Estudio bíblico: Testigos de Cristo - Juan 5:30-47

Serie:   El Evangelio de Juan   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Testigos de Cristo - Juan 5:30-47

(Jn 5:30-47) "No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre. Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad. Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto, para que vosotros seáis salvos. El era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz. Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado. También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto, ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis. Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida. Gloria de los hombres no recibo. Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?"

Introducción

Los judíos acusaron a Jesús porque había sanado a un paralítico en un día de reposo (Jn 5:1-16). En su defensa, Jesús afirmó que actuaba en íntima comunión con el Padre (Jn 5:17), algo que lógicamente fue interpretado por los judíos como una declaración de la igualdad esencial de Jesús con Dios. Esto pareció muy grave a los judíos, que vieron en ello una terrible blasfemia que debía ser castigada con la muerte (Jn 5:18). Pero en su defensa, el Señor, lejos de corregir o matizar sus palabras, volvió a reafirmar la íntima unión existente entre él y el Padre (Jn 5:19-29).
Ahora bien, estas afirmaciones tan sorprendentes había que demostrarlas, y eso es lo que Jesús hace a continuación. Empecemos notando que el escenario que tenemos delante es el de un tribunal, donde el acusado, en este caso Jesús, estaba siendo juzgado por el cargo de blasfemia. En su defensa debe presentar aquellos testigos que puedan acreditar las afirmaciones que acababa de hacer. Y para cumplir con la ley, estos testigos debían ser al menos dos o tres, si quería que sus testimonios fueran admitidos como evidencia legal válida (Dt 19:15). No cabe duda de que esto era realmente muy humillante para el Señor, sobre todo si tenemos en cuenta que el desencadenante de esta situación había sido el milagro que había realizado a favor de un hombre que llevaba paralítico treinta y ocho años. Pero el Señor lo soportaba todo con el deseo de que ellos pudieran llegar a ser salvos.
Como resumen de esta porción, podemos ver que el Señor cita en su defensa el testimonio de cuatro testigos:
¿Cuál fue la respuesta de los judíos a esta evidencia? El Señor afirmó de manera categórica: "No queréis venir a mí para que tengáis vida". Y a continuación explicó las razones que motivaban este rechazo:
Y por último, veremos también las consecuencias de su rechazo a esta evidencia.
  • Serían engañados por falsos profetas (Jn 5:43).
  • Serían juzgados por los escritos de Moisés (Jn 5:45).

Premisas previas

Antes de presentar sus testigos, Jesús volvió a afirmar que él actuaba en perfecta obediencia a su Padre, siempre en la más plena comunión y armonía con él. Esto es lo que quería expresar con la frase: "No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo".
Intentaremos explicarlo por medio de una sencilla ilustración. En una ocasión una mujer recibió la visita de un comercial que le quería vender un producto. Ella quería comprarlo, pero le dijo al vendedor que no tomaría la decisión sin haberlo consultado antes con su marido. El vendedor quería concretar la venta en ese momento, e intentó ridiculizarla mostrándola como una persona débil y dependiente. Pero la mujer le respondió que estaba unida a su marido, y que aunque podía tomar esa decisión por sí misma, no lo quería hacer sin haberlo compartido previamente con él.
Y de la misma manera, como ya vimos en nuestro estudio anterior, el hecho de que Jesús no hiciera nada sin contar con el Padre, no implicaba que no tuviera poder en sí mismo para obrar, sino que estaba tan estrechamente unido al Padre, que de ninguna manera iba a actuar en independencia de él. Por supuesto, esto implicaba que cuando los judíos criticaban y se oponían al Hijo, inevitablemente se estaban oponiendo también al Padre.
Este deseo apasionado del Hijo por hacer la voluntad del Padre, y no la suya propia, era una prueba clara de que sus pretensiones no estaban viciadas por motivos egoístas: "Y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad".
Todos entendemos este argumento, porque por nuestra propia experiencia sabemos que cuando tenemos motivos egoístas, nos cuesta mucho tomar decisiones justas e imparciales. Nuestro juicio se nubla, y nos ocurre como a la brújula que deja de marcar el norte con precisión si se encuentra cerca de una masa de hierro.
Pero éste no era el caso del Señor. En él era una verdad absoluta lo que el salmista había escrito siglos atrás: "El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado" (Sal 40:8). De tal manera esto era verdad en él, que en una ocasión dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" (Jn 4:34). En cada momento él estaba donde Dios quería que estuviera, y estaba haciendo lo que Dios quería que estuviera haciendo. Y hasta tal punto subordinó su propia voluntad a la del Padre que esta obediencia le llevó hasta la muerte de cruz.
Pero en este juicio que los judíos estaban llevando a cabo contra Jesús, nada de lo que él mismo dijera a su favor sería tenido en cuenta por ellos, por eso dijo: "Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero". Por supuesto, su testimonio era verdadero, pero no sería válido en el juicio contra él. Así que Cristo se sometió a sus demandas, y presentó a los testigos que le requerían: "Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero".

Los testigos de Cristo

1. Juan el Bautista
Juan fue el primer testigo citado por Cristo. Él fue el precursor que había preparado el camino para la venida del Señor en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento (Is 40:3-5) (Mal 3:1). Y a él se refirió más tarde cuando dijo que era el portero que debía abrir la puerta al verdadero Pastor de las ovejas (Jn 10:1-3).
En cuanto a Juan, todo el pueblo lo tenía como un verdadero profeta de Dios (Mt 14:5) (Mt 21:26). Y tal fue la repercusión de su ministerio, que los mismos líderes de la nación judía le enviaron una comitiva oficial con el fin de preguntarle si él era el Mesías esperado. Por supuesto, Juan lo negó, pero como siempre, aprovechó la ocasión para dar testimonio de la suprema grandeza de aquel que venía detrás de él:
(Jn 1:26-27) "Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado."
Los judíos tenían constancia de este interrogatorio oficial (Jn 1:19-28), y Jesús lo presenta ahora ante ellos: "Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad".
El testimonio de Juan el Bautista a favor de Cristo fue claro e inequívoco. Una y otra vez afirmó que Jesús era el Señor anunciado por los profetas, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que bautiza con el Espíritu Santo, el Cristo, el Esposo, el que viene de arriba, el que habla las palabras de Dios (Jn 1:29-34) (Jn 3:28-36).
Jesús dice de Juan que "era antorcha que ardía y alumbraba". Y por los relatos de los evangelios sabemos que su testimonio realmente había sido ardiente, además de luminoso. Por supuesto, para poder dar esta luz tuvo que consumirse, y podemos decir que Juan ardió tanto que se consumió pronto. Así había sido el carácter y ministerio de Juan. Nadie ponía en duda su celo y fervor cuando daba testimonio de Jesús.
Y al principio, hasta muchos de los judíos que ahora acusaban a Jesús, también habían ido al bautismo de Juan.
(Mt 3:7-10) "Al ver Juan que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras."
La predicación de Juan no les gustó, así que el entusiasmo les duró poco: "vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz". Pero rápidamente se apartaron de él. ¿Cuál fue la razón para este cambio de actitud? Probablemente en un principio fueron a Juan porque sintieron cierto compromiso social. Si todo el pueblo tenía al Bautista por profeta e iban a ser bautizados por él, ¿cómo podían ellos mantenerse al margen? ¿Qué explicación podrían dar si ellos no iban también? Así que fueron, pero la predicación de Juan puso el dedo en la llaga. Ellos confiaban en su parentesco con Abraham y en el cumplimiento externo de la ley, pero Juan decía que eran una "generación de víboras", tan pecadores como los publicanos a los que ellos tanto despreciaban. Así que no tardaron en apartarse de Juan, mientras que el resto del pueblo siguió acudiendo a su bautismo:
(Lc 7:29-30) "Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan. Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan."
Lo grave del asunto es que el bautismo de Juan servía para preparar el corazón de los israelitas ante la inminente venida del Mesías, y cuando ellos lo rechazaron, se apartaron del camino que les conducía a la fe en Jesús.
Ahora el Señor apela al testimonio de Juan, no porque lo necesitara, sino "para que ellos fueran salvos". Era como si quisiera mostrarles en qué punto se habían apartado del camino correcto que les conducía hacia la salvación, para que retrocedieran hasta él y así pudieran volverse a encaminar de nuevo.
Con estos argumentos no pretendía demostrarles que tenía la razón, sino que buscaba su salvación. Y todo esto nos da una clara perspectiva del corazón tierno y amante del Señor Jesús. Se dirigía a aquellos que le odiaban y que con todas sus fuerzas buscaban cómo arrebatarle la vida, pero lo hacía sin odio en su corazón, sino para que pudieran ser salvos.
2. Las obras que el Padre le había dado para que cumpliese
El testimonio de Juan tendría que haber sido reconocido como fidedigno por parte del Sanedrín. Sin embargo, el Señor no necesitaba credenciales ni certificados humanos. Él tenía "mayor testimonio que el de Juan". Y lo va a demostrar apelando a sus mismas obras: "Las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado".
Las obras de las que está hablando son los milagros que hizo durante su ministerio terrenal. Quizá nosotros estamos tan acostumbrados a leer los evangelios que nos parece normal encontrar en ellos los numerosos milagros que Jesús hizo, pero aquella generación de judíos que los presenció tuvo que hacerles una profunda impresión. De hecho, nunca a lo largo de su historia pasada descrita en el Antiguo Testamento podemos encontrar a nadie con tal autoridad como la de Jesús para sanar enfermos, resucitar muertos, multiplicar panes y peces, calmar tempestades, echar fuera demonios... Podemos decir con seguridad que los milagros de Jesús fueron únicos por su carácter, poder y alcance.Y según el Antiguo Testamento, cuando el Mesías viniera, haría este tipo de obras (Is 35:4-6).
Ahora bien, si lo que Jesús hizo se hubiera tratado de algún portento aislado, tal vez los judíos podrían haber buscado otra explicación, pero sus obras eran tan variadas, tan por encima de la capacidad humana, tan diferentes de las obras satánicas, que indudablemente señalaban al cumplimiento de lo prometido por las Escrituras en cuanto al Mesías. El mismo Nicodemo, un principal entre los judíos, no había tenido reparo en reconocerlo cuando fue a ver a Jesús de noche: "Sabemos que has venido de Dios como maestro: porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él" (Jn 3:2).
Y de hecho, ninguno de los otros judíos se atrevió a negar la autenticidad de estas obras. Por ejemplo, cuando Jesús resucitó a Lázaro, muchos del pueblo llegaron a creer en él, lo que despertó los celos de sus líderes. Pero aunque les molestaba que la fama de Jesús siguiera creciendo, sin embargo, en ningún momento pudieron negar las obras milagrosas que hacía.
(Jn 11:47) "Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales."
Así que, una vez más, y contra toda lógica, aunque vieron sus credenciales mesiánicas cumplidas, se negaron a creer en Jesús. No obstante, tenían la obligación de dar alguna explicación a las obras que Jesús hacía, y llegaron al extremo de acusarle de estar endemoniado y de hacer milagros por su relación con Satanás. Esto no sólo era blasfemo, sino que como el Señor demostró, era completamente irracional, porque el carácter de sus milagros implicaban un claro enfrentamiento con el mismo Satanás. Recordemos que algunos de sus milagros tenían que ver con la liberación de los endemoniados, y en ese caso, pregunta Jesús: "¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?" (Mr 3:22-30).
Asignar a Satanás la obras que el Padre le había dado para hacer, implicaba ir muy lejos en su rechazo. El camino que tendrían que recorrer para llegar a la fe en Cristo cada vez era más largo.
3. El Padre que me envió
Dios había hecho oír su voz dando testimonio de Jesús en su bautismo (Mr 1:11), en la transfiguración (Mr 9:7) y con ocasión de la visita de unos griegos (Jn 12:28). Salvo en el monte de la transfiguración, en las otras ocasiones fueron manifestaciones públicas, pero con todo, pudiera ser que muchos de los judíos no hubieran estado presentes en esos momentos. Tal vez por esto el Señor añadió esta frase: "Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto".
Así pues, si a sus interlocutores esto no les parecía una prueba suficiente del testimonio del Padre a favor de su Hijo, añade también el testimonio que había dado a través de las Escrituras del Antiguo Testamento. Esto es lo que vemos en el contexto posterior: "Ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis".
Como ya hemos señalado anteriormente, los judíos habían ignorado toda la evidencia profética con la que el Padre había dado testimonio de su Hijo a través de su Palabra. Porque debemos recordar que los profetas no sólo habían anunciado la venida del Mesías, sino que también dieron abundante y precisa información acerca de muchos aspectos de su vida y ministerio. Y todo ello se estaba cumpliendo perfectamente en Jesús, tal como el evangelista Mateo se encarga de subrayar una y otra vez con la frase: "Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta...". Así que, este testimonio del Padre dado a través de su Palabra, debería haber sido tomado en consideración, y de hecho, sigue teniendo un valor permanente en todas las generaciones.
4. El testimonio de las Escrituras
En conexión con lo anterior, Jesús continuó diciendo: "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí". En el original griego la forma del verbo admite dos posibles interpretaciones: podría traducirse como un imperativo, es decir: "escudriñad las Escrituras", o en modo indicativo, "escudriñáis las Escrituras". Si aceptamos la primera opción, el Señor les estaría exhortando a que estudiasen bien las Escrituras fijándose en cómo ellas daban testimonio de él. En cambio, en la segunda opción, el Señor estaría admitiendo que ellos ya escudriñaban las Escrituras, pero sin darse cuenta de que ellas daban testimonio de él.
En cualquier caso, el término "escudriñar" nos habla de meditar, profundizar e investigar. No se trata de una lectura superficial. Se requiere diligencia en el buscar y deseo de hallar. Esta es la forma en la que el Señor nos exhorta a acercarnos a su Palabra.
Pero aunque los judíos ya estaban haciendo esto, sin embargo lo hacían mal, porque se detenían en la letra y no percibían el espíritu, de tal manera que no les aprovechaba para nada. De hecho, ellos consideraban el estudio de las Escrituras como un fin en sí mismo. Creían que con hacer eso ya estaban a salvo de todo peligro. No se daban cuenta de que el propósito principal con el que había sido inspirado el Antiguo Testamento era el de ponernos en contacto con Cristo, a fin de que podamos ser salvados del pecado.
Pero faltando el amor a Dios y un verdadero deseo de hacer su voluntad, no lograban percibir que ellas daban testimonio de Cristo. Sin duda, esto contiene una importante advertencia para todos nosotros. No olvidemos que la mayor oposición que Cristo recibió en este mundo vino de parte de aquellos judíos que escudriñaban las Escrituras.
Y si nuestro estudio del Antiguo Testamento no nos lleva a percibir en él a Cristo, entonces estamos en la misma condición que aquellos discípulos que Jesús encontró en el camino de Emaús y a los que reprendió con estas palabras:
(Lc 24:25-27) "Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían."

La respuesta de los judíos ante la evidencia

Aunque las evidencias aportadas por Cristo eran claras y suficientes, los judíos no llegaron a creer en él. ¿Cuál fue la razón?
1. No querían
El Señor expresó la causa de la siguiente manera: "Y no queréis venir a mí para que tengáis vida". En realidad, detrás de su ceguera espiritual había un corazón rebelde. Y esto es siempre así; la gente no se condena por falta de luz, sino por falta de voluntad. La verdadera razón por la que la gente no acepta al Salvador no es por la falta de evidencias. El apóstol Pablo subrayó este mismo principio cuando escribió a los Romanos:
(Ro 1:21) "Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido"
Notemos que Pablo afirma que "habían conocido a Dios", pero a pesar de ello no quisieron glorificarle. Aparte de su propia voluntad, no hay nada que impida al hombre confiar en Cristo para su salvación. En último término, la razón para su incredulidad es que aman más sus pecados que al Salvador (Jn 3:19-20), y por esto se niegan a abandonar sus malos caminos. El impedimento no debemos buscarlo en algún decreto divino que impida a ciertas personas convertirse, o que la redención de Cristo sea limitada para unos cuantos escogidos. Nada de todo esto es la razón. Finalmente Israel se perdió porque no quisieron acudir a Cristo:
(Mt 23:37) "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!"
2. No buscaban la gloria de Dios
A pesar de que parece que acusaban a Jesús de buscar su propia gloria, esto no era así, y de hecho, tampoco la recibía: "Gloria de los hombres no recibo". Pero éste era precisamente el problema que ellos tenían y que les impedía creer: "¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?". Jesús les había acusado en otras ocasiones de hacer sus obras religiosas delante de los hombres para ser vistos por ellos y así recibir sus alabanzas (Mt 6:1-18) (Mt 23:5-7). En realidad eran esclavos del aplauso humano. Para ello estaban dispuestos incluso a elogiar a otros con el único fin de que ellos a su vez también les aplaudieran.
Esta ambición de honor y gloria por parte del mundo son un tremendo obstáculo para creer en Jesucristo, porque hacen al hombre un esclavo. Y este era precisamente el problema de los judíos. Ellos estaban más interesados en la aprobación de sus semejantes que en la de Dios y esto les impedía creer en Cristo. El evangelista nos dice que por esta causa muchos de los que creyeron en él, no llegaban a confesarle públicamente, porque tenían miedo de ser rechazados por los hombres.
(Jn 12:42-43) "Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios."
Tenían miedo de lo que dirían sus amigos si confesaban a Cristo, y como no estaban dispuestos a soportar el vituperio y el sufrimiento que les vendría por su identificación con él, no le aceptaban con sinceridad.
Para creer en el Señor, es necesario desear la gloria de Dios y su aprobación más que la de ningún hombre. Y todos debemos tener cuidado con esto, porque con frecuencia nos preocupa más nuestra reputación y lo que los demás dicen y piensan de nosotros, que la gloria que viene del Dios único. Pero esto es un engaño, porque la gloria que viene de los hombres es pasajera e inútil. En lugar de esto, nuestra preocupación debería estar puesta en la alabanza que viene de Dios (Ro 2:29). Para esto debemos olvidarnos de nosotros mismos y buscar con dedicación que los hombres piensen mejor de Cristo.
3. No amaban a Dios
En último término, la razón por la que no creían en Cristo y tampoco buscaban la gloria de Dios era la siguiente: "Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros".
Ellos no creían en el que Dios había enviado, no porque les faltara evidencia, sino porque no amaban a Dios. Si hubieran amado a Dios, habrían recibido a Aquel a quien Dios había enviado. Esta falta de sinceridad en la profesión de su religión era el verdadero obstáculo para creer en Cristo.

Las consecuencias de su rechazo

1. Serían engañados por falsos profetas
Cuando el hombre rechaza la verdad, queda a merced de la mentira. El Señor lo expresó así: "Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre a ese recibiréis".
Cuando el apóstol Pablo habló sobre la venida del anticristo, expuso el mismo principio:
(2 Ts 2:8-12) "Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia."
Las consecuencias de negarse a creer en Cristo son terribles, ya que la persona se expone a ser envuelta en el poder engañoso de la mentira. Y como Pablo explica, esto llegará a su punto culminante cuando aparezca el anticristo. Resulta incomprensible que las personas rechacen al verdadero Cristo y las obras que hacía en el nombre de su Padre, pero en cambio recibirán al anticristo cuando venga en su propio nombre y buscando su propia gloria.
Esto no nos debe extrañar, porque ha sido así a lo largo de toda la historia. El Antiguo Testamento nos muestra una y otra vez la inclinación que los judíos tenían a creer en falsos profetas y maestros, al mismo tiempo que rechazaban a los auténticos profetas enviados por Dios (1 R 22:1-28). Estos falsos profetas que guían al error, son seguidos por muchos, hasta el punto que en ocasiones consiguen que les entreguen todo lo que tienen.
2. Serían juzgados por los escritos de Moisés
Jesús no había venido para juzgar al mundo, sino para ser su Salvador. Por esto dijo a los judíos: "No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre". Sin embargo, su rechazo de Cristo no quedaría sin consecuencias.
Ellos se jactaban una y otra vez de Moisés: "discípulos de Moisés somos" (Jn 9:28). Pero Jesús les dice ahora que Moisés, a cuyos escritos apelaban constantemente y cuyas instrucciones debatían y analizaban minuciosamente, sería en realidad quien los acusaría. Porque a pesar de que se jactaban de ser sus seguidores, en verdad, no le creían, porque si lo hubieran hecho, habrían creído también en Cristo, puesto que de él había dado testimonio Moisés. Veamos cómo el mismo Moisés habló del Mesías y de las consecuencias que vendrían sobre los que lo rechazaran:
(Dt 18:18-19) "Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta."
Así que, a pesar de que habían tenido el gran privilegio de recibir el testimonio de Moisés, al negarse a creer en Cristo, los mismos escritos de Moisés se volverían en el más terrible de todos los testigos en su contra. Como dijo Jesús: "Hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza". Resulta irónico, que aquellos judíos que presentaban la Ley de Moisés como lo más sagrado de las Escrituras, y que rivalizaban por ver cuál de ellos ensalzaba más su memoria, fueran a ser acusados por Moisés por no creer en sus escritos. Pero si hubieran creído en ellos, inevitablemente habrían creído también en Cristo: "Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí". Pero paradójicamente, los judíos creían que para ser leales a Moisés, tenían que rechazar a Jesús.
La razón por la que habían llegado a esta conclusión era porque en realidad daban mucho más crédito a las interpretaciones que los ancianos hacían de la ley que a lo que realmente había escrito Moisés.
Esta palabra sigue teniendo el mismo valor en nuestros días. Recordemos lo que le dijo Abraham al rico: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos" (Lc 16:31). Esto nos da una idea de la importancia que tienen las Escrituras y el testimonio que ellas dan de Cristo.

Preguntas

1. Haga un bosquejo de este texto que le pueda servir para desarrollar una predicación (Jn 5:30-47).
2. Analice la importancia del testimonio que Juan el Bautista había dado de Jesús. ¿En qué consistió este testimonio?
3. Busque diez profecías del Antiguo Testamento que anunciaran aspectos de la vida y el ministerio del Señor Jesucristo.
4. Razone sobre las causas por las que los judíos no creyeron en Jesús a pesar de las evidencias presentadas a su favor.
5. Explique el pasaje de (1 R 22:1-28) en relación a lo estudiado en esta lección.

Comentarios

Ecuador
  Lore Arias  (Ecuador)  (26/02/2016)
Somos hijos de Dios, debemos mostrar siempre obediencia y lo más importante creer y confiar en el, esto se resume en tener FE, los momentos actuales son complicados, vienen con dificultades, problemas, sin embargo todo en la vida se supera si tenemos Fe, confiemos en nuestro Padre, yo voy a dar un testimonio de Fe..... Tuve Cáncer y gracias a Dios me curé ...siempre confié en nuestro Padre ...mi esposo y yo declaramos desde el primer momento que el Cáncer era una situación eventual - temporal a esto le adicioné un condimento importantísimo para los que pasamos por esta enfermedad que es "buena actitud" "ser positivos" no decaer y si caemos por un instante porque somos seres humanos pedir ayuda a nuestro Padre y levantarnos .....créanme si confiamos en nuestro Padre y tenemos FE todo se supera.
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