Estudio bíblico: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! - Juan 7:40-52

Serie:   El Evangelio de Juan   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! - Juan 7:40-52

(Jn 7:40-52) "Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.
Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho? Respondieron, y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta."

Jesús causa de división

A lo largo de todo este capítulo hemos estado viendo las reacciones de la gente a la revelación que el Señor Jesucristo hizo de sí mismo, y una y otra vez se ha subrayado la resistencia que experimentaban las personas para aceptar que él era el enviado del Padre. Esto mismo ya había sido anticipado por el evangelista en su prólogo:
(Jn 1:9-11) "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron."
En realidad, esta lucha entre la luz y las tinieblas la vemos a través de todo el evangelio de Juan y sirve para revelar el grave estado en que se encuentra el corazón humano. Por eso es ingenuo pensar que las buenas nuevas de salvación van a tener una cálida recepción cuando sean anunciadas al mundo. Quizá podemos pensar que las personas no se convierten porque no se les ha explicado correctamente la verdad del evangelio, o porque no han tenido la oportunidad de conocer a un cristiano que viva de forma coherente con la fe que profesa, y aunque es cierto que en muchos casos esto puede tener algo que ver con su rechazo al mensaje del evangelio, sin embargo, nada de todo ello se podía aplicar a las personas que tuvieron la ocasión de entrar en contacto con Jesús. Por un lado, la claridad de su enseñanza causaba una profunda admiración aun entre sus más acérrimos opositores (Jn 7:46), por otro lado, comprendían que era imposible que alguien pudiera hacer más señales que las que él hacía (Jn 7:31), y en cuanto a su vida, él pudo dirigirse a sus enemigos y preguntarles sin temor cuál de ellos le podía redargüir de pecado (Jn 8:46). Así que la causa de su resistencia a creer en Jesús se debía únicamente a la rebeldía de sus corazones y a su falta de deseos de hacer la voluntad de Dios (Jn 7:17). Y, por supuesto, esto no era sólo un problema de aquellos judíos que estaban allí escuchando a Jesús, sino que es un mal que afecta a toda la humanidad en todos los tiempos. El mundo no anhela, ni tampoco está dispuesto a conocer a Dios y entablar una relación personal con él. Esto se hace cada vez más claro en la época en que vivimos ahora. Aun así, cuando el hombre es enfrentado directamente con la persona de Jesús y su mensaje, inmediatamente intenta justificar su incredulidad con las más variadas excusas y razonamientos. Pero en el fondo del problema lo que persiste es la rebeldía del corazón humano contra su Creador. Como veremos en este pasaje, los judíos intentaron disfrazar esta rebeldía haciendo preguntas religiosas y fingiendo interés espiritual, pero en realidad, como el Señor ya les había dicho, no querían ir a él para tener vida (Jn 5:40).
En los pasajes anteriores tuvimos ocasión de considerar cómo con toda paciencia el Señor había dado respuesta a aquellas dudas que le habían planteado los judíos, pero ahora había llegado el momento en que debían tomar una decisión en cuanto a él, y por eso, en el párrafo que ahora estudiamos, no vamos a ver ninguna intervención del Señor. Ahora eran ellos los que debían decidir qué iban a hacer con Jesús. Por así decirlo, el mismo Señor se sometía a ser juzgado por sus oyentes, pero como ya les había advertido, debían "juzgad con justo juicio" (Jn 7:24).
Y del mismo modo, cuando el evangelio se predica en este mundo, todo oyente ha de decidir de qué lado se va a poner, porque no hay espacio intermedio. Ahora bien, identificarse con Jesús implicará necesariamente enfrentar la oposición del mundo. Los judíos con los que Jesús había tratado tendrían que luchar contra su temor a las autoridades religiosas, puesto que cualquiera que creyera en él se constituiría inmediatamente en objetivo de su ira y menosprecio (Jn 7:46-49). Este conflicto entre la luz y las tinieblas perdura en el día de hoy, haciéndose patente cada vez que una persona se interesa por el evangelio. Y como anticipó el Señor Jesucristo, esta lucha se puede manifestar en los ámbitos más variados de la vida:
(Mt 10:34-39) "No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará."

Diversidad de opiniones sobre Jesús

En el pasaje anterior consideramos la invitación de Jesús: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" (Jn 7:37). Esto sirvió para que la gente que le escuchaba comenzara nuevamente a discutir sobre quién era Jesús.
En ninguna época el Señor Jesucristo ha pasado desapercibido. Los hombres siempre han tenido una opinión de él, sea buena o mala. Lamentablemente, con demasiada frecuencia, muchas de las ideas extrañas acerca de Jesús han surgido del desconocimiento de la Biblia. Como dice el refrán, "la ignorancia es muy atrevida", y muchas personas que no han leído la Biblia completa ni siquiera una vez, no dejan de opinar y hablar mal de ella y del Señor Jesucristo. Pero para conocer cualquier cosa es imprescindible invertir tiempo, y son pocos los que se esfuerzan en averiguar cuál es la verdad acerca de Jesús. La mayoría prefiere repetir los mismos comentarios que han escuchado de otros, pero no están dispuestos a averiguar por sí mismos la verdad.
Esta falta de conocimiento lleva a muchos en nuestros días a expresar las más diversas opiniones sobre quién es Jesús. Como vamos a considerar a continuación, entre los judíos había dos opiniones que parecían sobresalir. Algunos pensaban en él como "el profeta" prometido a Moisés (Dt 18:15-18), mientras que otros iban más allá y se atrevían a afirmar que era "el Cristo".

"¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén ha de venir el Cristo?"

Estas opiniones favorables acerca de Jesús rápidamente encontraron oposición entre algunos que con buena base bíblica advirtieron que el Mesías tendría que venir del linaje de David (2 S 7:12-17) y nacer en la aldea de Belén (Mi 5:2).
Su argumento era completamente cierto, pero una investigación de los hechos rápidamente habría aclarado que aunque Jesús se había criado en Nazaret, su nacimiento había tenido lugar en Belén y que además era de la casa y familia de David (Lc 2:1-7). El evangelista Juan no aclara este punto aquí porque da por sentado que sus lectores ya conocen este hecho. Y ellos mismos también habían oído acerca de su nacimiento (Jn 8:41), pero prefirieron prestar atención a otros detalles que podían malinterpretar, como su nacimiento virginal, y así sentirse con la libertad para dejar a un lado el hecho de que realmente había nacido en Belén y provenía de la familia de David.

El intento de prender a Jesús

Entre todas aquellas personas estaban también los alguaciles, que eran la guardia del templo al servicio del Sanedrín. Estos habían recibido la orden de buscar la oportunidad de prender a Jesús. Sin embargo, fueron incapaces de cumplir con su misión, y eso a pesar de que Jesús hablaba abiertamente en el templo, donde ellos ejercían su autoridad. Así que tuvieron que regresar con las manos vacías y dar cuenta de su fracaso ante los principales sacerdotes y fariseos, sabiendo que serían reprendidos por ello. ¿Por qué no fueron capaces de prender a Jesús?
La principal razón la encontramos en el hecho que el evangelista ya había adelantado: "Aún no había llegado su hora" (Jn 7:30). Toda la autoridad y poder de los alguaciles quedaba reducida a nada en tanto que el Padre no lo permitiese. El Señor Jesús explicó este mismo principio a Pilato:
(Jn 19:10-11) "Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene."
Por eso, cuando llegó su hora (Jn 17:1), estos mismos alguaciles que antes no habían podido hacer nada contra él, fueron los que en el huerto de Getsemaní se encargaron de arrestarlo y llevarlo ante el sumo sacerdote (Jn 18:12-13).

"Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre"

La otra razón por la que no le habían arrestado era porque ellos también habían quedado fascinados por la enseñanza de Jesús. Es muy significativo que estos hombres, que constantemente estaban en el templo vigilando todo lo que allí se hacía, y que habrían escuchado infinidad de veces a los mejores oradores del judaísmo, sin embargo no lograron ocultar delante de los principales sacerdotes y de los fariseos que "jamás hombre alguno ha hablado como este hombre".
Es extraño que hombres de su oficio, que no se dejan arrebatar fácilmente por discursos públicos, quedaran absortos escuchando a un rabino en el templo, pero es que el Señor Jesucristo no era un rabino más, era el mismo Hijo de Dios, el Cristo prometido. Así que, a pesar de la reprimenda que de sobra sabían que se iban a llevar, no tuvieron otra opción que admitir su admiración por Jesús, y en el informe que presentaron ante el Sanedrín, toda la guardia estuvo de acuerdo en confesar que en su vida no habían escuchado a otro hombre que hablara como Jesús. Tenían la sensación de que había algo sobrenatural en él y se encontraron impotentes para prenderle. Realmente, parece que eran ellos los que habían quedado cautivados con las palabras de Jesús.
Así que, en lugar de obedecer de forma mecánica las ordenes de sus superiores, se atrevieron a presentar su propia opinión personal sobre Jesús como razón para el incumplimiento de la orden que habían recibido. Todo el mundo sabe que las cosas no funcionan así. Un policía no tiene que cuestionar las ordenes de un superior, lo que debe hacer es cumplirlas. Así que ellos se estaban metiendo en un serio problema.
Pero, ¿cómo podían quedar indiferentes ante la Palabra del mismo Hijo de Dios? Esta misma admiración por las palabras de Jesús ha sido experimentada también por millones de personas en todas las épocas, porque su voz sigue resonando todavía por medio de su Palabra escrita.

"¿También vosotros habéis sido engañados?"

Como era de esperar, el testimonio de los alguaciles enfureció a sus superiores. ¿Qué derecho tenían estos subordinados a pensar por su cuenta? Seguramente se alarmaron cuando vieron que el poder que tenían sobre ellos se les estaba yendo de las manos por causa de Jesús. En realidad, aunque no lo dijeran, lo que más les preocupaba era la pérdida de su posición social, y aun más, que el beneficiario fuera Jesús. De ninguna manera iban a aceptarlo sin luchar contra ello.
Lo primero que hicieron fue acallar a los alguaciles, pero no con argumentos racionales, sino haciéndoles objeto de su sarcasmo despectivo: "¿También vosotros habéis sido engañados?". ¿Quiénes eran ellos para ir en contra de la autoridad de los grandes y entendidos en materia religiosa? Si todos ellos estaban de acuerdo en rechazar a Jesús, cualquiera que pensara de otra forma necesariamente estaría equivocado.
Esta actitud de superioridad y desprecio fue la que mantuvieron siempre frente a todo aquel que salía en defensa de Jesús. Pronto lo volveremos a ver en el caso de Nicodemo (Jn 7:50-52) y también con el ciego sanado que encontramos en el capítulo 9.
(Jn 9:29-34) "Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer. Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron."
Este tipo de respuestas ha caracterizado el espíritu del clero en todos los tiempos. Ellos se colocan entre Dios y los hombres y quieren que todos los hombres acudan a ellos si quieren tener una relación personal con Dios. Hacen creer a la gente que son ignorantes y que por ellos mismos no pueden llegar a conocer a Dios. De este modo los apartan de la Palabra de Dios y los hacen depender de lo que ellos les dicen. Siempre es más fácil manipular a aquellos que desconocen la Palabra, y ellos lo saben. Quieren personas que no piensen por su cuenta, sino que simplemente se dejen llevar por lo que se les dice, y por eso tampoco hacen nada por enseñarles la Palabra. Pero Dios quiere tener una relación directa con el pecador, sin ningún otro mediador que no sea Jesucristo (1 Ti 2:5).
Esta fue durante siglos la posición de la Iglesia Católica. Que nadie estudiara la Palabra porque sólo los especialistas pueden sacar el verdadero sentido, el pueblo comete equivocaciones muy graves. Este fue el espíritu con el que juzgaron en la inquisición a muchas personas.

"¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?"

Los fariseos estaban furiosos. Estos "expertos religiosos" no podían soportar que unos alguaciles que ellos consideraban incultos les llevaran la contraria. No podían ocultar su desprecio hacia Jesús, pero tampoco tenían razón alguna para mantener una actitud así frente a él, por lo tanto lo único que pudieron alegar fue el débil argumento de que ninguna persona importante había creído en él. Desde su perspectiva, los seguidores de Jesús eran gente sin importancia, ignorantes e impíos.
Y es cierto que desde su origen la causa de Cristo raras veces ha tenido a los gobernantes religiosos a su lado. La negación de sí mismos y el tomar la cruz son requisitos demasiado duros para tales personas. La "palabra de la cruz es locura" para ellos y ridiculizan el cristianismo llamándolo "el opio del pueblo", como si fuera una suave droga que sólo sirve para evadirse de las realidades de este mundo. El apóstol Pablo también hablo de esto mismo cuando les escribió a los Corintios:
(1 Co 1:26-29) "Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia."

"Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es"

Con mucha frecuencia se repite el caso de creyentes sencillos y fieles que poseen un conocimiento rudimentario de las Escrituras, pero llegan a una comprensión íntima y experimental del Señor y de la misma Palabra de Dios, que supera con mucho a los amplios conocimientos bíblicos de exégetas y teólogos de fama mundial. Y esto era lo que los fariseos estaban enfrentando en este momento. Estaban enojados porque los alguaciles habían fracasado en su intento de prender a Jesús y contemplaban encolerizados cómo conseguía el apoyo popular allí mismo, en el templo que ellos dirigían. Así que explotaron y dieron rienda suelta a su escarnio en aquella gente que no conocía la ley: "Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es".
La implicación de sus palabras era que si aquellas personas conocieran la ley, no serían engañados por Jesús. Pero la realidad era justo la contraria. El Señor les había exhortado a hacerlo:
(Jn 5:39) "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí."
Claramente los fariseos intentaban explicar la popularidad de Jesús en base a la ignorancia del pueblo respecto a la ley. Sin embargo, usaban su argumento de una forma incorrecta.
Es cierto que la ignorancia de la Palabra nunca puede conducir a un verdadero conocimiento de Dios, ni tampoco a una adoración agradable (Jn 4:22). Con mucha facilidad, quienes la desconocen son "llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error" (Ef 4:14). Es más, los fariseos tenían razón al afirmar que el pueblo que no oye la voz de Dios está bajo su maldición (Dt 28:15). Y en este sentido, debemos tomar en serio estas palabras y esforzarnos cada día más en conocer la Palabra de Dios y en obedecerla.
Pero un verdadero conocimiento de Dios nunca llevará a nadie a despreciar a los que no lo tienen. Y en las palabras de los fariseos había mucho desprecio hacia el pueblo que ellos consideraban ignorante. Esta actitud de los dirigentes judíos que vemos aquí en el evangelio está bien documentada también en otros escritos judíos. Era indescriptible el desprecio que sentían hacia la gente sencilla y sin letras. Su orgullo intelectual les llevaba a pensar que su opinión no valía nada, y lo que pensaran de Jesús importaba poco.

Nicodemo

Pero el Señor no sólo tenía seguidores entre las clases más humildes, sino que allí mismo, entre las autoridades del templo, Nicodemo, uno de los miembros del sanedrín, también era un discípulo de Jesús. Dios siempre tiene un remanente de hijos suyos en los lugares más insospechados (1 R 19:18).
Nicodemo era uno de esos hombres que sí que se había acercado a Jesús para investigar la verdad (Jn 3:1-15). Y en aquella entrevista nocturna que había mantenido con el Señor, vio confirmadas ampliamente las expectativas con las que había llegado: "Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él" (Jn 3:2). A partir de ese momento es probable que se convirtiera en uno de los discípulos secretos de Jesús (Jn 19:38-39).
Sin embargo, su conciencia no le permitió permanecer en silencio cuando escuchó a sus compañeros del sanedrín menospreciar a Jesús. No se atrevía a hablar abiertamente a su favor, así que adoptó la aptitud de un rabino, pronunciando una sentencia totalmente correcta que ponía en tela de juicio la actitud del sanedrín: "¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y conoce lo que está haciendo?".
Lo que vino a decir es que ellos conocían la ley pero no la cumplían (Dt 1:16). Se desautorizaban a sí mismos cuando juzgaban a un hombre sin una audiencia limpia y sin un cuidadoso examen de sus obras. En realidad, ellos eran peores que aquellos a los que menospreciaban por desconocer la ley, porque ellos la conocían, pero no la cumplían.
A partir de ese momento Nicodemo se convirtió en el centro de las críticas, pero a él no le podían acusar de ser un ignorante de la ley, porque era reconocido como "un principal entre los judíos" (Jn 3:1) y "maestro de Israel" (Jn 3:10). Con su crítica del procedimiento que el sanedrín estaba ejerciendo contra Jesús, desmontó todos los argumentos con los que ellos habían menospreciado al Señor. ¿Cómo le responderían?

"Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado un profeta"

Sorprendidos por el desafío de Nicodemo, reaccionaron apelando nuevamente a un argumento que no encontraba ninguna justificación bíblica. Es curioso que aquellos que se sentían maestros de la ley no pudieran encontrar en la ley ni un sólo argumento con el que poder desacreditar a Jesús. De hecho, tampoco fueron capaces de contestar a la pregunta de Nicodemo, sino que su táctica consistió en cambiar de tema. Quedó claro que no estaban dispuestos a examinar la evidencia que Jesús había presentado. En realidad, ellos ya habían decidido su veredicto de culpabilidad y nada ni nadie les haría cambiar de opinión. Así que la exhortación de Nicodemo a examinar a Jesús quedó inmediatamente desestimada.
Su nuevo argumento se basaba en el hecho de que Jesús provenía de Galilea, y como ellos despreciaban también aquella región, concluyeron que de allí no podría salir nunca un profeta. Creían además que su argumento encontraba apoyo en la historia de Israel: "Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado un profeta".
Pero su razonamiento era falso. Ellos no tenían en cuenta que el profeta Jonás era hijo de Amitai, quien moraba en Gat-hefer (2 R 14:25) (Jon 1:1), un pequeño pueblo en Galilea a pocos kilómetros de Nazaret. Y la Escritura hace mención de muchos otros profetas anónimos de los que no se sabe con exactitud su procedencia, pero muy probablemente los había también de Galilea. Pero sus prejuicios les cegaba la mente de tal manera que no podían hacer una evaluación objetiva del asunto. Pero incluso, aunque hubiera sido cierto que nunca se hubiera levantado un profeta de Galilea, ¿por qué esto iba a ser imposible para Dios? ¿Pierde acaso valía, dignidad o virtud una persona por haber nacido en una región pobre y oscura? Pudiera ser que para los hombres sí, pero para Dios esto nunca ha sido un impedimento.
Estaba claro que lo que estaban haciendo era atacar y menospreciar a Nicodemo acusándole de asociarse con los galileos simpatizantes de Jesús. No olvidemos que para los líderes judíos de Jerusalén los galileos eran considerados como pueblerinos insignificantes. En Galilea los judíos convivían muy cerca de los gentiles y por eso los consideraban impuros. Y por supuesto, de ninguna manera estarían dispuestos a creer que de un sitio así pudiera surgir la esperanza mesiánica. Pero ignoraban que precisamente el profeta Isaías había hablado de esto:
(Is 9:1-2) "Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos."
Así terminó este incidente en el que Nicodemo había quedado solo ante el resto del sanedrín. Pero esto no logró apagar su fe, y volveremos a encontrarnos nuevamente con él cuando más tarde ayudó a José de Arimatea en lo relacionado con la sepultura de Jesús. Allí veremos a un Nicodemo mucho más valiente y totalmente comprometido con el Señor (Jn 19:39-42). Y es que las pruebas nunca pueden acabar con la fe verdadera, sino que de hecho lo que hacen es fortalecerla.

Preguntas

1. Busque tres ocasiones en el evangelio de Juan en que se manifiesta la lucha entre la luz y las tinieblas. Explíquelas brevemente.
2. En este pasaje, ¿qué opiniones tenían los judíos acerca de Jesús? Explique su significado.
3. ¿Por qué los alguaciles fueron incapaces de prender a Jesús?
4. Explique los argumentos que usaron los principales sacerdotes para desprestigiar a Jesús.
5. Analice la afirmación de los fariseos: "Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es". ¿Le parece que es una afirmación correcta? ¿Cree que era justo usarla para referirse a los seguidores de Jesús?

Comentarios

Chile
  Arnoldo Greene Orellana   (Chile)  (26/11/2014)
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Para mi es una bendición leer estudios de la Palabra,por que no tengo la interpretación de lo que me quiere hablar o decir nuestro Padre
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