeremías con mucha firmeza. Leamos los versículos 7 al 10 de este capítulo 37:

"Así ha dicho el Señor, Dios de Israel, que digáis al rey de Judá, que os envió a mí para que me consultarais: El ejército del faraón, que había salido en vuestro socorro, se ha vuelto a la tierra de Egipto. Por eso, los caldeos vendrán de nuevo, atacarán esta ciudad, la tomarán y le prenderán fuego. Así dice el Señor: No os engañéis a vosotros mismos, diciendo: Sin duda, los caldeos se irán ya de aquí, porque no se irán, porque aun cuando derrotarais a todo el ejército de los caldeos que pelean contra vosotros, y solamente quedaran de ellos algunos hombres heridos, cada uno se levantaría de su tienda para prender fuego a esta ciudad."

La destrucción de Jerusalén fue determinada por Dios. Aun cuando parecía que los ejércitos de Babilonia habían sido ahuyentados, regresarían.

Han quedado registrados cinco encarcelamientos del profeta. La prisión descrita en este capítulo se debió al hecho de que Jeremías había dicho al rey que no debía realizar una alianza con Faraón sino que tenía que rendirse a Babilonia. Continuemos leyendo los versículos 11 y 12 de Jeremías 37:

"Aconteció que cuando el ejército de los caldeos se retiró de Jerusalén a causa del ejército del faraón, Jeremías salía de Jerusalén para irse a tierra de Benjamín, para apartarse de en medio del pueblo."

Mientras la ciudad estaba siendo liberada, Jeremías salió de Jerusalén para dirigirse a su ciudad natal de Anatot. Pero veamos lo que sucedió. Leamos el versículo 13:

"Y cuando llegó a la puerta de Benjamín, estaba allí un capitán que se llamaba Irías hijo de Selemías hijo de Hananías, el cual apresó al profeta Jeremías, diciendo: ¡Tú te pasas a los caldeos!."

O sea, que Jeremías fue acusado de pasarse al enemigo. Y dicen los versículos 14 y 15:

"Jeremías dijo: ¡Falso, no me paso a los caldeos!. Pero él no le escuchó, sino que prendió Irías a Jeremías y lo llevó delante de sus jefes. Los jefes se airaron contra Jeremías. Lo azotaron y lo pusieron en prisión en la casa del escriba Jonatán, la cual habían convertido en cárcel."

Así que el pobre Jeremías no solo fue puesto en una prisión, sino también en un calabozo; no sabemos por cuanto tiempo. El versículo siguiente dice que fue "por muchos días". Este fue un tiempo de mucho sufrimiento para Jeremías, pero Dios no le había olvidado e impulso al rey para que lo llamara. Leamos el versículo 17:

"El rey Sedequías envió y lo sacó; y le preguntó el rey secretamente en su casa, diciendo: ¿Hay palabra del Señor?. Jeremías dijo: Hay; y agregó: En manos del rey de Babilonia serás entregado."

Y entonces Jeremías aprovechó esta ocasión para suplicar por su vida. Dice el versículo 20 de Jeremías 37:

"Escucha, pues, te ruego, mi señor, el rey, atiende ahora mi súplica que traigo delante de ti: ¡No me hagas volver a casa del escriba Jonatán, para que no me muera allí!."

El rey Sedequías no lo liberó, pero al menos le salvó la vida. Dice el versículo 21:

"Entonces dio orden el rey Sedequías, y custodiaron a Jeremías en el patio de la cárcel, haciéndole dar una torta de pan al día, de la calle de los Panaderos, hasta que todo el pan de la ciudad se agotara. Y quedó Jeremías en el patio de la cárcel."

Y así Jeremías permanecería en la prisión hasta que los ejércitos de Babilonia tomaran la ciudad de Jerusalén. Llegamos ahora al

Jeremías 38

y a un nuevo párrafo que nos relata que

Jeremías escapó por poco de la muerte

Cuando llegamos a este capítulo 38, Jeremías estaba aun confinado en el patio de la prisión, y fielmente transmitió la Palabra de Dios a su pueblo aun cuando su seguridad personal estaba en peligro.

Los príncipes de Judá consideraban a Jeremías como un traidor a su país y una influencia desmoralizadora entre el pueblo; así que consiguieron permiso del rey para silenciar al profeta recluyéndolo en una cisterna. Dice el versículo 6 de este capítulo 38:

"Entonces tomaron ellos a Jeremías y lo hicieron meter en la cisterna de Malquías hijo de Hamelec, que estaba en el patio de la cárcel. Bajaron a Jeremías con sogas a la cisterna, en la que no había agua, sino barro; y se hundió Jeremías en el barro."

Una vez más Dios envió a alguien para rescatarlo (como podemos ver en los versículos 7 al 13). Este fue un rescate emocionante, que usted puede leer detalladamente explicado en el texto. Después de esto, el rey le pidió secretamente a Jeremías que le informara sobre lo que el Señor le estaba diciendo en ese momento. Y prometió a Jeremías salvarlo de aquellos que querían matarlo. Escuchemos lo que dice el versículo 17 de Jeremías 38:

"Entonces dijo Jeremías a Sedequías: Así ha dicho el Señor, Dios de los ejércitos, Dios de Israel: Si te entregas en seguida a los jefes del rey de Babilonia, tu alma vivirá y esta ciudad no será incendiada; vivirás tú y tu casa."

Aquí vemos que el profeta insistió en que el rey se rindiera, porque no podría resistir al invasor. Y continuó diciendo en los versículos 18 al 20:

"Pero si no te entregas a los jefes del rey de Babilonia, esta ciudad será entregada en manos de los caldeos; ellos la incendiarán, y tú no escaparás de sus manos. Y dijo el rey Sedequías a Jeremías: Tengo temor de que los judíos que se han pasado a los caldeos me entreguen en sus manos y hagan burla de mí. Dijo Jeremías: No te entregarán. Oye ahora la voz del Señor que yo te hablo, y te irá bien y vivirás."

Jeremías le estaba suplicando al rey Sedequías que se rindiera para salvar su propia vida y la vida de su pueblo. Su negativa a seguir ese curso de acción que Jeremías le presentaba condenaría a la nación a la ruina.

Sedequías era realmente un cobarde. Trató de hacer las paces con todos y de complacer a todos. Fue un político poco hábil. Y como resultado de su actitud, no complació a nadie. Y el mensaje divino continuó en los versículos 21 y 22:

"Pero si no quieres entregarte, esta es la palabra que me ha mostrado el Señor: Todas las mujeres que han quedado en casa del rey de Judá serán entregadas a los jefes del rey de Babilonia, y ellas mismas dirán: Te han engañado, y han prevalecido contra ti tus amigos; hundieron en el barro tus pies, se volvieron atrás."

Un estudio de este período de la historia del pueblo de Judá revela que la condición de la mujer se había corrompido mucho. Y cuando esto sucede en cualquier nación, quedan muy pocas esperanzas para ese pueblo en el nivel moral. Esta es la imagen que revelan estos versículos.

Este rey insensato no haría caso de la advertencia de Dios expresada por medio de Jeremías. En cambio, continuaría escuchando el pronóstico optimista de los profetas falsos. Llegamos ahora al

Jeremías 39

En este capítulo se relató la terrible matanza que Jeremías había estado prediciendo. Leamos los versículos 1 y 2 de este capítulo 39:

"En el noveno año de Sedequías, rey de Judá, en el mes décimo, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitiaron. En el undécimo año de Sedequías, en el mes cuarto, a los nueve días del mes, se abrió una brecha en el muro de la ciudad."

En los versículos siguientes podemos ver la caída de Jerusalén. El rey Sedequías y el ejército intentaron escapar de la ciudad durante la noche, pero el ejército de Babilonia los alcanzó y los entregó a su rey Nabucodonosor. Y dicen los versículos 6 y 7:

"Degolló el rey de Babilonia a los hijos de Sedequías en presencia de este, en Ribla. Asimismo, el rey de Babilonia hizo degollar a todos los nobles de Judá, y al rey Sedequías le sacó los ojos y lo aprisionó con grillos para llevarlo a Babilonia."

El último capítulo del libro de Jeremías nos presentará una imagen retrospectiva de aquellos días terribles. El relato nos muestra aquellos detalles que evidentemente quedaron grabados en la mente de Jeremías. Allí el mencionará otra vez el hecho de que el rey de Babilonia mató a los hijos del rey Sedequías ante el mismo, y dejó ciego a Sedequías. Ahora llegamos a un nuevo párrafo que nos presenta a

Jeremías liberado por el enemigo

Resulta interesante comprobar que Nabucodonosor ordenó a sus hombres que liberaran a Jeremías de la prisión y que lo trataran bien. Leamos el versículo 12 de este capítulo 39:

"Tómalo y vela por él; no le hagas mal alguno, sino haz con él como él te diga."

Aquí vemos que Dios aun estaba cuidando a su fiel profeta. Y leamos ahora el versículo 14:

"Enviaron entonces a traer a Jeremías del patio de la cárcel, y lo entregaron a Gedalías hijo de Ahicam hijo de Safán, para que lo llevara a casa. Y habitó en medio del pueblo."

Este evento dio comienzo a lo que el Señor llamó "los tiempos de las naciones". El dijo en Lucas 21:24, 24Caerán a filo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por las naciones hasta que los tiempos de las naciones se cumplan. Aun cuando los israelíes ocupan la ciudad, los no judíos no controlan la mayoría de los lugares santos, con la excepción del Muro de los Lamentos, al cual pueden ir a orar a lamentarse. Es decir que las palabras de Jesús tienen aun vigencia.

Para nuestra generación contemporánea es difícil aceptar el hecho del juicio de Dios, es decir, que el juicio de Dios puede venir sobre una nación, sobre una familia y sobre un individuo. Jeremías había proclamado la Palabra del Señor por cuarenta años. Él había denunciado los pecados del pueblo y había llamado a esta gente al arrepentimiento. Dios había sido muy paciente con ellos, y esa misma paciencia los había engañado. Había permitido a los profetas falsos decir por un tiempo que las palabras de Jeremías no se habían cumplido. Pero en ese momento sus palabras e estaban cumpliendo y ya era demasiado tarde para arrepentirse. Dios es paciente con las personas y les permite continuar hasta que llega un momento en el que no hay remedio. Judá fue un notable ejemplo de esto. Dios les suplicó hasta último momento por medio de Jeremías. Ellos rechazaron a Dios y finalmente llegó el día en que Nabucodonosor arrasó la ciudad.

A la humanidad no le agrada escuchar que Dios va a juzgar. Resulta difícil para la gente creer que Dios alguna vez se enfada. Algunos tratan de decir que es el Dios del Antiguo Testamento el Dios de la ira y que el Nuevo Testamento presenta una imagen diferente de Dios. Permítanos decirle que hay más ira divina en el Nuevo Testamento que en el Antiguo. Usted puede leer en el capítulo 23:29, 33 del evangelio según San Mateo, por ejemplo y escuchar las terribles cosas anunciadas por el amable Señor Jesucristo. Dijo allí: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!. . . ¡Serpientes, generación de víboras, ¿cómo escaparéis de la condenación del infierno? Y después usted puede leer el libro de Apocalipsis, en el que se relata que las copas de ira son derramadas. Bueno, no hay nada parecido a esto en el Antiguo Testamento. Así es que no puede decirse que en el Antiguo Testamento tenemos a un Dios de ira, y en el Nuevo Testamento tenemos a un Dios de amor. Lo que sí podemos decir es que en cada época hay siempre un Dios de amor y un Dios de ira. Dios castiga el pecado. Usted siempre encontrará el juicio divino y la misericordia divina uno al lado de la otra. El trono de Dios es un trono de gracia, un lugar para encontrar compasión, misericordia pero, al mismo tiempo, ese mismo trono algún día juzgará a la tierra. EL hombre de hoy aun encuentra que esta verdad es difícil de aceptar.

Las leyes de Dios son inexorables y el juicio es el castigo para la desobediencia de eses leyes. A los seres humanos les parece tan difícil entender esto en la esfera moral y espiritual, cuando resulta tan perfectamente evidente en la esfera natural. Si usted no puede creerlo, sugerimos que intente subir a la cumbre de una montaña escarpada, rodeada de precipicios; usted puede subir a la cumbre y tratar de caminar en el vacío, y luego verá lo que sucede. En la naturaleza existen ciertas leyes que son inexorables. Si usted las obedece, vivirá; pero si las desobedece, morirá.

Podemos recordar el logro tremendo que significó para la humanidad llegar a la luna. Pero hay que reconocer que tal hazaña fue posible solo porque aquellos científicos y astronautas estaban obedeciendo a leyes naturales de Dios. No se atrevieron a quebrantarlas. Cuando partieron hacia la luna, no salieron directamente hacia su objetivo, sino que se dirigieron hacia la posición en la cual la luna se encontraría cuando ellos llegaran a ese punto determinado del espacio. Ellos sabían exactamente donde se encontraría la luna en el momento de su llegada, porque los movimientos de este universo están gobernados por leyes. Si aquellos científicos hubieran ignorado esas leyes del espacio y del movimiento de los astros, los astronautas se habrían perdido en la inmensidad del espacio y habrían muerto.

La historia humana nos enseña la misma lección. Todo lo que tenemos que hacer es trasladarnos a través del corredor del tiempo, y mirar los escombros, las ruinas y las cenizas que quedan de las grandes civilizaciones del mundo. Ellas dan testimonio de que Él es un Dios de venganza, un Dios de castigo, un Dios de juicio. Cuando las naciones se apartaron de sus altos ideales y de ese elevado nivel moral, y descendieron a ideales bajos y viles, cayeron y desaparecieron de la escena de la historia humana. Y es hora de que muchos intelectuales comiencen a leer la historia correctamente, y que descubran que Dios actúa en la historia humana.

Podríamos parecer anticuados al decir ciertas cosas, pero no nos sentimos incómodos en esta posición, porque Jeremías fue considerado anticuado en su tiempo. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI podemos ver que aquel rey, el rey Sedequías era una persona terca, obstinada. Los intelectuales y la clase sofisticada de aquellos días, es decir, aquellos que dejaron de lado a Dios, fueron insensatos. Así que no nos sentimos desautorizados por la historia, ni nos importa ser catalogados como intelectualmente oscurantistas, porque, en verdad, al examinar la historia Bíblica, que forma parte de la historia general, nos encontramos en muy buena compañía. Preferimos ser como el profeta Jeremías, que fue simplemente un hombre que creyó en Dios y tomó en serio Su Palabra.

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