Estudio bíblico: La gran comisión (2) - Marcos 16:15-18

Serie:   El Evangelio de Marcos   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Id por todo el mundo y predicad el evangelio (2ª parte) - Marcos 16:14-18

(Mr 16:14-20) "Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán."

"Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio"

11. El alcance de la misión
Antes de su ascensión el Señor Jesucristo mandó a sus discípulos que fueran por todo el mundo predicando el evangelio a toda criatura (Mr 16:15), haciendo discípulos de todas las naciones (Mt 28:19). De hecho, detalló cuál había de ser la hoja de ruta que deberían seguir sus discípulos:
(Hch 1:8) "Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra."
Es evidente que el Señor enfatizó en repetidas ocasiones que el evangelio debía ser predicado hasta el último rincón de este mundo. Sin embargo, como en muchas otras ocasiones después, llegó el momento en que la iglesia primitiva se quedó atascada en Jerusalén y sólo fue por causa de la persecución que el evangelio llegó a proclamarse fuera de los límites de Judá.
Sabemos por experiencia que es fácil perder de vista esta visión misionera. Con facilidad podemos llegar a estar tan ocupados dentro de mil y una actividades dentro de la propia iglesia local, que olvidamos nuestra responsabilidad con los perdidos que están afuera. Pero una iglesia que se limita a mirar hacia adentro, ha perdido su razón de ser en este mundo perdido, y además, está desobedeciendo el mandamiento de Dios. Es muy probable que la mayoría de nosotros no podamos ir al otro extremo del mundo a predicar, pero siempre tendremos oportunidades a nuestro alrededor que debemos aprovechar.
En relación con el alcance de la misión, puede ser interesante considerar la diferencia que había entre el Antiguo y el Nuevo Testamento en relación con la misión que le fue encomendada al pueblo de Dios bajo cada pacto. Por ejemplo, no encontramos ningún mandamiento explícito para que los israelitas fueran a las naciones para predicarles la ley de Dios. Es cierto que se esperaba que las naciones escucharían la Palabra de Dios y se interesarían por ella viendo los elevados principios allí expuestos. Pero no hay indicios de que Dios hubiera tenido la intención de que los israelitas viajaran a otras naciones para desafiar la adoración de otros dioses y para llamarles al arrepentimiento y a la fe en la Simiente prometida a Abraham. En realidad, se esperaba que en el antiguo pacto las naciones fueran hasta Jerusalén y allí visitaran el templo de Dios. De hecho, esto es algo que está profetizado y todavía no se ha cumplido:
(Is 2:2-3) "Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová."
Pero como ya hemos tenido ocasión de ver, en el Nuevo Testamento hay un cambio radical en cuanto a la misión de la Iglesia en el mundo. A los cristianos se nos manda expresamente que vayamos a las naciones a predicarles el evangelio.
Hemos de notar que el Señor Jesucristo fue el primer misionero en este sentido que ahora estamos considerando. En el mismo comienzo de su ministerio público, estando en la sinagoga en su pueblo Nazaret, leyó una porción de las Escrituras que anunciaba el carácter misionero del Mesías:
(Lc 4:18-21) "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros."
A partir de ese momento encontramos a Jesús llevando el mensaje del reino de Dios a todas partes, incluyendo varios viajes por los países limítrofes con Israel. Y de la misma manera, cuando llamó a sus discípulos, lo hizo también con la intención de que ellos mismos llegaran a ser "pescadores de hombres" (Mr 1:17). Es cierto que durante un periodo de su ministerio, tanto él como sus discípulos se limitaron de forma deliberada a las "ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 10:6) (Mt 15:24), pero con esto nunca quiso decir que no tuviera interés, o excluyera definitivamente al resto del mundo. Era una cuestión de prioridades, como más tarde explicó el apóstol Pablo: "al judío primeramente, y también al griego" (Ro 1:16). De hecho, Jesús tuvo diferentes encuentros con personas gentiles y no dejó de admirar su fe (Mt 8:10) (Mt 15:28). Incluso cuando visitó la región pagana de Decápolis al otro lado del Mar de Galilea, liberó a un endemoniado que estaba poseído por una legión de demonios y después de eso lo envió como el primer misionero entre los gentiles: "Le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Mr 5:19). Incluso anuló las distinciones alimenticias que constituían el mayor obstáculo para que un judío pudiera relacionarse con un gentil (Mr 7:19), algo que el Señor le tuvo que volver a recordar a Pedro años después cuando Dios se disponía a comenzar la extensión del evangelio entre los gentiles (Hch 10:15).
Pero si bien era necesario dar prioridad a la nación judía, su persistente rechazo hizo que finalmente fueran desechados y que en su lugar el Señor se dirigiera a los gentiles. Jesús anunció esto justo antes de su muerte, cuando el conflicto con las autoridades judías había llegado a su clímax. Fue entonces cuando contó la parábola de los labradores malvados, en referencia a las autoridades de la nación judía, anunciando su veredicto final: "¿Qué, pues, hará el señor de la viña? Vendrá, y destruirá a los labradores y dará su viña a otros" (Mr 12:9). De esta manera Jesús señaló el final del monopolio del pueblo judío sobre la viña de Dios, dando lugar así a que otros fueran llamados a servir a Dios en su reino.
Por esa razón, a partir de la ascensión de Jesús, sus discípulos continuaron esta labor misionera que había emprendido el Señor, pero a diferencia del antiguo pacto, en el que se esperaba que las naciones acudieran al templo en Jerusalén para su adoración, ahora la Iglesia es enviada hasta el fin del mundo con el fin de hacer un llamamiento universal a todas naciones para que vayan a Cristo con arrepentimiento y fe.
12. Los encargados de llevar a cabo la misión
Las últimas instrucciones que el Señor Jesucristo dio a sus discípulos antes de ascender al cielo fueron que debían quedarse en Jerusalén hasta que recibiesen el Espíritu Santo y que sólo después debían ser testigos suyos hasta lo último de la tierra (Hch 1:4-8). La conclusión lógica de este mandamiento es que para ser un predicador del evangelio es imprescindible tener el Espíritu Santo, o lo que es lo mismo, ser un auténtico cristiano.
Por otro lado, el mandamiento fue dado a los discípulos que habían estado con Jesús y habían sido testigos de su muerte y resurrección, lo que los constituía en testigos fidedignos de las verdades que anunciaban. Por supuesto, este mandamiento no se limitaba exclusivamente a los apóstoles, sino a cualquier discípulo de Jesús que previamente haya llegado a tener una relación personal con él, identificándonos con su muerte en la cruz y viviendo la realidad de una nueva vida por el poder de su resurrección.
Por lo tanto, los encargados de llevar a cabo esta misión deben ser todos los cristianos. Cuando pensamos en esto, nos damos cuenta del inmenso privilegio que Dios ha dado a su Iglesia. Él ha decidido enviar a sus seguidores a hacer discípulos a todas las naciones. Esto quiere decir que Dios no llama a las personas directamente desde el cielo, ni siquiera a través de ningún ángel, sino por medio de sus redimidos. Por lo tanto, el aceptar o rechazar a un predicador del evangelio, implica necesariamente aceptar o rechazar a Dios mismo. Jesús dijo:
(Lc 10:16) "El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió."
Cuando llegamos a ser conscientes del inmenso privilegio y responsabilidad que esto implica, entonces fácilmente llegamos a experimentar la misma sensación de inadecuación que tuvo Moisés ante la zarza ardiente: "¿Quién soy yo?" (Ex 3:11); o la conciencia de nuestra propia pecaminosidad que nos llevará a exclamar como Simón Pedro "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lc 5:8).
Pablo expresaba su asombro cuando escribiendo a los tesalonicenses les dijo: "Fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio" (1 Ts 2:4). ¡Qué gran confianza! El evangelio de Dios, el único medio para salvar eternamente al pecador ha sido confiado sólo al pueblo de Dios. Es un inmenso privilegio ser portadores de esta bendición única y especial de Dios para todas las naciones.
Absolutamente todos los creyentes tenemos este increíble privilegio, y las épocas en las que el evangelio se ha expandido más ampliamente ha sido debido al testimonio fiel de infinidad de sencillos cristianos, que aprovechando las oportunidades que en la vida diaria se presentan, han compartido con otros el evangelio de Jesucristo. Es triste cuando la evangelización se convierte en una actividad especial de la iglesia. Los primeros cristianos entendieron que toda su vivencia en la sociedad era un acto de testimonio y cada conversación una oportunidad para testificar, y por eso la iglesia creció rápidamente. Ellos no tenían que organizar reuniones evangelísticas especiales, porque su vida entera era un testimonio elocuente de su fe.
Pero habiendo dicho esto, también es cierto que Dios ha capacitado a algunos creyentes con un don especial para la comunicación del evangelio y la formación de nuevas iglesias: (Ef 4:11). "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros".
En cualquier caso, queda claro que Dios quiere utilizarnos, pero ¿anhelamos ser utilizados? Predicar el evangelio es un privilegio, y "el que gana almas es sabio" (Pr 11:30). Pero muchas veces empleamos nuestro tiempo y los dones que Dios nos ha dado para otras muchas cosas, olvidando lo que verdaderamente es importante. ¿Qué puede ser más sabio que bendecir a nuestros semejantes en el sentido más elevado al arrebatar sus almas del infierno y de la esclavitud de Satanás?
13. El modelo para llevar a cabo la misión
El evangelio de Juan hace referencia a la gran comisión en estos términos: "Como me envió el Padre, así también yo os envío" (Jn 20:21). Aquí podemos ver que además de tener el mandato de llevar a cabo la misión, también encontramos el modelo según el cual debemos realizarla.
Notemos que Cristo nos envía al mundo de la misma forma que el Padre lo envió a él (Jn 17:18). Por lo tanto, nuestra misión se ha de modelar en la de él. Ahora bien, cuando pensamos en la venida del Hijo a este mundo por medio de su encarnación, nos damos cuenta de que éste fue el mayor proceso de identificación cultural en la historia de la humanidad. Cristo dejó su santo y glorioso cielo, para venir a un mundo presidido por el pecado y la tragedia humanas. Pablo describe este proceso en su carta a los filipenses:
(Fil 2:6-8) "El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."
Es bien cierto que su identificación con nuestro mundo fue real, al punto que adoptó nuestra naturaleza, vivió nuestra vida, soportó nuestras tentaciones, experimentó nuestros sufrimientos y sintió nuestros dolores. Penetró profundamente en nuestra humanidad. Jamás se mantuvo apartado de la gente que tal vez se podría haber esperado que trataría de evitar. Se hizo amigo de los desahuciados por la sociedad. Hasta tocaba a los intocables. No podría haberse acercado más de lo que lo hizo. Se trataba de una total identificación por amor. Sin embargo, no hemos de olvidar que en ningún momento perdió su propia identidad como Hijo de Dios.
Y de la misma manera, los creyentes somos enviados al mundo con el fin de buscar y llamar a los pecadores, pero en este proceso debemos tener mucho cuidado de no perder nuestra identidad como hijos de Dios, comprometiendo nuestras convicciones y valores cristianos.
Además, debemos notar también otro paralelismo: "Como el Padre me envió". Es decir, cuando Cristo vino al mundo lo hizo en reconocimiento de la autoridad del Padre que le enviaba. Y de la misma forma, para que nosotros llevemos a cabo correctamente la misión encomendada tendremos que someternos a la autoridad de Cristo. Para ello debemos renunciar a los privilegios, la seguridad, la comodidad, la indiferencia, a fin de meternos en el mundo de los demás, así como él hizo con el nuestro; que nos humillemos hasta hacernos siervos, como hizo él; que soportemos el dolor de ser odiados por el mundo hostil al que somos enviados y que compartamos las buenas noticias con la gente donde ella se encuentre.
El apóstol Pablo entendió perfectamente este modelo y lo aplicó en su propio ministerio:
(1 Co 9:20-22) "Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a lo que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos."
Antes de buscar nuevos métodos y estrategias para la realización de la misión, debemos volver a mirar el modelo de Cristo. De otro modo, corremos el peligro de copiar los mismos principios con las que las empresas llevan a cabo el cumplimiento de sus objetivos, convirtiendo así la misión en una obra humana.
14. El coste de la misión
Cuando el Señor Jesucristo envió a sus discípulos a predicar el evangelio por todo el mundo, no ocultó que esto había de tener un elevado coste para ellos. Se lo anunció cuando les dijo: "Como me envió el Padre, así también yo os envío" (Jn 20:21). Y todos sabemos que él fue enviado a morir por los hombres para poder llegar a ser su Salvador. Y de la misma manera, nosotros no podremos servirle adecuadamente si no tomamos nuestra cruz.
(Mr 8:34) "Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame."
En otra ocasión dijo:
(Jn 12:24) "De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto."
El Señor no nos ha llamado a una vida fácil, ni tampoco nos ha garantizado que la misión vaya a ser cómoda.
(Lc 21:12-13) "... Os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y esto os será ocasión para dar testimonio."
Se puede decir con claridad que el Señor afirmó que es imposible llevar a cabo fielmente esta misión sin sufrimiento. Los apóstoles no tardaron en comprobarlo, cuando a raíz de sus primeras predicaciones comenzaron a ser perseguidos por las autoridades judías que unas semanas antes habían logrado la ejecución de Jesús. Y esta oposición feroz les acompañó en todos los lugares a donde llegaron predicando el evangelio. Sólo su convicción inquebrantable de que Jesús realmente había resucitado, y de que ellos también resucitarían, fue lo que les llevó a perseverar hasta el final.
Y desde la época apostólica hasta nuestros días las páginas de la historia de la iglesia están repletas de innumerables ejemplos de sufrimiento por causa del evangelio. No es accidental que la palabra griega usada para "testigo" sea "mártir".
No existen fórmulas fáciles para llevar a cabo la misión. Si deseamos ganar almas para el evangelio debemos estar dispuestos a "crucificar" nuestros planes, nuestras ideas, nuestros gustos, nuestras inclinaciones, nuestra comodidad, nuestro prestigio, nuestras ambiciones...
Viendo la libertad que en la actualidad hay en algunos países, tal vez podemos engañarnos pensando que los tiempos han cambiado y que ahora todo va a ser más fácil para nosotros. Pero si vivimos como Jesús y denunciamos el pecado como él lo hacía, no tardaremos en comprobar que todo el furor del infierno se vuelve inmediatamente contra nosotros. Seguramente no suframos la muerte física, pero debemos estar preparados para soportar el sufrimiento de ser ridiculizados, la soledad de sentirnos aislados, el dolor de que se nos difame. Y esto sólo en aquellos países donde se respeta la libertad religiosa, porque hay muchos otros donde los cristianos pierden sus trabajos, posesiones, familias y hasta la vida misma por su fidelidad a Cristo.
¿Estamos listos para soportar el coste que la misión tiene? A muchos en nuestro tiempo les resulta extraño este llamamiento al sufrimiento como una condición para poder cumplir fielmente con el mandamiento del Señor. En muchos círculos ya no se habla de sufrir por Cristo, sino que existe una tendencia evangélica cada vez más arraigada hacia el triunfalismo y la prosperidad. Este falso evangelio que promete salud y riqueza ciega a los cristianos materialistas sobre la realidad de las adversidades y sufrimientos que acompañan siempre al verdadero predicador del evangelio.
¿Estamos listos, entonces, para soportar el sufrimiento de ser ridiculizados, la soledad de sentirnos aislados, el dolor de que se hable en contra de nosotros y se nos difame? Más todavía, ¿estamos dispuestos, si fuese necesario, a morir con Cristo a la popularidad y la promoción, a la comodidad y el éxito, a nuestro innato sentido de superioridad personal y cultural, a nuestra egoísta ambición de ser ricos, famosos o poderosos? No olvidemos que es la semilla que muere, la que se multiplica.
La primera persecución contra el cristianismo procedió del mismo judaísmo, y tenía como finalidad destruirlo en su mismo origen. En realidad no debería haber sido así, sino que los judíos, que conocían bien la Palabra y eran el pueblo escogido de Dios, deberían haber sido los primeros en recibir a Cristo. Sin embargo, lo que ocurrió fue justo lo contrario, dejándonos un ejemplo de lo que más tarde ha venido ocurriendo a lo largo de toda la historia, donde hemos tenido ocasión de comprobar cómo durante siglos la mayor persecución contra la iglesia de Cristo ha llegado desde ámbitos llamados "cristianos", que paradójicamente han prohibido y quemado Biblias junto con aquellos que las leían o distribuían.
Por supuesto, ésta no ha sido la única persecución que el cristianismo ha conocido, sino que desde el comienzo también chocó con el Imperio Romano, y desde entonces ha sido objeto de la intolerancia de regímenes totalitarios de todos los tipos, que han perseguido y matado a quienes se han negado a renunciar a su lealtad a Cristo. Y no debemos olvidar que esto sigue ocurriendo en muchos lugares de este mundo también en el presente.
Pero ningún sufrimiento por la causa de Cristo es en vano, y en muchos casos, tal como escribió Tertuliano, "la sangre de los mártires es la semilla de los nuevos cristianos". Y así ocurrió con la persecución del Imperio Romano, que en muchos casos sólo conseguía que la muerte de los cristianos como mártires atrajera más personas a la fe en Cristo.
Seguramente esto resulta incomprensible a muchos teólogos liberales de nuestro tiempo, que dudan y generan dudas sobre todas las doctrinas cristianas. Para ellos todas las verdades son relativas y objeto de discusión. Difícilmente podrán encontrar algo en su concepción del "cristianismo" por lo que valga la pena dar la vida o sufrir persecución. Y por lo tanto, seguramente les parecerá absurdo el hecho de que los apóstoles y tantos miles de cristianos después de ellos dieran sus vidas por creer en aquello de lo que ellos nos quieren convencer de que nos son verdades de las que podemos estar seguros. Es evidente de que a pesar de tener muchos conocimientos intelectuales sobre teología, les falta una relación personal y viva con Cristo.
15. La duración de la misión
La Segunda Venida de Jesús está ligada con la misión de la iglesia. Cuando el Señor regrese a este mundo terminará el período misionero que comenzó con Pentecostés. Así que tenemos un tiempo limitado en el cual completar la responsabilidad que nos ha sido dada por Dios. Es preciso, por lo tanto, que recuperemos la ferviente expectativa escatológica de los primeros cristianos, juntamente con el sentido de urgencia que ella les proporcionó. Jesús había prometido que el fin no vendría hasta que el evangelio del reino hubiese sido predicado por todo el mundo a todas las naciones (Mr 13:10). Y nosotros no tenemos libertad para suponer que tenemos mucho tiempo por delante, y que por ello podemos arrastrar los pies o aminorar el paso en la tarea misionera. Por el contrario, la iglesia debe estar en marcha, apresurándose a llegar hasta lo último de la tierra para llamar a todos los hombres a la reconciliación con Dios, mientras se prepara para su encuentro eterno con su Señor, quien reunirá a todos para formar un solo pueblo.
16. El momento de rendir cuentas
El regreso del Señor para recoger a su Iglesia será el momento de rendir cuentas por lo que hayamos hecho.
(2 Co 5:10) "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo."
Evidentemente aquí no se trata del juicio universal relacionado con nuestro destino eterno que encontramos descrito en (Ap 20:11-15). Este es un juicio especial del pueblo de Dios relacionado con nuestra vida y ministerios cristianos y tiene que ver con la promesa de reconocimiento y recompensa por el trabajo bien hecho para el Señor, aunque también puede ocurrir lo contrario.
(1 Co 3:14-15) "Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego."
Por supuesto, cualquier tipo de recompensa que pudiéramos recibir será por la gracia de Dios, y nunca podrá ser motivo de orgullo.
Y en cuanto a en qué consistirán estas recompensas, seguramente tendrán que ver con nuestra participación en el evangelio. Pablo explicaba la razón de todo su trabajo y su abnegación en la tarea de predicar el evangelio de esta manera:
(1 Co 9:23) "Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él."
El apóstol quería hacerse "copartícipe" en el evangelio al darlo a conocer gratuitamente a todos los hombres. Y sin lugar a dudas, el poder ver a una persona salvada y transformada por el poder del evangelio, ya es en sí mismo una enorme recompensa que produce mayor gozo y satisfacción que cualquier otra cosa que pudiéramos llegar a tener en esta vida. Pero aun será mayor el gozo que sentiremos si nuestra labor es agradable al Señor y pronuncia sobre nosotros las palabras de la parábola: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25:21). Lo que indica que podremos seguir disfrutando de este gozo durante toda la eternidad, a la vez que podremos participar más ampliamente de los beneficios eternos del evangelio.
Pero el tiempo se acaba y la Segunda Venida de Cristo se acerca, lo que nos debe ofrecer un sano estímulo para predicar la Palabra y testificar de nuestra fe con mayor fidelidad. Pablo exhortaba a Timoteo en este sentido:
(2 Ti 4:1-2) "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina."
Debemos vivir y servir al Señor conscientes de la inminencia del regreso de Cristo. Desde la perspectiva bíblica el tiempo es corto, la necesidad es grande y por lo tanto, la tarea urgente. Muchos hombres y mujeres se dirigen hacia una condenación eterna y deben ser advertidos del peligro, y esta es una responsabilidad que los creyentes tenemos como "atalayas". Recordemos las solemnes palabras que encontramos en el profeta Ezequiel:
(Ez 33:6) "Pero si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya."
17. El reconocimiento de nuestro fracaso en el cumplimiento de la misión
Lamentablemente la Iglesia de Cristo de nuestro tiempo debe reconocer con tristeza que esta gran comisión recibida del Señor se ha convertido con frecuencia en la "gran omisión". Es cierto que los cristianos creemos que Dios ama tanto al mundo que ha enviado a su Hijo para conseguir la salvación para toda la humanidad, pero sin embargo, pocas veces nos preocupamos por demostrar ese amor y comunicar las buenas nuevas al mundo. Muchas iglesias se ocupan por mantener la rutina de los cultos sin pararse a pensar para qué los ha colocado Dios en esa comunidad, en ese barrio, ciudad o en ese país. Este descuido ha llevado a que muchas iglesias que en el pasado fueron grandes, en este momento languidecen con unos pocos miembros, o directamente han tenido que cerrar sus puertas.
Seguramente la iglesia de Cristo ha fallado por caer en dos extremos igualmente dañinos: conformarse al mundo o separarse completamente de él.
En algunos casos la iglesia se ha identificado tanto con la cultura del mundo que ha perdido todo sentido de misión hacia ella. Se ha conformado tanto al mundo que ha asimilado sus perspectivas y valores, descuidando así su santidad. De esta manera ha perdido su capacidad para ser sal y luz del mundo (Mt 5:13-16).
En otras ocasiones la iglesia ha estado tan absorbida por la rutina de sus propias necesidades que ha perdido de vista la necesidad de aquellos que están fuera y para los cuales los creyentes deberían ser mensajeros de Dios. La iglesia en esos casos se convierte en una especie de "club religioso" donde los "socios" disfrutan de ciertos intereses comunes, quedando fuera de su interés aquellos que no lo son. Pero si bien es cierto que la Iglesia es un pueblo que ha sido llamado a salir del mundo a fin de adorar a Dios, también ha sido nuevamente enviada al mundo a fin de dar testimonio de su fe en Cristo. Si nos retiramos del mundo para disfrutar egoístamente las bendiciones recibidas, es obvio que la misión resulta imposible, por cuanto perdemos el contacto.
El Señor Jesucristo explicó cuál debería ser la forma correcta en la que la iglesia se relacionara con el mundo: vivir en él, sin pertenecer a él.
(Jn 17:15-18) "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo."
18. ¿Por qué muchos cristianos no evangelizan?
Podemos pensar en varias razones por las que probablemente muchos cristianos no comparten el evangelio con otras personas.
  • Por mundanalidad y un testimonio inadecuado. La falta de coherencia entre el mensaje que predicamos y la vida que vivimos nos obliga en ocasiones a callarnos. Y hoy más que nunca la gente busca coherencia y autenticidad personal. Necesariamente el cristiano debe parecerse a aquello de lo cual está hablando, porque en muchas ocasiones, antes de escuchar lo que decimos, las personas ven cómo vivimos. En este sentido, seguramente una de las razones por las cuales la iglesia de Dios tiene actualmente tan poca influencia en el mundo es por la gran influencia que el mundo ejerce sobre ella. En muchos casos la sal se ha desvanecido y la luz ha sido ocultada debajo de otras cosas.
  • Por falta de convicción personal. Evidentemente, el predicador que duda, no convence a nadie. Es necesaria la fe en la Palabra de Dios. Pablo estaba plenamente convencido del poder que tiene el evangelio para salvar a cualquier persona que llega a creer (Ro 1:16). Pero para alcanzar este tipo de convicción, primero es necesario que la Palabra quede grabada en aquellos que la predican.
  • Por temor a la gente y a un posible rechazo.
  • Por la indiferencia y el menosprecio con que la gente trata los asuntos espirituales. Cuando hablamos con ellos, muchas veces nos da la impresión de que están como anestesiados, mantienen sus constantes vitales, pero parecen incapaces de mostrar ni interés, ni tampoco oponerse. Ante una situación así nos sentimos desanimados para comenzar una conversación.
  • Por un espíritu derrotista. Muchos piensan que la gente no les va a escuchar y que por lo tanto es inútil evangelizar. Por supuesto, a esto hay que añadir la falta de confianza en el poder de la Palabra y en el obra del Espíritu Santo.
  • Por estar involucrados en otras actividades, por ejemplo en la obra social, que en la actualidad goza de mayor prestigio que la evangelización. No olvidemos que en muchas ocasiones este tipo de labor, si bien muy buena y necesaria, no siempre incluye una predicación clara del evangelio.
  • Por falta de perseverancia. Muchos cristianos tienen un buen comienzo, pero las dificultades terminan por frenarles. Y es imposible ver fruto sin perseverancia.
  • Por comodidad y egoísmo. Tal vez nos encontramos cómodos en la iglesia dentro de nuestro círculo de amigos y no queremos que otros vengan a incomodarnos con sus problemas y necesidades. La iglesia es vista por estas personas más o menos como un club que funciona en beneficio de sus "socios" cuando la realidad debe ser mayormente la contraria.
  • Por divisiones en el seno de la iglesia. Es probable que no haya nada tan perjudicial para la causa de Cristo como una iglesia que está despedazada por celos, rivalidades, calumnias y malicia. Una iglesia así necesita con urgencia ser radicalmente renovada en amor antes de poder llevar el evangelio a los perdidos. Los incrédulos ven esta desunión y es una piedra de tropiezo para que lleguen a creer. El diablo sabe bien que si logra destruir nuestra unidad, neutralizará nuestro testimonio.
  • Por la hostilidad del mundo. Y con esto no sólo nos referimos a la persecución física que los cristianos sufren en muchos países en la actualidad, sino también a la oposición que las sociedades democráticas presentan contra todo concepto de evangelización. En nombre de la "tolerancia" se considera una agresión que una persona intente convertir a otra al cristianismo. Según ellos, esto supone un atropello a las libertades individuales y una forma inaceptable de arrogancia. Ellos parten de la base de que ninguna religión puede pretender tener el monopolio de la verdad, y que cada uno debe tener su propia forma de llegar a Dios, sin que nadie deba inmiscuirse en la vida privada de otros, o intentar imponerle sus puntos de vista. Este espíritu de falsa tolerancia, camina junto a la idea de que en asuntos morales no hay verdades absolutas, sino que todo es relativo. Nadie puede decir a otro lo que está bien o lo que está mal, y si alguien lo intenta, rápidamente será ridiculizado y tratado como arrogante e intolerante. Por lo tanto, en medio de este ambiente, hacer un llamamiento a las personas para que se arrepientan de sus pecados, será considerado como algo muy ofensivo, y si además les anunciamos el evangelio de Jesucristo como el único medio para su salvación eterna, nos tacharán de fanáticos e intransigentes.

Conclusión

En nuestro sociedad actual, en la que en todos los ámbitos se fomenta cada vez más la especialización, parece que también se espera que en la iglesia haya personas concretas que se dediquen a la evangelización. Visto desde este punto de vista, podríamos decir que los obreros son pocos. Además, las dificultades que hemos considerado anteriormente, nos llevan de forma natural a rehuir cualquier implicación en esta tarea, y preferimos que sean otros quienes la realicen. Pero si cada creyente asumiera la responsabilidad de dar testimonio de su fe en el contexto en el que Dios le ha colocado, nos daríamos cuenta de que los obreros no son pocos. Jesús exhortó a sus discípulos para que pidieran más "obreros para la mies", y seguramente estaba pensando en personas dedicadas enteramente a la labor de evangelizar y establecer iglesias, pero sin embargo, quizá también estaba pensando en que cada discípulo suyo asumiera su propia responsabilidad en relación a la evangelización.
(Mt 9:37-38) "Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies."
No cabe duda que ganar un alma es mucho más difícil que conquistar una ciudad. Pero cada hermano y hermana, joven o viejo, debemos apasionarnos por llevar a cabo la misión que el Señor nos ha encomendado. Es urgente que clamemos al Señor para que nos dé almas. No nos podemos conformar con que ya tengamos una congregación, debemos mirar hacia el horizonte y esforzarnos porque el evangelio avance también a otros lugares allí en donde el Señor nos ha colocado.
Terminamos esta sección con la descripción que alguien ha hecho de un verdadero evangelista: "Con el mundo bajo sus pies, con el cielo en la mirada, con el evangelio en la mano y Cristo en su corazón, ruega como un embajador de Dios, no conociendo nada sino a Jesucristo, no gozándose en nada sino en la conversión de los pecadores, no esperando nada sino la promoción del reino de Dios, y no gloriándose en nada sino en la cruz de Cristo Jesús, por la cual él es crucificado al mundo y el mundo a él."

"El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado"

Antes de terminar este estudio debemos considerar dos aspectos más de la misión encomendada por el Señor y que no están exentos de cierta polémica. En primer lugar tenemos el tema del bautismo cristiano.
El Señor mandó que además de predicar el evangelio y de hacer discípulos, era necesario que las personas que creían fueran bautizadas.
(Mt 28:19) "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"
En el libro de los Hechos de los Apóstoles podemos ver que los primeros cristianos bautizaban inmediatamente a los convertidos. Por ejemplo, en la primera predicación de la era cristiana, después de que el apóstol Pedro predicara a los judíos, y ante el interés de éstos por aceptar a Cristo como su Salvador y Señor, él les dijo:
(Hch 2:38,41) "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo... Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas."
Ahora bien, la cuestión que ha sido ampliamente debatida es si el bautismo cristiano es necesario para la salvación. Es decir, ¿puede una persona ser salva si sólo cree pero no llega a bautizarse? Algunos han interpretado estos versículos citados anteriormente como una prueba de que si la persona no llega a bautizarse no tendrá la salvación. Sin embargo, no podemos compartir este punto de vista por varias razones.
  • En primer lugar debemos considerar la segunda parte del versículo que estamos estudiando: "el que no creyere será condenado" (Mr 16:16). Esto coincide con otros muchos pasajes bíblicos donde se expone que la única condición para la salvación es la fe en Cristo, y que por lo tanto, la condenación viene únicamente por no creer.
  • Cuando Pedro predicó el evangelio en la casa de Cornelio, los gentiles que escuchaban creyeron la Palabra y fueron salvos, recibiendo el Espíritu Santo, y después de esto fueron bautizados (Hch 10:44-48). Es importante notar que ya habían sido salvados en el momento cuando se bautizaron.
  • Al mismo ladrón de la cruz el Señor le garantizó la salvación por su fe, y evidentemente no tuvo ocasión de bautizarse (Lc 23:43).
  • El apóstol Pablo mostraba mucho interés por predicar el evangelio, sin embargo no hacía lo mismo en cuanto al bautismo, algo que sería incompresible si el bautismo fuera imprescindible para la salvación: "Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo... pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio" (1 Co 1:14,17).
  • Además, no debemos olvidar que la salvación es sólo por la fe, sin las obras (Ro 3:28). Y en el caso de que el bautismo fuera necesario para la salvación, sería una obra humana que habría que añadir a la fe.
  • El bautismo cristiano es enseñado en la Escritura como un símbolo de lo que ocurre en la conversión. Pablo lo explica en (Ro 6:3-4) (Col 2:12). Según este simbolismo, cuando la persona es sumergida en el agua, está expresando su identificación con la muerte de Cristo, y de la misma manera, al salir del agua, simboliza su identificación con la resurrección de Cristo y la nueva vida que ahora tiene en él. Pero enfatizamos que se trata únicamente de un símbolo, no de la realidad misma.
  • A esto hay que añadir que el bautismo es una forma pública y visible de dar testimonio de nuestra fe en Cristo. Esto resultaba especialmente claro en el caso de aquellos judíos que se convirtieron y bautizaron a raíz de la predicación de Pedro en Pentecostés. Unas semanas antes ellos habían pedido la crucifixión de Jesús, acusándole de ser un falso mesías, pero después de su conversión era imprescindible que de la misma manera pública manifestaran que habían cometido una terrible equivocación y que reconocían su pecado.
Sin embargo, aunque el bautismo no es imprescindible para la salvación, tampoco hay ninguna excusa para que el verdadero creyente deje de bautizarse y así dé testimonio público de su fe en Cristo y de esta manera sea añadido a la vida de una iglesia local.

"Y estas señales seguirán a los que creen"

Cuando el Señor envió a los mensajeros del evangelio, les dio la facultar de realizar diferentes milagros que les habían de servir de credenciales. Entendemos que esto fue totalmente necesario, puesto que de otra manera habría sido muy difícil, sino imposible, que las personas que escuchaban el evangelio en las diferentes partes del Imperio Romano se interesaran por un Mesías crucificado en Jerusalén.
El Señor conocía muy bien qué enormes eran las dificultades de la obra que acababa de encomendarles. Sabía qué combates tan terribles tendrían que enfrentar contra el paganismo, el mundo y el mismo Satanás. Por esta razón concedió a los apóstoles diferentes dones especiales que servirían para llamar la atención sobre el evangelio que predicaban.
(2 Co 12:12) "Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros."
(He 2:4) "Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad."
Al mismo tiempo, estas señales servían para evidenciar la resurrección de Jesús. Recordemos que mientras estuvo en la tierra, el ministerio del Señor se caracterizó por sus numerosos milagros. Cuando después de su ascensión los discípulos comenzaron a realizar milagros en su nombre, era una evidencia de que Jesús había resucitado y estaba vivo.
(Hch 3:14-16) "Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros."
Podemos ver ejemplos de estas señales que el Señor les prometió en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
  • "En mi nombre echarán fuera demonios". La expulsión de demonios, que señalaba la victoria sobre el reino de Satanás, podemos verlo en diferentes lugares: (Hch 8:7) (Hch 16:18). No debemos olvidar que sostenemos una lucha real contra huestes espirituales de maldad (Ef 6:12).
  • "Hablarán en nuevas lenguas". Los apóstoles hablaron en lenguas después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2:4-11). En el contexto se ve con claridad que se trataba de idiomas, y que sirvieron para comunicar el mensaje del evangelio a las personas de otras culturas. En este sentido, las lenguas eran "nuevas" porque no eran idiomas que los apóstoles conocieran previamente, y sin duda ayudó a los mensajeros del evangelio a cumplir con la misión encomendada.
  • "Tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño". Esta señal implicaba la protección divina en el servicio al Señor y en el cumplimiento del deber. Por supuesto, entendemos que no puede referirse a actos deliberados de tomar serpientes venenosas o beber porciones con veneno. El apóstol Pablo experimentó esto cuando llegó a la isla de Malta, y el acontecimiento sirvió para despertar el interés de la población nativa por el evangelio (Hch 28:1-10).
  • "Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán". De esta manera se manifestaba el carácter del evangelio trayendo sanidad y restauración a las personas.
Todas estas señales servían para confirmar el poder divino del evangelio y para glorificar a Dios, no al mensajero (Hch 3:12) (Hch 14:8-15).
La cuestión que ha generado cierta discusión tiene que ver con la pregunta de si estas señales siguen estando vigentes todavía en nuestro tiempo. Y lo cierto es que la respuesta no es fácil.
  • Por un lado, vemos a lo largo de toda la Escritura que los milagros no han sido usados por Dios en todas la épocas. Sólo es necesario echar un vistazo al Antiguo Testamento para comprobar que sólo algunos profetas hicieron señales prodigiosas y que estos se concentraron en épocas concretas. Por lo tanto, tampoco sería de extrañar si Dios no usara siempre la misma estrategia para acompañar la predicación del evangelio. Además, debemos pensar que cuando el milagro llega a ser cotidiano, deja de ser milagro y empieza a ser algo normal que ya no llama la atención.
  • Por otro lado, tampoco debemos pasar por alto el contexto en el que esto fue dicho por el Señor. Recordemos que en aquel momento la vida, muerte y resurrección de Jesús no eran conocidas en el mundo y tampoco se había terminado de formar el Nuevo Testamento. En esas circunstancias transitorias, fue necesario acreditar a los mensajeros por medio de señales milagrosas. Pero creemos que una vez que estas circunstancias cambiaron, lo importante y lo normal es la predicación de la Palabra. En cuanto a esto, muchos de nosotros podemos decir que hemos llegado al conocimiento del Señor sin necesidad de haber visto ningún milagro concreto, sino únicamente por haber escuchado la Palabra de Dios.
  • Pero habiendo dicho todo esto, también es cierto que ninguno de nosotros tenemos la libertad de poner límites a Dios con nuestras interpretaciones. Esto nos lleva a pensar que tan malo es el escepticismo de aquellos que niegan que Dios hace milagros en nuestros días, como la presunción de aquellos que los demandan constantemente.

Preguntas

1. Transcriba la misión tal como aparece en los cuatro evangelios y en el libro de los Hechos. Explique los aspectos que se resalta de ella en cada uno de los pasajes.
2. ¿Qué diferencias encontramos en la Biblia entre la misión encomendada a los israelitas en el Antiguo Testamento y la que ha recibido la Iglesia? ¿En qué manera el Señor Jesucristo marcó un antes y un después entre estos dos periodos? Justifique su respuesta.
3. ¿Cuáles son a su juicio las causas por las que muchos cristianos no evangelizan?
4. Después de todo lo estudiado sobre este tema, ¿cuáles son los requisitos que el creyente debe cumplir para poder llevar a cabo la misión adecuadamente?
5. Explique con sus propias palabras cuál debe ser el alcance de la misión, el coste que habrá de tener para los que la lleven a cabo y cuándo será el momento de rendir cuentas.

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