Estudio bíblico: Sois de vuestro padre el diablo - Juan 8:39-47

Serie:   El Evangelio de Juan   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Sois de vuestro padre el diablo - Juan 8:39-47

(Jn 8:39-47) "Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios."

Introducción

Anteriormente vimos que muchos habían llegado a creer en Jesús después de que él les hablara de ser "levantado" por ellos (Jn 8:28-30). Evidentemente él se estaba refiriendo a ser "levantado" en una cruz, pero ellos pensaron que les hablaba de ser el líder de un "levantamiento" popular contra los romanos. Pero como Jesús les intentó explicar, esto que ellos tanto anhelaban, no les habría dado la verdadera libertad que él sí que iba a conseguir por medio de su obra en la Cruz. Así que, después de que el Señor hiciera algunas aclaraciones al respecto, quedó fuera de toda duda que aquellos "creyentes" sólo estarían dispuestos a seguirle en tanto que él se ajustara a sus expectativas políticas y espirituales, algo que Jesús no iba a hacer. A partir de ahí, aquellos que inicialmente parecían ser creyentes, se volvieron férreos opositores, llegando incluso a intentar matarle (Jn 8:59). Ante estos hechos nos vimos obligados a preguntarnos quién es un verdadero creyente, porque lo cierto es que al igual que aquellos judíos, sigue habiendo muchos que sólo están dispuestos a creer en un Jesús a quien ellos han creado siguiendo sus propios deseos, pero dejaran de hacerlo tan pronto como les sea revelada por la Palabra la verdadera identidad de Jesús y sean enfrentados con sus enseñanzas.
Ahora nos encontramos ante un nuevo párrafo donde Jesús discute con sus oyentes acerca de quiénes son los verdaderos hijos de Dios y cómo han de comportarse.

"Nuestro padre es Abraham"

Al terminar el estudio anterior vimos que Jesús afirmó con claridad que aquellos judíos no eran hijos de su Padre celestial, sino que tenían otro padre, y si bien en ese momento no dijo a quién se refería, ahora veremos que les estaba hablando del mismo diablo.
Como era de esperar, las palabras de Jesús irritaron nuevamente a los judíos, que rápidamente respondieron volviendo a afirmar que eran descendientes de Abraham (Jn 8:39), lo que según ellos, implicaba necesariamente ser también hijos de Dios (Jn 8:41).
Este pensamiento estaba muy arraigado en sus mentes, pero era falso y terriblemente peligroso. Ya vimos que la dignidad de ser hijos de Dios no se adquiere por herencia familiar, sino que requiere de un nuevo nacimiento espiritual:
(Jn 1:12-13) "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios."
(Jn 3:3) "Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios."
Juan el Bautista también les había advertido muy seriamente acerca de esta vana confianza que ellos tenían en el hecho de ser descendientes de Abraham:
(Lc 3:7-9) "Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego."
En otra ocasión, el mismo Señor había explicado que en el reino de los cielos habría muchos que no siendo descendientes de Abraham se sentarían con él, mientras que otros que sí lo eran, serían echados fuera:
(Mt 8:11-12) "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes."
Queda claro, por lo tanto, que la salvación es una experiencia espiritual y que el nacimiento humano no tiene nada que ver con ella.
Además, los judíos no tomaron en cuenta el hecho de que no todos los descendientes naturales de Abraham formaron parte del pueblo de Dios. Ese fue el caso de Ismael (Gn 21:9-12), Esaú (Gn 25:19-34), o los hijos que tuvo con Cetura (Gn 25:1-6). Esto les tendría que haber hecho reflexionar sobre el hecho de que no toda la descendencia física de Abraham tenía garantizada su pertenencia al pueblo de Dios. En esto mismo incide también el apóstol Pablo:
(Ro 9:6-7) "...Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia."
¿Cuál era el problema de los judíos? Ellos tenían profundamente asumido que eran el pueblo elegido de Dios a quienes pertenecían los pactos y las promesas. Vivían en Jerusalén, la ciudad elegida por Dios para establecer su presencia en este mundo. Allí estaba el templo y los sacerdotes judíos, los únicos autorizados para ofrecer sacrificios aceptables a Dios. Ellos eran los depositarios de la Palabra de Dios que había sido revelada a través de los profetas judíos... El apóstol Pablo enumera algunos de estos privilegios en (Ro 9:4-5).
Pero ellos perdieron de vista que todos estos privilegios que habían recibido tenían como finalidad llegar a ser una fuente de bendición para todas las demás naciones. Dios mismo se lo había expresado con claridad a Abraham: "En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra" (Gn 18:18) (Gn 22:18) (Gn 26:4).
Los judíos habían olvidado sus responsabilidades y sólo pensaban en sus privilegios, lo que les producía un profundo orgullo y satisfacción que les llevaba a sentirse superiores a las demás naciones e incluso a despreciarlas.
Desgraciadamente, el orgullo religioso arraiga con mucha facilidad en el ser humano, creando en él una falsa sensación de seguridad y de superioridad. Y lo más triste es que este orgullo impide escuchar lo que el Señor nos quiere decir. Este fue el problema de los judíos y sigue siendo el de muchos hoy en día. ¡Cuántos hay que por el simple hecho de ser católicos, protestantes o evangélicos, ya no ven necesario llegar a tener una relación personal con Jesús o leer la Biblia para escuchar lo que él les quiere decir! Los judíos confiaban en que al haber sido circuncidados a los pocos días de nacer, por este simple hecho ya formaban parte del pueblo elegido de Dios, y de igual manera, muchos católicos piensan que al haber sido bautizados de niños ya forman parte de la iglesia de Cristo. Y otro tanto de lo mismo ocurre con el hecho de ser miembros de una buena iglesia o tener padres cristianos. Ninguna de estas cosas prueban que seamos auténticos creyentes. Es necesario estar unidos a Cristo por una fe viva que se manifieste por medio de una vida digna de él.

"Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais"

Si los judíos habían de recibir algún beneficio por ser descendientes de Abraham, no sería por pertenecer a su genealogía física, sino a la espiritual.
Ya hemos dicho que Abraham tuvo varios hijos, pero sólo uno de ellos iba a ser el depositario y transmisor de las bendiciones de Dios. Éste sería Isaac, el hijo de la promesa que anticipaba a Cristo:
(Ga 3:16) "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo."
Por lo tanto, si querían heredar la bendición de Abraham, tendrían que creer en Cristo:
(Ga 3:29) "Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa."
Y por otro lado, si afirmaban ser hijos de Abraham, deberían parecerse a él, algo que tampoco era cierto, como el Señor les va a demostrar.
Porque al fin y al cabo, lo realmente importante era la semejanza espiritual con el patriarca, y no el hecho de formar parte de su descendencia física. Y en este sentido, quedaba fuera de toda duda que ellos no manifestaban la misma disposición espiritual de Abraham.
(Jn 8:40) "Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham."
Jesús les mostró dos cosas en las que no se parecían a Abraham y que probaban que no eran sus hijos. En primer lugar sus deseos homicidas contra Jesús, y en segundo lugar, que cerraban sus oídos a la verdad que Jesús les hablaba de parte de Dios. Nada de esto había hecho Abraham, quien había manifestado una actitud totalmente diferente cuando recibió a los mensajeros celestiales (Gn 18:1-8).
Nuestras obras dan a conocer de quién somos hijos, y las suyas dejaban claro que sus pretensiones de ser hijos de Abraham no se podían sustentar ante los hechos. De aquí se deduce que su padre era otro, aunque por el momento el Señor no dice quién es, si bien deja una pista muy clara: "Vosotros hacéis las obras de vuestro padre" (Jn 8:41).

"Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación"

Los judíos se sintieron profundamente heridos y parece que usaron la vieja táctica de que la mejor defensa es un buen ataque. Así que, negaron que fueran hijos de un padre desconocido, como si fueran hijos de fornicación, y al mismo tiempo, hicieron una insinuación insultante contra Jesús por las condiciones "extraordinarias" de su nacimiento. Recordamos que tanto Mateo como Lucas recogen el hecho de que María, la madre de Jesús, había concebido del Espíritu Santo antes de casarse con José, algo que los judíos no creían y que les sirvió para hacer comentarios ofensivos contra él, dando a entender que él, y no ellos, era quien había nacido de fornicación.

"Un padre tenemos que es Dios"

Y así, con aire de superioridad, subieron el tono de sus declaraciones, de tal modo que si antes habían dicho que eran "hijos de Abraham", ahora afirman ser "hijos de Dios".
Pero Jesús rechazó también esto con el siguiente argumento:
(Jn 8:42) "Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió."
Los judíos reclamaban ser hijos de Dios, pero al mismo tiempo odiaban y querían matar a aquel a quien Dios mismo había enviado a este mundo. Ambas cosas eran incompatibles.
No olvidemos que la prueba de la presencia divina en alguien es el amor: "todo aquel que ama, es nacido de Dios" (1 Jn 4:7). Cristo los amaba y había venido a dar su vida por ellos en la Cruz, pero ellos le aborrecían con un odio homicida.
Por otro lado, vemos que nuevamente se establece el hecho de que es imposible tener una relación correcta con Dios si no se tiene una buena relación con su Hijo Jesucristo. En estos versículos vemos cuáles son algunas de las características fundamentales de esta relación:
  • Amar al Hijo (Jn 8:42).
  • Oír, escuchar y entender la palabra del Hijo (Jn 8:43,47).
  • Creer en el Hijo (Jn 8:46).
Pero aquellos judíos no cumplían ninguna de estas condiciones, sino que por el contrario luchaban ardientemente en contra de sus propósitos.

"Porque yo de Dios he salido, y he venido"

Lo que ellos habían oído sobre las extrañas circunstancias que habían rodeado el nacimiento de Jesús eran ciertas: José no era realmente su padre. Jesús procedía de Dios y fue concebido por el Espíritu Santo siguiendo el plan del Padre celestial. Por esta razón el Señor no iba a emplear tiempo en reivindicar la paternidad de José, porque la realidad última es que había salido y venido de Dios.
Con esto dio a entender claramente que él existía antes de haber nacido como un bebé en este mundo, de hecho, era su Creador, pero se había encarnado en un hombre para llevar a cabo una tarea mediadora en la tierra.
A continuación añade que esta tarea no había sido una iniciativa propia, actuando en independencia del Padre: "No he venido de mí mismo, sino que él me envió" (Jn 8:42). Así que, aunque los judíos le miraban como un vanidoso pretencioso, la realidad era muy distinta; él había venido a cumplir los deseos de su Padre.

"¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra"

Los judíos habían dado repetidos indicios de embotamiento espiritual. Esto llama mucho la atención en este capítulo, donde una y otra vez hacen preguntas que manifiestan su falta de comprensión de lo que Jesús decía (Jn 8:27). Hagamos un breve repaso de algunas de ellas: "¿Dónde está tu padre?" (Jn 8:19); "¿Acaso se matará a sí mismo?" (Jn 8:22); "¿Tú quién eres?" (Jn 8:25); "¿Cómo dices tú: seréis libres?" (Jn 8:33); "¿Has visto a Abraham?" (Jn 8:57).
Ahora bien, el problema no radicaba en una falta de capacidad intelectual para entender lo que Jesús decía, porque en ese caso el Señor no les habría hecho responsables por ello. Su incapacidad venía originada por su propia naturaleza pecaminosa y por su falta de deseos de hacer la voluntad del Padre.
Esta sordera espiritual ya la habían sufrido sus antepasados antes que ellos y también habían sido reprendidos por los profetas:
(Jer 6:10) "¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan? He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar; he aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosa, no la aman."
(Ez 12:1-2) "Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, tú habitas en medio de casa rebelde, los cuales tienen ojos para ver y no ven, tienen oídos para oír y no oyen, porque son casa rebelde."
(Zac 7:11) "Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír"

"Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer"

Finalmente el Señor aborda la verdadera razón por la que no podían escuchar ni entender su palabra: eran hijos del diablo. Esto lo explicaba todo. Actuaban como él, se identificaban con sus ideas, sentimientos y resoluciones. Tenían la misma naturaleza y por lo tanto, no era de extrañar que actuaran así.
Pudiera ser que físicamente fueran descendientes de Abraham, pero sus obras probaban que espiritualmente eran hijos del diablo. Esto era muy grave.
Ahora bien, observemos que estos hombres no eran gente groseramente inmoral; eran gente religiosa, que en muchos casos gozaban del respeto de sus conciudadanos. Personas que, al menos externamente, vivían de forma piadosa y se esforzaban en cumplir con su religión; iban constantemente al templo, hacían ayunos y oraciones, leían su Antiguo Testamento... Y sin embargo, Jesús afirmó que eran hijos del diablo.
Esta es la paradoja que nos presenta este capítulo: Jesús sufre persecución religiosa, no de las multitudes impías y paganas, sino de personas religiosas que esperaban ansiosamente a su Mesías. ¡Y cuántas veces a lo largo de la historia los peores enemigos de la causa de Cristo han surgido de dentro de la llamada cristiandad!
Por otro lado, es evidente que el Señor no está de acuerdo con aquellos que afirman que todos los hombres son hijos de Dios, o con quienes piensan que lo importante es creer en algo, sea lo que sea. Jesús dijo con toda solemnidad que aquellos religiosos judíos eran hijos del diablo, y lo mismo se puede decir de todos aquellos que se oponen a Cristo y a su mensaje.

"El ha sido homicida desde el principio"

A continuación el Señor nos enseña algo acerca de la existencia y el carácter del diablo. En primer lugar debemos decir que para el Señor no había ninguna duda sobre la existencia del diablo y su terrible influencia en este mundo. Satanás no es un personaje de ficción o un producto de la imaginación humana; es alguien real que ha venido actuando en este mundo "desde el principio". Seguramente debamos entender este "principio" como una alusión al comienzo de la historia del hombre, cuando en el Edén, mediante sus mentiras, el diablo hundió a la humanidad en la muerte espiritual y física (Gn 3).
Y también debido a su influencia, Caín mató a Abel:
(1 Jn 3:12) "... como Caín, que era del maligno y mató a su hermano ..."
Y siguiendo el principio establecido por el Señor de que los hijos heredan la naturaleza de su padre, aquellos judíos demostraban con sus acciones que eran hijos del diablo. Ellos también participaban de los mismos deseos homicidas cuando querían matar a Jesús. Demostraban de ese modo que no eran hijos de Dios:
(1 Jn 4:7-8) "Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor."
En segundo lugar el Señor añade que el diablo ha sido desde el principio un mentiroso y padre de mentira:
(Jn 8:44) "... El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira."
La mentira es el arma favorita del diablo y con ella ha conseguido la muerte de muchos. Él se encarga de hacernos creer que lo bueno es malo y lo malo bueno, nos conduce por el camino ancho que lleva a la perdición haciéndonos creer que por él encontraremos la felicidad eterna, nos induce a pensar que Dios no nos ama, sino que sólo quiere asfixiarnos con sus constantes prohibiciones... Sus mentiras y falsedades no tienen límite y ha conseguido engañar al mundo entero con ellas, aunque no será así para siempre:
(Ap 12:9) "Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él."
En contraste con el carácter del diablo, lo distintivo de Dios son el amor y la verdad. Dios nos ama tanto que ha estado dispuesto a entregar a su propio Hijo para que nosotros llegáramos a tener vida eterna. Además, Jesús vino para hablarnos la verdad que había oído junto a su Padre celestial.
Sin embargo, a pesar de las grandes diferencias entre Dios y el diablo, aquellos judíos rechazaron a Jesús, y con ello demostraron que su pretensión de ser hijos de Dios era totalmente insostenible a la luz de sus obras.
El Señor se lamentó de esto: "Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis" (Jn 8:45). Habían llegado a estar tan esclavizados por el pecado y el diablo que amaban la mentira aun de forma consciente. Su estado había llegado a ser muy grave.
Y es doloroso ver a tantas personas que han tomado la misma decisión. Como diría el apóstol Juan en su primera carta, son muy pocos lo que no siguen al diablo:
(1 Jn 5:19) "Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno."
Y nosotros mismos, los que ahora somos creyentes, hubo un tiempo en que también estábamos bajo su dominio, y "éramos por naturaleza hijos de ira lo mismo que los demás" (Ef 2:3). Pero cuando creímos en Cristo fuimos libertados de su poder. Llegamos a conocer la verdad, y la verdad nos hizo libres (Jn 8:32). Sólo él pudo cambiar nuestra naturaleza malvada por medio de su Espíritu Santo y darnos una nueva naturaleza, la de hijos de Dios (Jn 1:12-13) (Jn 3:5-6).
Pero habiendo dicho todo esto, debemos darnos cuenta de que todavía seguimos teniendo un poderoso enemigo que constantemente nos acecha con el propósito firme de lanzarnos en el camino de la destrucción y que no tiene reparos en usar cualquier táctica:
(1 P 5:8) "Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar"
Sin embargo, nada puede hacer contra nosotros si nos refugiamos bajo el poder de Dios.
(Stg 4:7) "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros."
(Ro 16:20) "Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros."

"¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?"

A continuación el Señor les hizo una pregunta que constituía un desafío: "¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?". El tenía una conciencia limpia y no tenía inconveniente en someterse a su escrutinio.
Después de una pausa en la que ninguno pudo responderle nada, el Señor continuó con su argumentación: "Pues si digo la verdad, ¿Por qué vosotros no me creéis?". Con su silencio habían confirmado que no habían encontrado pecado en Jesús, pero aun así, no estaban dispuestos a creer en él. ¿Cuál era la razón por la que se comportaban de una forma tan incoherente?

"El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios"

La única conclusión lógica es que ellos no eran de Dios, sino que como les había mostrado anteriormente, eran de su padre el diablo, y el rechazo y hostilidad que sentían hacia Jesús venía influido por esta condición. Eran hijos del "padre de mentira" y por lo tanto, no era de extrañar que rechazaran a Jesús por decir la verdad.
Finalizamos este estudio considerando un principio bíblico fundamental que no debemos olvidar: todo aquel que se niega a escuchar y obedecer la Palabra de Cristo manifiesta su filiación satánica. En esto se distingue a los verdaderos hijos de Dios de los hijos del diablo.

Preguntas

1. Los oyentes de Jesús, ¿eran salvos por ser hijos de Abraham? ¿Tenían algún beneficio especial por ser sus descendientes? Razone sus respuestas y justifíquelas con citas bíblicas.
2. ¿Piensa que sigue habiendo en el día de hoy personas que confían en su ascendencia religiosa? Si lo cree, ponga algún ejemplo.
3. ¿Cuáles son las características de un verdadero hijo de Dios?
4. ¿Qué aprendemos en este pasaje sobre el diablo? ¿Cuáles son las características de un hijo del diablo?
5. Enumere y explique brevemente algunas de las lecciones y principios que hemos considerado en esta lección.

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