Estudio bíblico: La promesa mesiánica: la esperanza de Nehemías - Nehemías 8:1-18

Serie:   Nehemías   

Autor:   Esteban Rodemann   Email:   esterodemann@gmail.com
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La promesa mesiánica: la esperanza de Nehemías

Introducción

Es como viajar en avión. Algo que al cuerpo le parece casi antinatural. Subes al avión, te preparas para el despegue, y te preguntas cómo es posible que una persona vuele por los aires a treinta mil pies de altura. El aterrizaje parece tan extraño como el despegue. En todo ello, sin embargo, el viajero confía en otro que sabe lo que hace. Es el piloto, el capitán, que ha subido y bajado miles de veces sin percance alguno. Ha estudiado durante años, ha pasado miles de horas de vuelo, controla todos los instrumentos de la cabina de mando, en fin, está curtido en la técnica de volar. Sabiendo que hay otro que domina la situación, el viajero abrocha el cinturón de seguridad y se relaja.
Da mucha seguridad confiar en otro que sabe. Es lo que hace el creyente en Cristo. La vida es un viaje, y el cristiano pone su "aparato" en las manos de un piloto autorizado y experimentado. Por este motivo, la revelación progresiva que encontramos en las Escrituras sirve para perfilar una visión de Jesucristo que nos permite descansar en él por la fe. Nosotros no sabemos, pero él sí que sabe pilotar la nave. El controla, como para llevar a las personas a buen puerto en la obra de la redención.
Nehemías, el gobernador, retrata en su persona lo que sería Jesucristo, el Redentor. Manifiesta una serie de cualidades personales que configuran el atractivo del Salvador. Ver a Cristo a través de Nehemías nos invita a acercarnos a él, cual piedra viva, para ser edificados como piedras vivas y conformar juntos de esta manera una ciudad de luz (1 P 2:4-5). La congregación de los redimidos es luz para el mundo, una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder, en la medida de que nos parezcamos a Jesucristo. Contemplarlo con los ojos de fe obra un poderoso efecto santificador en el creyente: somos transformados progresivamente "de gloria en gloria", como dice el apóstol (2 Co 3:18).
El apóstol Pablo también plantea un "asirse" de Jesucristo, como aquello que forja la semejanza a su bendita persona (Col 2:19). Este "echar mano" de Cristo se refiere a una apropiación consciente de varios aspectos de su persona y su obra: 1) como objeto de adoración, siendo el Dios-Hombre perfecto, lleno de toda la plenitud divina (Col 2:9); 2) como sustituto, siendo él quien cumple toda justicia en lugar del pecador, y quien lleva sobre sí todo el juicio que merece la culpa del pecador (1 P 3:18); 3) como representante, que en su muerte y resurrección efectúa una muerte y resurrección experimental en la vida del pecador (Ro 6:6); 4) como ejemplo, Jesucristo demuestra lo que un ser humano debe ser, hacer, y decir (1 Jn 2:6); 5) como sustento, él mantiene salvo al creyente y le suministra gracia constantemente, como la vid sostiene los pámpanos con su savia (Jn 15:5).
La vida de Nehemías -sus cualidades personales, sus decisiones, sus obras- dirige la mirada del creyente a Jesucristo como sustituto, como representante, y como ejemplo. El esfuerzo de Nehemías en reunir a todo el pueblo, centrándose especialmente en los cabezas de familia, para escuchar la lectura de la Palabra, para celebrar la fiesta de tabernáculos, y para confesar juntos sus pecados al Señor, tiene otra finalidad. El gobernador procura despertar esperanza en el corazón de sus compatriotas. Quiere avivar su fe en las promesas del Salvador que habría de venir, es decir, en Cristo como objeto de adoración y sustento diario.
Desde el huerto de Edén, cuando se anuncia la primera promesa de un Salvador (Gn 3:15), la Palabra de Dios gira en torno al gran proyecto de restauración espiritual. "Alguien vendrá" era el mensaje. "Vencerá todo mal, y le harán daño" eran los detalles. Con el paso del tiempo y el ministerio de toda una sucesión de profetas, esta proclamación seminal se fue ampliando, mientras el Espíritu Santo aportaba más y más información. Jesucristo luego diría que "ellas [las Escrituras] hablan de mí" (Jn 5:39), y explicaría a los discípulos que los escritos de Moisés y de todos los profetas se fundamentaban en la promesa del Redentor: "les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían" (Lc 24:27). La gran queja de Jesús respecto a los fariseos es que habían quitado "la llave de la ciencia" del pueblo, es decir, habían obviado la promesa de Cristo en toda su enseñanza (Lc 11:52). De este modo, el mensaje de la Biblia había quedado en un "haz esto, no hagas lo otro" sin tomar como punto de referencia el motor de la auténtica espiritualidad, que sería el Mesías y su obra.
Cuando un israelita leía las Escrituras, la clave para interpretar su significado era la promesa de Cristo. Los libertadores de Israel (jueces y reyes) anunciaban cómo sería el Cristo, los juicios divinos demostraban por qué su venida era necesaria, los rituales resaltaban distintos aspectos de su obra, las fiestas inculcaban deseos del reino que él inauguraría, y los mandamientos, estatutos y preceptos delimitaban la nueva clase de vida que él haría posible. Todos los aspectos de la vida espiritual de Israel eran piezas de un gran rompecabezas; aportaban pistas, indicios, y noticias veladas acerca de Cristo, para que el pueblo entendiera con una claridad cada vez más nítida cómo creer en él cuando llegara en persona por fin.
Es evidente que Nehemías, por su conocimiento de la promesa de (Dt 30:1-10), que informa su oración inicial (Neh 1:8-9), esperaba la restauración futura del pueblo de Israel. También sabía que el Hijo de David era quien había de llevar a cabo esa restauración. Nehemías pertenecía al linaje real y siendo de la casa de David, su confianza estaba puesta en Aquel que había de reinar para siempre sobre Israel. Una vez completada la construcción del muro (el día 25 de Elul, el sexto mes del año hebreo, (Neh 6:15) se pregonó a todo el pueblo que se reuniera en Jerusalén. Normalmente, la convocatoria se hacía a son de trompetas el primer día del séptimo mes (Lv 23:24). Las familias hacían los preparativos necesarios para salir todos juntos en peregrinaje hasta Jerusalén para pasar quince días en la capital celebrando el día de expiación y después la fiesta de tabernáculos (Lv 23:26-32).
El gran problema para los retornados del cautiverio, sin embargo, era la imposibilidad de cumplir con lo que mandaba la ley. El arca de la alianza había desaparecido con la caída de la ciudad bajo Nabucodonosor en 586 a.C. Sin arca, no había propiciatorio (la tapa del arca, una plancha de oro macizo). Sin propiciatorio, no había donde rociar la sangre del macho cabrío, para lograr el aplazamiento -por otro año más- del juicio divino sobre los pecados del pueblo. Si bien era cierto que los profetas habían previsto un día en que el arca de la alianza ya no haría falta (Jer 3:16), de momento su ausencia sólo recordaba que Israel permanecía en una situación anómala, bajo el dominio persa. Seguían estando sujetos al poderío gentil. Era otro recuerdo de su pecado nacional, que había provocado tan desastrosa situación.
Rociar la sangre era el elemento clave del ritual del día de expiación; frente a la imposibilidad de llevar a cabo lo que mandaba la ley para ese día, Nehemías convoca a todo el pueblo a Jerusalén para una lectura pública de la ley. Parece que se les llama nada más terminar la construcción del muro, y la idea de Nehemías es traer ante la memoria de todos tanto la promesa de Mesías como las exigencias de la Palabra divina que todos habían violado. En vez de practicar el rito del día de expiación -ahora imposible al faltar el arca de la alianza- procurarían con la lectura de la Palabra el arrepentimiento generalizado que era el requisito imprescindible para la restauración.
La finalidad de las distintas reuniones en Jerusalén que viene narradas en Nehemías capítulo ocho era avivar la esperanza mesiánica. El fracaso del pueblo había quedado demostrado. Sólo el Mesías podría dar el perdón definitivo que el día de expiación había prefigurado; así había prometido Isaías (Is 27:9). Ezequiel lo había descrito como un lavamiento de toda inmundicia (Ez 36:25), y Zacarías como la apertura de un manantial para la purificación del pecado (Zac 13:1).
Sólo el Mesías podría dar un corazón nuevo, que haría que todos siguieran fieles al pacto; así habían prometido Jeremías (Jer 32:40) y Ezequiel (Ez 36:26-27). El Mesías, como el hijo prometido del linaje de David, reinaría para siempre para superar todo vestigio del cautiverio. Introduciría el reino de Dios, y con él llegaría la restauración del mundo entero. Serían tiempos de "las misericordias firmes a David" (es decir, las misericordias prometidas y duraderas, en virtud de su reinado, (Is 55:3).
Hay detalles acerca de las reuniones de Nehemías 8 que resaltan tres aspectos de la esperanza mesiánica. Para los entendidos, eran detalles que podrían llevar a los habitantes de Jerusalén a depositar toda su confianza en Cristo. Para los creyentes de hoy, sirven para aclarar lo que Jesucristo ha logrado con su obra en la cruz.

Un lugar con significado

Tres veces se nombra el lugar donde se celebra la reunión (Neh 8:1,3,16). Parece que el autor quiere destacar de manera especial la ubicación de la asamblea delante de la Puerta de las Aguas. Este lugar era la plaza al sur del recinto del templo, enfrente del manantial de Gihón. Desde los primeros días del asentamiento de Salem, la fuente de Gihón constituía el principal suministro de agua para la ciudad. Cuando los valientes de David toman el pueblo (para entonces llamado Jebús), Joab sube por el canal que conducía el agua de Gihón hasta dentro de la fortaleza (2 S 5:8). El rey Ezequías luego cubre el manantial, protegiéndolo con un antemuro, para que ningún enemigo pueda privar la ciudad de agua (2 Cr 32:30). A raíz de todas estas medidas el estanque, que se alimenta de las aguas de Gihón, llega a llamarse Siloé ("enviado", por las aguas conducidas desde la fuente hasta la ciudad, (Jn 9:7).
El nombre "Gihón" se apropia del nombre uno de los cuatro brazos del río del paraíso (Gn 2:13). Sería tal vez Melquisedec quien vio en ese manantial único un recuerdo del río de Dios que daba vida a toda su creación. De esta manera, Gihón llegó a representar la salvación de Dios en medio de un mundo caído, una salvación que llegaba con toda seguridad a los que se refugiaban en la promesa del Redentor:
(Sal 46:4-7) "Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana... Nuestro refugio es el Dios de Jacob."
Para todo aquel que, confiando en la promesa de Cristo, había experimentado una transformación interior, la experiencia de la salvación sería una fuente continua de satisfacción:
(Is 33:16) "Este habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras."
(Is 12:3) "Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación."
Otros profetas siguen desarrollando la imagen del agua, que seguía basándose en la imagen del río primitivo del paraíso. Ezequiel anuncia un día en que Dios esparciría agua limpia sobre los suyos para lavarlos de toda clase de maldad (Ez 36:25). Zacarías prevé que en el futuro habría un manantial abierto para la purificación del pecado y de la inmundicia (Zac 13:1). Ezequiel contempla en visiones cómo un río sale del trono de Dios y crece en anchura y profundidad, dando sanidad a todo aquel que se bañaba en sus aguas (Ez 47:1-12). La restauración que un día recibe Naamán el sirio, bañándose en el río Jordán para limpiarse de su lepra (2 R 5), sería una experiencia universal, tanto para las personas como para la creación animal (los peces) y vegetal (los árboles frutales que crecían en la orilla).
Jesucristo conversa con la mujer samaritana al lado de un pozo. Consciente del significado del pozo como símbolo de la salvación, Jesús anuncia a la mujer que él podría darle otro tipo de agua: "el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna" (Jn 4:14). Sería como el río de vida de Ezequiel 47: dando sanidad, pero dentro de la persona. Para beneficiarse de esa agua viva, sin embargo, ella tendría que reconocer su necesidad, es decir, su condición de pecadora: "ve, llama a tu marido...". Las aguas vivas sólo sanan a los que, como Naamán, se ven como "leprosos".
La mujer samaritana en este punto se parece a Agar que, expulsada de la casa de Abraham, anda errante por el desierto hasta que falta el agua del odre. Ha llegado al fin de sus propios recursos y se muere de sed. Deja a Ismael por muerto y como él, sólo le queda llorar. En este momento, cuando se ve como acabada, Dios viene y anuncia la promesa: "no temas...". Dios le abre los ojos para ver una fuente de agua; ella bebe y luego da de beber a su hijo (Gn 21:15-21). Aunque no pertenece a la casa de Abraham, hay una salvación disponible para ella y, por extensión, para todos aquellos que no pertenecen físicamente a la familia de Abraham.
Cuando Jesús sana al ciego de nacimiento, primero le unta los ojos con barro, una manera simbólica de decirle -como a la mujer samaritana- que acabará viendo si primero reconoce su necesidad moral. El barro simboliza el pecado, y el pecado será lavado con las aguas de Siloé. El manantial antiguo de Gihón, que siempre había recordado el río de Dios y su salvación, sería una fuente de limpieza para todo el que acudía creyendo la palabra de Jesucristo (Jn 9:6-7).
La Biblia termina con la visión apocalíptica de Juan en la isla de Patmos, y allí afirma que Jesucristo introducirá a los redimidos en la plenitud de la experiencia de la salvación: "el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos" (Ap 7:17). Al final, cuando se haya consumado el plan de la redención, en medio de la nueva creación está el río limpio de agua de vida, que sale del trono de Dios y sostiene la vida eterna, donde no hay maldición, ni noche (Ap 22:1-5).
Para Nehemías, hacer la lectura pública de la Palabra en la plaza delante de la Puerta de las Aguas refuerza la idea de que Dios dará algún día lo que el manantial de Gihón simbolizaba: la salvación con todos sus frutos (limpieza, restauración, nuevo corazón). Sería a través del Cristo venidero, porque el mensaje central de la Palabra era Cristo. De modo que el lugar alude a la experiencia de la salvación. El don de Dios sería como un manantial de agua dando vida en el hombre interior. Sería un río que aportaría sanidad, con un fluir permanente que ningún enemigo sería capaz de cortar. Estas aguas serían seguras, y para siempre.
Pero el creyente necesita que Dios le abra los ojos -como hizo un día para Agar- para comprender las riquezas de lo que tiene en su interior. El apóstol Pablo ora por los efesios, que el Señor alumbre los ojos de su entendimiento, para que sepan en qué consisten las riquezas de la gloria de su herencia depositada en el interior de su ser (Ef 1:18). Cuando uno sabe valorar la herencia que tiene dentro, y que luego será consumado en el cielo, entonces está dispuesto a asumir cualquier sacrificio por amor al Señor (He 10:34).

Una palabra gozosa

Esdras y los levitas leen e interpretan la ley para el pueblo todo el día, con todos reunidos en la plaza de las Aguas. El protagonismo de Nehemías (Neh 8:9) sugiere que él había iniciado la convocatoria y la lectura pública (podríamos verlo detrás de la frase "dijeron a Esdras que trajese el libro de la ley de Moisés", (Neh 8:1). Es evidente que la lectura de la ley provoca tristeza en el pueblo. Muchos lloran (Neh 8:9). La escena recuerda la respuesta de la multitud cuando Pedro predica en el día de Pentecostés: "se compungieron de corazón y dijeron...Varones hermanos, ¿qué haremos?" (Hch 2:37). Al oír la lectura de la ley, el pueblo se quebranta de corazón. Lloran abiertamente, están desolados. Y con razón: Israel seguía bajo el dominio de extranjeros, muchos de los cautivos no habían vuelto, el arca de la alianza (máximo símbolo de la presencia de Dios) había desaparecido, no había gloria en el pequeño templo que habían levantado, muchos de los poderosos seguían apegados a la ganancia material, y había matrimonios mixtos que no se habían arreglado. La vida espiritual de Israel parecía una casa de naipes; todo podría venirse abajo en cualquier momento.
Pero el arrepentimiento parece sincero. Nehemías se había lanzado a su misión fortalecido con la promesa de restauración, cuando el Señor viera un quebrantamiento de todo corazón en su pueblo (Lv 26:40-42) (Dt 4:29-31) (Dt 30:1-10). Convencido de ello, se había ofrecido para el proyecto de levantar las murallas, con el fin de hacer posible la restauración prometida del pueblo. El profeta Jeremías había dicho que el remanente buscaría al Señor de todo corazón, y que lo encontrarían (Jer 29:10-14). Con todas estas notas de esperanza, Nehemías -al contemplar la desolación espiritual del pueblo- se anima. ¡Hay esperanza! ¡Si hay arrepentimiento, habrá restauración!
Las palabras de Nehemías invitan a sus hermanos a cambiar la tristeza en gozo: "Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado, porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza" (Neh 8:10). Las palabras recuerdan la promesa del profeta Isaías, de que lo único que hacía falta era volver y buscar al Señor:
(Is 55:1-3) "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído y venid a mí; oíd y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David."
Las palabras de Nehemías sugieren que está pensando en esta promesa, que promete abundancia espiritual a aquellos que -a pesar de todos los impedimentos circunstanciales- simplemente vuelven el rostro al Señor para buscarle de todo corazón. Aunque fuera imposible celebrar el día de expiación, por faltar el arca de la alianza, el simple retorno al Señor permitiría un pacto nuevo.
Cuando Nehemías dice "id, comed grosuras, bebed vino dulce", alude a la abundancia que Dios había prometido como fruto del nuevo pacto. Moisés había dicho que cuando el pueblo se convirtiera al Señor, él haría volver a los cautivos y circuncidaría su corazón (Dt 30:1-6). El resultado de ese cambio interior sería un renovado amor al Señor: "y tú volverás, y oirás la voz de Jehová, y pondrás por obra todos sus mandamientos..." (Dt 30:8). Luego, a consecuencia de ese amor y esa obediencia, Dios daría lluvias y cosechas. Eran los signos visibles, el testimonio ante todo el mundo, de que la vida de Dios era lo mejor: "Y te hará Jehová tu Dios abundar en toda obra de tus manos, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, para bien; porque Jehová volverá a gozarse sobre ti para bien..." (Dt 30:9).
Los profetas aclaran el significado de la circuncisión de corazón a que se refiere Moisés. Según Jeremías, sería la ley de Dios escrita en la mente y el corazón, para sellar una relación permanente entre él y su pueblo: "y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo" (Jer 31:33). Ezequiel lo describe como un corazón nuevo, cambiando dureza (corazón de piedra) por sensibilidad (corazón de carne). Dios otorgaría un perdón completo de los pecados, y luego pondría su propio Espíritu dentro de cada uno (Ez 36:26-27). Es lo que Jesucristo luego emplazaría a Nicodemo a recibir: un nacimiento de agua (el perdón, que Juan el Bautista había mandado simbolizar con un bautismo en agua) y un nacimiento del Espíritu (mediante Aquel que había de bautizar en Espíritu Santo).
Cuando Isaías promete "las misericordias fieles a David" a todo aquel que volviera al Señor (Is 55:3), se refiere a la promesa hecha al rey de que uno de sus descendientes reinaría para siempre sobre su trono (2 S 7:12,16). Los beneficios de ese reinado serían incontables (por eso son "misericoridas", en plural) y serían seguros (son "misericordias fieles"). El Hijo de David sería fiador para garantizar el cumplimiento; él aseguraría que las bendiciones del nuevo pacto llegaran sin falta a todos aquellos que habían vuelto su rostro al Señor. Se le llamaría "Jehová, justicia nuestra" (alusión a la unión de dos naturalezas -humana y divina- en una sola persona), y por su mediación Judá "sería salvo", es decir, enteramente rescatado de toda clase de mal, tanto dentro de la persona como allí fuera en el mundo:
(Jer 33:14-16) "He aquí vienen días, dice Jehová, en que yo confirmaré la buena palabra que he hablado a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra. En aquellos día Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura, y se le llamara: Jehová, justicia nuestra."
Las palabras de Nehemías, exhortando al pueblo al gozo, indican que está pensando en el nuevo pacto que los profetas habían anunciado. Dios daría un nuevo corazón, transformando la orientación interior de la persona, y esto lo llevaría a cabo el Redentor prometido, que nacería del linaje de David. Sería el mensaje de Juan el Bautista acerca de Jesucristo: "él os bautizará en Espíritu Santo" (Mt 3:11). El mensaje de Nehemías alude a la garantía de la salvación: la promesa hecha a David se cumpliría en su descendiente, que traería todos los beneficios del nuevo pacto. La garantía consiste en el acuerdo hecho entre dos partes que están fuera de nosotros: Dios y David. Si el pacto se concierta entre ellos, entonces no depende de la fidelidad del creyente. El pacto no se tambalea por los tropiezos del cristiano. Hay una garantía de salvación para todos aquellos que verdaderamente la poseen.

Una fecha señalada

Los cabezas de familia, al seguir con la lectura de la Palabra de Dios, descubren que tocaba otra fiesta en el séptimo mes del año: la fiesta de tabernáculos (Neh 8:13-18). La intención de esta fiesta era doble: celebrar la cosecha acumulada durante todo el año, porque se observaba en otoño, cuando ya se había recogido los últimos frutos de la tierra (Ex 23:16). Por eso la nota dominante era de alegría y gratitud por la provisión del Señor (Dt 16:13-15).
La fiesta de tabernáculos también servía para recordar el peregrinaje en el desierto, cuando después del éxodo de Egipto los hijos de Israel habían vivido en pequeñas enramadas durante su viaje hacia la tierra prometida (Lv 23:42-43). La fiesta se celebraba montando una enramada y haciendo vida de familia en ella durante siete días. Era la manera de recordar que ya no tenían que vivir así, que Dios había cumplido sus promesas y los había traído a la tierra de Canaán. Miraban atrás, recordando la provisión del Señor en el desierto, y miraban alrededor, recordando que ya no vivían en el desierto. Estaban en la tierra, la tierra de la promesa, la tierra donde el descendiente de Abraham llegaría para ser una fuente de bendición para todas las familias de la tierra (Gn 12:1-3).
La fecha del año y la celebración conjunta de la fiesta de tabernáculos en tiempos de Nehemías era un poderoso anuncio de que la consumación ciertamente llegaría. Físicamente, los ex cautivos estaban en la tierra ya. Pero la plena bendición de la tierra no había llegado aún. Años atrás, David había orado, "tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud" (Sal 143:10). David sabía que no se trataba de ocupar un terreno físico sin más, sino de vivir fieles al Señor en un lugar que sería el anticipo de la implantación del reino de Dios en todo el mundo. Para eso, hacían falta corazones cambiados, por la obra del Redentor. Pero él llegaría, y el significado latente de la fiesta de tabernáculos se cumpliría en toda su plenitud. La fecha anuncia el alcance de la salvación: sería un reino de Dios en todo el mundo. "La tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Is 11:9).
Para el cristiano, la certeza de heredar el mundo entero anima a la generosidad. Cuando Jesús dice a los discípulos que no teman, que vendan lo que tienen, y que den limosnas, es porque "al Padre le ha placido daros el reino" (Lc 12:32-34). La esperanza de reinar con Cristo también anima al sacrificio. Jesús promete que todos los que dejan algo por amor a él, en el camino del servicio, serán ampliamente recompensados en el reino (Mt 19:29). Esta esperanza hace que el sufrimiento pierda importancia: si somos coherederos de Cristo, padeciendo con él para luego reinar con él, entonces podemos contemplar las dificultades como poca cosa. A la luz del reino, son una "leve tribulación momentánea" que abrirá paso a un eterno peso de gloria (Ro 8:17) (2 Co 4:17). La visión de un futuro reino de Dios pone las cosas en perspectiva; ayuda al cristiano a andar en sabiduría, con un espíritu benigno y un único afán de serle fiel a Cristo. Pablo exhorta a los corintios a la paz, diciendo "todo es vuestro" (1 Co 3:21-23). Se refiere a la promesa de heredar al mundo, de reinar con Cristo en esta tierra. "¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?" (1 Co 6:3). La visión de un reino mundial de Dios es el punto de partida para las oraciones del cristiano: "venga tu reino". También lo motiva a trabajar con la luz del evangelio que ha recibido. La parábola de los talentos (Mt 25) y de las minas (Lc 19) coinciden en este punto. El dinero que el señor deja a sus siervos, para que negocie con él hasta que vuelva de viaje, se refiere al evangelio. Estamos llamados a aumentar lo que hemos recibido, a trabajar con el evangelio para que crezca y toque más y más vidas, y todo ello en la esperanza del retorno del Señor para reinar sobre el mundo entero. Inaugurará su reino, pero ahora nos toca a nosotros recoger a los súbditos, para que ellos también participen en la bendición.

El cumplimiento en Jesucristo

El evangelio de Juan narra un suceso que ocurre durante los siete días de la fiesta de Tabernáculos (Jn 7:2,10). Jesús sube a Jerusalén y aparece en el templo enseñando, insistiendo repetidamente que él viene enviado por Dios (Jn 7:18,28,29,33). La curación del paralítico de Betesda a que se refiere Jesús (Jn 7:23) ilustra la intención final de la obra de redención: sanar la parálisis espiritual de los hombres, es decir, superar su incapacidad innata para andar en los caminos del Señor. El paralítico de Betesda había llevado treinta y ocho años enfermo (Jn 5:5), justo como la nación de Israel había vagado treinta y ocho años en el desierto, después de su negativa en Cades-Barnea a subir a poseer la tierra prometida (Nn 14:1-10). Pero Jesús había tomado la iniciativa, se había acercado al hombre, y lo había sanado completamente (Jn 5:6-9).
Sanar la incapacidad humana era lo que Dios había prometido con el anuncio de un pacto nuevo: "Os daré corazón nuevo... y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mi estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra" (Ez 36:26-27). El Señor iba a redirigir la tendencia del corazón hacia la obediencia, y luego aumentar la sensibilidad del corazón con la presencia de su propio Espíritu: "y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí" (Jer 32:40). El primer paso para todo ello, sin embargo, sería la invitación. El hombre tiene que desear el cambio. Jesús pregunta al paralítico, "¿Quieres ser sano?", justo como Dios había dicho a través de Isaías, "Inclinad vuestro oído, y venid a mí: oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David" (Is 55:3).
Jesús amplía a todo el pueblo la invitación que había lanzado a un solo hombre al lado del estanque de Betesda, cuando alza la voz en el último y gran día de la fiesta (Jn 7:37-39). Era un momento dramático, cuando el sumo sacerdote encabezaba una procesión hasta el estanque de Siloé, recogía agua en una jarra (agua conducida al estanque desde el manantial de Gihón), y la derramaba delante de todos. El rito simbolizaba la provisión de la salvación que el Señor daría algún día, acercando el "río de Dios" a cada cual. Jesús anuncia que él suplirá otra agua (agua de vida), que procederá de otro manantial (dentro del corazón de cada uno que cree en él), y en otra cantidad (en vez de una jarra, será todo un río). Se refiere al nuevo pacto que Dios haría con cada uno que creyera en él como el Hijo prometido de David:
(Jn 7:37-38) "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva."
Todo este panorama viene anticipado en las reuniones del capítulo ocho de Nehemías. Es el mismo lugar: la plaza delante de la Puerta de las Aguas, al lado del estanque de Siloé. Es la misma fecha: la fiesta de tabernáculos. Es la misma promesa: un nuevo pacto en virtud de la promesa hecha por Dios a David, de sentar a uno de su linaje sobre el trono para reinar eternamente. Sería el reino de Dios, y los que aceptaban la invitación participarían en todos los beneficios del nuevo pacto: un corazón cambiado y la presencia del Espíritu divino, en fin, una fuerte influencia doble en su interior, que los movería al amor y la fidelidad al Señor. Superada su incapacidad innata, andarían con gozo en los caminos del Señor.
El anuncio de Jesús en la fiesta de Tabernáculos confirma que Nehemías, al convocar al pueblo en la plaza frente a la Puerta de las Aguas, había previsto lo que sería la experiencia de la salvación: sería como un manantial de agua que brotaba desde dentro, dando limpieza, refrigerio, y vida nueva. También había previsto, con su invitación a gozarse (comiendo, bebiendo, enviando porciones a los que no tienen), lo que sería la garantía de la salvación: el descendiente de David que llegaría a poner en marcha una nueva relación entre Dios y las personas. Con la fecha, la semana de la fiesta de tabernáculos, Nehemías había anticipado la plenitud del cumplimiento de todo el plan divino, con la llegada del reino de Dios. La fiesta de tabernáculos anticipaba el alcance de la salvación.
Nehemías dirige la mirada de la gente a Jesucristo como objeto de adoración y como sustento de la vida. El lugar, el mensaje, y la fecha de las reuniones del capítulo ocho anuncian que Jesucristo es un sustento bendito por lo que da, por lo que es, y por lo que hará en el mundo entero.

Comentarios

Venezuela
  Aldubar  (Venezuela)  (03/08/2015)
Excelente estudio. Justo lo que buscaba El Espíritu Santo me guió a encontrarlo en esta exégesis del libro de Nehemias. Como ve en este libro reflejado a Cristo. Bendecidos sean todos cada día.
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