Estudio bíblico de Ezequiel 33

Ezequiel 33

Entramos hoy en la última división principal de este libro. De aquí en adelante, desde el capítulo 33 hasta el 48, que es el último capítulo, vamos a ver la gloria de Dios y el reino venidero. El capítulo anterior, es decir el capítulo 32, concluyó con las predicciones en cuanto a las naciones que vivían alrededor de Israel. Algunas de estas naciones eran vecinas de la tierra de Israel. Había una relación estrecha entre ellas y, por supuesto, en realidad, había parentesco de sangre. Estas profecías fueron comunicadas antes de la destrucción de Jerusalén. Ahora llegamos a la segunda parte de este libro profético, que contiene las profecías de Ezequiel pronunciadas después de la caída de Jerusalén.

Ezequiel estaba nuevamente hablando de Jerusalén, y la tierra de Israel sería su tema, aunque su mensaje sería diferente. Hasta el capítulo 25, todo señalaba hacia la destrucción de Jerusalén. Después, Jerusalén fue destruida exactamente tal como él lo había predicho. Entonces, el profeta miraría hacia el futuro del reino venidero, cuando la gloria del Señor será vista otra vez en esta tierra. Este tema hace de ésta, una sección muy interesante.

En este capítulo 33 no solo se renovó la comisión a este profeta, sino que también él fue elogiado por el hecho de haber realizado una buena labor hasta este punto. A partir de este momento él iba a aquellos que se encontraban en el cautiverio, diciéndoles cómo debían vivir en la expectativa del futuro. Antes, estos cautivos no tenían ninguna esperanza debido a sus pecados. Pero al mirar hacia el futuro, Ezequiel vio una esperanza para los israelitas.

Hoy los creyentes también tienen una esperanza. No está basada en nada que hagan los hombres aquí en la tierra, ni en ninguno de los giros que pueda experimentar el psicoanálisis. Nuestra esperanza hoy no se fundamenta en una filosofía, sino que descansa en la Palabra de Dios y lo que Él ha dicho que tendrá lugar en el futuro. Esa es como la estrella polar que guía al hijo de Dios en el presente. No es la situación de Israel como nación avanzando hacia el reino venidero. Nosotros en realidad estamos dirigiéndonos hacia la nueva Jerusalén, y esta es la perspectiva inmediata que se encuentra en el futuro inmediato para nosotros como creyentes.

Leamos entonces el primer versículo de este capítulo 33 de Ezequiel, que nos introduce a la

Renovación de la comisión del profeta

"Vino a mí palabra del Señor, diciendo"

Esta frase fue utilizada muy reiteradamente, como hemos visto. El quiso que recordáramos constantemente que él no nos estaba comunicando sus teorías o ideas, sino que estaba exponiendo la Palabra del Señor. Comencemos a escuchar entonces el mensaje divino leyendo los versículos 2 y 3 de este capítulo 33 de Ezequiel:

"Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo y diles: Cuando traiga yo espada sobre la tierra, y el pueblo de la tierra tome a un hombre de su territorio y lo ponga por centinela, y él vea venir la espada sobre la tierra, y toque la trompeta y avise al pueblo"

Dios volvió a renovar la comisión que le había encargado a Ezequiel al principio de su ministerio. Le comparó con un centinela o atalaya de una ciudad. En aquellos tiempos la mayoría de las ciudades importantes estaban protegidas por murallas. Aquellos que ejercían la autoridad nombraban un centinela para vigilar desde la parte alta de las murallas por si se acercaban invasores durante las horas de oscuridad. Desde allí daba por terminada su vigilancia informando que todo marchaba bien, cuando no había observado movimientos de enemigos acercándose en la oscuridad. Pero, lo interesante fue que los profetas falsos estaban diciendo que todo andaba bien, al mismo tiempo que el enemigo se estaba acercando. Ellos estaban demasiado ciegos para verlo. En este sentido, Ezequiel había sido un centinela fiel y se había dirigido al pueblo advirtiéndoles que el enemigo, que era Babilonia, estaba acercándose. Y el mensaje continuó en el versículo 6 de este capítulo 33:

"Pero si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no se prepara, y viniendo la espada, hiere a alguno de ellos, este fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del centinela."

Ahora, el pueblo iba a ser juzgado por su pecado, pero el atalaya sería considerado responsable si él no les hubiera advertido. Ezequiel les había advertido, pero los profetas falsos no lo hicieron. Él había llevado a cabo una buena tarea. Y en el versículo 7 continuamos leyendo:

"A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por centinela de la casa de Israel: tú oirás la palabra de mi boca y los amonestarás de mi parte."

Él había cumplido con esa comisión. Y continuamos leyendo el versículo 8, que dice:

"Cuando yo diga al impío: ¡Impío, de cierto morirás!, si tú no hablas para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero yo demandaré su sangre de tu mano."

Como usted puede ver, amigo oyente, la responsabilidad del atalaya era la de advertir a los malvados que ellos iban a ser juzgados. Ezequiel había sido fiel en pronunciar sus advertencias, aunque el pueblo no le había escuchado. El sonido de la advertencia era la única manera en que el centinela podía probar que había cumplido su obligación.

Hoy a la persona que está enseñando la Palabra de Dios no se le requiere que obtenga resultados. Hay muchas personas que dicen: "Busquemos a un predicador que pueda lograr resultados". Pero conseguir que la gente pase adelante en una reunión no constituye una importancia fundamental. Lo verdaderamente importante es el predicador en su tarea de exponer la Palabra de Dios. Lo importante, cuando un predicador ha terminado de presentar su mensaje no es el ver algún resultado inmediato, sino que su preocupación sea si ha presentado las advertencias de la Palabra de Dios. Tenemos que tener la seguridad de que las personas que han escuchado el mensaje han sido debidamente advertidas. Si no ha sido así, el que predica es considerado responsable. El tendrá que rendir cuentas ante Dios por haber descuidado su responsabilidad.

(Permítanos aclarar aquí que nosotros le damos las gracias al Señor cuando vemos resultados. De vez en cuando, leemos cartas de personas que han aceptado al Señor Jesucristo como Salvador por haber escuchado la predicación de la Palabra de Dios. Nos alegramos por ello, pero hablando honradamente, nosotros debemos presentar la Palabra de Dios. Y tenemos que estar seguros de que la persona que lo escucha y que no hace nada al respecto, ha sido advertida apropiadamente. Si no lo es, entonces, nosotros somos los responsables. Esa es la razón por la cual nosotros presentamos este programa de la forma en que lo estamos haciendo. Y esperamos que la gente se entere y que llegue a tener el conocimiento salvador de Jesucristo.)

Y continuó diciendo el versículo 11 de este capítulo 33:

"Diles: Vivo yo, dice el Señor Dios, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino y que viva. ¡Volveos, volveos de vuestros malos caminos! ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel?"

En este versículo resulta obvio que Dios no quiere juzgar. Isaías dijo que el juicio era Su "obra extraña". Dios quiere salvar a las personas, y les recomienda encarecidamente que se vuelvan a Él y acepten la vida eterna. Veamos lo que dice entonces, el versículo 17 de este capítulo 33:

"Luego dirán los hijos de tu pueblo: ¡No es recto el camino del Señor!. ¡El camino de ellos es el que no es recto!"

Los israelitas tenían otra queja. Estaban diciendo que Dios no era justo en Su juicio. El juzgaba a todos del mismo modo, sin embargo parece que entre aquellos cautivos había algunos que se consideraban "buenas personas". Y luego, el versículo 18 dijo:

"Cuando el justo se aparte de su justicia y cometa iniquidad, morirá por ello."

Este versículo no estaba hablando de alguien que estaba perdiendo su salvación. Dios estaba diciendo que cuando uno de sus hijos comete pecado, Él lo va a juzgar. Y eso es exactamente lo que el Apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 11:31. Si, pues, nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Y Dios dijo por medio del apóstol Juan que hay un pecado que lleva a la muerte (1 Juan 5:16) El estaba hablando de un hijo de Dios. ¿De qué clase de muerte estaba hablando? Estaba refiriéndose a la muerte física. Algunos cristianos son juzgados por sus pecados por medio de la muerte física. Nos sorprende mucho que haya personas que, después de un tiempo, no comprendan la disciplina de Dios. Hay otros que están implicados en la obra del Señor, pero lo que están haciendo no está prosperando, y se están endeudando cada vez más. Uno pensaría que el mensaje les llegaría alto y claro, y entenderían que Dios quizás esté actuando con juicio y que lo que ellos están haciendo no le agrada. Y en el versículo 19 leemos:

"Y cuando el impío se aparte de su impiedad y actúe conforme al derecho y la justicia, vivirá por ello."

Dios es justo en lo que hace. Si un malvado se vuelve a Dios, El lo salvará. Luego, dijo en el versículo 20:

"Pero vosotros habéis dicho: No es recto el camino del Señor. Yo os juzgaré, casa de Israel, a cada uno conforme a sus caminos."

Hombres piadosos fueron también llevados al cautiverio. Aquellos que habían confiado en Dios fueron llevados tal como los más malvados, y estas personas piadosas se estaban quejando. Les parecía que Dios estaba siendo injusto.

Usted y yo experimentamos el mismo principio de muchas maneras. Por ejemplo, tenemos que pagar primas de seguros excesivas por la gran cantidad de accidentes que se producen, muchos de ellos por causa del alcoholismo. Nosotros no hemos caído en ese descontrol o vicio, pero tenemos que pagar por aquellos que están dominados por la bebida, y tenemos que afrontar los riesgos de que esa gente circule por las carreteras, y si sufrimos accidentes por causa de ellos, tenemos que soportar las consecuencias. Y por otra parte, tenemos que pagar impuestos elevados por decisiones, no siempre acertadas o justas de los que gobiernan. Pero tenemos que identificarnos con estos problemas sociales y administrativos e identificarnos solidariamente con nuestro pueblo.

En este pasaje vemos que las buenas personas en Israel estaban sufriendo porque se habían identificado con su nación. Pero había otras aclaraciones que hacer. Observemos lo que dijo Dios.

Yo os juzgaré, casa de Israel, a cada uno conforme a sus caminos. En otras palabras, Voy a juzgaros a cada uno de vosotros. Y, amigo oyente, no importa quién sea usted. Algún día usted tendrá que presentarse ante Dios para ser juzgado. Si usted es un hijo de Dios, Él lo juzgará por los pecados que haya cometido, pero usted no perderá su salvación. Sin embargo, si usted es un hombre perdido, usted no tiene nada que reclamarle a Dios. Él nos ha presentado esto con toda claridad en el Nuevo Testamento. En la primera epístola universal del Apóstol Pedro, en el capítulo 3, versículo 12, dice: Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. Dios no dijo que Él no iba a escuchar las oraciones de los impíos. Él simplemente dijo que escucharía las oraciones de los justos, lo cual implica que Él no tiene siente ninguna obligación para escuchar las oraciones de una persona que no es salva. Por supuesto, si usted clamara por su salvación, Dios oiría su oración y la contestaría, pero el caso es que la persona que no es salva, no tiene absolutamente nada que reclamarle a Dios. Cuando usted escuche a alguien que no es salvo preguntar: "¿Por qué permitió Dios que esto me sucediera a mí?" usted ya sabe que esa persona no tiene derecho a reclamar nada en base a la gracia de Dios. Dios es justo cuando está juzgando a un mundo perdido y, a veces, olvidamos que éste es Su mundo.

Leamos ahora el versículo 21 de este capítulo 33 de Ezequiel, que nos muestra que

La ciudad ha sido conquistada

"Aconteció en el año duodécimo de nuestro cautiverio, en el mes décimo, a los cinco días del mes, que vino a mí un fugitivo de Jerusalén, diciendo: ¡La ciudad ha sido conquistada!."

Ezequiel ya había dicho que Jerusalén había sido destruida porque Dios se lo había dicho, pero hasta ese momento, no había recibido ninguna información al respecto. Cuando las noticias de la destrucción de la ciudad llegaron a oídos de esa gente, todos se quedaron mudos de asombro y abrumados por esas noticias. Nunca creyeron que una desgracia como ésta podía ocurrir. En el mismo día en que fueron recibidas las noticias, la esposa de Ezequiel murió, y de hecho, Dios le dijo al profeta: "no te lamentes, no te pongas de luto, porque yo quiero que este pueblo sepa que he repudiado su ciudad. Ellos creen que yo debo tener a Jerusalén. Piensan que no la destruiré. No creen que yo juzgaré el pecado, pero lo haré. Por lo tanto, no llores por tu mujer. Infórmales que en este mismo instante la ciudad está siendo destruida a causa de su pecado. La ciudad ha sido asolada". Y dijo el profeta en el versículo 22 de este capítulo 33:

"Y la mano del Señor había sido sobre mí la tarde antes de llegar el fugitivo, y había abierto mi boca, hasta que vino a mí por la mañana; y abrió mi boca, y ya no estuve callado por más tiempo."

Recordemos que al final del capítulo 24 Dios anunció a Ezequiel la destrucción de Jerusalén, la ciudad sangrienta. Desde ese momento en adelante, desde el capítulo 25 al 33, El no le había comunicado ninguna profecía para Jerusalén; en cambio le había entregado mensajes para las naciones situadas alrededor de Jerusalén. Ahora, al llegar aquí al capítulo 33, encontramos que Dios ya no hizo que Ezequiel permaneciera mudo sobre Jerusalén. Y le dijo: "Ahora tengo algunos mensajes para tí acerca de Jerusalén". Leamos entonces los versículos 23 y 24 de Ezequiel 33:

"Vino a mí palabra del Señor, diciendo: Hijo de hombre, los que habitan aquellos lugares asolados en la tierra de Israel, hablan diciendo: Abraham era uno, y poseyó la tierra; pues nosotros somos muchos; a nosotros nos es dada la tierra en posesión".

El pueblo de Israel estaba recordando como Dios había cuidado de Abraham, aunque él era solamente una persona y en el tiempo de Ezequiel, había un pueblo muy numeroso. Ellos esperaban que Dios los cuidara a ellos de la misma manera. Estaban pasando por alto el hecho de que había una gran diferencia entre Abraham y ellos mismos. Abraham había creído a Dios, y se le tomó en cuenta como justicia. En contraste, este pueblo no creía en Dios. Y continuó Dios diciendo en el versículo 25:

"Por tanto, diles: Así ha dicho el Señor Dios: Coméis con sangre, a vuestros ídolos alzáis vuestros ojos y derramáis sangre, ¿y poseeréis vosotros la tierra?"

Es como si Dios les estuviera diciendo: "No os permitiré tener la tierra. Yo expulsé a los paganos de esta tierra a causa de su pecado, y vosotros estáis haciendo lo mismo que ellos hicieron". Ahora, el versículo 28 de este capítulo 33 de Ezequiel, dice:

"Convertiré la tierra en soledad y desolación, y cesará la soberbia de su poderío; y los montes de Israel serán asolados hasta que no haya quien pase."

Hay personas que cuando logran visitar Israel reaccionan con un gran entusiasmo. Pero la verdad es que esa tierra es uno de los lugares más desolados que uno podría encontrar. Y esa desolación se debe a que el juicio de Dios está sobre ese país. Una de las carencias es la escasez de agua; si uno derrama un poco de agua sobre esa tierra, crece fácilmente la vegetación. Ese es el gran problema. El juicio de Dios cayó no solo sobre un pueblo, sino también sobre una tierra. Ahora, en el versículo 30, de este capítulo 33 de Ezequiel, leemos:

"En cuanto a ti, hijo de hombre, los hijos de tu pueblo se mofan de ti junto a las paredes y a las puertas de las casas, y habla el uno con el otro, cada uno con su hermano, diciendo: ¡Venid ahora, y oíd qué palabra viene del Señor!."

El pueblo estaba agitado y en aquellos momentos quisieron escuchar a Ezequiel, pero no estaban dispuestos a seguirle. Leamos el versículo 31:

"Y vienen a ti como viene el pueblo, y están delante de ti como pueblo mío. Oyen tus palabras, pero no las ponen por obra, antes hacen halagos con sus bocas y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia."

Según las apariencias, estaban regresando al Señor. Querían escuchar lo que el Señor tenía que decir, pero no tenían intención de obedecerle. Eran como las persones que asisten hoy a una iglesia para escuchar un mensaje interesante y bien preparado, pero lo que oyen no cambia sus vidas. La epístola de Santiago toca la cruda realidad cuando en el capítulo 1:22, dice: Sed hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos. Esto fue lo que Dios dijo sobre ese pueblo en cautiverio. Oyen tus palabras, pero no las ponen por obra. Y finalmente por hoy, leamos los versículos 32 y 33 de este capítulo 33 de Ezequiel:

"Y tú eres para ellos como un cantor de amores, de hermosa voz y que canta bien. Ellos oyen tus palabras, pero no las ponen por obra. Sin embargo, cuando eso llegue (y ya está llegando), sabrán que en medio de ellos hubo un profeta."

Ahora que Jerusalén había caído, como Ezequiel había profetizado, el pueblo supo que Ezequiel era un verdadero profeta de Dios. Pero aunque los israelitas supieron que él estaba comunicando la Palabra de Dios, aun no la obedecían. Estimado oyente la incredulidad es intencionada, es deliberada. No es que la humanidad tenga una mente tan desarrollada que no puede aceptar lo que Dios dice. El verdadero problema es que la gente no quiere abandonar su pecado. Ese fue el problema de las personas a quienes Ezequiel predicó. Estaban dispuestas a venir y a escuchar lo que Ezequiel tenía que decir, pero las palabras del profeta no causaban ningún efecto en ellos. Uno podría pensar que en aquellos momentos la gente se volvería a Dios, pero ese no fue el caso. Dios le dijo a Ezequiel: "no permitas que las multitudes te engañen. Es cierto que están viniendo y escuchando el mensaje, pero no están haciendo caso de lo que dices. No son en absoluto hacedores de la Palabra. Les agrada cuando te oyen hablar del amor, del futuro, y de la profecía, pero tus palabras no les han afectado un ápice. Aun continúan viviendo de la misma forma, lejos de Mí."

Ezequiel fue el único hombre que dijo que Jerusalén sería destruida. Todos los profetas falsos dijeron que no sería destruida. La palabra de confirmación había llegado. Jerusalén había sido destruida. Y Ezequiel fue reconocido como un verdadero profeta.

Estimado oyente, vamos a detenernos aquí por hoy. Continuaremos, Dios mediante, en nuestro próximo programa y esperamos contar con su compañía.

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