Estudio bíblico de Daniel 3:17-30

Daniel 3:17-30

En este día, amigo oyente, regresamos al capítulo 3 del libro de Daniel. Habíamos dicho anteriormente que en el primer capítulo las costumbres paganas fueron juzgadas; en el segundo capítulo, la filosofía pagana fue juzgada, y que en este tercer capítulo, el orgullo pagano fue juzgado.

El material que abarca este capítulo 3, y que terminaremos de considerar hoy, incluyó las siguientes secciones: "La construcción de la estatua de oro" (versículos 1 y 2), "La dedicación de la estatua de oro" (versículos 3 al 7), "Los tres jóvenes se negaron a adorar a la imagen" (versículos 8 al 12). En nuestro programa de hoy concluiremos con la sección iniciada al terminar nuestro programa anterior, titulada: "Los tres jóvenes declararon el poder de Dios" (versículos 13 al 18). Y después, comentaremos la sección titulada "Los tres Hebreos fueron preservados en el horno de fuego" (versículos 19 al 27), y examinaremos la última sección, titulada, "El decreto de Nabucodonosor sobre el Dios de los jóvenes Hebreos" (versículos 28 al 30).

La descripción que en el versículo 13 se hizo de la reacción del rey nos indica que aquel hombre tenía un verdadero problema psicológico. Probablemente sufría de histeria o de algún tipo de psicosis maníaco depresiva: en un momento se encontraba extremadamente airado y quizás al instante siguiente se encontraría desternillándose de risa.

Al interrogarles personalmente, el rey les preguntó si la acusación que se había dirigido contra ellos era cierta. ¿Se habían atrevido a negarse a adorar a aquel dios pagano y la estatua que él había hecho construir?

El rey les quiso dar a estos jóvenes otra oportunidad para que cambiaran de opinión, y se postraran ante la estatua. Su sumisión en ese momento habría sido una deshonra peor y una mayor vergüenza de lo que habría sido al principio. Entonces el rey recitó nuevamente el castigo por negarse a ese acto, y el error de mantener esa actitud. El rey había escuchado hablar de Dios antes, y les aseguró que Él no sería capaz de librarlos.

Los tres jóvenes respondieron al rey pero no se dirigieron a él diciéndole "¡Rey, para siempre vive!".

Veamos la respuesta que ofrecieron al rey: "No es necesario que te respondamos sobre este asunto". Esta respuesta significaba que ellos ya habían sopesado cuidadosamente las consecuencias de negarse a obedecer al rey. Habían calculado el coste y no estaban siendo cautelosos al dar su respuesta; en otras palabras, no se estaban preocupando por su propio bienestar en la respuesta que le dieron al rey.

Los sabios en Babilonia habrían aconsejado a los hebreos que se postraran y adoraran a la estatua del rey. Pero Dios les había dicho: "No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás, porque yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos". (Éxodo 20:3-6). Estos jóvenes hebreos estaban siendo fieles a Dios, y requirió mucho valor por parte de ellos el adoptar esta posición pública.

En los versículos 17 y 18 de este capítulo 3 de Daniel, que estamos estudiando, vemos como se completó la respuesta de los tres jóvenes hebreos:

"Nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tus manos, rey, nos librará. Y si no, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado."

Estos jóvenes expusieron muy claramente su decisión y afrontaron las consecuencias de la misma. Y dijeron: "Si es la voluntad de Dios, Él nos librará de tu mano". No importaba el resultado, porque estos tres se habían propuesto servir a Dios y no al ídolo de Nabucodonosor.

Leamos ahora los versículos 19 y 20, que nos comienzan a relatar cómo:

Los tres hebreos fueron librados del horno de fuego

"Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, cambió el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed-nego y ordenó que el horno se calentara siete veces más de lo acostumbrado. Y ordenó a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que ataran a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiente."

Dice aquí que el rey "se llenó de ira". Nabucodonosor tenía un temperamento incontrolable. En un arranque extremo de emocionalismo, el rey descargó su ira sobre estos hombres a quienes el previamente había favorecido. El fuego del horno se calentó siete veces más de lo normal. Esto último no era necesario, pero revela lo que había en el corazón de aquel hombre. Veamos entonces qué sucedió leyendo el versículo 21 de este capítulo 3:

"Así pues, estos hombres fueron atados con sus mantos, sus calzados, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiente."

Es decir, que ellos tenían su vestidura completa para este traslado a este horno ardiente. Y ellos fueron arrojados a las llamas así. Y en los versículos 22 y 23 leemos:

"Y como la orden del rey era apremiante, y habían calentado mucho el horno, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Estos tres hombres, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiente."

La precipitación con que los soldados actuaron y la alta temperatura mató a aquellos que habían arrojado a los cautivos para que perecieran en las llamas. Y vemos ahora la reacción del rey Nabucodonosor, leyendo los versículos 24 y 25:

"Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres hombres atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: Sin embargo, yo veo cuatro hombres sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a un hijo de los dioses."

Este horno era aparentemente un horno abierto, y Nabucodonosor, que había esperado ver que estos hombres expiraran inmediatamente, estaba muy sorprendido al verlos vivos y caminando en el fuego.

Otro hecho sorprendente para el rey fue poder ver a una cuarta persona a quien Nabucodonosor describió como a "uno semejante a un hijo de los dioses". En ese tiempo, Nabucodonosor aún no tenía un conocimiento del Dios vivo y verdadero, aunque Daniel le había hablado de Él. No teniendo ninguna percepción espiritual, Nabucodonosor sólo podía dar testimonio de esa aparición tan fuera de lo común, que al rey le parecía un personaje divino, uno hijo de los dioses. Sin embargo, creemos que el cuarto Hombre era el Hijo de Dios, el Cristo pre-encarnado.

La preservación de estos hombres fieles en el horno de fuego fue milagrosa. No hay otra explicación; y sólo queda la opción de aceptarla o rechazarla. O el libro de Daniel presenta una imagen falsa tergiversando los hechos, o está contando la verdad. Algunos teólogos críticos privan a la Escritura de su verdadero significado. Cuando el texto relata un hecho milagroso, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, ellos debilitan o anulan el significado del lenguaje, diciendo que el texto no quiere decir lo que dice literalmente, pues para ellos significa una verdad espiritual. Ese tipo de racionalismo no sólo es hipócrita, sino engañoso.

Lo importante es que en la Biblia hay muchos milagros que tales críticos han tratado de explicar de otra manera. Por ejemplo, dicen que Jesús no caminó sobre las aguas, sino que caminó por la orilla del mar; y los discípulos pensaron que Él estaba caminando sobre el agua. El hijo de la viuda, no estaba realmente muerto; sus familiares pensaron que lo estaba, y Jesús simplemente lo despertó. Así también se dan todo tipo de explicaciones imaginables para decir que Cristo no alimentó a la multitud multiplicando milagrosamente los panes y los peces. Y ése es el caso con el resto de los milagros. Esa actitud de asignar un doble sentido a las palabras y a los hechos, es engañosa e hipócrita. Uno realmente cree en los milagros, o no los cree. Tres hombres no pueden ser arrojados en un horno de fuego sin quedar absolutamente consumidos, a menos que tenga lugar un milagro. Creemos que allí ocurrió un milagro, y que el cuarto Hombre presente no era otro que el Señor Jesucristo.

Los hechos registrados aquí en este capítulo constituyen un incidente histórico, pero también son una figura profética, y prefiguran el período de la Gran Tribulación. El horno de fuego representa al sufrimiento que tendrá lugar durante la Gran Tribulación. El rey Nabucodonosor representa a la bestia que sale del mar (de la cual leemos en Apocalipsis), es decir, el Anticristo, el último gobernante mundial. Esta estatua de oro representa la "abominación desoladora" de la cual habló Jesús en Mateo 24:15. Estos tres jóvenes Hebreos representan al remanente que será preservado milagrosamente durante el período de la Gran Tribulación. Después observamos, y es un detalle interesante, que Daniel no fue mencionado en absoluto en este capítulo. Él no se encontraba cerca. Aparentemente él actuaba no solo como Corte Suprema de Justicia, sino también como primer ministro del reino. Probablemente él se encontraba de viaje por asuntos del reino, desplazándose por los caminos del rey. Él fue, por lo tanto, una figura de los redimidos que serán trasladados antes de la Gran Tribulación. Así que en este capítulo tenemos una hermosa figura profética.

En el cuarto Hombre presente en el horno, vemos al Señor Jesús junto a los Suyos. Él estará también con ellos en el día de la Gran Tribulación, con aquellos que son Suyos, mientras ellos pasen por los sufrimientos de ese período. En este sentido es oportuno recordar las palabras de Jesús en Juan 16:33, cuando dijo: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo". Y también dijo en Mateo 28:20, "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". En estos pasajes y en muchos otros vemos que Él prometió que nunca dejaría y abandonaría a los Suyos. Estas palabras deberían traer no sólo consuelo sino también seguridad al creyente, que puede contar con la presencia misma de Jesucristo en los momentos más difíciles y controlando las situaciones cuando parece que uno se encuentra desbordado por los acontecimientos. Aunque sea invisible, Su presencia no deja de ser real. Continuemos observando la perplejidad del rey ante lo que acababa de suceder ante sus propios ojos. Leamos los versículos 26 y 27 de este tercer capítulo de Daniel:

"Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiente, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid."

Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego. 27Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey para mirar a estos hombres, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos y ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas, intactas, ni siquiera olor de fuego tenían.

Aquí destacamos las palabras de Nabucodonosor, reconociendo que aquellos tres jóvenes eran "siervos del Dios Altísimo". Creemos que esta expresión reveló que este hombre se estaba acercando a un conocimiento de Dios. El relato resalta el estado de estos jóvenes, sin un solo cabello chamuscado ni olor a humo en sus ropas. Éste fue un milagro claro.

Ahora continuaremos con nuestra lectura leyendo los versículos 28 al 20, que nos hablan sobre:

El decreto de Nabucodonosor sobre el Dios de los jóvenes hebreos

"Y Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, los cuales no cumplieron el edicto del rey y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que diga blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en estercolero; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste. Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia."

No había nada personal en esta forma de expresarse de Nabucodonosor, pero aún así, él reconoció la omnipotencia del Dios viviente, y Su poder al librar a estos tres jóvenes. Él admitió que el Dios de ellos era superior al suyo. Ésta fue la manera en la cual él expresó su convicción; en el próximo capítulo leeremos su testimonio personal de conversión. Creemos que el llegó a tener un conocimiento del Dios vivo y verdadero. A este hombre le llevó un largo tiempo apartarse del paganismo del cual había estado saturado.

Esto es algo que también les sucede a muchas personas; que necesitan escuchar la Palabra de Dios varias veces antes de llegar a un conocimiento del Señor Jesucristo como su Salvador. Es una realidad que estamos descubriendo en nuestro programa radial de "A Través de la Biblia". Tenemos gran cantidad de cartas de personas que han escuchado este programa por mucho tiempo antes de llegar a ser salvos. Hay algunas personas que necesitan escuchar una y otra vez la predicación de la Palabra de Dios, las enseñanzas que tenemos en la Palabra de Dios, para poder llegar entonces, al conocimiento del Dios Vivo y Verdadero. Es como si Dios tuviera que hablarles varias veces, y de diferentes maneras, para que Su palabra y Su Espíritu puedan tocar la parte interior de una vida, y esa vida sea alcanzada por Su amor y Su gracia.

Volviendo a nuestro relato, vemos que estos tres jóvenes hebreos se encontraban nuevamente disfrutando del favor del rey Nabucodonosor. En dos ocasiones tuvieron la sentencia de muerte sobre ellos, en esas dos ocasiones fueron librados milagrosamente, y en dichas ocasiones fueron también ascendidos a una elevada posición en el reino.

De la misma manera el Señor Jesucristo es capaz de guardar a los Suyos hoy en este mundo. Este debería ser un pensamiento consolador para muchos de nosotros. En el Evangelio de Juan capítulo 10, versículos veintisiete y veintiocho, el Señor dijo: "27Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco, y me siguen; 28yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". También, en el capítulo 17 del mismo evangelio según San Juan, versículo 11, leemos: "Ya no estoy en el mundo; pero éstos están en el mundo; y yo voy a ti. Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos en Tu nombre, para que sean uno, así como nosotros". Luego, en este mismo capítulo, un poco más adelante, en el versículo 15, continuó diciendo: "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal". También, en el libro de la carta a los Hebreos, capítulo 7, versículo 25, leemos: "Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos". Por último, veamos lo que dijo el apóstol Pablo en su Segunda Epístola a Timoteo, capítulo 1, versículo 12: "Por lo cual así mismo padezco esto. Pero no me avergüenzo, porque yo sé a Quien he creído y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día".

Amigo oyente, usted y yo estamos viviendo en un mundo hoy en el cual vamos a tener problemas y dificultades. Algunos de los hijos de Dios tienen que pasar por el horno del fuego ardiente, pero Él puede cuidarles aun allí, y Él tiene poder para de sacarles de ese lugar. Sencillamente, reconocemos que no confiamos en el Señor como deberíamos confiar, es decir, que no tenemos la fe que tuvieron aquellos tres jóvenes Hebreos.

Y vamos a detenernos aquí por hoy. Les adelantamos que en el próximo capítulo, el capítulo 4 de este libro además de mostrarnos nuevamente a Daniel en acción como portador de la revelación de Dios, tiene al rey Nabucodonosor como máximo protagonista humano. Mientras tanto, le sugerimos leer todo el capítulo 4 de este libro de Daniel, para estar así mejor informado sobre los temas que consideraremos en nuestro próximo estudio, en el cual, como siempre, esperamos contar con su compañía.

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