Estudio bíblico de Mateo 26:23-75

Mateo 26:23-75

En nuestro programa anterior, el relato nos había llevado hasta la escena en que Jesús, reunido en una casa con sus discípulos, les había anunciado que uno de ellos le iba a traicionar. Los discípulos, entristecidos, habían comenzado a preguntarle, uno por uno: ¿soy yo Señor?

Vamos a ver la respuesta de Jesús en los versículos 23 al 25;

"Respondiendo El, dijo: El que metió la mano conmigo en el plato, ése me entregará. El Hijo del Hombre se va, según está escrito de El; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido. Y respondiendo Judas, el que le iba a entregar, dijo: ¿Acaso soy yo, Maestro? Y El le dijo: Tú lo has dicho."

Resulta interesante observar que Judas no llamó a Jesús Señor, como los otros discípulos, tal como pudimos ver en el programa anterior al leer el versículo 22. En ese momento crítico, Judas salió de la casa. Según el relato del Evangelio según Juan 13:30, apenas recibió el trozo de pan que Jesús le ofreció, abandonó el lugar y desapareció en la oscuridad de la noche.

Continuemos leyendo los versículos 26 al 28:

"Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados."

En este pasaje vemos la institución de la Cena del Señor, que fue establecida en una época en que la fiesta judía de la Pascua estaba decayendo gradualmente. En dicha fiesta, la copa circulaba siete veces entre los asistentes y fue durante la última de esas veces, que Jesús instituyó esta Cena. Durante esta celebración los participantes cantaban los Salmos del grupo Hallel, que incluía los Salmos 111 al 118. Cuando los leemos para nuestro propio provecho espiritual, deberíamos recordar que nuestro Señor los cantó en aquella noche tan especial. En aquella última cena, fue como si El se hubiera erigido a sí mismo un nuevo monumento conmemorativo, no construido en mármol o bronce sino con los elementos temporales del pan y del vino, que nos hablan de su muerte hasta que venga otra vez. Leamos los versículos 29 y 30, en los que el Señor continuó diciéndoles lo siguiente:

"Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Y después de cantar un himno, salieron hacia el monte de los Olivos."

El Señor estaba dando a entender que la Pascua volvería a celebrarse en el futuro, pues dijo no bebería más del fruto de la vid hasta la época que el llamó "el reino de mi Padre". Aparentemente, su celebración en ese período futuro miraría retrospectivamente a Su muerte en la cruz. También la Pascua, que durante siglos había expresado con ansia y anticipación a Su venida para reinar, durante los tiempos de la expresión futura del Reino, evocaría Su pasada venida.

Leamos ahora los versículos 31 al 35, donde se encuentra una

Predicción de la negación de Pedro

"Entonces Jesús les dijo: Esta noche todos vosotros os apartaréis por causa de mí, pues escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersaran. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Entonces Pedro, respondiendo, le dijo: Aunque todos se aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré. Jesús le dijo: En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Todos los discípulos dijeron también lo mismo."

Este párrafo comienza con una cita del libro del profeta Zacarías 13:7. A continuación, la respuesta del apóstol Pedro sugirió que él no confiaba en los otros discípulos, pero pensaba que el Señor sí podía fiarse de él. El problema de Pedro era que no se conocía a sí mismo; hay que reconocer que es el mismo problema que muchos de nosotros tenemos hoy día. Había sido temprano por la mañana cuando Pedro prometió que aunque todos se apartasen del Señor, él nunca lo haría. Parecía incluso dispuesto a morir con el Señor. Pero aquella misma noche, antes que el gallo cantase dos veces, Pedro le negaría. Y no una sola vez, sino tres veces.

El siguiente párrafo nos lleva a un lugar llamado

Getsemaní

donde Jesús compartió con sus discípulos algunos de sus momentos más críticos, antes de ser crucificado. Leamos los versículos 36 al 39:

"Entonces Jesús llegó con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy allá y oro. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras."

Prestemos atención a la oración que Jesús pronunció aquí. "La copa", evidentemente representa a Su cruz y su contenido, a los pecados de todo el mundo. Más allá de la muerte misma y del sufrimiento terrible de la crucifixión, hay algo más que, quizás, no alcancemos a comprender. Y se trata de lo siguiente: Jesús, que era santo, inocente, apartado de los pecadores, fue tratado por Dios como al pecado mismo, por causa nuestra. Allí en la cruz, el pecado de la humanidad fue colocado sobre El. Y ésta no fue una expresión académica, sino una realidad. Ni siquiera podemos imaginar el horror que sintió cuando el pecado fue colocado sobre El ya que, siendo santo, debió sufrir una experiencia espantosa. Observemos que El no estaba pidiendo escapar de la cruz, sino rogando en oración para que se hiciese la voluntad de Dios. Resulta imposible para ti y para mí penetrar en el pleno significado de esta experiencia en Getsemaní, pero yo creo que fue precisamente allí, que el ganó la victoria de la colina del Calvario, donde sería luego crucificado. Indudablemente, fue tentado por Satanás en Getsemaní, tan verdaderamente como había sido tentado en el desierto, como veremos al leer el versículo 42. El estaba aceptando aquella copa. Sería inexacto decir que estaba intentando evitar el ir a la cruz. Es que en Su humanidad sintió repugnancia y el tremendo horror de tener sobre sí mismo los pecados del mundo y, por un momento, pareció retroceder. Pero se entregó confiado al Padre, cuya voluntad había venido a cumplir.

Dirijamos ahora una mirada a los discípulos que estaban con El en aquel jardín y que eran Pedro, Jacobo y Juan. Después de su primera oración regresó a donde ellos se encontraban; los versículos 40 y 41 continúan el relato:

"Vino entonces a los discípulos y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Conque no pudisteis velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil."

Aquí vemos que les animó a "velar", a permanecer despiertos, alertas, ante la tentación. Pero, ¿qué tentación?, ¿quién iba a tentarles? Satanás, el tentador, estaba allí. Era evidente que Jesús luchaba con un enemigo invisible. Como acabamos de afirmar, El venció al enemigo allí en el jardín de Getsemaní; allí fue donde se ganó la victoria de la cruz del Calvario. Pero la lucha fue intensa; continuemos leyendo los versículos 42 al 45:

"Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si ésta no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Y vino otra vez y los halló durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño. Dejándolos de nuevo, se fue y oró por tercera vez, diciendo otra vez las mismas palabras. Entonces vino a los discípulos y les dijo: ¿Todavía estáis durmiendo y descansando? He aquí, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores."

En este conflicto, el Señor se entregó al cumplimiento de la voluntad de Su Padre y luego, les anunció la inminente llegada del traidor. Dicen los versículos 46 y 47:

"¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad, está cerca el que me entrega. Mientras todavía estaba El hablando, he aquí, Judas, uno de los doce, llegó acompañado de una gran multitud con espadas y garrotes, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo."

El hecho de que tanto Judas como los enemigos de Jesús habían presenciado muchos milagros, les había llevado a darse cuenta que Jesús tenía un poder sobrenatural y que podría hacer uso de él. Así que, cuando vinieron a detenerle, llegaron acompañados de un numeroso grupo de hombres. Por otra parte, sabemos que a Pilato no le gustaba Jerusalén, que solía venir a la ciudad únicamente en los días de fiesta trayendo con el una gran guardia para mantener el orden, pues se producían disturbios durante las festividades.

Y ahora, presenciaremos un gesto muy significativo. Leamos el versículo 48 al 50:

"Y el que le entregaba les había dado una señal, diciendo: Al que yo bese, ése es; prendedle. Y enseguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Rabí! Y le besó. Y Jesús le dijo: Amigo, haz lo que viniste a hacer. Entonces ellos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron."

Aquel beso de traición que Judas le dio al Señor Jesús fue uno de los detalles más desagradables y despreciables de un ser humano, registrado en la historia. Algunos teólogos sostienen que Judas estaba predestinado para traicionar a Jesús y no podría haber actuado de otra manera. Si esto fuese cierto, Judas no fue más que un robot. Creo que Judas tomó su propia decisión de traicionar a Jesús y tuvo muchas oportunidades de cambiar sus planes. Alguien diría: "Si, pero estaba profetizado que él traicionaría a Jesús". Estoy de acuerdo, había sido profetizado, y el Señor le escogió. Pero después de que Judas hubo cumplido la profecía, después que Jesús fue traicionado, Judas podía haberse arrepentido. Jesús le dio una última oportunidad para arrepentirse y aceptarle. Incluso después de que Judas le dio aquel beso de traición, Jesús le llamó "amigo". Más tarde, cuando Judas fue al templo y arrojó las monedas de plata que le habían entregado para traicionar al Señor, aun en aquel momento podría haber cambiado de opinión. Y cuando los sacerdotes estaban llevando a Jesús ante Pilato, Judas podía haberse postrado ante El diciéndole: "Perdóname Señor, no sabía lo que estaba haciendo". Y el Señor le habría perdonado.

Luego se produjo un serio incidente: leamos los versículos 51 al 54;

"Y sucedió que uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote, le cortó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y El pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras de que así debe suceder?"

Sabemos que el de la espada era Simón Pedro. Creo que el estaba tratando de demostrar algo. Antes, había presumido que era capaz de morir por proteger a Jesús. Pero Jesús le había advertido que se apartaría de El y negaría conocerle aquella misma noche. El caso es que Pedro se las arregló para conseguir una espada e intentó proteger al Señor. Pero él era un pescador y no un experto en esgrimir la espada. Y así fue que le cortó la oreja a aquel siervo del sumo sacerdote y falló por poco, porque seguramente, su intención habría sido cortarle la cabeza. Y entonces, el Señor le reprochó severamente. Fue como si le hubiese dicho: "Pedro, yo no necesito tu pequeña espada. No he venido para luchar contra los líderes religiosos, sino para morir por los pecados del mundo". Observemos también que Mateo aclara específicamente que el Señor estaba cumpliendo lo que habían predicho las Sagradas Escrituras. Leamos los versículos 55 y 56, que concluyen este párrafo.

"En aquel momento Jesús dijo a la muchedumbre: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y garrotes para arrestarme? Cada día solía sentarme en el templo para enseñar, y no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron."

En las situaciones conflictivas previas, Su hora aun no había llegado. Pero ahora sí, Su hora había llegado. Jesús lo había predicho todo, incluso el hecho de que todos sus discípulos le abandonarían.

Continuemos leyendo el versículo 57, donde el relato nos lleva a

El palacio del sumo sacerdote

"Y los que prendieron a Jesús le llevaron ante el sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos."

Más tarde veremos que el suegro de Caifás era el instigador de todo. Pero Jesús tenía que ser conducido ante Caifás, el sumo sacerdote, por causa de la primera acusación. Como los líderes religiosos iban a solicitar a Roma la pena de muerte, aquella noche debían determinar qué acusación contra Jesús presentarían ante Pilato por la mañana.

El versículo 58 nos añada un detalle;

"Y Pedro le fue siguiendo de lejos hasta el patio del sumo sacerdote, y entrando, se sentó con los alguaciles para ver el fin de todo aquello."

Así como en el caso de Simón Pedro, que seguía a Jesús de lejos, también resulta peligroso para nosotros seguirle desde esa lejanía. En el Evangelio según Juan 18:15 y 16 se nos dijo que, con la ayuda del discípulo Juan, Pedro había conseguido entrar en el patio; allí esperó para ver en qué terminaba aquello. En solo un breve instante, negaría conocer al Señor. Leamos los versículos 59 y 60, que continúan con el procedimiento contra Jesús:

"Y los principales sacerdotes y todo el concilio procuraban obtener falso testimonio contra Jesús, con el fin de darle muerte, y no lo hallaron a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Pero más tarde se presentaron dos"

Es que al no tener los líderes religiosos una acusación contra el Señor Jesús, tenían que encontrar testigos falsos. Y el problema consistía en encontrar uno que pudiese afrontar una investigación seria. Pilato podría mostrarse algo inquisitivo y formular algunas preguntas molestas. El versículo 61 nos aclara que, finalmente, encontraron dos testigos.

"que dijeron: Este declaró: Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reedificarlo."

De acuerdo con el relato del Evangelio según Juan 2:19-22, incluso los discípulos habían malentendido a Jesús cuando pronunció la siguiente declaración: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" No la comprenderían hasta después de la resurrección de Jesús. Evidentemente los testigos falsos habían estado presentes cuando Jesús había expresado la citada declaración; aunque observemos que no le citaron con exactitud. Notemos, en el versículo 62 y 63, la reacción del sumo sacerdote:

"Entonces el sumo sacerdote, levantándose, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Más Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios."

El sumo sacerdote estaba intentando obtener una respuesta, para que el Sanedrín, que era el supremo tribunal religioso de los judíos, supiese el argumento que debía utilizar. La acusación era tan inverosímil que el Señor no respondió. Entonces el sumo sacerdote le apremió poniéndole bajo juramento sagrado. Dice el versículo 64 que

"Jesús le dijo: Tú mismo lo has dicho; sin embargo, os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo."

En su respuesta afirmativa, Jesús reclamó para sí mismo el título "Hijo del Hombre". Fue el título utilizado por profetas como Daniel y Ezequiel que expresaba la cualidad inherente de Su deidad. No podría haber exigido una posición mayor que haber declarado que era el "Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo en las nubes del cielo". Los versículos 65 al 68 nos muestran las reacciones que se produjeron:

"Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Ellos respondieron y dijeron: ¡Es reo de muerte! Entonces le escupieron en el rostro y le dieron de puñetazos; y otros le abofeteaban, diciendo: Adivina, Cristo, ¿quién es el que te ha golpeado?"

Nos llama la atención el odio que le profesaban y que no era otra cosa que el antagonismo natural del corazón humano ante Su bondad, Su justicia, Su santidad y el hecho de que El era y es Dios. Allí le ofendieron de muchas maneras. En nuestra época, el citado antagonismo se expresa por medio de otras formas más sutiles. ¿Te das cuenta, estimado oyente, de que si tú y yo sólo nos dejáramos llevar por nuestra naturaleza controlada por el mal, trataríamos de desalojarle de su trono? Cuando, hace ya tiempo, se oyó proclamar que Dios había muerto, en el fondo se trataba de un clamor que expresaba el odio de la naturaleza humana normal para desplazarle del lugar que le corresponde ocupar.

El último párrafo relata como

Pedro negó a Jesús

Examinaremos este incidente en mayor detalle al leer los relatos de los otros Evangelios. Leamos los versículos 60 al 75:

"Pedro estaba sentado fuera en el patio, y una sirvienta se le acercó y dijo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Pero él lo negó delante de todos ellos, diciendo: No sé de qué hablas. Cuando salió al portal, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: Este estaba con Jesús el nazareno. Y otra vez él lo negó con juramento: ¡Yo no conozco a ese hombre! Y un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: Seguro que tú también eres uno de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: ¡Yo no conozco a ese hombre! Y al instante un gallo cantó. Y Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente."

El apóstol se encontraba en el lugar equivocado, expuesto al acoso y la tentación. No había excusa para su actitud despreciable. Sin embargo, se arrepentiría y reanudaría su relación con el Señor a quien siempre amó y llegaría a ser el apóstol a quien el Señor concedería el privilegio de predicar el primer sermón, después de la venida del Espíritu Santo, en la fiesta de Pentecostés.

Así sucede en las relaciones humanas; familiares o de amistad, que pasan por situaciones de crisis en las que se manifiesta su fragilidad. Y así también ocurre en nuestra relación con Dios. Estimado oyente, si ya eres un hijo de Dios, te invito remover los obstáculos que impiden una buena relación con El. Y si aun no puedes considerarte un hijo de Dios, y eres consciente de que te encuentras lejos de El, totalmente imposibilitado para salir o liberarte de esa situación, te invito a escuchar la invitación permanente de Dios para creer en Jesucristo. El quiere ser tu Salvador y tu Señor.

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