Estudio bíblico: El lugar del apóstol Pablo en la historia -

Serie:   El apóstol Pablo   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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El lugar del apóstol Pablo en la historia

Hay algunos hombres que logran dejar huella en su propia generación, pero realmente son muy pocos los que consiguen producir un impacto permanente que soporte el paso de los siglos y consiga sobrevivir a los constantes cambios culturales.
De alguna manera, dentro del corazón de cada ser humano, pervive el deseo de que lo que hacemos perdure en el tiempo. Lo realmente difícil es conseguirlo.
Por ejemplo, en nuestros días muchos reconocen el genio creativo de Steven Jobs, uno de los fundadores de la compañía Apple. Con sólo veinte años ya había transformado el mundo de los ordenadores personales, y veinte años después generó un cambio parecido con los reproductores de música, el modelo de la industria discográfica, los teléfonos móviles y sus aplicaciones, las tabletas electrónicas, los libros y el periodismo.
Jobs afirmaba que él no se sentía motivado por el dinero, y en parte suponemos que era cierto. No tenía las enormes necesidades consumistas de otros grandes empresarios, ni los impulsos filántropos de Bill Gates, ni un afán competitivo por ver cuánto podía ascender en la lista de Forbes. En vez de eso, él trataba de realizarse mediante la creación de un legado que sobrecogiera a la gente. De hecho, se trataba de un legado doble: crear grandes productos que resultaran innovadores y transformaran la industria, por un lado, y construir una empresa duradera, por otro. Quería formar parte del panteón en el que se encontraban otros grandes genios. Y en cierto sentido, aunque su vida quedó truncada cuando tenía 56 años, sin embargo logró dejar su huella en la industria tecnológica. Ahora bien, ¿qué sabrán de él dentro de dos o tres generaciones? ¿Quién utilizará alguno de los productos que él diseño dentro de 40 años? En muy poco tiempo otras nuevas tecnologías y tendencias acapararán la atención del público y lo único que quedará de él será alguna referencia en los libros de historia de la informática y un hueco en las enciclopedias.
Y lo mismo pasará con otros muchos que hoy disfrutan del sabor efímero de la fama (futbolistas, cantantes, actores, pensadores). Desgraciadamente, tal como dijo el autor de Eclesiastés, esto es lo que ocurre constantemente en este mundo.
(Ec 2:16) "Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado"
Bueno, será olvidado todo aquello que es obra del hombre, pero lo que Dios hace permanecerá para siempre:
(Ec 3:14) "He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres."
Ahora comenzamos a estudiar la biografía bíblica del apóstol Pablo, un hombre cuya influencia ha resistido sin dificultades el paso del tiempo y ha llegado hasta nuestros días con la misma fuerza transformadora que tuvo en el primer siglo. De hecho, a parte de la gloriosa persona del Señor Jesucristo, son pocas las personas en la historia de la humanidad que hayan tenido un impacto tan grande y duradero como el del apóstol Pablo. ¿Cuál fue su "secreto"?
Bueno, en realidad hay que considerar varios aspectos de su polifacético carácter: el calor de su personalidad, su gran estatura intelectual, la estimulante liberación que produce su evangelio de la gracia redentora, la pasión con la que predicaba este evangelio por todo el mundo, la resolución con la que se entregaba al cumplimiento de la tarea que recibió en el camino de Damasco... pero sobre todas estas cosas, fue su intenso amor por el Señor Jesucristo lo que le hizo realmente diferente. Vamos a considerar algunas de las características del carácter de Pablo y también de lo que hizo.

Fue un inconformista

En su carta a los Romanos escribió lo siguiente:
(Ro 12:2) "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta."
La razón de su inconformismo tenía que ver con su negativa a seguir la corriente moral y espiritual de este siglo y buscar a cambio la voluntad de Dios, agradable y perfecta.
Pablo fue el primero en poner en práctica aquello a lo que exhortaba a los otros cristianos. Porque aunque no cabe duda de que él fue un hijo de su tiempo, y tanto sus raíces judías, como su crianza en la importante ciudad de Tarso, así como su ciudadanía romana, todo esto había dejado una huella profunda en él, sin embargo, él no fue como la inmensa mayoría de las personas, que todo cuanto son se puede explicar en función de su entorno y educación. Pablo fue diferente, él no se forjó en el tiempo, sino en la comunión íntima con el Dios eterno. Por esta razón pertenece al selecto grupo de hombres que dejan su huella en el tiempo: moldean a sus contemporáneos y hacen sentir su influencia en el futuro.

Fue un imitador de Cristo

Escribiendo a los Corintios les exhortaba:
(1 Co 11:1) "Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo"
Y a los Gálatas les explicaba cuál era el verdadero lema de su vida:
(Ga 2:20) "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí."
Pablo no ocultaba su profunda admiración por Cristo, sino todo lo contrario. Tal era el amor que sentía por Cristo, que toda su vida y ministerio tenían el propósito de "revelar a su Hijo en él" (Ga 1:15-16).
En verdad, Cristo fue tan perfectamente formado en Pablo que podemos estudiar el carácter de Cristo en el suyo. Si alguien alegara que es imposible seguir el sublime ejemplo del Dios-Hombre, debe considerar que Pablo era un hombre sujeto a las mismas condiciones humanas que nosotros, y que sin embargo reflejaba con claridad el carácter de Cristo.

Fue un hombre ganado por la gracia de Dios

Pablo nunca olvidó que antes de su conversión a Cristo había sido un perseguidor de la iglesia, y que si había sido recibido por Dios fue por su gracia, por su favor inmerecido.
(1 Ti 1:12-16) "Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna."
Seguramente él comprendió lo que es la gracia de Dios mucho mejor que cualquiera de sus contemporáneos, y no resulta difícil entender el por qué. Fue la gracia de Dios quien le había alcanzado cuando en su odio religioso hacía todo cuanto podía "contra el nombre de Jesús de Nazaret" y contra sus discípulos (Hch 26:9-11). Fue en ese proceso cuando el Señor mismo se le apareció en su gloria, pero lejos de acabar con él, le extendió su gracia y le constituyó en su apóstol. De esta manera Cristo ganó su corazón, pulverizó su orgullo y lo transformó en uno de sus más fieles servidores. A partir de aquí su vida y su ministerio se distinguieron por la gracia de Dios, convirtiéndose en un exponente de lo que la gracia de Dios puede hacer con el hombre.
Tal vez podríamos ilustrar esto con una historia del Antiguo Testamento. Recordemos el golpe de estado que Absalón dio a su padre el rey David. Como sabemos, el joven terminó muriendo en el campo de batalla y su movimiento de insurrección fracasando. Pues bien, Absalón había nombrado general de sus tropas a un tal Amasa (2 S 17:25). Podemos imaginarnos el miedo que tendría Amasa a las posibles represalias de David. Pero el rey, en lugar de empezar a hacer rodar cabezas, se esforzó por reconciliar al pueblo que se había dividido por culpa de Absalón. Y una de las medidas que tomó fue enviar un mensaje a Amasa y no sólo perdonarle la vida, sino que le ofreció el puesto de general del ejército (2 S 19:13). Resulta incomprensible. ¿Cómo puede ser que el general de las fuerzas rebeldes fuera nombrado general del rey legítimo? Eso debió de ganar para siempre el corazón y la fidelidad de Amasa.
Pues exactamente eso es lo que pasó con Pablo, a quien el Señor le salió al encuentro cuando iba dispuesto a matar y encarcelar a los cristianos de Damasco. Y le ofreció, no sólo el perdón de sus pecados, sino el puesto de "apóstol de los gentiles"... "A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio" (Ef 3:8).

Fue un siervo de Jesucristo

Al comenzar su carta a los Romanos Pablo reconoce ser un "siervo de Jesucristo" (Ro 1:1). Él se había convertido voluntariamente en un "esclavo" de Jesucristo, alguien que había renunciado a vivir su propia vida para vivir la de otro.
Esta actitud es realmente extraña en nuestros días. La mayor parte de los hombres están de tal manera absortos en sus propios intereses, y esperan que los demás también lo estén de la misma manera, que cuando ven a una persona que no parece tener intereses propios sino que desea vivir para otro y servir a los demás, casi nos resulta increíble.
Pablo era una de esas "especies en extinción", y tal vez de ahí surgía algo del magnetismo que generaba su persona. Todos los que entraban en contacto con él rápidamente apreciaban su actitud genuina. Por ejemplo, sabían que en muchas ocasiones rehusaba el dinero y trabajaba con sus propias manos noche y día para no ser gravoso a los nuevos convertidos. Constantemente oraba y se preocupaba por todos aquellos que habían conocido el evangelio por medio de él. Si era conveniente sacrificaría su propia cultura con tal de ganar a otros para Cristo. Realmente, estudiando la vida de Pablo nos damos cuenta que hay pocas personas que hayan tenido tan poco interés en su propia vida y que hayan consagrado de tal manera sus afectos a Cristo y a su pueblo.

Fue el pensador del cristianismo

Una vez que Cristo había completado su Obra expiatoria, era necesario que fuera anunciada y explicada al mundo. Sin duda, todos los demás apóstoles podían dar testimonio de lo que Jesús había hecho, puesto que le habían acompañado durante todo su ministerio público, pero también era necesario desarrollar y exponer las grandes doctrinas que de esa Obra se derivaban.
Seguramente Pablo entendió mucho mejor que cualquiera de los primeros discípulos de Jesucristo las implicaciones universales de la Obra de Cristo, y les dio aplicación práctica. Además, él tenía el alcance intelectual y la disciplina mental necesarias para desarrollar las doctrinas cristianas que de esta Obra habían surgido. Y esto era necesario hacerlo si el Evangelio había de conquistar tanto moral como intelectualmente al mundo.
Pablo fue el hombre elegido y capacitado por Dios para llevar a cabo esta labor, constituyéndose así en el mayor pensador de su época y quizás de todos los tiempos.

Fue un escritor

Bastantes siglos después de que Pablo muriera, Martín Lutero llevó a cabo una importante reforma espiritual a raíz de descubrir en los escritos del apóstol las grandes doctrinas de la justificación por la fe. Rápidamente esta reforma se extendió por toda Europa gracias a la imprenta, en la que Lutero encontró un poderoso aliado para diseminar sus propuestas.
Y de la misma manera, Pablo era consciente de la importancia de dejar por escrito sus pensamientos para que de esta manera pudieran ser divulgados con exactitud. Él mismo fomentó durante su vida la práctica de intercambiar sus cartas entre las iglesias vecinas (Col 4:16) y quizás por esta razón pronto todos estos documentos fueron cuidadosamente coleccionados y reproducidos con los medios que había en aquel momento. Y gracias a Dios han sido fielmente conservados hasta nuestro tiempo.
Ahora bien, cuando examinamos las cartas de Pablo, rápidamente percibimos en su estilo algo de su temperamento impetuoso. Con frecuencia, el torrente de sus pensamientos emerge tan impetuoso que se adelanta a sus palabras y éstas han de saltar sobre espacios vacíos para retomar el hilo de sus pensamientos. Podemos imaginarnos los esfuerzos de su amanuense para no perderse. Una y otra vez Pablo empieza frases cuya construcción gramatical nunca concluirá puesto que antes de hacerlo ha de ponerla a un lado para dar expresión a otro apasionado pensamiento que acaba de venírsele a la mente. Cuando finalmente vuelve al pensamiento original, el apóstol ha olvidado el comienzo de la frase.
Todo esto nos indica que Pablo no es el más fluido de los escritores o el más fácil de entender pero, indudablemente, nos da también una clara impresión de su carácter. Pablo tenía algo muy importante que comunicar y, al hacerlo, también nos transmite atisbos de sí mismo. En su manera de expresarse no hay nada artificial o tópico, y lo que tiene que decir es tan importante, tanto para el lector de hoy como para el del primer siglo, que el esfuerzo que hay que hacer para entenderle bien vale la pena hacerlo.

Fue el apóstol de los gentiles

Pero Pablo no sólo fue el pensador más grande que la iglesia ha tenido, sino que probablemente fue también el obrero más infatigable que nunca haya existido. Y lo cierto es que es raro encontrar unidas en una sola persona la reflexión y el estudio, con la acción y la evangelización, pero una vez más, Pablo es un buen ejemplo de algo que debería ser el modelo de cualquier obrero cristiano.
Cuando pensamos en Pablo como hombre de acción, necesariamente tenemos que asociarlo con el impacto histórico que el cristianismo produjo en el primer siglo. Todos sabemos que el cristianismo surgió como un movimiento dentro de la comunidad judía en Israel. Su fundador era judío y también sus primeros discípulos. En un principio, el mensaje del cristianismo fue predicado exclusivamente a los judíos. Pero sin embargo, en poco más de una generación tras la muerte de Cristo, el cristianismo fue considerado por las autoridades del Imperio Romano como una religión mayoritariamente no-judía, y hasta el día de hoy sigue siendo igual. Y este cambio radical se debe en gran medida a la visión y la energía con la que Pablo proclamó el evangelio de Jesucristo en el mundo gentil, comenzando desde Jerusalén y llegando hasta el mismo corazón del Imperio en Roma. Y para nuestra sorpresa, hay que decir que esto lo llevó a cabo durante los treinta años que siguieron a su conversión al cristianismo.
Por supuesto, Pablo no fue el único predicador del cristianismo durante ese período, sin embargo, nadie le hizo sombra como misionero pionero y fundador de iglesias en el mundo gentil. Esto se debió en gran medida al hecho de que nadie como él comprendió las implicaciones de la entrada de los gentiles en el reino de Dios. Él hablaba de esto como de un misterio que el Señor había revelado a través de su apóstoles:
(Ef 3:5-6) "Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio"
Sin embargo, aunque todos los apóstoles recibieron la misma revelación, no todos supieron extraer adecuadamente las implicaciones de este hecho. Desgraciadamente, aunque el apóstol Pedro había abierto la puerta a los gentiles (Hch 10:1-48), ninguno de los primeros apóstoles estuvo a la altura de la situación. La propia iglesia cristiana, formada en aquel momento exclusivamente por judíos, tuvo grandes dificultades para comprender y aceptar la igualdad perfecta entre judíos y gentiles que se derivaba del hecho de que los gentiles habían recibido el Espíritu Santo en casa de Cornelio sin que previamente hubieran sido circuncidados. Además, ninguno de ellos tenía inquietud o preocupación por la conversión de los gentiles, y por eso cuando algunos de los cristianos de Jerusalén fueron esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, y llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sólo hablaron la Palabra a los judíos (Hch 11:19). Fueron de hecho algunos de Chipre y de Cirene los que por primera vez anunciaron el evangelio a los gentiles en Antioquía, muchos de los cuales se convirtieron al Señor (Hch 11:20). Esto nos muestra con claridad que la iglesia en Jerusalén no tenía la visión de predicar el evangelio a los gentiles.
Pero todo esto cambió cuando Pablo entró en la escena. Después de pasar varios años de retiro en Arabia y Tarso, Bernabé fue a buscar a Pablo para que le ayudara en la nueva iglesia que se había formado en Antioquía en la que había una mayoría de miembros de origen gentil (Hch 11:25). Seguramente Bernabé conocía el llamamiento que Pablo había recibido de parte del Señor para ir a predicar a los gentiles y por lo tanto pensó que era la persona idónea para ayudar en una iglesia como la de Antioquía. Pero la cosa no quedó ahí, sino que pasado un tiempo, tanto Pablo como Bernabé fueron llamados por el Señor para extender el evangelio por todo el mundo gentil, teniendo como base de operaciones la iglesia de Antioquía (Hch 13:1-3). A partir de aquí, Pablo, como apóstol de los gentiles, marcó el camino para llevar el evangelio "hasta lo último de la tierra".
Su labor dentro del mundo pagano fue ampliamente bendecida por el Señor y muchos gentiles conocieron al Señor, llegándose a formar iglesias locales en diferentes lugares estratégicos. Sin embargo, algunos en la iglesia madre de Jerusalén no vieron con buenos ojos que los gentiles fueran admitidos a la iglesia sin que previamente hubieran sido circuncidados y se hicieran judíos (Hch 15:1). Tal fue el malestar que se creo por este asunto que Pablo y Bernabé tuvieron que subir a Jerusalén y tratar el asunto con los otros apóstoles y ancianos (Hch 15:2-31). De forma unánime todos ellos estuvieron de acuerdo en que los gentiles que se convertían no debían ser circuncidados ni se les debía obligar a guardar la ley. Esto fue un triunfo para Pablo y Bernabé, pero también sirvió para despertar el odio de cierto sector del judaísmo que creían en Jesús como el Mesías, pero que no estaban dispuestos a aceptar ningún tipo de comunión con los gentiles creyentes a menos que éstos se circuncidaran y adoptaran el estilo y las costumbres de la nación judía. Algunos de ellos fueron muy activos en defender esta causa y durante años enviaron propagandistas a visitar una por una las iglesias gentiles fundadas por Pablo, insistiendo en que no podrían gozar de los privilegios del verdadero cristianismo a menos que guardaran la ley judaica. Ellos no fundaban iglesias por sí mismos, su objetivo era introducirse en las comunidades cristianas para ganarlas para su causa. Espiaban los pasos de Pablo a donde quiera que él iba y ponían en duda su autoridad apostólica y el evangelio que él predicaba. La iglesia de Galacia y también la de Corinto se vieron especialmente afectadas por estas influencias nefastas. Parecía como si toda la construcción que Pablo había levantado con años de trabajo estuviera viniéndose al suelo. Y aunque estos hombres se llamaban cristianos, Pablo negaba expresamente su cristiandad, y afirmaba que el evangelio que predicaban era otro muy diferente al de Cristo, y que cualquiera que llegara a creer en él, se estarían alejando de la gracia de Dios. Así que, con los términos más solemnes, Pablo pronunció una maldición contra los que así estaban destruyendo la obra de Dios (G 5:10).
Como vemos, el hecho de ser apóstol de los gentiles implicó atravesar por graves dificultades. Sin embargo, Pablo no se dio por vencido nunca y buscó activamente la comunión entre los gentiles y los judíos dentro de la iglesia de Cristo. En la mentalidad de Pablo, la incorporación en igualdad de condiciones de judíos y gentiles dentro de la iglesia de Cristo, debía eliminar cualquier hostilidad que en el pasado hubiera habido entre ambos pueblos. Para Pablo Cristo no podía estar dividido, y la cruz había derribado definitivamente la pared intermedia de separación (Ef 2:13-19).
Una de las formas prácticas con las que Pablo buscó estimular esta comunión fue por medio de las ofrendas que recogía entre las iglesias gentiles y que tenían como propósito aliviar las necesidades de sus hermanos judíos en Jerusalén (Ro 15:25-27).

Pablo, un hombre universal

Aunque originalmente fue educado de un modo estricto en todas las peculiaridades del exclusivismo judío, cuando conoció a Cristo, apartó de su camino cualquier distinción y aceptó la igualdad de todos los hombres, aplicando inflexiblemente este principio hasta el fin de sus días. Seguramente no ha habido otro hombre como él que de todo corazón se adaptara a cualquier situación con el fin de alcanzar a otros para Cristo. Él describió su proceder en su carta a los Corintios.
(1 Co 9:19-22) "Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a lo que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos."
Pablo no sólo estuvo dispuesto a adaptarse a las nuevas exigencias que la predicación del evangelio entre los gentiles conllevaba, él era un hombre preparado para adentrarse en el mundo gentil. A diferencia de los otros apóstoles que habían pasado su vida dentro de los límites de Palestina ocupados en sencillos trabajos, Dios había preparado a Pablo dándole una amplia formación, de tal manera que igual podía predicar en una sinagoga judía ante otros rabinos, o en el Areópago de Atenas ante los filósofos griegos, o en medio de paganos incultos, o en un tribunal romano ante magistrados, procónsules, gobernadores, reyes o ante el mismo César. Pudo adaptarse a todos los hombres y a todos los auditorios: a los judíos les hablaba como rabino acerca de las Escrituras del Antiguo Testamento; a los griegos les citaba las palabras de sus poetas; y a los bárbaros les hablaba del Dios que da la lluvia del cielo llenando nuestros corazones de alimento y gozo.
Dios había dotado a Pablo con la combinación de dones necesaria para llevar a cabo una obra a gran escala entre los gentiles. Para una labor así se necesitaba un hombre de ilimitadas aptitudes, de vasta educación, de inmensa simpatía humana, de extraordinaria valentía, de buen ánimo en las circunstancias más adversas... que lo mismo pudiera hablar con un judío, que con un griego, un romano o un bárbaro... y el cristianismo encontró a este hombre en Pablo. Él mismo era consciente de que Dios le había escogido y preparado para esta labor.
(Ga 1:15-16) "Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre..."

Pablo y sus colaboradores

El hombre no está hecho para ser un ser solitario. Esto no es bueno, y en el ministerio cristiano es especialmente peligroso. El aislamiento del obrero cristiano puede llegar a ser una de las influencias más destructivas tanto para su salud física como mental.
(Ec 4:9-12) "Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto."
En la vida real no existen superhéroes solitarios, y menos en el ministerio cristiano. Esto no sólo es peligroso, sino que tampoco es la voluntad de Dios.
En la Biblia podemos comprobar una y otra vez que cuando Dios llama a un hombre para algo grande, él pone a su lado a otras personas que le sirven de ayuda y apoyo. Sin ellas les sería imposible llegar muy lejos. Son personas muy importantes, que en muchos casos apenas llegan a ser conocidas por los demás, pero que se sienten satisfechas de hacer su parte en el anonimato de la segunda fila.
Podemos pensar por ejemplo en el rey David. Él era plenamente consciente de la deuda que tenía con una serie de hombres que llegaron a ser conocidos como "los valientes de David" (2 S 23:8-39). Ellos le acompañaron y sirvieron fielmente, estando dispuestos incluso a poner su vida por él.
Y otro tanto de lo mismo podríamos decir del apóstol Pablo cuando pensamos en Bernabé, Timoteo, Silas, Tito, Lucas, Marcos, Aquila, Priscila... El apóstol fue un siervo de Dios que se supo rodear de colaboradores fieles sin los cuales no habría podido realizar la obra que llevó a cabo. Aunque también hay que decir que él mismo tuvo la visión y dedicó mucho tiempo a formar a algunos de estos hombres y mujeres.

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