Estudio bíblico: La predicación de Pablo - Cristo crucificado -

Serie:   El apóstol Pablo   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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La predicación de Pablo - Cristo crucificado

La importancia de la predicación

(1 Co 1:23-24) "Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios."
Comencemos por notar que Pablo predicaba. Esta fue una de sus ocupaciones básicas en su ministerio. Predicó a las personas más variadas y en los escenarios más diversos mientras recorría el Imperio Romano. Esta observación puede resultar demasiado obvia, pero con ella queremos hacer notar que Pablo creía en la predicación.
Tal vez no tendríamos que enfatizar este hecho si no fuera porque en muchos lugares en el día de hoy la predicación parece haber pasado de moda. Los predicadores son vistos como dinosaurios prehistóricos y la predicación es valorada como una forma obsoleta de comunicación. Hoy muchos consideran que los sermones son una manera pésima de imponer los criterios del predicador a quienes les escuchan. Así que muchos abogan por formas más coloquiales en las que todo el mundo pueda expresar su opinión. En otros casos, los predicadores se han convertido en presentadores de programas de entrevistas o en cómicos del micrófono. Las iglesias buscan ser centros de entretenimiento, donde las personas no tengan que pensar demasiado en cosas complicadas, y por supuesto, está prohibido decir algo que pueda ofender o molestar a quienes asisten. Se ha impuesto la superficialidad, no se denuncia el pecado, se le dice a la gente únicamente lo que quiere escuchar, no se les exhorta a apartarse del mundo ni a vivir una vida de santidad... Esta comida basura (2 Ti 4:3-4) sólo lleva a la desnutrición espiritual, o peor aún, a la inanición. Además, las sectas hacen su agosto cuando se encuentran con este tipo de ovejas acostumbradas a comer cualquier cosa.
Muchos predicadores viven bajo el temor de que si no agradan a sus oyentes, éstos puedan dejar de ir a escucharles, así que se han adaptado para darle a la gente lo que ella quiere. En el fondo de esta situación muchas veces la mayor preocupación del predicador no es que las personas conozcan a Cristo y crezcan en santidad, sino que dejen sus ofrendas al final del servicio.
Frente a todo esto, Pablo afirma que el método que él empleaba para llevar las almas a la conversión era la predicación o presentación de la verdad tocante a la persona y la obra de Cristo.

Pablo predicaba la Palabra de Dios

(1 Co 2:1) "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría."
Los corintios a los que Pablo escribía estaban fascinados por la sabiduría de los filósofos griegos. Ellos daban mucha importancia a la retórica, la facilidad de expresión, el estilo, la elección de figuras, la armonía en las declaraciones... Frente a éstos, la predicación de Pablo se diferenciaba sustancialmente tanto en su contenido como en su estilo.
En cuanto a su contenido, se refiere a él como "el testimonio de Dios". El evangelio que el apóstol predicaba no había sido inventado por ningún hombre, sino que es la verdad revelada de Dios. No son especulaciones humanas, es Palabra de Dios, y Pablo, era su portavoz.
Y sobre su estilo, Pablo tampoco quiso adoptar las formas de los griegos. El afirma que predicaba "no con excelencia de palabras o de sabiduría". Renunció a la retórica humana confiando en el poder del Espíritu Santo (1 Co 2:4-5). Por supuesto, esto no quiere decir que renunciara a la argumentación racional, porque vemos que él "discutía y persuadía" (Hch 18:4), pero se negaba a usar la retórica hueca del mundo y sus argucias filosóficas. Predicó con un lenguaje sencillo y fue a ellos sin alardes de sabiduría, haciendo una exposición asequible a todo aquel que le escuchara con atención.

Pablo predicaba a Cristo crucificado

(1 Co 2:2-3) "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor"
El tema de su predicación no podía ser otro que "Cristo crucificado". Por supuesto, él sabía que algo así nunca sería popular. Para sus oyentes judíos era una piedra de tropiezo, puesto que no podían concebir un Mesías crucificado, esto les parecía una contradicción de términos. En cambio, para los gentiles era una locura, les resultaba humillante, indiferente, irrelevante. Pero a pesar del rechazo que constantemente recibía a su predicación, él no cambió por eso, y la razón estaba en que "Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios" para aquellos que creen. No hay otra manera en que el hombre pueda ser salvo, así que, a pesar de su impopularidad, la cruz de Cristo era el punto central del mensaje que Pablo predicaba. No sólo Cristo, sino Cristo crucificado, porque sin la cruz no hay evangelio, ni salvación para las personas. La cruz de Cristo ocupa un lugar central en el evangelio y Pablo se gloriaba de ello (Ga 6:14).
Sin embargo, a pesar de que Pablo tuviera tan clara la centralidad de la cruz, no por eso dejaba de sentir la presión y la oposición que constantemente su predicación generaba. Notemos que dice que cuando llegó a Corinto "se había propuesto no saber entre ellos cosa alguna sino a Jesucristo y a éste crucificado". Esta resolución que Pablo adoptó ("me propuse") ha sido interpretada por algunos como un reconocimiento de su fracaso en Atenas. Opinan que su predicación allí fue demasiado intelectual, enfocada en la creación en lugar de centrarse en la cruz y que por eso apenas hubo conversiones. Por lo tanto, en su viaje desde Atenas a Corinto estuvo recapacitando y se propuso limitar su mensaje a la cruz de Cristo en las nuevas oportunidades que tuviera de predicar entre ellos. Pero esta interpretación no puede ser respaldada por la Palabra. Por ejemplo, podemos ver que su predicación sí que llevó fruto, ya que "algunos creyeron" (Hch 17:34), y nunca se puede decir que un sermón es un fracaso cuando lleva a un grupo de personas a creer en Cristo. Tampoco se puede afirmar que no predicara la cruz de Cristo, puesto que la razón por la que los atenienses le rechazaron fue porque no estuvieron de acuerdo con su exposición del "evangelio de Jesús y de la resurrección" (Hch 17:18), y evidentemente, si trató el tema de la resurrección de Jesús es porque también había hablado previamente de su muerte en la cruz. En cualquier caso, lo que tenemos aquí es un bosquejo de lo que fue su exposición total, por lo que es muy arriesgado hacer críticas sobre algo que no conocemos en su totalidad. Además, no olvidemos que el Espíritu Santo ha incluido su sermón en la Escritura como inspirado por él.
Por lo tanto, aunque Pablo tuviera su corazón dolido por la frialdad y desprecio que había encontrado en Atenas, no por eso cambió su táctica cuando llegó a Corinto. Ahora bien, ¿se le pasó por la mente la tentación de predicar a Cristo sin la cruz? No lo creemos, pero lo que sí que es cierto es que temía la recepción que le podía esperar en Corinto, y por eso dice que llegó allí "con debilidad, y mucho temor y temblor". ¿Por qué estos temores? Al intentar contestar a esta pregunta descubriremos las principales objeciones que el mensaje de Cristo y su cruz despertaban en aquel entonces y también en nuestros días:
1. Desde el punto de vista intelectual, la cruz es una "locura"
En Atenas Pablo había sido rechazado en medio de burlas y esperaba que en Corinto le podía pasar lo mismo. Ambas ciudades estaban a unos 75 kilómetros de distancia entre sí, y por lo que podemos ver a través de la primera carta que el apóstol escribió a los corintios, en las dos el orgullo y la arrogancia intelectual eran algunos de sus principales pecados. En este ambiente, predicar nuevamente a "Cristo crucificado" volvería a acarrearle el mismo desprecio. Pero Pablo no se avergonzaba del evangelio y estaba dispuesto a sacrificar su popularidad a fin de ser fiel a Cristo.
Ahora bien, ¿qué era lo que les resultaba tan ofensivo del mensaje de la cruz? La muerte en una cruz estaba asociada a la idea de vergüenza y deshonra; y hablar de salvación por medio de los padecimientos y muerte de un crucificado sólo despertaría desprecio. Por otro lado, para los judíos incrédulos era inconcebible que el Mesías pudiera morir "en un madero", esto significaba estar bajo la maldición de Dios (Dt 21:23). Y para un gentil, era ridículo suponer que un dios, uno de los inmortales, pudiese morir.
Es cierto que "la palabra de la cruz es locura a los que se pierden" (1 Co 1:18), sin embargo, tal y como argumenta Pablo (1 Co 1:19-21), la sabiduría de los hombres había demostrado su total ineficacia para salvarles aun de situaciones temporales como las invasiones que en la antigüedad habían sufrido los israelitas. De hecho, a pesar de que Dios les había advertido por medio de sus profetas de lo peligroso que era confiar en su propia sabiduría, ellos prefirieron seguir tras los engaños de su propio corazón atrayendo sobre ellos la destrucción. Se cumplió así lo que el apóstol dijo a los Romanos: "profesando ser sabios, se hicieron necios" (Ro 1:22). Por lo tanto, viendo a dónde les había conducido a los hombres su propia "sabiduría", no es de extrañar que Dios no la tuviera en consideración. De esta manera, cuando decidió salvar a los hombres, no tuvo en cuenta si la forma elegida por él les parecía a los hombres una forma sabía de hacerlo. La historia ya había demostrado sobradamente que cualquier Dios generado por el razonamiento humano, o cualquier plan para su salvación que surgiera del corazón pecaminoso del hombre sería una auténtica aberración. De esto tenemos infinidad de pruebas en los rituales de las religiones paganas, o en la misma mitología de los sabios griegos. Por lo tanto, el plan de salvación de Dios no se correspondería con los patrones de la sabiduría humana, y el hombre que quiera ser salvado por él, tendrá que renunciar a su propia sabiduría y abrazar el camino elegido por Dios. Así que, al descartar toda iniciativa humana en el plan de la salvación diseñado por Dios, la finalidad es que "el que se gloria, gloríese en el Señor" (1 Co 1:31), es decir, toda la gloria, el honor y el mérito deben ser dados enteramente a Dios, sin que el hombre se pueda quedar con ninguna parte.
Este conflicto entre la sabiduría de Dios y la del hombre sigue estando vigente, y la cruz es su principal "piedra de tropiezo". A los hombres y mujeres de nuestra generación les sigue pareciendo despreciable el anuncio del evangelio de Cristo que ofrece salvación por medio de su muerte en la cruz. Les horroriza la idea de que sus pecados sólo puedan ser lavados por la sangre de Cristo (Ap 1:5) (Ap 7:14). Creen que es injusto, primitivo, y bárbaro que un sustituto tenga que morir en lugar de los pecadores.
Como consecuencia de todo esto, hay una constante tentación a eliminar del evangelio estos aspectos poco agradables para los paladares modernos. El tema de la cruz se trata poco por los predicadores actuales, y ha desaparecido casi por completo de las letras de los "grandes adoradores" cristianos. ¡Es importante revisar este asunto!
2. Desde el punto de vista religioso, el evangelio es intolerante
Tanto en Atenas como en Corinto sus habitantes eran "muy religiosos" (Hch 17:22). Las ruinas de los numerosos templos antiguos que han sobrevivido al tiempo, dan testimonio de que en el pasado estas ciudades estuvieron llenas de dioses que se toleraban unos a otros en medio de una amistosa coexistencia. Como sabemos por el relato de Hechos (Hch 17:16,22-23), este fue el escenario religioso que Pablo encontró cuando llegó a Atenas predicando el evangelio, y es de suponer que no fue muy diferente del que vio cuando más tarde fue a Corinto.
En un ambiente de tolerancia como éste, no tendría que haber ningún problema si se predicaba a Cristo crucificado, pero sin embargo, Pablo temía que una vez más los habría. ¿Cuál era la razón?
Los habitantes de Corinto no habrían planteado ninguna objeción si los predicadores cristianos sólo hubieran tenido la intención de añadir a Jesús a su bien provisto panteón. Pero Pablo pretendía que todos los habitantes de Corinto adoraran únicamente a Jesús como el Señor de todos. Él sabía que había "muchos dioses y muchos señores" que competían para conquistar su lealtad, pero en realidad "sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él" (1 Co 8:5-6). Así que Pablo no estaba dispuesto a colocar a Cristo al lado de cualquier otro dios de todos cuantos ellos tenían. La razón es muy sencilla: Cristo es el único Dios verdadero y no acepta compartir su gloria con Apolo ni con Zeus, ni con nadie.
Tanto en el mundo antiguo, como en el moderno, esta afirmación de exclusividad produce un fuerte rechazo. Muchos lo consideran intolerante, y piensan que es una falta de respecto hacia las creencias de otras personas. Pablo conocía bien este tipo de reacciones, pero aun así se propuso no cambiar en nada su predicación a pesar de que a muchos les pudiera resultar ofensivo.
Con el paso de los siglos todos los dioses antiguos de Grecia y Roma han sido desacreditados y abandonados. Ha quedado demostrado de esta manera que eran producto de la imaginación de los hombres y por eso no han logrado sobrevivir a los cambios culturales. Pablo ya sabía que eran dioses falsos, entonces, ¿por qué había que decir lo contrario? Además, si aceptaba colocar a Cristo a su lado, sería un acto de infidelidad muy grave que Dios no pasaría por alto.
Nosotros también debemos mantener este tipo de compromiso cristiano. Es cierto que está de moda el pluralismo religioso, y que a la gente le gusta el sincretismo fácil que intenta mezclar lo mejor de todas las religiones, pero esto es una deslealtad contra Cristo y la verdad. Debemos sostener la singularidad y el carácter único de Jesucristo. No hay otra persona como él y sólo por su obra de redención en la cruz el hombre puede ser salvo.
3. Desde el punto de vista personal, el evangelio es humillante
Los corintios se sentían orgullosos de su ciudad. El mismo Augusto la había promovido por encima de Atenas como capital de la nueva provincia de Acaya y ellos presumían de su comercio, de su opulencia, de su cultura, de los juegos ístmicos y de su religiosidad.
Es en este ambiente en el que hizo su entrada Pablo, un misionero cristiano que se atrevió a decirles que ni su sabiduría, ni su riqueza, ni su religión los podían salvar; que en realidad no podían hacer nada para salvarse por ellos mismos. Que la única forma que tenían de librarse del juicio de Dios era confiar en Jesús, el Mesías anunciado por las Escrituras judías, que había venido para morir por sus pecados en una cruz y librarles de este modo de la ira divina. Esta invitación a creer en un Cristo crucificado que no valoraba en absoluto sus logros humanos les resultaba humillante y hasta ofensiva.
Lo cierto es que a diferencia del cristianismo, en todas las religiones tienen en cuenta los méritos de la persona, y si bien puede que éstos no garanticen su completa salvación, sí que pueden ayudar a conseguirla. Sin duda esto es muy halagador para el orgullo humano, ya que contribuye a realzar la autoestima.
En contraste, la predicación del evangelio presenta al hombre como un ser en bancarrota moral, incapaz de agradar a Dios, y le invita a humillarse ante la cruz de Cristo pidiendo la gracia de la salvación. Esto hiere en lo más profundo el orgullo humano, de tal manera que ésta es la causa por la que innumerables personas se autoexcluyen de la salvación.
4. Desde el punto de vista moral, es demasiado exigente
Corinto era un importante centro mercantil que controlaba las rutas comerciales entre el norte y el sur por tierra, y el oriente y occidente por mar. Así pues, la ciudad estaba llena de mercaderes, viajeros y marineros, que estando fuera de sus lugares habituales de residencia no ejercían ningún tipo de contención moral.
Por otro lado, el templo a la diosa Afrodita reinaba sobre la ciudad, alentando la promiscuidad sexual con un "ejército" de prostitutas sagradas que recorrían sus calles cada noche. A tal punto había llegado la inmoralidad de Corinto que era conocida por todo el mundo antiguo. De hecho, se había acuñado un verbo, "corintizar", que significaba "practicar la inmoralidad".
En este ambiente era realmente difícil que el evangelio de Cristo, con su llamamiento al arrepentimiento y a una vida de santidad tuviera una buena acogida. Ellos preferían sus dioses paganos, que no les reprendían por practicar desvergonzadamente la inmoralidad sexual, sino que de hecho les animaban a hacerlo.
Y nuestra época no es muy diferente en este sentido. Hoy también hay muchas personas que cuestionan los valores morales absolutos que la Biblia presenta, y piensan que estas prohibiciones son un serio enemigo para la libertad humana.
5. Desde el punto de vista político, es subversivo
En el mundo de Pablo, el Imperio Romano estaba presente en todas partes y su César era adorado como dios. Esto había sido utilizado como un elemento unificador en un Imperio con culturas y religiones muy diversas. Así que cualquier intento de rebelión contra esto se castigaba con dureza. El apóstol y sus colaboradores habían tenido problemas con este asunto en algunas de las ciudades por las que habían pasado. Por ejemplo, en Tesalónica se les acusó de contravenir los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús (Hch 17:7). Y no debemos olvidar que Jesús mismo fue condenado ante un tribunal romano por afirmar que era Rey en competencia con el César (Jn 19:12-13).
Ahora bien, ¿eran ciertas estas acusaciones de sedición? Bueno, como sabemos ni Jesús ni sus apóstoles jamás promovieron rebeliones armadas contra Roma. Pero sí que predicaban que Jesús es el Rey divino al que se debe rendir pleitesía por encima de toda otra lealtad menor. Esto implicaba negarle a César su autoridad indiscutible, aunque los apóstoles exhortaban continuamente a obedecer a las autoridades porque habían sido puestas por Dios (Ro 13:1).
Hoy en día sigue habiendo muchos regímenes autoritarios que prohiben el cristianismo, y lo que más les molesta de él es que sus seguidores se nieguen a rendir a sus dictadores la pleitesía que ambicionan. Sólo adoramos a Cristo, quien tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Pablo predicaba en el poder del Espíritu Santo

(1 Co 2:4-5) "Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios."
Cuando Pablo llegó a Corinto dice que lo hizo con "mucho temor y temblor". Como ya hemos visto, él sabía la impopularidad y el desprecio que surgían del anuncio de "Cristo crucificado". La tarea que tenía por delante era realmente difícil. Y aunque Pablo poseía una personalidad fuerte y un intelecto poderoso, sabía que esto no serviría para convencer a las personas de su pecado y necesidad, ni tampoco podría abrir sus ojos para que vieran la verdad del Cristo crucificado y doblegaran sus corazones ante él reconociéndole como el Señor de sus vidas. Así que Pablo no quiso poner su confianza ni en su sabiduría ni en su elocuencia. En lugar de esto decidió descansar en la poderosa obra del Espíritu Santo que agrega el poder divino a las palabras habladas con debilidad humana.
Este es un tema recurrente en las cartas a los corintios: El poder de Dios se perfecciona en la debilidad humana. Pablo había aprendido este principio de una forma muy personal.
(2 Co 12:7-10) "Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo."
Pablo había entendido esto, así que él se gloriaba en sus debilidades, porque ellas eran una evidencia segura de que el poder de Dios y no el suyo estaban actuando. Y éste siempre ha sido un sentimiento común en los predicadores más eficaces. Por el contrario, quien sube a un púlpito confiado en su facilidad de palabra o en su erudición bíblica, no está preparado para ser un cauce del poder del Espíritu Santo. Por supuesto, esto no quiere decir que el evangelio no deba ser predicado con confianza y fervor, porque esto no es lo que Pablo rechazaba, sino la confianza en uno mismo, que impide que fluya el poder de la Palabra y del Espíritu Santo.
En realidad, si nos fijamos, este principio se aplica en todo el proceso de la salvación y su comunicación. Para empezar Dios ha querido salvar a los hombres mediante la "debilidad" de la cruz. Ha puesto este mensaje en manos de hombres débiles (2 Co 4:7). Y lo aceptan mayormente aquellos que son pobres e insignificantes en cuanto a su sabiduría y posición social (1 Co 1:26-28).
¿Cuál es la razón por la que Dios ha querido que esto sea así? El propósito es que "nadie se jacte en su presencia".
(1 Co 1:31) "Para que como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor."

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