Estudio bíblico: Las circunstancias de Juan al escribir Apocalipsis - Apocalipsis 1:9-10

Serie:   Apocalipsis   

Autor:   Luis de Miguel   Email:   estudios@escuelabiblica.com
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Las circunstancias de Juan al escribir Apocalipsis (Ap 1:9-10)

(Ap 1:9-10) "Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor..."

Introducción

Inmediatamente después de su introducción, Juan pasa a describir la visión que tuvo de Cristo glorificado. Y esto es muy apropiado en este contexto por diversas razones.
Como ya sabemos, el cristianismo estaba siendo duramente perseguido a finales del primer siglo cuando Juan escribió Apocalipsis. Las iglesias sufrían la persecución del Imperio Romano quien consideraba el cristianismo como una depravada y extravagante superstición que se extendía con fuerza por todo el Imperio. Además, consideraban a los cristianos como rebeldes por su negativa a reconocer al César como su autoridad suprema y por no ofrecerle la adoración obligatoria. Tampoco adoraban a ninguno de los dioses del panteón romano, y de hecho, rechazaban toda forma de idolatría. En bastantes ocasiones esta actitud les granjeó el odio de aquellos que vivían de otras religiones, porque vieron peligrar sus negocios al descender la venta de animales para los sacrificios o de los ídolos que los artesanos hacían para el culto y adoración de sus dioses. Además, los cristianos no participaban en las festividades paganas y condenaban los actos inmorales que en ellos se realizaban. A nivel social, enseñaban que todos los hombres eran iguales ante Dios, lo que en ocasiones hizo temer a los romanos que esa actitud pudiera dar lugar a una rebelión de esclavos en el Imperio. Y si todo esto no fuera suficiente, había que añadir un sinfín de falsos rumores que circulaban en aquellos días sobre sus prácticas, entre las que se incluían acusaciones de canibalismo, incesto y otras perversiones sexuales. Todo esto despertó el odio de muchas personas y especialmente de las autoridades romanas contra la Iglesia de Cristo.
Por otro lado, aunque en un principio el cristianismo fue asociado con el judaísmo y gozó de los mismos privilegios que éste tenía como religión lícita, muy pronto la constante oposición de los judíos contra los predicadores cristianos dio lugar a que las autoridades romanas identificaran el cristianismo como una religión distinta, lo que le llevó a perder las libertades que había heredado del judaísmo. A partir de entonces fueron obligados a dar culto al César, algo a lo que se oponían, y por lo tanto llegaron a ser duramente perseguidos.
Con el emperador Nerón comenzaron las primeras persecuciones oficiales contra el cristianismo en Roma. Los siguientes emperadores extendieron esta persecución por todo el Imperio. Al acabar el primer siglo, muchos cristianos habían sido muertos, y de los apóstoles del Señor ya sólo quedaba con vida Juan, que se encontraba desterrado en la isla de Patmos. En estas circunstancias, los creyentes seguían esperando que el Señor viniera a establecer su reino en este mundo tal como él había prometido, pero hasta ese momento no había tenido lugar.
Así que, lo que la iglesia necesitaba urgentemente era ánimo para superar la situación tan sombría que atravesaba. Y la forma en la que el Espíritu Santo lo iba a hacer no era recordándoles que el Señor Jesucristo iba a regresar pronto, aunque sin duda, esto también es un motivo de profundo ánimo para cualquier creyente que sufre en este mundo, pero lo que Juan recibió en ese momento no fue una revelación sobre el futuro, sino sobre el presente. Por eso, lo que vamos a encontrar en los próximos versículos es una descripción del Señor Jesucristo glorificado tal como él está ahora mismo en el cielo. Pero no sólo eso, sino que lo vamos a ver en medio de su Iglesia, que es simbolizada aquí por medio de siete candeleros (Ap 1:12-13). El Señor de la gloria no había abandonado a su Iglesia, sino que seguía cuidándola desde el cielo. Esto tuvo que ser un motivo de esperanza y consuelo para aquellos cristianos que estaban sufriendo la persecución de este mundo.
Y por cierto, hay que decir que este es un patrón que se repite en otras partes de las Escrituras. Por ejemplo, el profeta Isaías también tuvo que desarrollar su ministerio profético en una época muy complicada. Y antes de comenzar, el Señor le concedió una visión de su gloria celestial. Él vio "al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria" (Is 6:1-3). Lo mismo podríamos decir del profeta Ezequiel, quien vivió en los días del cautiverio de Israel en Babilonia, él también tuvo una visión de la gloria divina antes de ser llamado a su ministerio profético; lo podemos encontrar en (Ez 1:1-28).
La conclusión evidente es que frente a las dificultades del ministerio cristiano, ante la persecución o cualquier otra prueba por la que tengamos que atravesar, lo que nos animará y mantendrá en pie será tener claro en nuestras mentes y corazones la gloria única e inigualable del Señor.
Por lo tanto, lo que vamos a encontrar en los próximos versículos es lo siguiente:
  • Es apóstol tuvo su visión en la isla de Patmos, estando en el Espíritu en el día del Señor (Ap 1:9-10).
  • El tema de su visión fue el Hijo del Hombre, de pie en medio de su iglesia (Ap 1:10-20).

¿En qué circunstancias fue dada esta visión?

Otra vez Juan vuelve a tomar la palabra y lo hace identificándose a sí mismo y describiendo las circunstancias en las que se encontraba:
1. "Yo Juan, vuestro hermano"
Es muy poco lo que dice de sí mismo, sólo se identifica como "hermano". Ningún título especial que le colocara en un plano superior.
2. "Copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo"
Ser un "hermano" significa correr la misma suerte.
"En la tribulación"
Aquí dice que es "copartícipe en la tribulación" que las siete iglesias de Asia a las que se va a dirigir estaban sufriendo.
Esta "tribulación" no se refiere a la gran tribulación que precederá a la venida en gloria del Señor, sino que tiene que ver con los sufrimientos y dificultades que todos los creyentes experimentan en alguna medida en la vida cristiana, y que aquellos cristianos en Asia estaban sufriendo de manera especial a manos del Imperio Romano. Recordemos las palabras con las que Pablo exhortaba a los creyentes en Listra, Iconio y Antioquía: "Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Hch 14:21-22). Y en otra ocasión el mismo apóstol escribió desde la cárcel en la que esperaba su ejecución: "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución" (2 Ti 3:12).
"En el reino"
Luego viene una referencia al "reino", que seguramente debamos interpretar como la manifestación final del Señor Jesucristo cuando venga a juzgar a sus enemigos y se siente en el trono a reinar de forma visible en este mundo.
"En la paciencia de Jesucristo"
Y por último, el apóstol es copartícipe con ellos en la "paciencia de Jesucristo". Es interesante ver estas tres cosas en su conjunto: "tribulación", "reino" y "paciencia". En el presente el creyente sufre un tiempo de "tribulación", pero espera la manifestación futura del "reino". En esta situación los creyentes deben esperar con "paciencia".
Y notemos que el Señor Jesucristo es presentado aquí como el ejemplo supremo de paciencia: "la paciencia de Jesucristo". Esta expresión nos lleva a pensar en el Salmo 110, que es ampliamente citado en el Nuevo Testamento porque resume muy bien el mensaje del evangelio. El Salmo comienza diciendo: "Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies" (Sal 110:1). Aquí el Padre invita al Hijo a sentarse en el trono junto a él, lo que indica sin lugar a dudas su naturaleza divina. Ahora bien, el hecho de que se le diga que se siente en el trono implica que antes no estaba sentado. Y la Escritura nos enseña que el Hijo siempre había estado sentado con su Padre en el trono hasta que se hizo hombre y vino a este mundo a salvar a los pecadores (Jn 17:5). Aquí vivió y finalmente murió crucificado, siendo rechazado por los hombres que había venido a salvar. Pero tres días después el Padre le resucitó y le glorificó sentándole a su diestra en la majestad en las alturas. Allí ocupó nuevamente su lugar en el trono donde está ahora mismo. A partir de ese momento se establece un período de espera: "Siéntate hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies". Esto nos indica que en el plan de Dios siempre había habido un intervalo entre la ascensión del Señor Jesucristo a la gloria y su segunda venida. Ahora el Señor está esperando, y esto requiere de una paciencia infinita. Este mundo cometió contra él la mayor injusticia que se ha conocido en esta humanidad, y todavía no se le ha hecho justicia. Él vendrá un día a juzgar a este mundo, pero por el momento tiene paciencia, "no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 P 3:9). Y el Señor nos exhorta aquí a que tengamos el mismo tipo de paciencia mientras sufrimos tribulación en este mundo, porque nosotros también seremos vindicados en su venida.
Como cristianos somos tentados constantemente a intentar escapar del sufrimiento. A nadie le gusta sufrir. Pero hemos de aprender que si queremos ser fieles a Cristo, en alguna medida tendremos que sufrir en esta época en que el mundo lo rechaza. El sufrimiento y el reino son partes inseparables de nuestra herencia en Cristo.
Esto choca con lo que en algunas iglesias se enseña cuando se predica el evangelio. Se asegura que aquellos que acepten a Cristo como Salvador, Dios resolverá todos sus problemas y los bendecirá abundantemente. Pero como estamos viendo, esto no era precisamente lo que los apóstoles enseñaban a los nuevos convertidos, ni tampoco lo que los mismos apóstoles experimentaron en sus propios ministerios (1 Co 4:11-12). Con la fidelidad a Dios viene la persecución. Es una equivocación pensar que la aceptación del evangelio nos va a conducir a una vida fácil.
Pero el libro de Apocalipsis nos va a ayudar a soportar este tiempo de aflicción por medio de las promesas que aquí vamos a encontrar.
3. "Estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo"
Como acabamos de ver, Juan era copartícipe con sus hermanos en la tribulación. En su caso, estaba sufriendo una severa persecución por la causa de Cristo, habiendo sido desterrado a la isla de Patmos junto con otros delincuentes.
Patmos es una pequeña isla del archipiélago del Dodecaneso en el mar Egeo. Tiene forma de media luna y una extensión de doce por seis kilómetros aproximadamente. Debido a su situación geográfica y a su topografía, el gobierno romano utilizaba la isla como un sitio ideal para desterrar a los criminales. Según el historiador romano Tácito, el destierro a tales islas era una forma común de castigo en el primer siglo.
Quizá el apóstol fue tratado con algo más de consideración que otros presos debido a su edad, pero en cualquier caso, el destierro conllevaba la pérdida del honor, en muchos casos la pérdida de los bienes, distintos castigos físicos y trabajos forzados. Aunque es probable que Juan no experimentara muchas de estas cosas, sin embargo, aun la forma más leve de destierro sería muy dura para un hombre de su edad.
Por lo tanto, cuando Juan animaba a sus hermanos de las iglesias de Asia que estaban sufriendo para que se mantuviesen firmes, no lo hacía desde una posición cómoda y segura, sino que estaba implicado en la misma lucha y corría la misma suerte que ellos.
Muchos creyentes en diversas partes del mundo sufren en el día de hoy la misma vergüenza y persecución que soportaron esos creyentes de la antigüedad por su fidelidad a Cristo. Sin embargo, de momento, la mayoría de quienes vivimos en Occidente somos más probados por el materialismo que por la persecución. Aunque esto no quiere decir que nosotros no vayamos a pasar también por diversas pruebas; tal vez la pérdida de un trabajo, o las calumnias por nuestras convicciones cristianas. Y lo que aún es mucho más doloroso; las críticas dentro de la propia iglesia si nos esforzarnos "demasiado" en cumplir la voluntad de Dios. Es triste ver cómo en ocasiones la falta de una persecución externa nos lleva a divisiones y conflictos internos, mientras que aquellos que sufren la oposición del mundo experimentan por lo general una unidad que los lleva a superar las otras barreras.
4. "Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor"
La primera cosa que debemos preguntarnos es a qué día se refiere Juan cuando dice que estaba en el Espíritu "en el día del Señor". Las sugerencias de los comentaristas son varias.
Algunos piensan que Juan fue transportado en el espíritu al tiempo de la Segunda Venida del Señor. Esta interpretación se basa en el hecho de que "el día del Señor" es una expresión que en el Antiguo Testamento siempre se refiere al día en que el Señor vendrá a juzgar a este mundo, y como ya sabemos, en el libro de Apocalipsis vamos a encontrar muchas referencias a ese día que habían anunciado los profetas de la antigüedad. Sin embargo, aunque esto es completamente cierto, lo que Juan va a ver en el resto del capítulo y en los dos siguientes, es una visión del Señor Jesucristo en su estado actual de gloria en medio de las iglesias.
Por eso, hay otros que creen que Juan estaban en el día domingo adorando al Señor en el espíritu (Jn 4:24) cuando tuvo una visión del Señor Jesucristo en su gloria.
Seguramente esta segunda interpretación es más adecuada y nos gustaría pensar un poco más en ella. Sabemos que fue un domingo, el primer día de la semana, cuando el Señor Jesucristo resucitó de los muertos (Mr 16:9), y por esa razón los creyentes comenzaron a reunirse en ese día para recordar su muerte y resurrección (Hch 20:7). Esto es especialmente significativo si recordamos que aquellos primeros creyentes eran judíos para los que el día sagrado siempre había sido el sábado. De esta manera estaban dando testimonio sobre el hecho histórico de la resurrección del Señor Jesucristo, y no sólo eso, sino que cada vez que comían del pan y bebían de la copa, estaban anunciando la muerte del Señor hasta que él vuelva (1 Co 11:26). Por lo tanto, cuando los cristianos nos reunimos el domingo a participar de la Cena del Señor, lo hacemos para expresar nuestra lealtad hacia el Señor y manifestar nuestro deseo de que venga pronto. Por esta razón, es muy triste ver a creyentes que no dan mucha importancia a estas reuniones y no se congregan con sus hermanos para adorar a Dios.
Fue en ese contexto, cuando Juan estaba buscando la presencia de Dios, y mientras gozaba de la comunión íntima con él en adoración, que tuvo esta visión del Señor que va a describir a continuación. Por lo tanto, de alguna manera, este pasaje nos está diciendo que estaremos más preparados para escuchar a Dios cuando estemos dedicados a adorarle.
De hecho, la adoración es una de las actividades principales que vamos a ver a lo largo de todo el libro de Apocalipsis. Por eso decimos que la iglesia en la tierra no está nunca más cerca del cielo que cuando le ofrece a Dios la adoración de la que sólo él es digno; es entonces cuando "en el espíritu" experimentamos un anticipo del cielo.
Ahora bien, quizá sea importante señalar algunos detalles sobre lo que es la adoración. En nuestros días muchos identifican la adoración con la música, con un buen equipo de sonido y una elegante coreografía. Piensan que todas estas cosas son la adoración, o por lo menos, ayudan a adorar mejor al Señor. Pero es evidente que el apóstol Juan no tenía ninguna de ellas cuando adoraba al Señor en el espíritu y tuvo la visión de la gloria del Señor Jesucristo que a continuación nos va a describir. Y lo mismo podríamos decir de nuestros hermanos en la iglesia perseguida por todo el mundo. La conclusión lógica es que todas estas cosas son accesorias en la verdadera adoración, y en muchos casos, pudieran constituir más una distracción que una ayuda.
El estudio del libro de Apocalipsis nos ayudará a enriquecer nuestra adoración, porque nos mostrará muchos ejemplos de personas y seres que adoran a Dios. Veremos que su adoración es realmente rica porque conocen bien a Dios. Y esta es probablemente el área donde todos nosotros tenemos que mejorar. Con frecuencia decimos que Dios es maravilloso, pero ¿sabemos por qué lo es? ¿Cuáles de sus atributos divinos nos producen admiración y por qué? El libro de Apocalipsis nos llevará a considerar la belleza y riqueza de la adoración celestial. A través de los ojos de estos adoradores podremos ver algo de las maravillas de Dios tal como ellos lo conocen. Veamos un adelanto de algunos ejemplos:
(Ap 4:8-11) "Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas."
(Ap 5:11-14) "Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos."
(Ap 7:10-12) "Y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén."
Es realmente hermoso escuchar a personas que saben adorar bien a Dios. Es como cuando vamos a un museo de arte y nos colocamos delante de un cuadro pero no conseguimos entender su belleza. Sin embargo, si nos acompaña un guía que nos explica los detalles acerca de su composición, finalidad, técnicas utilizadas, las circunstancias en que se realizó, algunos datos sobre la vida de su autor... finalmente es fácil que quedemos admirados y hasta nos sintamos un poco ridículos por no haber conseguido ver antes tanta belleza.
Así también nosotros, cuando escuchamos a estos seres celestiales adorar a Dios, poco a poco vamos descubriendo que Dios es realmente mucho más maravilloso de lo que nosotros habíamos imaginado en un principio.
Ahora bien, no olvidemos que Juan llegó a disfrutar de estas visiones de la adoración celestial cuando él estaba adorando al Señor aquí en la tierra en medio de grandes dificultades y pruebas. Y así ocurrirá también con nosotros si seguimos su ejemplo. Lo uno conduce a lo otro.

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