Estudio bíblico: La protección divina - Salmo 34

Serie:   Los Salmos   

Autor:   Esteban Rodemann   Email:   esterodemann@gmail.com
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La protección divina - Salmo 34

Saciado en Dios

La espeleología trata del estudio y la exploración de cavidades subterráneas. Es una ciencia que exige gran preparación física, por los desniveles y los ríos bajo tierra que uno tiene que sortear, pero es un deporte en auge. La Federación Madrileña de Espeleología cuenta con más de 2000 federados.
La intención de David cuando se refugia en una cueva, sin embargo, no es precisamente la búsqueda de nuevas aventuras. Habiendo salido corriendo del palacio del rey Saúl por las repetidas intentonas de asesinarle, David ha perdido su empleo, su sueldo, su matrimonio, y hasta la casa familiar de sus padres. Huye a una ciudad de los filisteos, pero los enemigos se dan cuenta de que tienen presente entre ellos al guerrero estrella del ejército de Israel. David se escapa por los pelos, fingiendo locura, y luego prosigue la búsqueda de un lugar seguro. En eso llega a la cueva de Adulam (1 S 22:1-2).
La situación se pinta fea. Una cueva no ofrece ningún tipo de amenidades. Sin muebles y sin luz, una cueva adolece de todo lo que pudiera hacer agradable la vida. Vivir en una cueva representa el colmo de la falta de todo. No hay comida, no hay dinero, no hay familia, no hay esperanzas de futuro. Cuando llegan cuatrocientos hombres a la boca de la gruta para unirse a David -los afligidos, endeudados, y amargados de Israel- le nombran jefe. Se identifican con su huida de los agentes del régimen de Saúl.
David tiene que decirles algo para animarles a seguir leales al Señor. A pesar de las contradicciones inherentes a la situación -haber sido ungido rey pero obligado a huir del palacio- David sabe que el Señor se ha comprometido con él. Por eso le llama por su nombre personal, Jehová. "Yo soy el que soy" significa "yo te he llamado y también te ayudaré hasta el fin". Siendo así el caso, David sabe que el Señor suplirá todo lo que necesite por el camino. De momento no tienen para comer ni para el día siguiente, pero si le dan a Dios el primer lugar en sus vidas, la ayuda llegará. Si se mantienen en el temor de Dios, él será su sustento. Dará su dirección. Tratará con los enemigos. Los librará de todos sus temores, de todas sus angustias. "Muchas son las aflicciones del justo" dice David (lo está aprendiendo en carne propia), pero "de todas ellas le librará Jehová".
¿Has sentido necesidad alguna vez? Puede ser la necesidad de un amigo, alguien que te comprenda. O la necesidad de una familia mejor que la tuya, o la necesidad de capacidades que no tienes: para el estudio, para la vida social, para el trabajo. Algunos quisieran tener una mente más ágil o un discurso más simpático. Pueden ser necesidades materiales de primera necesidad, cuando falta dinero para comer o pagar el alquiler. O pueden ser necesidades de segundo orden, pero que se vuelven igualmente intensas, como la ropa o el transporte. Algunos necesitan salud o protección. Hay personas a que les gustaría tener un cuerpo diferente al que les ha tocado. Quizá se trata de necesidades emocionales: consuelo, ánimo, consejo. A veces la crisis llega a un punto extremo, cuando amenaza la misma muerte si el Señor no interviene para dar una liberación. En la iglesia perseguida muchos creyentes sufren situaciones de cárcel y de torturas, junto con el miedo de fracasar en su testimonio, renegando de Cristo o divulgando nombres de hermanos.
David elabora el Salmo 34 para animar a sus cuatrocientos hombres a confiar en Dios en un momento de gran necesidad. El ha descubierto que el Señor ayudará. Siente alivio por la liberación de las garras del rey filisteo, y se ve reconfortado por la llegada de tantos compañeros de huida. Ese alivio personal se convierte en ánimo para los demás. Si él ha experimentado que Dios suple para todas sus necesidades, también lo hará para los cuatrocientos a su lado. También para ti y para mí.

La alabanza de uno será alegría para los demás

(Sal 34:1-3) "Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca. En Jehová se gloriará mi alma; lo oirán los mansos, y se alegrarán. Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre."
La indicación al principio del salmo lo enlaza con la liberación de David del apuro en el palacio del rey filisteo Aquis (o "Abimelec", su título oficial). Se salva de una muerte segura a manos de los enemigos, y se refugia en la cueva de Adulam. El gran alivio que siente da lugar a la composición del salmo: "Bendeciré a Jehová en todo tiempo". ¡Qué liberación! ¡Qué provisión! ¡Qué salvación! Habrá que repetirlo, cantarlo, gritarlo en voz alta una y otra vez. Habrá que recordarlo siempre. Experimentar la salvación de Dios llena nuestra boca de palabras de alabanza. Puede ser la liberación puntual de un gran peligro (un accidente, una enfermedad, un desastre natural) o puede ser la conciencia de haber sido librado de la condenación eterna por medio de la fe en Jesucristo. Lo cierto es que si Dios ha actuado así en un momento dado, lo hará más veces: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Ro 8:32). La persona que ha visto de cerca un peligro de muerte y se ha visto rescatado de ello, lo tiene que decir: "De ti será mi alabanza en la gran congregación" (Sal 22:25).
David se da cuenta de que su alegría en Dios contagiará a otros: "Lo oirán los mansos y se alegrarán". Está pensando en los cuatrocientos hombres que se han presentado a la boca de la cueva para unirse a su causa. Son los mansos: los que se han visto privados de tierras, trabajos, recursos, y familia bajo el reinado de Saúl. Son los afligidos, los endeudados, los amargados. Son personas que sienten su necesidad de Dios, los "pobres en espíritu" de que habla Jesús (Mt 5:3). Sentirnos así de necesitados es el comienzo de la bendición, porque la necesidad nos lleva a clamar al Señor, y él "librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra" (Sal 72:12).
Cuando de un cristiano se desprende un espíritu de alabanza, esto anima a otros a confiar en el Señor. De la misma manera, cuando un creyente se desespera, lo da todo por perdido, o se entrega a la queja y la crítica, el negativismo arrastra a otros hacia la incredulidad. Los creyentes influimos poderosamente los unos en los otros. Por eso la reunión habitual de un grupo de cristianos -la iglesia local- es para que compartamos palabras de ánimo, de enseñanza y de exhortación, todo con el fin de recordar la grandeza de la persona y la obra de Jesucristo: "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría" (Col 3:16).
Pero ¿es posible bendecir al Señor en todo tiempo? ¿No invaden a veces sentimientos de tristeza, de amargura, de confusión, o de duda? Ciertamente es así, pero el recuerdo de las ocasiones en que Dios ha intervenido de una manera contundente para rescatarnos, ayuda a superar las crisis emocionales. Jesús dice a sus discípulos "Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos" (Lc 10:20), y el apóstol Pablo dice algo parecido en sus cartas: "Dad gracias en todo", "Regocijaos en el Señor siempre" (1 Ts 5:18) (Fil 4:4). El propósito de David puede ser la experiencia del cristiano, si recuerda las liberaciones que ha experimentado personalmente o medita en las grandes liberaciones que Dios ha realizado en el pasado con su pueblo. La salvación de Israel puede consolar el corazón del cristiano, porque confirma que Dios es Jehová: el que promete y el que cumple para los suyos.
David compone el salmo porque quiere transmitir su confianza en Dios a los que se han juntado con él. Quiere traducir la situación de intensa necesidad de todo en un ejercicio de renovada lealtad al Señor. Su intención es que toda la congregación espontáneamente reunida practique lo que se lee en otro salmo: "Yo soy Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto" (es decir, recordar sus liberaciones, tanto a nivel personal como colectivo), y luego "abre tu boca, y yo la llenaré", es decir, que la experiencia de hambre se convierta en súplica al Señor, y entonces verán que Dios proveerá para sus necesidades (Sal 81:10).
La alabanza de David fomentaría la confianza en Dios entre los cuatrocientos, y puede hacer lo mismo para nosotros.

La liberación del peligro recuerda que el Señor suple para los suyos

(Sal 34:4-10) "Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias. El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él. Temed a Jehová, vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen. Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien."
¿Por qué Dios permite que sus hijos sufran necesidades? La necesidad aviva el temor a que aquella cosa que falta nunca será suplida (salud, trabajo, amor, dirección, alegría). La carencia insinúa al corazón que podría ocurrir lo peor: la muerte. Por eso David describe su liberación del peligro de muerte como una salvación del miedo mismo: "Busqué a Jehová y él me oyó, y me libró de todos mis temores".
Jesús afirma que el Padre sabe todo lo que necesitan sus hijos, incluso antes de que ellos le pidan (Mt 6:8). Luego promete que el Padre proveerá todo lo que haga falta a los que buscan primeramente su reino y su justicia, que dará buenas cosas a sus hijos que le pidan (Mt 6:33) (Mt 7:11). De la misma manera, el apóstol Pablo recuerda que Dios suplirá todo lo que falta conforme a sus riquezas en gloria (Fil 4:19).
La experiencia de Israel en el desierto ofrece algunas pistas. Cuando el Señor libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto, los lleva al desierto para entrar en una relación renovada y permanente con ellos. Sería un pacto formal, ratificado al pie del Monte Sinaí, una especie de matrimonio entre Dios y su pueblo. El profeta Jeremías describe el tiempo en el desierto como un viaje de novios, en que marido y mujer disfrutan de forma especial de la nueva comunión establecida:
(Jer 2:2) "Así dice Jehová: me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada."
El peregrinaje en el desierto, que debía haber durado un par de años, se caracterizaba por la falta de todas las cosas alrededor:
(Jer 2:6) "...que nos condujo por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por el cual no pasó varón, ni allí habitó hombre."
El viaje en el desierto, donde faltaba de todo, era precisamente para cimentar la relación del pueblo con su Dios, al descubrir que él supliría a cada paso cualquier cosa que fuera necesaria. Ellos, confiando en las buenas intenciones del Señor y sabiendo que el fin del trayecto sería una tierra donde fluía leche y miel, irían pidiendo con fe a cada momento. Expresarían su dependencia por medio de la oración de fe, y esa dependencia total abriría paso a la bendición. Cada vez que el Señor suplía aumentaría la confianza -implícita e inquebrantable- de todo el pueblo:
(Dt 8:3) "Y te afligió y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre."
Este proceso -necesidad, súplica, provisión- se repite constantemente en la vida del creyente. Forma parte de su entrenamiento en la piedad. Forja un corazón en sintonía con el Señor. Produce un carácter firme, semejante al Señor Jesucristo. Por ello, el apóstol aclara que una visión global del proceso divino nos libera de la desesperación cada vez que surge una necesidad. Entendemos que las dificultades son necesarias porque nos cambian profundamente, acercándonos cada vez más al Señor. A la postre confiamos más y descubrimos de nuevo que él es bueno de verdad: "Gustad y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él":
(Ro 5:3-5) "...también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado."
David describe su petición de ayuda con varias palabras: buscar al Señor (Sal 34:4,10), mirar al Señor (Sal 34:5), clamar al Señor (Sal 34:6), temer al Señor (Sal 34:7,9). Estos verbos resumen la intensidad de un alma que se ha convencido de que su única fuente de ayuda en la situación es Dios. Abarca una serie de cosas: 1) una petición polifacética5 y sostenida; 2) una investigación seria en la Palabra de Dios, buscando luz sobre el asunto en cuestión; 3) un esfuerzo por alinear tu voluntad con la voluntad de Dios ("no sea como yo quiero, sino como tú", Mt 26:39); 4) una aceptación de una solución divina o de gracia para sobrellevar la situación (2 Co 12:9). A veces la práctica de todas esta cosas requiere un tiempo de búsqueda del Señor: como diez días; caso de Jeremías o de los 120 discípulos hasta el día de Pentecostés: (Jer 42:7) (Hch 2:1), tres semanas (Dn 10:2), o más tiempo, incluso años (Lc 18:7-8).
Llama la atención el verbo "mirar": "Los que miraron a él fueron alumbrados". El hecho de mirar sin hacer nada, sin aportar ningún esfuerzo propio, resume bien la esencia de la fe. Es la proyección del alma -en total dependencia- hacia la obra y el esfuerzo de otro. Abraham se queda dormido y mirando en sueños mientras la antorcha de fuego pasa en medio de los animales troceados (Gn 15:17). Los israelitas picados por víboras miran con fe a la serpiente de bronce levantada en alto (Nm 21:9). Dios invita a todo el mundo a mirarle a él, confiando exclusivamente en la obra de salvación que él realiza: "Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra" (Is 45:22).
Este "mirar" con fe era la actitud de Adán y Eva cuando el Señor anuncia que vendría un Redentor para solucionar la caída en el pecado (Gn 3:15). También sería la actitud de David cada vez que contemplaba el holocausto diario en el recinto del tabernáculo. El animal muerto anunciaba que el Redentor moriría por el pecado, y el humo que subía al cielo anticipaba que Dios aceptaría el sacrificio de la vida del Redentor como suficiente expiación por las culpas de todos los que creyeran plenamente en ello. Mirar a Cristo así renueva nuestra confianza en la provisión diaria del Dios que sustenta a todos los que pertenecen al Salvador.
David afirma que el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Podría estar pensando en Abraham, cuando Abimelec pide hacer un pacto con el patriarca porque "Dios está contigo en todo cuanto haces" (Gn 21:22). O podría pensar en Jacob, cuando deja Siquem y viaja con toda su familia hacia Betel, y "el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob" (Gn 35:5). Algo parecido sería la experiencia de Jesús cuando los de Nazaret quieren despeñarle, y él simplemente pasa por en medio de ellos y se marcha (Lc 4:29-30). La protección de Dios sobre Abraham se extiende a todos los miembros de su familia espiritual, tanto a David como a nosotros.
Esta protección significa que nadie -ni demonios ni hombres- puede levantar un dedo contra los hijos de Dios hasta que Dios retira el escudo que los rodea. Satanás se queja al Señor respecto a Job: "No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?" (Job 1:10). El apóstol Juan afirma que "Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca" (1 Jn 5:18). Jesús afirma en su oración en el aposento alto: "Yo los guardé y ninguno de ellos se perdió" (Jn 17:12). Sin embargo, como ocurre cuando detienen y crucifican a Jesús, el permiso de Dios a veces abre brecha en su muro de protección. Pero esto es sólo porque Dios lo consiente, no porque los enemigos sean más fuertes. Jesús dice "yo soy" en el huerto de Getsemaní, y todos los soldados caen al suelo (Jn 18:6). Está claro que lo detienen sólo porque él quiere. La lección es que si Dios consiente que hagan daño a los suyos, es para que ellos -confiando y obedeciendo hasta el final- glorifiquen al Señor a través de la respuesta que dan en medio del sufrimiento. La decisión de seguir confiando en Dios a pesar de la aflicción es lo que engrandece el testimonio del creyente, como también glorifica al Dios que es capaz de generar tanta lealtad. Le amamos, le servimos, le obedecemos no por los dones que nos da, sino porque él es intrínsecamente digno de ello. Lo merece todo, incluso mi propia vida. Por ello Apocalipsis dice que "le vencieron por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap 12:11). O como dice Job: "aunque él me matare, en él esperaré" (Job 13:15).
Esta porción termina con la certeza de que "nada falta a los que le temen". Dios suplirá. Dios proveerá. Pero ¿cómo lo hace? ¿Manda un sueldo a casa mientras quedamos quietos orando? Lo normal es que el ser humano también ponga de su parte: buscando, trabajando, haciendo. La referencia a los leoncillos trae a mente otro salmo: "Los leoncillos rugen tras la presa, y para buscar de Dios su comida... Sale el hombre a su labor, y a su labranza hasta la tarde" (Sal 104:21,23). Dios provee comida a los leoncillos, pero ellos tienen que salir a buscarlo. También provee comida para el hombre, pero éste tiene que labrar la tierra. La idea es que la provisión del Señor incluye el uso de medios. Dios provee maná para el pueblo de Israel, pero ellos tienen que salir a buscarlo cada mañana. La providencia de Dios y el esfuerzo del hombre están en perfecta armonía.
Esto significa que cuando David afirma que nada falta a los que temen al Señor, está diciendo que el Señor indicará la parte que le corresponde al hombre, como también la parte en que sólo tiene que esperar sin hacer nada. Es una combinación exquisita, y muy fácil de confundir si no estamos conectados con Dios. Se puede trabajar mucho sin depender de Dios, y se puede orar mucho sin asumir nuestra responsabilidad. Como dice (Pr 21:31): "El caballo se alista para el día de la batalla, pero Jehová es el que da la victoria". Hace falta un esfuerzo (preparar el caballo y luchar), y también hace falta confianza en Dios (sólo él puede dar un desenlace propicio).
Para David, esta certeza se traduce en una política de seguir atacando a los filisteos, como había hecho cuando estaba al servicio de Saúl (y luego a los amalecitas y otras tribus del desierto), por ser los enemigos del pueblo de Dios. El botín serviría para alimentar a los hombres de David. También se ofrecería para proteger a los pueblos de Israel, como cuando defiende a los de Keila de los saqueadores filisteos (1 S 23:1-2). Lo normal era que los protegidos aportaran para el sustento del ejército privado de David que les protegía; por ello era tan degradante el desaire de Nabal (1 S 25:5-12).
Cuando el Señor promete suplir tu necesidad, también te enseñará la parte tuya. Dios obra soberanamente, pero también se sirve de tu esfuerzo. Es alistar el caballo y esperar en él (mientras peleas), sabiendo al mismo tiempo que sólo él dará la victoria. Orar como si todo dependiera de Dios, y trabajar como si todo dependiera de ti.

Dios suplirá con creces si le pones en el primer lugar

(Sal 34:11-22) "Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré. ¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela. Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos. La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos. Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová. El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado. Matará al malo la maldad, y los que aborrecen al justo serán condenados. Jehová redime el alma de sus siervos, y no serán condenados cuantos en él confían."
David dice "Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré". Está pensando en los cuatrocientos. La preparación más importante para un futuro incierto es que el corazón de cada uno esté en condiciones, nutrido plenamente por el temor del Señor. Esto es algo que se puede enseñar, se puede aprender. Es una disposición de corazón que alguien en sintonía con Dios (como David en este momento) transmite con su ejemplo y con sus palabras. Tiene ejemplo porque ha pasado un mal momento, ha confiado en Dios, y por ello puede servir de estímulo a los demás. Como dice Pablo: "él nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación" (2 Co 1:4).
Cuando David pregunta "¿Quién es el hombre que desea vida?", quiere decir "¿Quién quiere sobrevivir esta experiencia de la cueva, ser renovado de corazón ahora, y después gozar de mejores circunstancias cuando el Señor así disponga?". Plantea algo que garantizará tanto la longevidad como la vitalidad. No es cuestión de seguir la dieta mediterránea, ni de consultar cada semana con un terapeuta psicoanalista, ni de contratar un seguro particular de asistencia médica, ni de invertir en un fondo de pensiones solvente. Es cuestión de andar rectos delante de Dios.
Frente a la necesidad, hay que buscar a Dios intensamente y presentarle todas las carencias habidas y por haber. Pero también hace falta comprometerse a hacer su voluntad, a seguir sus directrices, a tomar decisiones que le agradan en los asuntos eminentemente prácticos de la vida diaria: "apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela". David dice a sus hombres que no van a robar las gallinas de los vecinos israelitas. En momentos de necesidad es demasiado fácil decir "bua, qué más da" y salirnos por la tangente. Seguir un camino que no está bien, y lo sabemos perfectamente. Pecar porque estamos abrumados por la necesidad urgente del momento.
Un aspecto de hacer el bien, una pieza del puzzle, es tener paciencia hasta que Dios trate definitivamente con los malos. En el caso de David, era el rey Saúl y sus consejeros. David anima a sus hombres respecto a este rey que se ha tornado malvado: "La ira de Jehová contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos" y "Matará al malo la maldad". Los hombres de David no van a buscar la venganza, no van a hacerle la guerra al rey que una vez fue el ungido del Señor. Van a dejarle en manos de su Señor, que tratará con él en el momento y de la manera más conveniente: "Al tiempo que señalaré, yo juzgaré rectamente" (Sal 75:2).
Si el odio de los malos y el hambre (o cualquier necesidad intensa) nos quebrantan y nos humillan, podemos estar seguros de que el Señor responderá pronto: "cercano está Jehová a los quebrantados de corazón". Las experiencias de necesidad-súplica-provisión nos forman para bien, porque acentúan nuestra dependencia y acaban forjando nuestra más inquebrantable confianza en el Señor.
"Muchas son las aflicciones del justo" dice el salmista. El ciclo de necesidad-súplica-provisión se repetirá muchas veces a lo largo de la vida del creyente. Lo necesitamos para que el carácter de Jesucristo se forme en nosotros. El apóstol dice lo mismo: "Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Hch 14:22). Pablo, como David en el salmo, puede animar a otros en base a su propia experiencia, después de ser apedreado en Listra y levantado por intervención divina.
La promesa final es que "ningún hueso será quebrantado". Significa que ningún daño irreparable y permanente nos sobrevendrá. El cordero de la pascua lo anticipa en que no se podía romper hueso del animal (Ex 12:46), y el Señor Jesucristo lo manifiesta cuando los soldados deciden no romperle las piernas en la cruz (Jn 19:33,36). El mensaje del salmo es que habrá épocas de necesidad, pero el Señor siempre proveerá para los suyos si le buscan con intensidad y perseveran en sus caminos sin desviarse a la derecha ni a la izquierda.
Dios suplirá con creces si le buscas confiando
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5 "Polifacética" describe distintos modos de orar, según las diferentes necesidades, enfoques y estados anímicos de la persona que ora. Como Jesús en Getsemaní: "ruegos y súplicas" (He 5:7). El apóstol se refiere a lo mismo en (Fil 4:6): "peticiones... en toda oración y ruego, con acción de gracias".

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