Estudio bíblico: Omnipresencia y omnisciencia de Dios - Salmo 139

Serie:   Los Salmos   

Autor:   Esteban Rodemann   Email:   esterodemann@gmail.com
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Omnipresencia y omnisciencia de Dios - Salmo 139

Hecho para algo

A veces hay visiones distintas. Una señora de alta sociedad contempla un gato y piensa en una mascota: llevarlo a casa, ponerle un collar coqueto, echarle guisos hechos por ella, hacerlo dormir sobre un cojín. Un hombre de campo, sin embargo, tiene una visión muy diferente. Al mirar al gato, sólo ve un cazador de ratones. Precisamente no le echará de comer, para que teniendo hambre persiga mejor a los roedores molestos. Los dos observan el mismo animal, pero sacan conclusiones distintas. Su interpretación de la realidad es diferente.
Lo mismo ocurre cuando el hombre contempla la naturaleza. Algunos están convencidos de antemano que no hay ningún Dios detrás. Se afanan por explicarlo todo sin recurrir a ningún tipo de intervención divina, y por tanto elogian las maravillas de la selección natural.
Otros -más honestos intelectualmente- están dispuestos a considerar la posibilidad de un Dios creador. Al abrirse a esa posibilidad, ven diseño inteligente por todas partes en la naturaleza alrededor. Es más: la naturaleza transmite un mensaje. Es como una valla publicitaria que lleva el logotipo de un Dios que realmente está allí. Nos dice que existe un Dios, que es un Dios sabio, poderoso, eterno y bueno en sus intenciones. El diseño, el orden y la previsión que se aprecia en toda la naturaleza dan testimonio de una Verdad inamovible, de una Realidad envolvente. La construcción de una filosofía de la vida no está sujeta a las preferencias particulares de cada cual, sino viene condicionada por una situación previa, por una creación especial en que los distintos elementos funcionan de una manera y no de otra. Las leyes de la física son fijas y sugieren que hay unas verdades espirituales equiparables. Al mismo tiempo, sin embargo, algo en la naturaleza alude a un problema: hay desastres naturales y desequilibrios de todo tipo que apuntan a que las cosas no son como deben ser.
El mensaje escrito de Dios aclara cómo sus cualidades divinas -sabiduría, poder, eternidad, bondad, justicia- pueden conectar con nuestra propia experiencia. Dios está allí, pero ¿cómo puede llegar a ser mi Dios, ejerciendo todas sus virtudes para ayudarme en mis necesidades de cada día? La Biblia da la respuesta.
El joven David ha pasado de ser pastor de ovejas y cantautor a servir como funcionario público. Un buen día se ha presentado en el frente de batalla, llevando provisiones a sus hermanos, y se ofrece voluntario para luchar contra un gigante. Es Goliat, el paladín de la tropa enemiga. David le vence en buena lid, y el rey le ofrece un contrato de trabajo: dejar el rebaño y servir en el palacio. Tocará música y también peleará batallas. Juglar y soldado. Es un buen negocio para el rey: dos profesionales por el precio de uno.
Pero David no está tan seguro. No se siente cómodo en la nueva situación. Es el hijo pequeño de una familia humilde, un rudo pastor de ovejas. Meditando en el contraste entre sus raíces en el campo y los oropeles del palacio urbano donde ahora le toca trabajar, recuerda el combate desigual contra Goliat. Allí también había luchado como un pequeño contra un gigante, y ¡el Dios de Israel había dado la victoria al pequeño!
David empieza a meditar en ese Dios que le ha creado. No es sólo el Dios de la naturaleza, no es sólo el Dios que ha dado las Escrituras, sino también es el Dios que ha armado -pieza por pieza- el cuerpo físico de su siervo. Dios le ha formado desde el vientre de su madre, y ese mismo Dios estará presente en todas sus empresas (como lo había estado en la lucha contra el gigante). Es el Dios que le ve y le acompaña a todos los sitios. Reflexionando sobre la presencia del Dios que le ha dado la existencia, David afirma que ese Señor tiene el derecho de examinarle, para ver si anda bien. También reconoce que el Señor le guiará en la nueva situación, para que haga lo correcto como el "nuevo" de la empresa.
¿Te has sentido alguna vez como el "nuevo" en un empleo o una comunidad de vecinos, en una iglesia o en una facultad? ¿Te has sentido como el pequeño del equipo, o como el menos agraciado en la vida social? ¿Pasas inadvertido mientras la gente busca a otras personas más simpáticas que tú? ¿Te eligen en último lugar para conversar? ¿Llaman a otros y no a ti? David conocía esa inseguridad, y para domar su corazón -traerlo bajo control- se sienta con su guitarra y compone una canción. Es su manera de desahogarse, ventilando lo que tiene dentro y calmando el vendaval en su interior. Expone al Señor sus sentimientos, afirmando lo que sabe que es cierto y pidiendo ayuda en aquello que no sabe todavía.
En el Salmo 139 David nos da una respuesta a la pequeñez y la insignificancia.

Dios te acompaña intensamente

(Sal 139:1-12) "Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz."
El espionaje está de moda: cámaras de vigilancia, pinchazos telefónicos, rastreos informáticos. Es fácil descargar sin querer un virus spyware que acaba pasando tus datos bancarios a algún desaprensivo. Hay cada vez más personas que se dan de baja de Facebook, al descubrir que sus secretos están dando la vuelta al mundo. Más de un famoso se ha quejado del uso ilícito de fotos comprometedoras que algún hacker ha extraído de su móvil. Las agencias de detectives tienen un negocio pingüe en estos tiempos de desconfianza: espiando a rivales comerciales, a enemigos políticos, a cónyuges desafectos. Los gobiernos del mundo se espían mutuamente, y algunos denuncian los abusos a los medios de comunicación (Julian Assange, Edward Snowden).
Hay técnicas de vigilancia para todos los gustos: micrófonos en bolígrafos o cepillos de dientes, cámaras en llaveros o pulseras. Algunos han colocado diminutos micrófonos en la espalda de escarabajos, para lograr una escucha andante. Google ha desarrollado unas gafas, las "Google Glass", que permiten sacar fotos en cualquier sitio sin que los demás se den cuenta, además de ver vídeos mientras se pasea por la calle. La Tienda del Espía ofrece productos para toda clase de mirón.
Los gobiernos espían para luchar contra peligros como el terrorismo, y a veces este escrutinio da un fruto reconfortante: las imágenes grabadas del maratón de Boston permitieron capturar a los terroristas chechenos que habían puesto las bombas. Otras veces se trata de una flagrante invasión de la intimidad, como el caso del soplón de Alemania Oriental retratado en la película La vida de los otros.
El hecho de estar sometidos a un marcaje tecnológico tan omnipresente produce agobio. Los paparazzi agobian a los famosos. Los concursantes de Gran Hermano toleran la videovigilancia 24/7 porque quieren ganar un premio al final. Los jóvenes ficticios que concursan en Los juegos del hambre aguantan para sobrevivir de alguna manera. Pero más de un adolescente ha discutido con sus padres cuando éstos han revisado las cosas de su habitación, incluso leyendo en su diario íntimo. "¡Dejadme en paz!" puede ser la respuesta. Dan ganas de llamar al Tío la Vara para dar lecciones a los cotillas que se meten en nuestros asuntos.
Sabernos vigilados produce agobio. ¿Cómo debemos responder entonces a un Dios que nos ve en todo momento y nos acompaña a todos los sitios, un Dios que nos ha hecho como somos y tiene apuntadas en su libro todas las experiencias que van a configurar el curso de nuestra vida?
David redacta una canción, el Salmo 139, para dar otra visión del asunto. Contar con un Dios que todo lo ve y todo lo sabe, libera en vez de oprimir. Da seguridad, ánimo, y esperanza cuando uno se siente pequeño, débil, olvidado, como un "cero a la izquierda". David se dirige a Jehová: "Oh Jehová, tú me has examinado y conocido". "Jehová" es el nombre personal del Dios que se compromete con los que han creído la promesa de Cristo. Significa "estoy y estaré contigo hasta el final; he prometido y cumpliré". Este Dios es muy diferente a la madre obsesiva que revisa la página de Facebook de su hijo. Te ha creado como eres (cuerpo, temperamento, cualidades personales) y dispone de un poder real para poner soluciones cuando pides ayuda. Te ama mucho más que cualquier progenitor humano, pero al mismo tiempo te deja espacio para tomar decisiones y crecer.
El nombre del Señor quiere decir que él está de tu parte. Cuando has creído en Jesucristo -de todo corazón y para salvación- él pone su nombre sobre ti. "Jesús" significa "Jehová salva", y ese nombre transforma su íntimo conocimiento de todas tus actividades y todos tus pensamientos, de todas tus luchas y todas tus aspiraciones, de tus deseos profundos y tus miedos secretos, en un apoyo sólido para seguir luchando. David se lamenta en otro salmo, "No tengo refugio, no hay quien cuide de mi vida" (Sal 142:4). La soledad desespera. Cuando nos parece que nadie entiende, que nadie escucha, que a nadie le importamos, nos hundimos. Es precisamente en ese momento que el Señor viene y nos dice, "Yo te conozco, yo te veo, yo sé lo que estoy haciendo en tu vida". En vez de agobiarnos, su omnisciencia nos reconforta. Nos recuerda que él está pendiente de todas nuestras necesidades.
Dios ve todo lo que hacemos: "has conocido mi sentarme y mi levantarme". Se refiere a todas nuestras actividades: estudiando, trabajando, conversando, jugando, viajando, durmiendo. Pero David no se limita al hecho de que Dios nos vea, sino que afirma que también nos examina, nos entiende, nos conoce íntimamente. Hay una gran diferencia. "Ver" sólo denota una observación desde lejos, como un vecino que espía a otro con prismáticos. Contempla los movimientos del cuerpo del otro, los hechos externos visibles. Pero el Señor sopesa todo lo que se cuece dentro: "has entendido desde lejos mis pensamientos". El discierne la inclinación de los sentimientos y sabe perfectamente hacia dónde nos llevarán: "todos mis caminos te son conocidos". Oye nuestras palabras antes de pronunciarlas nosotros, y por ello nos puede dar las palabras adecuadas para situaciones delicadas (Mt 10:19).
El Señor tampoco se queda escudriñando nuestra situación. Cuando el salmista exclama "detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano", describe una especie de encierro permanente: no para privarnos de libertad, sino para que ponga su mano sanadora sobre nosotros. En los evangelios, Jesucristo toca al leproso para limpiarlo (Mt 8:3), toma de la mano a la suegra de Pedro para sanarla de su fiebre (Mr 1:31), y toma de la mano a la hija de Jairo para levantarla de su lecho de muerte (Mt 9:25). En cada caso hay un toque divino. Que ponga su mano sobre nosotros es altamente positivo porque significa que Jesús invade una situación de necesidad para dar la solución requerida.
Esta presencia intensa, donde el Señor ve, escudriña, conoce, y pone su mano sanadora, ocurre en todos los lugares. Si subiéramos al espacio -a años luz de la tierra- o bajáramos a la fosa de las Marianas, a 11 kilómetros de profundidad -o al mismo centro del globo terráqueo- aún allí el Señor estaría viendo, acompañando y tocando. Si viajáramos a la velocidad de la luz ("si tomare las alas del alba") o si nos plantáramos en una isla desierta ("si habitare en el extremo del mar"), en cualquier lugar Dios estaría presente para poner su mano, no sólo tocando sino asiendo ("me asirá tu diestra"). "Asir" es un apretón fuerte para rescatar, como cuando Jesús echa mano de Pedro para que no se ahogue en alta mar (Mt 14:31). Se trata de agarrar al otro: para sostener y evitar una caída, para sacar de un pozo de desesperación, para abrazar y dar consuelo, o para guiar con fuerza en la buena dirección, impartiendo así una enseñanza personalizada. Además, el Señor hace todo esto a cualquier hora, día y noche: "las tinieblas no encubren de ti".

Hecho para algo Dios, como artista, ha configurado tu vida

(Sal 139:13-18) "Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo."
David afirma que el Señor le ha formado en el vientre de su madre, armando su persona pieza por pieza en la oscuridad del útero. Dios ha formado sus entrañas, es decir, no sólo la estructura física de su cuerpo, sino todo el conjunto de su ser (cuerpo y alma). Habla de una autoría personal: "tú me formaste, tú me hiciste". David tiene muy claro que el ser humano es mucho más que un conjunto de sustancias químicas mezcladas al azar. La selección natural nunca será suficiente para explicar la maravilla del cuerpo humano.
Esto nos obliga a considerar de nuevo la teoría de la evolución. Darwin plantea que una sucesión de mutaciones favorables, sobre la que opera la selección natural durante largos períodos de tiempo, basta para explicar el origen de las especies. El ser humano así resulta ser producto de un proceso ciego e impersonal. Surge del mundo de los animales: algunos peces llegan a ser reptiles, algunos reptiles se desarrollan en anfibios, algunos anfibios evolucionan en mamíferos, y algunos mamíferos superiores (los primates) se transforman en hombres y mujeres. El ser humano y los animales comparten una cadena de continuo desarrollo.
Un problema con la teoría es que hay diferencias significativas entre los hombres y los animales que exigen una explicación: el uso del lenguaje, un sentido artístico, la conciencia moral, una noción de la eternidad, y una conciencia de Dios. Son rasgos que todos los seres humanos comparten, en todas las culturas, y que nos distancian dramáticamente de los animales más avanzados. Un observador imparcial podría achacar las diferencias entre hombres y animales al impulso ciego de la selección natural: "ocurrió así, aunque no se sabe cómo, pero seguiremos investigando". Otra posibilidad, sin descartar de antemano la posibilidad de Dios, sería ver en estas cualidades claras evidencias de diseño. El ser humano es como es porque lleva la impronta de un Dios personal. La causa tiene que ser mayor que el efecto.
La implicación de plantear el ser humano como obra de un artista personal es que así los hombres y las mujeres tienen dignidad. Tienen un valor inmenso porque llevan la imagen del alfarero divino. Si el cuadro de un artista de renombre se subasta por millones, es porque la capacidad del pintor imparte valor al lienzo. Un Rembrandt no es lo mismo que un grafiti de Muelle pintado en la pared de un local abandonado.
Si el ser humano tiene valor intrínseco, queda descartada la eugenesia, el genocidio, el infanticidio, la eutanasia activa y cualquier método de perfeccionamiento de la raza que suponga la eliminación de los indeseables. Nuestro valor no depende de lo que aportemos a la sociedad, sino del hecho de llevar la firma de un Diseñador altamente cotizado. Tampoco cabe el desprecio: del torpe, del tartamudo, del feo, del ignorante. Cada persona posee un valor infinito por llevar la imagen de un Dios infinito.
David no sólo ensalza la autoría personal del Creador de su cuerpo, sino también su pasmosa artesanía. Dios construye un embrión, que a las diez semanas se convierte en feto, en la más absoluta oscuridad del útero. Lejos de los focos, aislado del mundo exterior, Dios supervisa el crecimiento de la criatura: las células se especializan, los miembros se forman, los sistemas empiezan a funcionar: "fui entretejido en lo más profundo de la tierra" (metáfora del vientre, como lugar oscuro e inaccesible).
Cuando el salmista afirma que "en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas -días1- que luego fueron formadas, sin faltar una de ellas", es para añadir otro motivo de alabanza a Dios: su anticipado diseño de la obra. Ensamblar un bebé no es la ocurrencia de un momento, sino el fruto de un plan por largo tiempo meditado y preparado. En el libro de Dios (metáfora que se refiere a su plan eterno) figuran tanto el código genético de cada persona como el plan de los días de su vida: cuántos días vivirá y qué ocurrirá en cada uno de ellos. El apóstol Pablo dice que el Señor "hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Ef 1:11). Esto significa que tu vida tiene un propósito, tienes una misión que cumplir. El plan de Dios ha puesto aptitudes en tu vida, te ha dado cierta familia (y no otra), ordena a todas las personas que cruzan tu camino, te da experiencias y oportunidades, y permite desgracias de todo tipo: todo con el fin de llevar a cabo lo que tiene pensado para tu vida. "El Señor cumplirá su propósito en mí" (Sal 138:8).
La creación de una obra de arte tan compleja como el cuerpo humano requiere pensamiento, y por ello David se admira del designio de Dios: "¡cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!". Son muchos y variados, se plasman en la formación del niño que nace, se aprecian en todo el desarrollo posterior de esa persona. Esto también significa que el Señor sigue pensando en aquel que ha diseñado y creado: "Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí" (Sal 40:17).

Dios acabará con todo mal en el mundo

(Sal 139:19-22) "De cierto, oh Dios, harás morir al impío; apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios. Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre. ¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos."
Si David, que ha creído la promesa de Cristo y sabe que Dios es su pastor ("Jehová es mi pastor, nada me faltará", Sal 23:1), sabe también que la bendición de su cuidado premeditado sólo se aplica a los que han entrado en el pacto. La admiración, la maravilla, la adoración que caracteriza este salmo sólo pertenecen a los que han sido justificados por la fe en Cristo. Los demás, por el hecho de no buscar al Dios que se les manifiesta en la creación ("los cielos cuentan la gloria de Dios"), se quedan al margen. Si no buscan a Dios, no encuentran a Dios. Si no encuentran a Dios, siguen desconectados de la fuente de la vida. Son impíos porque no conocen el "buen temor de Dios" (eusébeia, piedad).
Muy al principio, nada más caer nuestros primeros padres, Dios vino corriendo para anunciarles la promesa de Alguien que vendría para arreglar el desastre (Gn 3:15). Sería fuerte y acabaría con todo mal, pero también sufriría una herida. Al enseñar a Adán y Eva a ofrecer animales en sacrificio, propuso un medio visual para recordar la promesa. El sacrificio no tendría eficacia, sólo avivaría la fe en algo que Dios solo llevaría a cabo. Con la promesa de Cristo, y con el sacrificio del cordero como ayuda visual, el Señor quiso transmitir dos mensajes: 1) el pecado conduce a la muerte, y 2) Dios ha provisto un Sustituto. Debes morir, pero si miras al Sustituto con fe (inocente como el cordero y enteramente consumido por el fuego del juicio de Dios) Dios te declarará justo ante sus ojos. No por nada en ti, sino por confiar en la obra que él iba a efectuar a través del Redentor.
Creer en el Salvador venidero implicaba creer en él para arreglar tu problema personal de pecado, siendo sustituto y llevando sobre sí el juicio que te corresponde. También suponía identificarte abiertamente con todo un pueblo que había creído la promesa de la misma manera. Te ibas a reunir con ellos un día de cada siete para recordar las promesas, para alabar a Dios por la bondad de su provisión, y para pedir su ayuda para seguir adelante en un mundo bajo maldición. Además, la reunión sería para que los creyentes se exhortaran y se animaran a vivir dignos de aquel buen Dios y del Redentor que vendría para acabar con todo mal. Se abstendrían de hacer lo malo y se comprometerían a practicar lo bueno, con su ayuda.
El salmista es consciente de que a Dios no le da igual el bien y el mal. La promesa de un Redentor, de alguien que golpeará la cabeza de la serpiente, implica la erradicación total de todo mal: el pecado, la violencia, la enfermedad, la guerra, el sufrimiento, el dolor, y la muerte. El problema es que existe el mal en nosotros. La única solución, para no quedar eliminados cuando Dios haga limpieza en este mundo estropeado, es confiar en la promesa del Redentor. Creer, de una manera personal y de todo corazón, en Jesucristo como Señor y Salvador.
De este modo, David afirma que el destino de los que se quedan al margen de Dios será la muerte: "De cierto, oh Dios, harás morir al impío". No todos reciben el perdón. No todos irán al cielo. Hay que pasar de la condición de "impío" a la de hijo de Dios. David está pensando en los filisteos, con Goliat a la cabeza, que se han burlado del Dios de Israel: "blasfemias dicen ellos contra ti". Tiene muy claro que uno pertenece al pueblo de Dios o no, y afirma su deseo de "ir a por todas" con el pueblo de Dios. Se aprecia hipérbole en el salmo. David exagera a posta para pedir de sus oyentes una respuesta radical. Dice "apartaos de mí, hombres sanguinarios" y "¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen?" como para enfatizar su negativa a identificarse con los que no quieren saber nada de Dios. Jesucristo emplea hipérbole cuando dice que arranquemos el ojo que ofenda, que cortemos la mano que peque (Mt 5:29-30). La intención de David en el salmo es que distingamos entre los que son de Dios y los que no lo son, y que asumamos el firme propósito de intimar y convivir y servir con aquellos que también han creído en Cristo de todo corazón.
Sólo existen dos clases de personas en el mundo: los que pertenecen al Señor y los que no. Los hombres se clasifican unos a otros según su raza, su idioma, el color de su piel, o su religión. Sin embargo, para el Señor todos los seres humanos en todos los lugares o son de Cristo o no lo son. "El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida" (1 Jn 5:12). El dato importante es qué dirá él de ti: ¿te contará como uno de los suyos o no?

Dios ausculta tu corazón para guiarte a todo bien

(Sal 139:23-24) "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno."
A la luz del cuidado de un Dios que acompaña a los que él ha formado conforme a un plan eterno, David suelta frases de admiración: "estoy maravillado, formidables son tus obras, cuán preciosos son tus pensamientos". Hay una nota de profunda adoración, un éxtasis de alabanza, como respuesta al prodigio que es un ser humano. Es como la respuesta de un Natanael sorprendido ante el prodigio que es Jesucristo: "Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel" (Jn 1:49). O la respuesta de Tomás, cuando se da cuenta de que Jesús entiende perfectamente todas sus dudas: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20:28). Contemplar la obra del Señor en el ser humano te llena de admiración, y la admiración te mueve a la entrega.
Este Señor prodigioso también actuará algún día para implantar la justicia y la paz en un mundo estropeado. Acabará con toda clase de males, y frente a esa certeza David clama "examíname, guíame". Si Dios acabará con todo mal, que acabe antes con el mal que puede existir dentro de mí. En el Salmo 19, David pide que Dios le haga ver sus errores: "líbrame de los que me son ocultos". También pide ser liberado de las soberbias: "que no se enseñoreen de mí". Ahora da un paso más en el Salmo 139. Dice "mira a ver si hay en mí camino de perversidad". Puede haber costumbres, hábitos, tendencias que no son nada buenas, pero el Señor también puede dar la victoria allí.
La petición "guíame en el camino eterno" significa "guíame al reino de Dios, a aquel mundo perfecto que el Redentor traerá: sin pecado, sin muerte, lleno de justicia y paz". En efecto, el salmista pide que Dios avive y mantenga su fe en la obra de Cristo: que Jesucristo sea una intensa realidad todos los días. También que le guíe para vivir digno del Cristo venidero, y que le dé fuerzas para evitar el mal y practicar el bien. También que le muestre la manera de bendecir al pueblo de fe, los creyentes verdaderos. La idea es que el pueblo de Dios sea tu pasión. En nuestros tiempos esto se traduce en un compromiso con la iglesia local: bautizarse, reunirse, aportar, servir según tus dones, buscar la paz.
Pedir ayuda para avanzar en el camino eterno es venir a la luz. Jesús dice "El que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios" (Jn 3:21). La adoración nos lleva a ponernos delante del Señor, y éste Dios seguirá transformándonos para bien, hasta que lleguemos ante su presencia.
Si el buen Dios te acompaña en todo momento y acabará con todo mal, querrás que te guíe a todo bien.
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1 La palabra "días" figura en el texto hebreo, aunque en español se entiende como parte de la frase "todas aquellas cosas". Podría significar "todas aquellas cosas que día a día se fueron formando en el desarrollo del feto", y en ese caso se referiría al código genético que programa el desarrollo del feto. También podría referirse a los días de la vida del niño que nace. La idea es que Dios no sólo da forma al cuerpo del bebé sino que también prepara las experiencias de cada día de su vida después de nacer.

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